martes, 29 de junio de 2010

El león de la Metro deja de rugir

MADRID ( El País ).-Ni Slats ni Tanner ni Jackie podían saber desde sus jaulas de celuloide que el poderoso rugido de salutación al que los habían conminado los dueños de casa en sus papeles de Leo, el león emblema de la Metro, podían olisquear -ni siquiera sospechar- las flores de ruina allá por los lejanos y felices estertores de los años treinta, cuando sus patrones acababan de catapultar a las pantallas (1939) la auténtica película leyenda titulada Lo que el viento se llevó.
Reliquia mítica, pero también lamento premonitorio, el rugido del león simboliza ahora mismo el desmoronamiento de cierta forma de pensar, rodar, financiar, exhibir y contemplar el gran espectáculo del cine. La entrada en bancarrota del gigante fundado en 1924 por el magnate Marcus Lowe tras la fusión de la Metro Pictures Corporation, la Goldwyn Pictures Corporation de Samuel Goldwyn y de la Mayer Pictures del todopoderoso Louis B. Mayer ha provocado un escalofrío en la industria del cine que puede ser tan sólo la primera señal de alarma.
Los actuales dueños de MGM (mayoritariamente las compañías Sony, Providence y ComCast) deben cerca de 3500 millones de dólares a sus acreedores, y nadie parece decidido a desembolsar semejante suma. ¿Por qué ha llegado la major a esta situación de quiebra? Por ese modelo inalterable en el tiempo consistente en el autoconvencimiento de que "cuanto más debes, más poder económico tienes", una de las máximas favoritas entre las peligrosas aguas en las que nadan los tiburones de Wall Street... y en este caso de Hollywood. La partición de la compañía en pequeñas empresas y la política de alianzas con otras compañías no salieron como se esperaba, y MGM pasó, por primera vez en su historia, a tener más gastos que ingresos.
El fantasma de la liquidación
En el actual contexto del mercado del cine, con las ventas de DVD en caída libre, el martilleo incesante de la piratería y la incapacidad manifiesta de los directivos de la compañía para generar beneficios largos en lapsos de tiempo cortos (no como hace siete décadas, cuando estrenaban Ben-Hur, El mago de Oz o la propia Lo que el viento se llevó y llenaban de oro las arcas de la compañía con clásicos del cine) han llevado a MGM al desastre. Y a la posibilidad de tener que acabar vendiendo por tramos el colosal patrimonio del estudio, compuesto por más de 4000 películas, 205 premios Oscar y más de 10.000 horas de televisión.
Así que, de no llegar una milagrosa oferta superior a las hasta ahora recibidas (ninguna de ellas supera los 1500 millones de dólares), podría colarse en los despachos de MGM el fantasma de la liquidación. Y una de esas piezas de saldo podría ser ni más ni menos que la franquicia completa de James Bond, una de las joyas de la corona. Las 23 películas protagonizadas por el ya inmortal 007 podrían cambiar de manos: varias compañías ya han hecho saber su interés por el tesoro Bond.
Perdón... ¿dijimos 23 películas? Craso error. Hay que hablar de 22, a no ser que se incluya como película Bond esa secuela de Quantum of Solace que estaba en preparación bajo la supervisión de Sam Mendes hasta que los problemas de MGM la dejaron en pausa. "Debido a la constante incertidumbre que rodea el futuro de MGM y del fracaso a la hora de poner en venta la compañía, hemos decidido suspender la producción del Bond 23 de manera indefinida", explicaban, en abril, a través de un comunicado, los productores Barbara Broccoli y Michael G. Wilson, de EON Productions. EON posee desde hace 15 años los derechos para la realización de las películas de la saga, películas que son producidas bajo las siglas MGM. Hay que recordar que los dos últimos títulos de la colección, Casino Royale y Quantum of Solace, fueron coproducidos por MGM y Sony Pictures, y recaudaron más de 1200 millones de dólares en taquilla. Ambas fueron protagonizadas por el nuevo chico Bond con el que habían dado Broccoli y Wilson, el británico Daniel Craig, sexto en la lista tras Sean Connery, George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton y Pierce Brosnan y que también debía ser la estrella de Bond 23.
Pero no es 007 el único afectado por la hecatombe financiera de la Metro. El último y cruel cable sobre su estado financiero llegaba hace poco más de un mes, cuando el mexicano Guillermo del Toro anunciaba que abandonaba la dirección de uno de los proyectos más esperados del año por los aficionados, El hobbit , basado en la novela homónima de J. R. R. Tolkien (ver aparte).
Resulta complicado, además de triste, entender que el inmenso estuche de los sueños que fue la Metro Goldwyn Mayer se haya plantado de esta manera al borde del precipicio. Como bien escribía el cineasta francés Bertrand Tavernier en su colosal, erudito e implacable 50 años de cine norteamericano (elaborado junto con el crítico y ensayista Jean-Pierre Coursodon), "para muchos espectadores, MGM representa metonímicamente Hollywood; el estudio de los superlativos: el de mayor presupuesto operacional, los mayores ingresos (y beneficios), incluso en los años malos, el mayor número de superestrellas y los más prestigiosos nombres".
Y no hay más que echar mano de la nómina de los astros que estuvieron en la lista de la casa para corroborar las palabras de Tavernier: Greta Garbo, Clark Gable, los hermanos Marx, Douglas Fairbanks, Gary Cooper, Judy Garland, Charlton Heston, Vivien Leigh, Sean Connery, Buster Keaton, Victor Fleming, Alfred Hitchcock, Tod Browning, George Cukor, John Ford, Howard Hawks, John Huston.
El dueño del león
El inicio de semejante colección fue obra, sin dudas, del omnipotente, multimillonario y controvertido Louis B. Mayer, un tipo que entre otras cosas se las ingenió para hacer creer al mundo que había sido directamente él quien había producido la película de las películas: en realidad, Lo que el viento se llevó fue producida por David O. Selznick.
Sin embargo, no todo fueron parabienes hacia el quehacer artístico y empresarial de este personaje irrepetible en la historia del cine. Ni Mayer ni quien fuera su mano derecha durante 14 años (Irving Thalberg, el director de producción del estudio, fallecido en 1937) quisieron nunca apartarse de la senda que se habían trazado, y cuyo lema no era otro que el de MGM, "diversión sana para toda la familia".
Esa vocación se plasmó en algunas de las prácticas históricamente más criticadas de Mayer y de sus sucesores: control férreo de los directores de las películas y del contenido de éstas, negativa casi rotunda a rodar en exteriores y rechazo de temas que pudieran resultar molestos (excepto la brutal y genial Freaks, de Tod Browning).
Lo cierto es que comparada con otros grandes estudios mucho más abiertos y libres, como la legendaria RKO (que produjo el King Kong, de Schoedsack y Cooper), MGM tenía cierto tufillo a la asociación de amigos de la moral. Sólo la llegada de Dore Schary a la Metro en 1948 como vicepresidente de producción logró cambiar un poco la filosofía de la casa en lo relativo a cierta asunción de riesgos éticos y estéticos. Eso sí: su desembarco provocó a la vez un enfrentamiento directo con Mayer, quien pidió a Nicholas Schenck, el patrón supremo de Loews -la casa matriz de MGM-, la cabeza de Schary. Schenk zanjó la cuestión otorgando a Dore Schary amplias atribuciones en la elección y en el desarrollo de proyectos. Y fue así como la Metro Goldwyn Mayer pudo rodar películas, como Mientras la ciudad duerme , de Huston.
Pero desde sus contradicciones de imperio financiero y fábrica de sueños, de nido de víboras y cuna de mitos, la Metro Goldwyn Mayer subsiste en el inconsciente de generaciones de aficionados al séptimo arte como lo que es: uno de los emblemas dorados de la historia del celuloide. Ahora, el mito corre peligro de muerte. Claro que, bien mirado, no es la primera vez que el dinero (o la falta de él) amenaza al coloso. No parece fácil que el milagro se repita. No parece sencillo que el león de la Metro reproduzca su rugido en las pantallas de todo el mundo con la misma exhibición de poder. Ahora sí, lo que el viento se llevó.
Borja Hermoso
lanacion.com