martes, 27 de julio de 2010

El travesti

El homosexual (sobre todo, el varón homosexual) es un arquetipo de la sociedad humana desde los tiempos clásicos. Dicen incluso que, entre griegos y romanos, el verdadero amor se suponía que fuera entre hombres.
No lo sé. Pero lo dicen.
Los cronistas de Indias relataron sus múltiples aventuras, sufrimientos, hambrunas y crímenes: ellos mismos escribieron que, entre los aborígenes americanos, abundaban en el siglo XVI los llamados "hombres-mujeres", que a todos los efectos actuaban como mujeres, sin que esto fuera escándalo ni inconveniente para nuestros antepasados.
Incluso explicó Bernal Díaz del Castillo que, en una de sus cruentas incursiones por las aldeas amazónicas, "encontramos muchos putos (sic) y a todos ellos los quemamos". En fin.
Por eso puede afirmarse que el homosexual existió siempre: es una condición particular del alma humana y una inclinación afectiva que no se lleva muy bien con una sociedad dedicada a la familia, pero tampoco la subvierte. Los homosexuales se han desempeñado toda la vida (sobre todo en la era moderna) de manera eficiente y discreta. Son personas especialmente sensibles y afectuosas, íntimos amigos de la mujer y admiradores del hombre. Hoy día conforman grandes ligas de reservada influencia en ciudades como Washington, Barcelona, Buenos Aires, Miami, Nueva York, y muy especialmente en áreas como la diplomacia, las artes, el periodismo, el cine, el teatro, la moda, el diseño, la literatura. Han dejado de ser una minoría perseguida para convertirse en un grupo respetado, influyente y muy buscado por su prosperidad. Ya se sabe: Double Income No Children. Doble ingreso sin hijos, la fórmula de la fortuna: los homosexuales no gastan en educación ni guardapolvos escolares. Consumen viajes, ropa, turismo, teatro, hoteles, placeres. Disponen de efectivo: por lo tanto muchas ciudades, empezando por Buenos Aires, Key West, San Francisco, Amsterdam, Miami Beach y Sitges-Barcelona, se proclaman Gay Friendly. Nada mejor que una buena clientela gay: son pulcros, educados, correctos, buenos pagadores y no gritan.
Dicho todo esto, convengamos en que los últimos 20 años son el escenario de un nuevo arquetipo: el travesti. ¿Qué es el travesti? En principio, un homosexual. En segundo término, una persona nacida varón que se feminiza insertándose pechos de mujer e inyectándose hormonas, pero no amputa sus partes viriles. Que siguen existiendo y funcionando; todo depende de la dosis de hormonas que se le hayan suministrado.
¿Cuál es la finalidad de este proceder? Indudablemente, prostituirse. Se realiza para un enorme mercado constituido por varones que desean probar su costado homosexual, aunque sean padres de familia y levantadores de pesas. En la ciudad de Buenos Aires esto ha cobrado la dimensión de una industria multitudinaria: la actividad en su conjunto mueve cientos de millones de dólares. Empecemos a calcular las botas de charol hasta la rodilla (número 43) los ligueros, las bombachas con ventanita, la lingerie magnética, los hoteles, los departamentos privados, las tarifas por servicios completos o parciales. En fin, todo lo que El Travesti moviliza como industria de masas. El lector no tiene más que hojear las páginas de los diarios (Servicios Personales) o recorrer ciertas calles de su ciudad.
Entonces: no son tampoco una minoría perseguida, sino un negocio millonario que marcha viento en popa. Lo cual está muy bien porque, finalmente, la prostitución debe considerarse una actividad lícita: nadie la prohíbe. Sólo está proscripto el proxenetismo. Habrá que agregar una ventaja, por la cual los travestis han desplazados a las prostitutas de otrora. En la nueva industria, la prostituta y el macró se reúnen en una sola persona. Los travestis no necesitan protección, ya que se defienden solos. Son casi todos hombres de 1,80 y músculos al tono.
No sé si los argentinos somos conscientes del gigantesco fenómeno social que nos rodea. Una actividad económica nueva, de perfiles revolucionarios. Por momentos adquiere las dimensiones de una aguerrida invasión, ya que están en todos sitios, discutiendo, gritando, reclamando y así se los ve en la calle, en la radio, en la tele, contando sus cuitas y las injusticias de las que son víctimas. Son personas coloridas, pintorescas, audaces, prontos para la palabrota como un muchachón y sensibles para la lágrima como una señora. Dan espectáculo. Algunos se ríen de ellos, otros los compadecen. En todas partes son noticia. Informan los expertos -por su parte- que el 60 por ciento de los clientes varones se encuentra con estos hombres travestidos no para tratarlos como a mujeres, sino para recibir de ellos lo que se puede esperar de un hombre. ¿Extraño? ¡Cosas vederes, Sancho!
Está todo muy bien, salvo para los vecinos que encuentran, por la mañana, profilácticos sembrados en la vereda, y de noche se encuentran con un show porno en la calle alternado con peleas de muchachos (finalmente, son muchachos) en las que no falta algún botellazo, ni tampoco el vómito o la desgracia estomacal.
Esta es la realidad. No la disfracemos de la heroica revolución de Espartaco, la rebelión de los Macabeos contra el Imperio Romano o el martirio de los cristianos en las arenas del Circo. Estamos más cerca de lo bizarro, el grotesco y, a veces, el humilde mamarracho. En reino de la libertad y la democracia, y sin que los Derechos Humanos sean rozados ni por una pluma. En cuanto a la vida de los transexuales (personas que se entregan a la peligrosa aventura de sufrir numerosas operaciones para adecuar su sexo físico y su apariencia cotidiana, incluyendo por último los documentos oficiales, y sufren un peligroso proceso que lleva entre cinco y diez años con resultados inciertos) cabe decirse que viven un drama anatómico, o psicológico, y lo afrontan con indiscutible coraje. Ellos son otra cuestión.
Pero ya lo dijo Carlos Marx: la Historia siempre se repite dos veces. Una vez ocurre como tragedia, y otra como grotesco.
Por Rolando Hanglin

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