domingo, 25 de julio de 2010

Mitos y verdades del Alzheimer

Este año el mal de Alzheimer afectará a 35,6 millones de personas en todo el mundo, a razón de un nuevo caso cada seis segundos. En la Argentina ya hay 400.000 personas que padecen este mal: una de cada ocho entre la población mayor de 65 años y una de cada dos entre las personas mayores de 85 años. Pero estas tasas de incidencia aumentarán (y mucho) si, tal y como acaba de ser resuelto durante la conferencia internacional de la Asociación de Alzheimer que se realizó en Hawaii, los criterios para diagnosticar la enfermedad se aplican a personas más jóvenes, con el objetivo de atacar el trastorno antes de que haya dañado áreas extensas del cerebro.
El mal de Alzheimer crecerá al ritmo de la mayor expectativa de vida y por eso entre los países desarrollados el interés por hallar nuevos métodos para detectar el mal y tratarlo se lleva buena parte de los presupuestos de los grandes laboratorios farmacéuticos y de los centros de investigación. Muchas son las noticias que llegan cada día referentes a cómo frenar el avance de esta patología, pero si hay una enfermedad que está rodeada de mitos, temores y tratamientos exóticos, es el Alzheimer.
Actualmente es la causa más común de demencia y se diagnostica cuando ya está instalada en la persona, es decir, una década después de que empezó a afectar el cerebro, atrofiándolo. Para cuando los médicos logran identificarla, la persona ya sufre de una pérdida progresiva de la memoria y de otras capacidades mentales, debido a que las células nerviosas (el cerebro tiene alrededor de 100 millones de neuronas) mueren en mayor cantidad.
Pero esto sucede siempre y cuando la persona padezca Alzheimer, porque envejecimiento no es sinónimo de Alzheimer. “Muchos piensan que con la edad uno inevitablemente desarrolla deterioro de sus facultades intelectuales –puntualiza Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva y del Instituto de Neurociencia de la Fundación Favaloro–. Si esto fuera así, todas las personas que llegan a los 100 años tendrían Alzheimer. Sin embargo, diversos estudios con personas de esa edad demuestran que muchos de ellos no tienen una enfermedad degenerativa”. Al mismo tiempo, los científicos tienen evidencias de que hay cerebros que (en análisis post mortem) muestran todos los marcadores biológicos del Alzheimer, sin que la persona hubiera desarrollado las manifestaciones clínicas del mal.
Otra de las confusiones que suele haber es creer que si una persona tiene un pariente afectado por la enfermedad, seguramente va a padecerla. “Es importante tener claro que no hay un único gen para la enfermedad de Alzheimer y que los factores genéticos son responsables del mal sólo en un muy pequeño número de familias, entre el 1% y el 5% de los casos, que presentan la enfermedad en etapas jóvenes de la vida”, aclara Manes.
La mayoría de las personas con enfermedad de Alzheimer no posee un riesgo genético identificable, y más allá de los casos de herencia genética, los orígenes dependen de diversos factores, entre los que se incluyen los ambientales.
No viene solo. Muchos de los indicadores de riesgo para las enfermedades cardiovasculares elevan el peligro de padecer Alzheimer. Como lo que daña al corazón daña también al cerebro, se cree que una dieta y un estilo de vida sanos pueden proteger contra la demencia: no fumar, hacer ejercicio de manera regular, evitar las comidas grasas, aumentar la ingesta de frutas y verduras y controlar la hipertensión.
Por otro lado, factores socioeconómicos como el tener un nivel educativo bajo y pocos ingresos, también están asociados con un riesgo mayor de padecer Alzheimer y otras demencias. La “reserva cognitiva”, la capacidad del cerebro para tolerar mejor los efectos de la enfermedad, están relacionados con la educación recibida, la participación en actividades de esparcimiento e intelectuales, el control del estrés y la depresión. Las investigaciones muestran que aunque dos personas tengan la misma cantidad de lesiones biológicas típicas del Alzheimer, es muy factible que una de ellas tenga mucha más demencia que la otra.
Tratamiento. Por ahora no existe cura para la enfermedad, sólo algunas estrategias y medicamentos para retrasar la progresión de los síntomas, que muchas veces son confundidos con el deterioro normal que produce envejecer (Ver infografía: Diez señales de alerta). Hasta ahora, las drogas aprobadas por la Food and Drug Administration (FDA, la administración de alimentos y medicamentos de los Estados Unidos) son cuatro: la galantamina, la rivastigmina y el donepecilo, que retrasan la desintegración metabólica de la acetilcolina, una sustancia química del cerebro que participa en la comunicación de las células nerviosas; y la memantina, que protege a las neuronas del exceso de glutamato, otra sustancia química que el cerebro libera en exceso cuando está dañado por el Alzheimer.
Fuera de estos cuatro, no hay por el momento más fármacos que hayan pasado y aprobado todos los tests que debe tener un remedio antes de llegar al mercado de consumo masivo. Por eso, el tratamiento con drogas va acompañado de estimulación cognitiva, terapia ocupacional y manejo del estrés. También se cree que la vitamina B y que ciertos alimentos ayudan a mejorar los síntomas. El resto de los tratamientos, que ahora incluyen fármacos diseñados para prevenir la enfermedad, están aún en los laboratorios de investigación o siendo probados en ensayos clínicos con seres humanos.
Mejor, prevenir. Como no hay tests diagnósticos de laboratorio que confirmen indiscutiblemente la enfermedad de Alzheimer, los métodos clínicos para detectarla combinan la evaluación neurológica, las pruebas neuropsicológicas, ciertos estudios de imágenes y el relato de los familiares y personas que cuidan al enfermo. Cuando hay síntomas de pérdida de memoria, los especialistas recomiendan hacer primero algunos estudios de laboratorio que permitan descartar la presencia de otra enfermedad, como el hipotiroidismo. La tomografía computada por emisión de positrones (PET) y la resonancia magnética sirven para detectar lesiones (tumores, por caso) que también pueden afectar la memoria o el lenguaje.
Por ahora “es imposible identificar en forma presintomática a personas con riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer, a excepción de unos pocos casos atípicos hereditarios”, señala Facundo Manes.
Pero no todo es negativo. Una de las esperanzas está puesta en el uso de los marcadores biológicos, sustancias que se inyectan en el cuerpo, bañan el sistema nervioso y señalan en los estudios de neuroimágenes cuáles son las áreas dañadas del cerebro. “Uno de esos marcadores es capaz de indicar la presencia del amiloide, sustancia que está normalmente en el cerebro pero que en la enfermedad de Alzheimer se cristaliza. Esa caramelización del amiloide marca el primer paso que lleva a la muerte neuronal y al Alzheimer”, explica Janus Kremer, neurólogo, director del Instituto Kremer de Neuropsiquiatría de la provincia de Córdoba, que acaba de volver de la conferencia internacional de Hawaii. “Ese marcador llegará a la Argentina en alrededor de nueve meses, y junto con la PET permitirá diagnosticar la enfermedad de un modo más temprano”.
Ese estudio forma parte de las herramientas que proponen los nuevos criterios de diagnóstico del Alzheimer que acaba de anunciarse en la conferencia internacional, con los que se busca que el diagnóstico de la enfermedad no sea tan tardío como el actual. “Esto implica que en principio las estadísticas de cuántas personas tienen la enfermedad van a aumentar, pero al mismo tiempo se podrá preservar mucho más los cerebros de quiénes recién están presentando sus primeros síntomas”, aclara Kremer.
Los nuevos criterios son una simplificación de los que ya había, que se asocian también al uso de los estudios genéticos y las imágenes por PET unidas al empleo de marcadores biológicos. Bajo estas nuevas reglas, habrá tres etapas de diagnóstico: enfermedad preclínica (cuando la persona no tiene manifestaciones pero sí el diagnóstico por los marcadores); daño cognitivo mínimo asociado a Alzheimer (cuando hay pérdida de memoria pero el individuo sigue pudiendo hacer sus actividades cotidianas por su propia cuenta); y demencia de Alzheimer propiamente dicha.
“Este es el tiempo de lanzar la era de la investigación en prevención del Alzheimer”, señala Eric Reiman, investigador y miembro de la Iniciativa para la prevención del Alzheimer (API, por sus siglas en inglés). Proteger las neuronas intactas es un objetivo más importante que reparar las neuronas ya dañadas. Por eso, la prevención es el gran núcleo de las actuales investigaciones científicas: con sólo retrasar en un año la aparición de la enfermedad, se reduce en un 7% la prevalencia de la demencia 10 años más tarde. Y demorarla cinco años, la disminuye un 40% en una década y un 50% en 30 años.

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