lunes, 26 de julio de 2010

La química de las emociones

En el libro Escuchando al Prozac , el psiquiatra estadounidense Peter Kramer deja deslizar un sueño que ha trastornado desde siempre a los científicos enrolados en las ciencias exactas y naturales: encontrar una localización neuronal que pueda considerarse la causa de cada padecimiento subjetivo. En este caso, nuestros afectos disruptivos serían efectos mecánicos de un trauma a nivel neuronal -patrimonio común con los animales- y en consecuencia una píldora correctiva de la serotonina liberaría a la humanidad del flagelo de esos estados.
El poder del Prozac es curiosamente contrastado por Kramer con "la disminución del poder del psicoanálisis" a partir de una escisión que realiza entre creer y saber. La creencia queda del lado de lo que ha devenido -gracias a la construcción de Kramer- un humanismo psicoanalítico. El saber se sostendría ahora del lado de las ciencias de los neurohumores.
El Prozac constituiría el arma más poderosa de las ciencias neoneuronales para pregonar la disminución del poder del psicoanálisis y ofrecerse para sustituirlo. "Escuchar al Prozac -dice Kramer- me ha hecho tan atento a los orígenes filogenéticos y a los soportes biológicos de la ansiedad y de la melancolía carentes de causa concreta, que me ha costado interpretarlos como comunicaciones especiales que hacen a los humanos distintos de las bestias." Y agrega: "El Prozac nos ha convencido, por su capacidad para modificar la personalidad, de que esas emociones (angustia, sentimiento de culpa, vergüenza, pena, timidez) no son sólo humanas".
La modificación que Kramer opera en la intención del concepto de neurosis es al respecto paradigmática. Afirma que las neurosis del siglo XX no resistirán los cambios de los tiempos, ya que no se trataría más "del yo sujeto a las vicisitudes de la ansiedad de castración, el conflicto de Edipo y la sexualidad reprimida". La "neoneurosis del siglo XXI" tratará, en cambio, acerca de "los efectos de herencia y del trauma (riesgo y estrés) sobre una diversidad de funciones neuropsicológicas codificadas en la neuroanatomía y los estados de los neurotransmisores".
A la par que precisa el fracaso de la estrategia diagnóstica de la psiquiatría descriptiva con Kraepelin, Kramer se desliza subrepticiamente contra los fundamentos del psicoanálisis instaurados por Freud. ¿Cuál es la sorprendente ganancia operada por Kramer? Es simple: se trata de un retorno al siglo XIX con los conceptos de herencia y de trauma, aggiornados ahora en riesgo y estrés.
La operación es clara. Sólo será necesario extremar la argumentación de Kramer: la herencia filogenética propondría un patrimonio universal de la humanidad a partir del cual las diferencias de base serían biológicas. Las emociones y estados afectivos serían un simple efecto de tales causas. Ya no consistirían, esos afectos y emociones, en las diversas respuestas de cada sujeto al deseo del otro a partir de su goce "privado" (al que desde el psicoanálisis denominamos "fantasma"). Tampoco serían ya el efecto de su confrontación angustiada ante la causa que lo provoca, ni el precio pagado por la cobardía moral que ese mismo sujeto ha evidenciado en sus actos, lo que Jacques Lacan denominó tristeza, siguiendo la orientación de Spinoza.
El eje de la responsabilidad que cabe a cada cual frente a sus actos aparece disimulado -una vez más- tras la herencia filogenética. La figura del experto reintroduce el saber hacer con la medicación: "Los medicamentos como agentes importantes de transformaciones personales (...) cada vez es menos cuestión de autocomprensión y cada vez más cuestión de ser comprendido por un experto".
Kramer produce un rechazo radical del saber inconsciente. No se trataría ya de una imposibilidad que se desprende de la inadecuación estructural del sujeto al sexo biológico, sino de la posibilidad de transformación por el Prozac a partir del saber del experto.
El libro finaliza con un apéndice que se titula "Violencia" y que Kramer quiso que no formara parte del cuerpo principal. En él, el autor intenta desestimar los ataques dirigidos a la "panacea" del Prozac por los suicidios, asesinatos y otras respuestas que se le han imputado a su acción "benéfica". Por supuesto, sabemos que no es el Prozac en sí el responsable de todas esas iniquidades; pero sí sabemos que esos actos representan una irónica respuesta a la pretensión de Kramer de desconectar los afectos y emociones de la responsabilidad de los sujetos.
Es frecuente confrontarnos en la práctica psicoanalítica con el problema del lugar que una droga -o varias- ocupa en la economía libidinal de una persona. A menudo, a partir de la interpretación del analista es posible demostrar la función de pantalla que la droga ha encarnado con su sustancia.
Pero ¿qué sucede cuando es una droga la que interpreta al sujeto? A partir de Escuchando al Prozac , una droga interpreta a Peter Kramer, que ha devenido adicto a ella y la ha popularizado. De su uso es responsable, y por sus actos -como cada adicto- él debe ahora responder.
© LA NACION

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