domingo, 25 de julio de 2010

La biotecnología en la vida cotidiana

En el siglo XIX no fueron pocos los escritores, intelectuales y periodistas que reaccionaron fuertemente contra los avances de las ciencias biológicas. Uno de los periodistas más prolíficos en tal sentido fue Dan De Quille –cuyo verdadero nombre era William Wright–, que escribía en un periódico de Virginia, Estados Unidos, The Territorial Enterprise. En este periódico se publicaron entre 1835 y 1880 decenas de falsas noticias elaboradas por escritores de la talla de Mark Twain y Edgar Allan Poe; en general abordaban temas de paleontología, zoología y medicina. ¿Por qué lo hacían? ¿Para volver locos a sus lectores? Difícil saberlo. En ese entonces, las lecturas sobre Pasteur y Darwin –entre otros– inquietaban a los norteamericanos –o al menos a una parte de ellos– con sus planteos acerca del universo, que contrastaba con la que recibían de los predicadores. Los escritores aprovechaban la no razonada confianza en la ciencia, para atacar con historias deliberadamente deformadas. Una vez que el lector era atrapado decían que la noticia era falsa. ¿Cómo se podía creer en la ciencia si no se podía distinguir entre lo verdadero y lo errado a través de las noticias que llegaban a los lectores? Los escritores razonaban del siguiente modo: si cualquier persona desconoce lo suficiente sobre ciencia como para no poder diferenciar un falso informe de uno real, ¿cómo estar seguro de que los científicos están diciendo la verdad?
Pero estas mentiras del siglo XIX no impidieron el progreso de las ciencias biológicas. Pese a las batallas, peleas y discusiones sobre, pongamos por caso, la teoría de la evolución, el avance científico fue una característica de la segunda mitad de ese siglo. ¿Se puede decir que la falsificación ha terminado? Varios de los argumentos y posiciones contra el uso de los organismos genéticamente modificados en la agricultura, o las posiciones (u oposiciones) sobre la clonación terapéutica, ¿no tienen acaso algo de esta historia? ¿Y las fantasías que suponen la posibilidad de congelar sangre de cordón umbilical para regenerar nuestras neuronas y llegar a una ancianidad más digna? Varios estados de Norteamérica no permiten la enseñanza de la teoría de Darwin sobre la evolución. O lo hacen exponiendo al mismo tiempo la del “diseño inteligente”. Más allá de intereses económicos y políticos, las falsedades que aparecían en algunos medios del siglo XIX constituyen un poderoso recordatorio de que todos consumimos noticias sobre ciencia a través del filtro de nuestros propios valores, creencias y suposiciones. El periodista y científico británico Arthur C. Clarke (1917-2008) escribió alguna vez que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. ¿Cómo hacer para que avance la ciencia y disminuya significativamente esa magia tecnológica y científica?
Vida transgénica. ¿Por qué los europeos y en general los ecologistas no quieren semillas o plantas transgénicas? Las razones de cada cual son diversas y entendibles, aunque un tanto disparatadas. Lo que sorprende es el hecho de que Europa compra nuestros granos de soja transgénica pero transformados en harina y aceite de soja para alimentar a sus animales y luego a seres humanos y animales. Nuestra soja, sin ir más lejos, es transgénica en un 98 por ciento, o más. Es decir que los famosísimos quesos camembert o brie europeos provienen de animales que se alimentaron con soja transgénica. Lo mismo podría decirse de los cerdos utilizados para el famoso jamón de Jabugo o los frankfurtersalemanes. Y no parece que hayan comenzado a cambiar su feno-genotipo, a pesar de las afirmaciones disparatadas de algunas autoridades políticas.
Los argentinos venimos comiendo variados productos basados en la soja transgénica desde hace diez o doce años. Años atrás la Federación Europea de Alimentos Compuestos (FEFAC) que agrupa a los mejores clientes de la Argentina (compra cada año harina de soja por unos 2.000 millones de dólares), instó al Gobierno argentino a poner fin a su larga disputa sobre las regalías por la soja transgénica. En su momento, un comunicado de FEFAC subrayó que el conflicto afectaba gravemente las perspectivas de la Argentina en el mercado comunitario, pues cada temporada le compran 10 millones de toneladas de soja transgénica para alimentar a vacunos, cerdos y pollos. Agregó que los fabricantes de alimentos balanceados no están preparados para pagar por el uso de la tecnología aplicada a la soja. De alguna manera estaba diciendo: por favor resuelvan el problema, necesitamos urgentemente la soja (transgénica) pero no nos cobren a nosotros los aumentos, si es que va a haber aumentos.
Hace catorce años que en la Argentina se cultiva, cosecha e industrializa la soja transgénica, y los argentinos (personas, cerdos, pollos, etcétera) no hemos tenido ninguna transformación en nuestros cuerpos o hemos visto afectada nuestra salud, ni tampoco (por lo menos por ahora) el medio ambiente. El efecto socio económico es obra de los hombres, de sus políticas, sus intereses y sus negocios; como se vio en parte en el largo conflicto entre el Gobierno y el sector agropecuario del 2008 y que todavía continúa.
Tampoco los europeos tuvieron cerdos flacos y altos o pollos con vuelos de águila; el jamón de Jabugo continúa teniendo la misma calidad y venta, y los pollos están tan contentos o tristes como siempre. ¿Será que la población europea no sabe que comen carnes de animales que fueron alimentados con soja transgénica? ¿No saben que nadie ha sido afectado? ¿Por qué entonces sus fuertes, casi explosivas, oposiciones a comprar, sembrar y utilizar transgénicos?
En España, Pere Puigdomènech –un físico dedicado a la biología molecular– acaba de hacer público que su laboratorio ha logrado descifrar el genoma del melón. Cabe aclarar que el melón es el segundo cultivo en importancia para la península después del tomate. Es el primer genoma que se hace en España de principio a fin. “Es una herramienta que nos permitirá conseguir variedades resistentes a enfermedades –dice Pere, entrevistado por la revista dominical del diario El País–; también nos permite conocer características importantes para el consumo, como son el aroma, los azúcares, la maduración controlada, el tamaño, el color, componentes nutritivos de la especie”. El entrevistado dice que ya existen herramientas como los transgénicos que han llegado para quedarse. Subraya además que no tiene sentido gastar la cantidad de dinero que supone intentar un melón transgénico para un cultivo cuyo mercado no compensa el gasto. “El melón ha sido para nosotros un proyecto emblemático –concluye–. Estoy feliz de que con dinero público y un cultivo tradicional hayamos podido demostrar que se puede liderar un proyecto de ese tipo”.
Admitamos que la tecnología no es santa: es negocio y es también poder. Entonces compremos en silencio lo que no tenemos y necesitamos y sigamos con absurdos subsidios agrícolas. Total, como se dice a veces, formamos parte de “la otra humanidad”.
Avance tecnológico. Las tecnologías resuelven problemas que tenemos todos los días o que tienen las industrias. Para ello usan las habilidades y conocimientos de los ingenieros, los químicos, los físicos. Parecería que el triunfo de lo muy racional, de lo pensado, sigue el camino de la lógica científica para llegar a resolver los problemas que se plantean. Pero no siempre es ni ha sido así.
Es cierto que cada vez más la ciencia y el conocimiento en general son necesarios para el avance tecnológico. Así lo venimos subrayando, en especial para el caso de la biotecnología. Aún en estas épocas la experiencia, lo artesanal de, por ejemplo, los maestros cerveceros o panaderos, es algo que debe tenerse muy en cuenta.
El siguiente chiste circula por internet y se relaciona con lo que estamos diciendo: “La trocha de los ferrocarriles (distancia entre los rieles) de Estados Unidos es de 4 pies y 8,5 pulgadas. ¿Por qué se usó esa medida? Porque esta era la trocha de los ferrocarriles ingleses y, como los norteamericanos fueron construidos por los británicos, esa medida fue usada por una cuestión de compatibilidad. ¿Por qué usaban los ingleses esta medida? Porque las empresas inglesas que construían los vagones eran las mismas que construían las carrozas antes de que existiera el tren, y utilizaron los mismos elementos que usaban para fabricar las carrozas. ¿Por qué las carrozas tenían esa medida? Porque la distancia entre las ruedas de las carrozas debía ser tal que pudiesen caber en las antiguas callecitas de Europa, que tenían exactamente ese ancho acotado. ¿Y por qué las callecitas tenían esas medidas? Porque esas calles fueron abiertas por el Imperio Romano durante sus conquistas, y los romanos se basaron en el tamaño de los antiguos carros romanos. ¿Y por qué los carros romanos tuvieron esas medidas? Porque se hicieron para acomodar el trasero de dos caballos”.
El ómnibus espacial americano Shuttle utiliza dos tanques de combustible SRB (Solid Rocket Booster) que son fabricados en Estados Unidos. Los ingenieros a cargo del proyecto hubieran preferido haberlos hecho más grandes, pero tuvieron limitaciones por los túneles de los ferrocarriles por donde iban a ser transportados, ya que estos tenían sus medidas basadas en la trocha del tren.
Conclusión: el ejemplo más avanzado de la ingeniería mundial en diseño y tecnología está basado en el tamaño del culo del caballo romano.
Semillas y plantas. La biotecnología vegetal es, tal vez, la aplicación biotecnológica de mayor impacto en la Argentina. Eso si se la mide en términos económicos y sociales. A partir de las primeras aprobaciones de los eventos transgénicos en 1996, el crecimiento de las áreas sembradas con soja resistente al herbicida glifosato ha sido casi exponencial. Este gran crecimiento de la producción agraria local tiene como uno de sus componentes principales a la biotecnología, es decir a la capacidad de introducir genes o información genética específica para lograr ciertas características nuevas en plantas y semillas. Si bien es cierto que la tecnología básica (tecnología genética molecular) fue realizada por empresas internacionales, hubo una muy rápida y necesaria adaptación de nuestros semilleros a las variedades de nuestro país, además de la creación de laboratorios de control con técnicas moleculares en las empresas y en el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria), sobre todo, para la detección de diversos marcadores moleculares.
Las exportaciones de granos han crecido mucho en los últimos diez años. Esto permitió a los gobiernos establecer retenciones a las exportaciones de granos y, en parte, financiar los planes sociales y controlar los precios internos de los alimentos. El impacto de la biotecnología vegetal en lo económico y social es relevante.
En los últimos años las zonas más importantes de cultivos agrícolas han sufrido fuertes sequías –sobre todo el norte de la provincia de Buenos Aires y el sur de santa Fe– y, como se sabe, la sequía es un gran riesgo para el desarrollo de la producción agrícola.
La biotecnología no puede desentenderse de problemas prácticos como la sequía y tantos otros. Como toda actividad productiva está relacionada a la política y a la economía pero, como toda tecnología, también debe ser bien usada y, sobre todo, no afectar la gobernabilidad sino más bien asegurarla. ¿No habrá que buscar nuevas formas de prevenir las sequías? Y desde la biotecnología, ¿no habrá que buscar semillas de nuevo tipo que puedan soportar un crecimiento en ambientes con alto estrés hídrico? Un camino y un paso a remarcar es el que está siguiendo la firma Bioceres, que está desarrollando semillas transgénicas en el país en relación con investigadores de nuestras universidades y del Conicet.
Arte y biotecnología. Años atrás el artista Eduardo Kac expuso en el espacio Fundación Telefónica. Lo hizo cruzando arte, ciencia y tecnología, observando también las repercusiones sociales de sus primeros experimentos en el arte genético: la coneja Alba, por ejemplo, que él mismo expuso junto a sus tres instalaciones. El trabajo de Kac consiste en una reflexión sobre las nuevas tecnologías –especialmente las biológicas–, sus resultados y sus productos, lo que incluye nuevos humanos y nuevos animales o humanos y animales con nuevas características. Dentro de no mucho tiempo veremos nuevas formas de vida y de seres humanos que serán creados a partir de nuevas situaciones de reproducción. Cuando aparece un artista que trabaja con la genética, pero que la hace “cantar”, es decir, que trabaja con niveles moleculares pero les hace decir algo personal, queda claro que hay una clara actitud de resistencia a la visión determinista.
El arte y los artistas tienen una percepción y una reflexión que se adelanta –para bien o para mal– a las repercusiones técnicas y sociales que el conocimiento va generando. La actividad científica y la tecnológica, sobre todo, son funciones creativas como las de los artistas, o sea, son creación, y de allí surge la inquietud de gente como Kac para llamar la atención sobre estos temas: su alta sensibilidad lo lleva a reflexionar sobre cuestiones éticas y sobre los usos ventajosos de la ciencia y la tecnología, como para que el mundo del arte –y la sociedad en general– se vaya enterando de lo que sucede y podrá suceder en el ámbito de la biotecnología.
Y así como no son pocos los científicos que se inclinan por las expresiones artísticas: literatura, teatro, pintura, hay pintores y escultores que tienen una percepción anticipada de lo que las ciencias biológicas aportan a la sociedad. Ya se han concebido collares cuyo diseño sigue la estructura de las moléculas de serotonina, dopamina y acetilcolina (neurotransmisores involucrados en la creatividad).
También existen molecule clothes (ropas de moléculas) como boxers de tetosterona o glucosa. Los científicos sostienen que las nuevas invenciones deberían ser controladas. Similar preocupación tenían los hermanos Lumière, inventores del cine, entre otros tantos aportes que hicieron. Ellos eran hombres de ciencia; Louis era químico y Auguste fisiólogo. Nunca creyeron que el cine tuviera un futuro comercial. Cuando Hollywood estaba conquistando el mundo, Auguste le confesó al director Jean Epstein que había sido un error permitir que el cinematógrafo se evadiera de los laboratorios “antes de haber alcanzado la madurez”. Los Lumière pensaban que el cine era un instrumento científico y filosófico y no atinaban a imaginar las cosas que podía llegar a soportar el celuloide.
Más allá de sus equivocaciones comerciales eran científicos preocupados por el uso de sus inventos y de sus conocimientos. Como “padres” de la criatura no querían que su creación tuviera otro vuelo o se independizara de ellos. En todo caso abrieron la caja y aportaron un nuevo material que cambió el mundo.
Cuestión de usos. ¿Usamos bien las tecnologías? ¿Las conocemos? “Los miedos a la energía nuclear son irracionales”, titula un diario local al presentar un artículo escrito por el físico-químico argentino Tomás “Tommy” Buch. Tommy es no sólo un gran científico sino que sabe del papel de la ciencia en las sociedades, por lo cual ha luchado y sigue luchando. Es también una gran persona. Sin embargo debe señalarse que el artículo mencionado parte de una mirada que es la del lado de la gente que sabe (los racionales) y no la del resto de los mortales. Es cierto que hay una irracionalidad que viene desde hace cientos o miles de años; está anidada fuertemente en nuestros comportamientos. A veces es cultivada por miedos y sobre todo por intereses particulares para mantener el poder, los negocios y el statu quo.
Dice Tomás. “Es la imagen bíblica del hecho de haber comido del árbol del conocimiento”. Ese saber estaba, además, relacionado a algo muy placentero: el sexo, la reproducción, la evolución. Para fortalecer lo que se cita, recordemos que el papa Benedicto XVI volvió a atacar la teoría de la evolución establecida por Darwin. La consideró “irracional”, ya que habla del azar y no del determinismo que una gran mente dejó establecido.
Pero el conocimiento también requiere de situaciones concretas, de sentimientos, de la historia de las personas y lugares. Entonces, si bien hay irracionalismo, lo racional no lleva a que se adquieran bien los conocimientos, sino sólo parte de ellos. Hace falta una intensa actividad a realizar entre investigadores, educadores, comunicadores, personas comunes, etc. De ese modo, todos podremos entender, adaptar y usar las nuevas tecnologías y también aquellas ya no tan nuevas, como la energía nuclear. La biotecnología tiene dos caras: beneficios y riesgos. ¿Pero acaso la industria automotriz no las tiene? Y mata más gente que la energía nuclear; por accidentes automovilísticos se producen veinte muertes por día en Argentina, más los heridos y los gastos que provocan.
¿La tecnología ayuda a vivir mejor o es buena para los negocios? Seguramente ambas cosas. ¿Cómo dominarla y controlar sus riesgos, su poder y su dominio?
Las TIC (Tecnología de la información y la comunicación) cambian nuestras costumbres. Hay más celulares que teléfonos fijos. El uso de los teléfonos móviles se introduce en todos los espacios sin pedir permiso. Un amigo filósofo me contó de su pelea en París con una mujer que en el tren a Rennes no dejaba de hablar por su celular, impidiéndole preparar sus clases.
De la ciencia a la publicidad. La alimentación figura en primer lugar a la hora de hablar de salud. Decirlo es convocar a una verdad primaria. Es bien sabido que la falta de adecuada nutrición de las madres gestantes y del recién nacido en sus primeros meses afecta su formación general, comenzando por el sistema nervioso, las neuronas, las conexiones neuromusculares. Pero algunos abusan de estas verdades fácilmente comprobables. Desde hace unos años ciertas empresas de alimentación han comenzado una fuerte campaña intentando demostrar que si uno toma leche enriquecida con “bacteria Tarzán” quedará tan fuerte y rozagante como el famoso rey de la selva. También dicen que si uno bebe tres veces por día yogur con bacillus totales fortis tendrá defensas para toda su vida. Y ni qué hablar de otros yogures con polifenoles que, al parecer, limpian las cañerías de colesterol. ¿Sabe todo el mundo de qué se trata una bacteria o una levadura? ¿Y el contenido de un polifenol? La respuesta es no. Pero la mayoría los consume en la creencia de que hacerlo le asegura un futuro sano. Y ni hablar de cómo se favorecerán los hijos presentes o futuros al consumir esos productos y haciendo que su sistema inmune sea insuperable, casi como el del mejor deportista. Por si fuera poco, parecería ser que si las mujeres de “tránsito lento” toman una cosa llamada Melín (con superbacterias) mágicamente cambiarán sus ánimos y hasta la vida misma.
Algunas publicidades se apoyan en el principio ya postulado por la Organización Mundial de la Salud según el cual existe una influencia directa entre los alimentos que comemos y las enfermedades que sufrimos. La obesidad –nueva plaga de la era moderna– lleva a pensar sobre las publicidades inadecuadas. El Actimel de Danone, por caso, es uno de los productos más cuestionados por afirmar que su consumo, a razón de uno por día, afirma las defensas naturales. Se dice también que las bebidas que contienen soja bajan el colesterol, previniendo las enfermedades cardiovasculares. De acuerdo, pero, ¿tomando cuántos vasos por día? ¿Se dice eso en los anuncios? Algo similar ocurre con los alimentos supuestamente nutritivos para chicos que no desean desayunar... o que juegan demasiadas horas con la Playstation.
El tema no se resuelve con un etiquetado, por más preciso que sea. La Unión Europea ha establecido un nuevo reglamento para controlar estos anuncios engañosos. Este reglamento trata justamente de poner orden a los anuncios nutricionales; las empresas deberán ser más precisas y si los alimentos tienen alguna capacidad curativa eso deberá ser demostrado antes de lanzar campañas publicitarias; tendrán que hacer estudios (pre y clínicos) que demuestren lo que van a manifestar en sus propagandas e informaciones de carácter masivo. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria va a retirar del mercado aquellos productos que afirmen ciertos efectos beneficiosos para la salud que no hayan sido demostrados. Gran parte de estos son los relacionados con prebióticos (pertenecen a la categoría de alimentos funcionales) y antioxidantes. La normativa entró en vigencia hace un año pero muy pronto estará la lista completa de precauciones sanitarias a seguir.
*LICENCIADO en Ciencias Químicas (UBA). Autor de “La revolución silenciosa. Biotecnología y vida cotidiana”, Claves de la Ciencia, Capital Intelectual, 2010
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