domingo, 23 de enero de 2011

¿Cuánto tiempo ha pasado?

¿Cuántas veces se puede mirar el reloj en la sala de espera de un hospital? ¿Por qué parece que el tiempo pasa más deprisa los fines de semana y se desliza eterno cuando esperamos a salir de trabajar un viernes por la tarde? A lo largo de la historia se ha especulado mucho sobre la percepción del tiempo y cómo se las ingenia el cerebro para dirigir nuestro reloj interno.
Una nueva investigación que aparece esta semana en la revista 'Current Biology' concluye que ese reloj interno no es, ni mucho menos, rígido; al contrario, se ve claramente influido por los estímulos externos que recibe nuestro cerebro y que alteran la percepción del paso del tiempo entre individuos.
Con la colaboración de 20 voluntarios dispuestos a ceder su tiempo a la ciencia, Maneesh Sahani y su equipo, del Imperial College londinenses (en el Reino Unido) dieron un paso más para desentrañar el misterio del paso del tiempo.
Los participantes se sentaron frente a una pantalla en la que aparecían a intervalos varios círculos de luz y tenían que calcular cuánto tiempo había durado a la vista cada imagen. Posteriormente, la luz apareció en pantalla acompañada por un patrón moteado, que cambiaba a intervalos regulares. En este segundo caso, las respuestas de los voluntarios eran mucho más precisas, probablemente porque contaban con la ayuda del 'ritmo' regular de las motas.
En un segundo experimento, esta vez con patrones irregulares, los investigadores observaron que la percepción de los sujetos sobre cuánto habían durado las imágenes cambiaba en función de la velocidad a la que iba cambiando el dibujo.
A juicio de Sahani y sus colaboradores, estas observaciones refuerzan la hipótesis de que nuestra percepción sobre el paso del tiempo está fuertemente influida por estímulos externos, lo que lo convierte en algo "mutable" y cambiable entre individuos. Esta teoría, añaden, no casa en absoluto con la idea de un reloj interno rígido y localizado en una única región del cerebro, sino que más bien estaría distribuido por toda la geografía cerebral.
elmundo.es