viernes, 28 de enero de 2011

“No haber vivido en vano”

Por Osvaldo Bodni *
Flora tenía 87 años. Fui convocado por su familia, preocupada por su depresión, para entrevistarla en su casa. Se quejaba de fuertes dolores en sus extremidades inferiores por una insuficiencia venosa. Sus familiares decían que era hipocondríaca y que consultaba a distintos profesionales. Se había hecho una enorme cantidad de estudios, de laboratorio, radiológicos y de dinámica vascular, que apilaba junto a remedios recetados que compraba pero no tomaba. La preocupaba un aneurisma de aorta, pequeño y sin evolución, que suponía la principal amenaza para su vida.
Un día me relató un sueño: “Quería mover el brazo y me acordaba de una amiga que tuvo un accidente y no podía reaccionar y los que estaban ahí pensaban que estaba muerta, pero ella escuchaba... pero no podía hacer nada... le duró unas horas... bueh... y a mí me pasaba algo parecido en ese sueño... Lo llamaba a mi marido, o trataba de llamarlo pero tampoco podía. Después me pareció que lo llamé, pero él siguió durmiendo así que yo... sólo me imaginé que lo llamé... y después conseguí despertarme, conseguí levantarme, fui al baño a orinar... pero salir de eso fue una cosa muy fea”.
Me recibía en un pequeño estudio en el que me llamaron la atención libros, adornos, premios y otros objetos que denotaban el reconocimiento profesional por sus años de labor en una rama muy específica de las ciencias de la educación. Lo que me resultó más llamativo fue observar que esos objetos tenían una pequeña etiqueta de catálogo, al modo de un inventario. Me explicó que había etiquetado sus cosas para que, después de su muerte, se repartieran entre sus nietos como legados con destino fijo, “para que no hubiera problemas de familia”. El estudio estaba repleto de papeles y me dijo que eran sus trabajos de muchos años. Me fui enterando de que era muy respetada, y que hasta una edad muy avanzada había realizado tareas de consulta. Entonces, le pregunté: “¿Qué piensa hacer con todo esto?”. Desconcertada, me contestó que no había publicado ese material y que creía no tener tiempo para hacerlo.
Hicimos algunas entrevistas vinculares: tres hijos, cuatro nietos y un marido de su misma edad, profesional retirado hacía tiempo. Y, en lo esencial, nos dedicamos a su inhibición para tener un proyecto. De manera no prevista, esto se convirtió prácticamente en un programa familiar: ella iba a escribir su libro, con la ayuda de su marido, que manejaba la computadora.
Ella dictaba pero la ayudaron todos, sobre todo para agrupar y clasificar su material de clases y conferencias dictadas a lo largo de años. Sus nietos colaboraron con los gráficos y la menor hizo el diseño de las tapas. La publicación resultó un honor para una editorial académica, y llegado el momento se hizo su presentación en una cámara de capacitación técnica, con un público numeroso.
Flora falleció poco más de un año después; durante ese tiempo recibió saludos telefónicos y visitas, y hasta el final sus relatos espontáneos sustituyeron el tema de las preocupaciones corporales por vivencias referidas al acontecimiento. Guardamos un ejemplar de su libro con una hermosa dedicatoria.
El hombre nace receptor, y con el correr de la vida se va convirtiendo activamente en transmisor de experiencia. Para Walter Benjamin (El narrador) la narración es el instrumento humano por excelencia para la transmisión, y desde tiempos remotos la tendencia activa a transmitir la historia dio lugar a posiciones de prestigio social y familiar para los relatores, especialmente las escasas personas mayores, protagonistas y testigos vivenciales de sucesos más o menos importantes, o simplemente de extensas experiencias de vida.
A partir del siglo XX, una gerontodemografía nueva se acompaña de cambios en la valoración de las personas mayores, cuyo exceso compite con el impulso de la generación más joven. Aquéllas a crisis desidentificatorias tempranas. Divorciadas de la generación sucesora, ésta casi no escucha y declina su función receptora, por lo que el destino incierto de los legados generacionales pone en crisis el sentido de la vida, justamente en su etapa de balance final. Para la actual dinámica de cambio constante, la solidez de la experiencia pierde valor en comparación con la flexibilidad del método ensayo-error. De una a otra generación asistimos cada vez más a la obsolescencia de conocimientos trabajosamente adquiridos.
Autores como Leopoldo Salvarezza (El fantasma de la vejez, 2005) u Osmán Antonuccio (La salud mental en la tercera edad,1992) coinciden en señalar distintas formas de prejuicio descalificatorio. Sobre este trasfondo se va diseñando el problema actual, del que no pueden sustraerse siquiera los segmentos de mejor nivel social y cultural de la sociedad, con sus mayores frecuentemente desocupados o jubilados cuando todavía su rendimiento es eficaz, conducidos al sufrimiento de pasar por crisis desidentificatorias. Un ejemplo es la obligada jubilación del profesor universitario a los 65 años, tema que hace algunas décadas fue el objetivo de una lucha estudiantil para la promoción de profesores jóvenes que veían bloqueado su acceso a las cátedras.
Salvarezza acentúa el carácter prejuicioso tanto de la sociedad como de los profesionales que tratan adultos mayores, que suelen manejarse con una serie de preconceptos comunes. El autor los reúne con el término de “viejismo” y los relaciona en general con los cambios culturales propios de nuestra época, atribuyendo al actual imaginario social un carácter descalificatorio que contrasta con el respeto que en otra época despertaban los ancianos. En este sentido, María J. Oddone (“La vejez en la educación básica argentina”, en El fantasma de la vejez, comp. de L. Salvarezza, 2005), que realizó un estudio minucioso sobre la imagen de la vejez en la educación básica argentina, tomando el material de libros de lectura en casi 100 años, demostró que la presencia respetuosa de textos sobre ancianos bajó de un 66 por ciento en 1880, época de homenaje a veteranos de guerra, a una ausencia casi total en 1997. Al cruzar estos datos con las cifras de Nélida Redondo (“Impacto social del envejecimiento: radiografía de una población”. En: Encrucijadas UBA. Revista de la Universidad de Buenos Aires, 2001), se puede señalar que la presencia de los ancianos en las lecturas de las escuelas públicas declina y claudica a medida que aumenta el envejecimiento demográfico.

Botella al mar

El plus de memoria de la especie humana debe traspasarse activamente a través de un lenguaje. Lo que convierte a esta acción en un acto esencialmente humano no es su contenido, siempre variable, sino la presencia radical del hecho, como puente estructural de la relación entre generaciones. Y tal como lo plantea también Pierre Legendre (El inestimable objeto de la transmisión, 1996), no importa tanto aquí diferenciar los contenidos del mensaje generacional como el hecho general de encontrarnos siempre con un mensaje. Lo que destacamos es la redundancia del hecho humano de transmitir siempre algo, o instruir, o por lo menos intentarlo activamente, hasta con independencia de las condiciones de una recepción que puede ser fallida. El contenido de la transmisión generacional será un legado, que en su esencia sirve al transporte de la historia y a la ilusión de supervivencia. El empuje insiste, quizás hasta el final de la vida, y busca su descarga en un objeto sucesor, que puede ser familiar, adoptivo, discipular, o institucional, y el variable contenido de la transmisión generacional se incluye en el concepto denominado legado, con conmutaciones infinitas. Se transmiten bienes, la “fortuna”, el poder presidencial, los rituales y las ceremonias, y sobre todo la historia.
En el análisis de personas mayores, intentamos circunscribir el término transmisión a una función psíquica activa destinada a generar una perduración. Es un acto que tiende a controlar el tiempo extendiendo la memoria de los otros a través de los legados, personales y colectivos. Se trata de un sujeto que dice yo estuve aquí, dejo un hijo, un árbol, un libro. Deja una señal humana de estadía, que puede ser para una posteridad desconocida, como la botella arrojada al mar, o el banderín en la cumbre de la montaña.
Así, en un grupo terapéutico, una persona próxima a una mudanza de su casa expresaba su angustia porque no podía llevarse sus libros y no encontraba ni personas ni instituciones interesadas en la donación de su biblioteca. Se preguntaba: ¿A dónde irán a parar mis libros? En su dolor pedía ayuda para imaginar un destino para su memoria, la negativa le implicaba una “amputación” diacrónica. Pero: ¿Qué pasaba con los suyos? ¿Ni hijos ni nietos?
En nuestra hipótesis, la serenidad de la vejez se relaciona con esta posibilidad de procesamiento de la transmisión, meta que en la realidad de la vida, por obstáculos diversos, puede no realizarse. La prolongación de la vida y la declinación funcional contribuyen muchas veces a que el anciano insista en una transmisión estereotipada, y la patogenización de lo que debería ser sólo una crisis de la vida se relaciona con la gran dificultad para procesar este impulso a transferir la historia. La angustia de castración toma así una nueva forma, como temor fantasmático a quedar fuera de la memoria de la especie.
Legar es testar, testimoniar y relatar. La propuesta es considerar en la crisis de la vejez el impulso insistente a la producción del sucesor con la misión de preservar la cultura, interpretando el doloroso efecto de tarea inconclusa relacionado con una transmisión frustrada.
El proceso es activo e implica la narración, ésta está inscripta en el discurso, pero también en los objetos familiares, las fotografías, las viejas cartas, los importantes o humildes blasones de un antepasado heroico. Y también en el dinero, en las propiedades y en el contenido histórico de los patrimonios testamentarios y culturales. Todo legado sostiene una historia, implícita o explícita, como contenido y como acto narrativo.
Atendiendo a la función de cronista del adulto mayor, proponemos ayudarlo a aceptar que aunque el sucesor no podrá ser su doble ni transportar toda su transmisión, siempre llevará inscripta alguna marca, alguna señal de su discurso. El pide garantías de ser reconocido como enunciante para un conjunto social que muchas veces no lo puede escuchar, activando la angustia de castración como un doloroso sentimiento de intrascendencia o vida inconclusa.
Es cierto que ningún enunciado podrá transportar la totalidad de los emblemas identificatorios. Aceptados los límites de la transmisión y la renuncia a una omnipotencia enunciativa, el discurso se presentará en fragmentos que darán cuenta de una selección de lo posible. Pero aun así el conjunto demostrará al viejo que no puede absorber todo lo que él seleccionó: algo de su discurso va a ser suprimido, creando una de las condiciones que Baranger, Goldstein y Zak de Goldstein describieron. En la trama de las tradiciones y las historias (mal) contadas existe un plus de entropía, de pérdida. El duelo por las identificaciones perdidas puede elaborarse para evitar una anestesia afectiva paralizante y descubrir los signos de su continuidad en sus sucesores, en sus discursos y en sus proyectos, hasta recobrar el sentido de no haber vivido en vano.
* Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), Departamento de Adultos Mayores. Texto extractado del trabajo “La existencia doble y la clínica del legado”, que obtuvo el primer premio 2010 de la Federación Psicoanalítica de América Latina (Fepal).
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