martes, 3 de enero de 2012

Manejá tu enojo


Por Marcela Luza
Fijate, que tienen en común
-"Es mi mejor amiga, pero a veces quisiera matarla. Se apropia de mis historias, de mis viajes, de mis libros... Todo lo cuenta como si lo hubiera vivido ella..."
-"No soporto que mis hijos dejen todo tirado. Llego de trabajar cansada, abro la puerta, veo el desastre y estallo."
-"Mi marido sale corriendo cada vez que la madre lo llama para arreglar algo en su casa. Cuando a nosotros se nos rompe algo, pasan semanas hasta que él agarra la caja de herramientas."
-"Estoy harta de mi jefe. Me quedo hasta tarde cuando me necesita, hago cosas que no forman parte de mi trabajo, y cada vez que yo necesito algo, me sale con una excusa..."
Hablan del enojo, una emoción conocida por todos.
Algunas nos enojamos cuando la respuesta del otro no es tal como la habíamos imaginado. Otras, cuando el mundo muestra su cara más dura y dice: "Los Reyes Magos no existen: despertate". Muchas sólo necesitan que la suegra las llame por teléfono para desatar un torbellino interior que no siempre termina bien. A otras se les salta la térmica por cuestiones de todos los días, como el tránsito o las noticias.
¿Qué es el enojo?
Más allá de cuál sea nuestro provocador favorito, hay algo que tenemos que saber: el enojo es una señal de alerta. Un aviso. Un mensaje al que es bueno prestarle atención. ¿Por qué? Porque dice algo de nosotras. Es un pedido de auxilio que surge de nuestras entrañas y que, como puede, manifiesta lo que siente. ¿Qué? Básicamente, la frustración por una expectativa o un proyecto que no se cumple tal como lo habíamos imaginado. Así como el dolor físico es una señal que nos obliga a parar si estamos haciendo demasiado ejercicio, por ejemplo, el dolor que produce el enojo es una luz de alarma que se enciende y que pide a gritos que la atiendan. Y cuanto antes, mejor.
Frente a la frustración que nos produce que nos impidan "ser" nosotras mismas, lo primero que sentimos es rabia, es decir, la respuesta biológica, la misma que puede sentir un animal. Un ejemplo de rabia desatada se da cuando alguien sujeta fuertemente a un chiquito en medio de un capricho y le impide moverse. El resultado se traduce en gritos, pataleos, forcejeos y un berrinche interminable.
Pero el enojo es otra cosa, va por más: el enojo es rabia con argumento. A las primeras sensaciones de frustración que tuvimos al no haber obtenido la respuesta ideal, les agregamos un sinfín de argumentos. Una vez que entramos en este circuito, nuestra visión del entorno se condiciona. Y la mente sólo hace foco en los aspectos más negativos de nuestro supuesto agresor. Transforma a esa persona en un monstruo al que queremos atacar como sea. Lo convierte en un no prójimo. Te habrá pasado mil veces: un amigo hace algo que "te saca" y, de pronto, te caen todas las fichas negativas juntas: "Nunca me invita, nunca me apoya, no me escucha, no me acompaña...".
Jaak Panksepp, en su libro Affective Neuroscience, dice que la rabia, en animales, produce "una vigorización de la musculatura, con aumentos correspondientes en los índices de frecuencia cardíaca, presión sanguínea y flujo sanguíneo a los músculos. En el cerebro, emerge una tendencia intensa y focalizada a golpear al agente ofensivo". En nosotros, los humanos, el estado emocional que se despierta es una tormenta mental que incluye recuerdos previos relacionados con el episodio que nos enojó, y se promueven automáticamente planes potenciales de venganza.

Cómo nos enojamos
¿Reaccionamos igual las mujeres y los hombres frente al enojo?
Definitivamente no, y una manera de observar las diferencias es pensar en el ejemplo que nos dan los deportes. Los hombres sólo piensan en ganar, más allá del precio. La cuestión nunca es jugar, sino vencer al rival, ser respetado, como sucedía en la vida salvaje de los primeros hombres. Mientras que ellos debían vencer a la presa o al enemigo que amenazaba con quedarse con sus mujeres y su territorio, las mujeres tenían la misión de compartir para criar a la prole, repartir la comida o generar vínculos con la comunidad.
Por eso, a nosotras nos duele ganar a costa de la derrota de otros. Nos da pena que nuestro rival deportivo pierda. No nos importa tanto ganar, porque al ganar perdemos la cercanía que tanto nos importa: nos importa que nos quieran.
Acaso por eso hay una gran diferencia entre los registros de los hombres y de las mujeres frente a la depresión.
Ellos suelen enojarse y protestar: "Mi pareja no me entiende", "nadie aprecia lo que hago", "no me dan lo que necesito"...
Nosotras, en cambio, somos propensas a sentir: "Nada me sale bien, no valgo, no puedo, no sirvo"...
Genético, histórico, cultural o como queramos llamarlo, lo cierto es que los hombres y las mujeres manejamos el enojo de manera muy diferente. Las mujeres, hacia dentro. Los hombres, hacia fuera.

Qué hacer
Administrá tu energía: una buena frase, que habrás escuchado, es: "Soldado que huye a tiempo sirve para otra batalla". Aunque no nos demos cuenta, esto es lo que la mayoría hacemos con los pequeños enojos de todos los días: un auto nos encierra en la calle, el vecino deja la basura en nuestra vereda... Dejamos pasar la gran mayoría de las situaciones que nos causan enojo.
Dale un lugar a tu enojo: hay algunas situaciones que no podemos dejar pasar. Porque son una señal inequívoca de que algo nos está hiriendo. No importa si el otro lo hizo a propósito o sin querer, no importa si lo que sucedió fue real o fruto de nuestra imaginación. El derecho a asistir la herida y a prestarle atención a lo que sentimos es algo a lo que no debemos renunciar.
Interrogá la emoción: con la misma urgencia y cariño con que salimos eyectadas cuando un chico se cae cerca de nosotras, podemos acompañarnos a nosotras mismas. Mientras exploramos los diferentes matices de lo que sentimos preguntándonos: "¿Qué siento?, ¿qué me pasa? ¿Me molestó lo que me dijo o lo que hizo? ¿Ya viví esto?", este cuestionario nos permitirá crear las condiciones para elaborar nuestra respuesta, y nos dará tiempo a que la rabia ceda y dé espacio a otros recuerdos de lo vivido con esa persona. También nos ayudará a tomar una decisión crucial. ¿Lo dejamos pasar o enfrentamos el cambio que el enojo reclama? Esta pregunta se puede convertir en miles, tantas como matices contengan las situaciones que nos enojan. Por ejemplo: "¿Vale la pena hacer una escena para evitar que mi suegra llame todos los días a la hora de la cena o mejor me desensibilizo?" o "es verdad que nunca jamás se acuerda del día de mi cumpleaños, y eso me duele, pero también es cierto que siempre que la necesito está a mi lado".
Encontrale la vuelta: en el momento en que le damos espacio a nuestro enojo y lo interrogamos, no sólo empezamos a conocernos a nosotras mismas, sino que también podemos ver que el otro no es ese monstruo que la rabia inicial construyó en nuestra mente. En ese diálogo interno podemos ver que el supuesto agresor también es divertido, agradable, cariñoso, leal... Es como una negociación interna en la que asumimos que, conociendo lo no perfecto de esa persona, la reelegimos. El enojo es una herramienta para el cambio cuando nos estimula a observarnos más a nosotras mismas, en vez de mirar tanto lo que hacen los demás.
Descubrí el cambio: la consecuencia de una conversación a solas con el enojo puede ser una decisión de cambio. Y no siempre el cambio tiene que ser drástico como una separación física, un portazo en el trabajo o dejar de hablarle a una amiga. La mayoría de las veces, el gran acto heroico es más sutil, como correrse de determinado rol, aprender a pedir, a decir "no", dejar de esperar que el otro cambie o darnos el espacio que necesitamos. Esto sucede únicamente si podés hacerte responsable de esa emoción en vez de responsabilizar al otro, pero compasivamente, sin echarte la culpa.
Cómo afirmar quién sos
Te habrá pasado al volver de un viaje o de un retiro de fin de semana: renovaste la energía, traés nuevos proyectos y muchas ganas de hacer cosas. Retomás la convivencia con tu pareja, que se quedó, y uno o dos días después empezás a sentirte una extraña en tu propia casa. De pronto, impaciencia, discusiones y un sentimiento inequívoco dentro grita desesperado: "Esto no va más". Pero ¿separarse es la solución que estás buscando? Es posible, si te das tiempo para desenrollar la madeja del conflicto, que veas que durante los últimos tiempos silenciaste algunas señales internas. Es posible que no le hayas dicho que necesitás un espacio personal, que te sentís un poco asfixiada en la relación, quizá no te animaste a confesar algún secreto... Es que nadie puede ceder indefinidamente: lo positivo del enojo es que, una vez que pasa, nos permite dar señales de lo que somos y de lo que queremos, y eso es muy benéfico para las relaciones con los demás porque le da la posibilidad al otro de ubicarse, conocernos y saber quién somos. Ni siquiera las personas que más queremos pueden saber lo que pensamos o sentimos. Si no lo decimos, ¿cómo van a saberlo?
Negar el enojo que sentimos frente a una situación es negarnos a nosotras mismas. Es corrernos de nuestros espacios internos y ceder nuestro poder de decisión. De tanto hacerlo, terminamos comprando el discurso del otro, y llega un momento de la vida en que es difícil determinar qué es propio y qué es ajeno.
Imaginate lo que pasaría si cada vez que le dijeras a tu marido que querés aprender a manejar, te contestara: "Para qué necesitás, si yo te llevo y te traigo", "estamos a un paso del subte", "te vas a complicar la vida con el tránsito"... De tanto escucharlo, es muy probable que empieces a desarrollar tus propios argumentos internos para acatar lo que él dice; al fin y al cabo, te gusta leer en el trayecto del trabajo a casa y con el auto no podrías, estás tapada y no tenés tiempo de aprender... Y así se pasan los años hasta que un día, la vida, como siempre, se ocupa de permitirnos resolver lo pendiente: tu marido se descompone en la ruta y vos quedás al frente de tu familia y con una rabia tremenda porque, como no sabés manejar, no podés sacarlos de donde están . El final es predecible: seguramente, apenas resolvés lo "urgente", te anotás en unas clases para aprender a manejar y, unos meses después, sacás tu registro de conducir emocionada por el logro. Esos "actos de valor" suelen destrabar los frenos internos que nos impiden crecer; entonces, cuando usamos el enojo a nuestro favor, asumimos una posición clara, porque así nadie puede discutir lo que pensamos ni lo que sentimos. En definitiva, en el enojo, reafirmamos quiénes somos, qué queremos en la vida y con qué no transamos, y en ese proceso nos empoderamos.

Cómo actuar, en vez de reaccionar

Estas once ideas que detalla Lerner en su libro La afirmación personal pueden formar parte de tu caja de herramientas personales.
Hablemos. Dejar pasar los pequeños enojos de la vida cotidiana puede ser un acto de madurez. Pero es un gran error tapar nuestro enojo, estamos ejerciendo violencia contra nosotras mismas.
Aprendamos a esperar. El peor momento para hablar suele ser cuando el enojo está sucediendo.
Pensar lo que sentimos. Antes de hablar, es importante preguntarse cosas como: ¿qué me está pasando?, ¿qué quiero conseguir?, ¿quién es el responsable de qué?, ¿qué quiero cambiar?
Los golpes bajos no sirven. Recriminar, ordenar, ridiculizar, humillar o rebajar a la otra persona nunca conducen a una solución del problema.
Usemos la primera persona. Es mejor que usemos fórmulas como "siento que...", "quiero...".
Las personas son diferentes. No existe "la verdad".
Las discusiones intelectuales no llevan a buen puerto. No tiene sentido gastar tiempo y energía en tratar de convencer a los demás de nuestro punto de vista.
Cada uno es responsable de su propio comportamiento. Echarle la culpa a otro de nuestros sentimientos es un error muy común.
Bajar línea no resuelve el problema. Ninguna persona adulta necesita que le digan cómo tiene que pensar.
No esperes cambios de confrontaciones aisladas. "La repetición es la base del aprendizaje", dice el saber popular. Pensá cuánto tiempo te llevó aprender a lavarte los dientes todos los días. ¿Por qué creer que el otro va a cambiar sólo porque se lo dijimos? Los cambios se producen lentamente y requieren perseverancia. Y mucha.

Un cuento con moraleja

El viejo chamán de una tribu estaba con sus nietos hablando de la vida y les dijo: "¡Una gran pelea está ocurriendo en mi interior: es entre dos lobos! Uno de los lobos es la maldad, la ira, la envidia, el odio, la avaricia, la arrogancia, la mentira, la egolatría, la competencia. Y el otro es el amor, la alegría, la paz, la serenidad, la humildad, la verdad, la dulzura, la amistad. Esta misma pelea está ocurriendo dentro de ustedes y dentro de todos los seres de la Tierra".
Los chicos se quedaron pensando en lo que su abuelo había dicho hasta que uno interrumpió el silencio y preguntó: "¿Y cuál de los lobos crees que ganará, abuelo?". El viejo chamán respondió: "El que alimentes...".

Una herramienta más: la aceptación

Este concepto al que todos los autores de autoayuda le han dedicado tiempo y espacio y que, sin embargo, se presta para tantas confusiones. ¿Qué es exactamente?
Aceptar es tomar en la conciencia lo que está ocurriendo y permitirle que dialogue con los otros aspectos nuestros y de la situación, para poner en marcha los recursos que tengamos para poder superarlo.
Aceptar es una forma de vivir cooperando con nuestra vida en lugar de oponernos a ella.
Aceptar no es aprobar, ni consentir, ni permitir, ni autorizar, ni sancionar, ni coincidir. Tampoco estar de acuerdo, ceder, someterse, respaldar, confirmar, apoyar, ratificar, ayudar, asistir, defender, afirmar, autentificar, atestiguar, reforzar, simpatizar, alentar, fomentar, promover, instigar, inducir, favorecer, propugnar, conformarse...
Ni siquiera es que te guste lo que es.
Es decir: "Es lo que es; y lo que es, es".
Hasta que hayamos aceptado realmente todo lo que nos rodea y sucede, no podemos ver claramente. Siempre estaremos mirando a través de los filtros de "debo", "debería", "tengo que", "tendría que".
Vos, ¿cómo manejás tu enojo? ¿Qué opinás de estas herramientas para ayudarte a actuar en vez de reaccionar?
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