jueves, 22 de abril de 2010

Día de la Tierra


"... el niño mira sin horror a los tigres porque no ignora que él es los tigres y los tigres son él o, mejor dicho, que los tigres y él son de una misma esencia".
Manual de zoología fantástica, de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero
Corrí una piedra y encontré un bicho bolita que se contrajo ante el rayo de luz que caía como una lanza. Me volvió de pronto una escena recurrente de mi infancia, cuando los apuraba con el dedo por el incontenible placer de verlos tomar esa forma acorazada, hermética. Por verlos rodar.
Me pregunté entonces hasta qué punto nos importa a los seres humanos la vida de éstos y tantos otros seres en miniatura que comparten nuestro tiempo en el planeta. Y recordé un artículo publicado tiempo atrás en este diario que despertó mi curiosidad. Decía que un equipo de investigadores argentinos había descubierto que una de las especies vulgarmente conocidas como pepino de mar tiene la capacidad de inhibir la proliferación de células malignas. Una información por demás esperanzadora que, sin embargo, podría quedar relegada a segundo plano, tratándose de estos primos de las estrellas marinas, al tacto parecidos a una sandía, que viven alejados de todo interés humano que trascienda la preparación del sushi.
Es que su existencia, como la de tantos otros seres, pasa inadvertida y su desaparición importa -literalmente- un pepino. Lo demuestran las pruebas irrefutables de que la actividad humana está condenando a la extinción a unas 27.000 especies vegetales y animales cada año. Una tasa demoledora: algo así como 74 especies por día y tres cada hora.
Debo aclarar que siempre he pensado que estas cifras no conforman un lenguaje adecuado para despertar nuestra conciencia. Su constante difusión en los medios no ha servido hasta el momento para generar un cambio de conducta de los seres humanos en su relación con la naturaleza, probablemente porque las magnitudes son tan avasallantes que generan un rechazo automático, una indiferencia casi autista.
Vale la pena destacar que, si bien los científicos todavía no se ponen de acuerdo sobre el número total de especies que habitan nuestro planeta, se estima que oscilan entre 10 y 50 millones, desde grandes mamíferos hasta diminutos microorganismos para los cuales el bicho bolita constituye una criatura descomunal.
Algunas de estas especies desaparecen antes de que conozcamos su existencia, arrastradas por una tasa media de extinción 10.000 veces más rápida que la que prevaleció durante 65 millones de años, desde fines de la era mesozoica, cuando desaparecieron tres cuartas partes de todas las especies, incluidos los dinosaurios. Es por esto que los especialistas aseguran que estamos acercándonos hacia otra gran extinción, con características similares a las últimas cinco registradas. Sólo que ahora no se trata de un meteorito ni de erupciones volcánicas. Y que esta vez no sólo estamos para atestiguarla: se trata de nosotros.
La causa principal es la degradación y pérdida de hábitats, que afecta a 9 de cada 10 especies amenazadas. Los vamos corriendo, los vamos mudando a empujones, los echamos. Cada año se pierden unas 15 millones de hectáreas de bosque en el planeta, y la mayor parte de esa pérdida ocurre en los bosques tropicales, donde se identifican los más altos niveles de biodiversidad. No obstante, el consenso reinante es que no hay nada en esa clase de incidentes que sugiera que nuestro modo de vida está amenazado. No nos damos cuenta de que lo que le pasa al planeta nos pasa a nosotros. Y somos testigos de esta autodestrucción sutil sin percibirlo, como si los seres humanos pertenecieran a un orden distinto que el resto del mundo real. Sin embargo, son muchas las voces en apoyo de una postura contraria que nos define como una especie animal como cualquier otra, entre ellas las del escritor Francis Fukuyama y el reconocido entomólogo estadounidense Edward Wilson.
Para satisfacer nuestras necesidades agrícolas, hemos transformado de alguna manera casi la mitad de la superficie de la Tierra no cubierta por el hielo. Hemos contenido y desviado ríos. Hemos construido represas e inundado pastizales. Hemos secado humedales y los hemos fraccionado luego en sitios que cubrimos con cemento sobre el cual han crecido edificios, fábricas. Hemos contaminado. Hemos emitido gases. Hemos visto crecer los desiertos en oleadas de arena sobre sitios donde antes había cobertura vegetal. Lo hacemos despacio, confiados en el progreso mientras van multiplicándose los aglomerados humanos.
No me interesa hacer un juicio de valor. Sólo describir el modo en que ocurre este progreso. De a poco. Por proyecto. Y eso da lugar a la comprensible explicación económica, social o política para justificarlo por las siempre insaciables fuentes de trabajo sin que se analice si esta obra, en apariencia inocua o adecuadamente mitigada según los "estándares", es un componente del todo. Los llamados efectos acumulativos, esos de los cuales nadie se siente parte.
¿Nos importa un pepino? Es curioso que, para referirnos a algo que carece de valor o que importa poco, lo comparemos con el pepino u otra especie que se ha caracterizado por mantener un perfil bajo en el transcurso de la historia. Decimos "Me importa un bledo", en alusión a una planta rastrera; "Me importa un rábano", mencionando el fruto de otra planta de esas mismas características; o bien "Me importa un comino", aludiendo a un fruto relegado a los condimentos culinarios.
Tal vez por este motivo la desaparición de muchas especies termina por resultarnos indiferente en la medida en que no interfiera con abrir nuestro surco hacia el progreso. Desconocemos que cada especie es una ventana abierta a la totalidad, a la naturaleza. Y que todas ellas viven entrelazadas entre sí conformando los ecosistemas sobre los que depende nuestra vida de una manera que ignoramos. Porque cada una de ellas es una obra maestra de la evolución de miles, millones de años.
Sin embargo, más allá de una necesaria relación ética con la naturaleza, del respeto a todos los seres y del compromiso de preservar los recursos naturales para las futuras generaciones, están perdiéndose los recursos que estas especies podrían brindar más allá de los usos obvios vinculados con la alimentación y la vestimenta. Basta mencionar que varias plantas, hongos y bacterias, en apariencia no valiosas, constituyen la fuente de productos medicinales esenciales. Por dar solo unos muy pocos ejemplos de la potencialidad de la biodiversidad como fuente de medicinas: la penicilina es un antibiótico que encuentra su origen en un hongo; la morfina es una droga extraída de la amapola blanca que ayuda a aliviar el dolor; la aspirina (ácido acetilsalicílico) se obtiene de la corteza del sauce y se utiliza como analgésico; la quinina se extrae de la corteza de la quina con el fin de combatir el paludismo; la ciclosporina resulta de un hongo y se utiliza en los trasplantes para evitar el rechazo en los injertos; la vinca de Madagascar se emplea para el tratamiento de la leucemia.
Con la pérdida de especies pueden estar desapareciendo beneficios similares, productos de inimaginable valor y potencial. Y los desaprovechamos como si nos sobrara todo. Sucede que, pese a que nuestras ambiciones no tienen límites, los recursos de la tierra son, nos guste o no, irremediablemente finitos. ¿Pasaremos de la abundancia a la indigencia?
El bienestar humano depende de todos estos llamados "servicios ecosistémicos" o "servicios ambientales" que son las utilidades que la naturaleza proporciona a la humanidad en su conjunto en forma gratuita, como el agua, la purificación del aire, la pesca, la madera el ciclo de nutrientes entre otras tantos.
Sólo un ejemplo resulta ilustrativo: los arrecifes de coral constituyen excelentes barreras naturales contra inundaciones y tempestades y su pérdida ha generado un impacto notable en las comunidades costeras debido a los desbordamientos del mar. Sin embargo los daños a las barreras de coral -o a los humedales, que tienen funciones similares- se perciben con desdén como situaciones ajenas, que en nada afectan nuestra vida, y por lo tanto nos importan un pepino.
Es que el uso intensivo de los ecosistemas suele ser muy lucrativo en el corto plazo, pero un uso abusivo e insostenible puede suponer pérdidas en el largo plazo. Con el tiempo, el valor de esos servicios perdidos podría ser muy superior a los beneficios económicos obtenidos en el corto plazo. Y como bien se refleja en la Evaluación de Ecosistemas del Milenio, un país podría talar sus bosques y agotar sus recursos pesqueros y, a pesar de la pérdida de capital natural, esto quedaría reflejado en su PBI únicamente como una ganancia por los ingresos generados en la venta de dichos productos. De modo que aquí hay un gran desafío y es integrar en la economía la valoración de estos servicios. Y saber el impacto que cada nueva actividad causa en ellos. No hacerlo no es más que una espontaneidad salvaje que demuestra la perfecta inutilidad de las evaluaciones de impacto ambiental en su versión actual.
¿Será una patología seguir creciendo indefinidamente?, se preguntaba Konrad Lorenz. Sin embargo, si alguien pusiera en tela de juicio la idea de progreso sería acusado de abogar por un retorno a la edad de las tinieblas. Pero este progreso, ¿podrá llevarnos a mejorar la condición del hombre?
Cabe preguntarse si podremos equilibrar nuestras necesidades con las del resto de las vidas de este planeta. Si podremos conservar un mundo con bichos bolita, con insectos maravillosos de alas metálicas, con luciérnagas que parecen ojos de tigre relampagueando en la oscuridad, o seremos ese hombre voraz, consumista, que habita el planeta como si se tratara de un almacén de que se sirve de modo insaciable sin reponer jamás las existencias.
Al inicio del siglo XXI, la diversidad biológica atraviesa uno de los períodos más oscuros de su larga historia. El hombre, convertido en un potentado biológico que ha alcanzado la capacidad de dominar otras formas de vida, está amenazando la existencia de la mayoría de ellas, incluyendo la propia. Los hechos parecen demostrar que este homo sapiens se encuentra al mando de una nave que viaja a ciegas hacia el futuro. Un vasto laboratorio donde se fabrica un mundo inhóspito. El principal obstáculo para la implementación de un cambio efectivo es que no existe una verdadera sensibilidad para recoger y advertir la magnitud de lo que está en juego. Hay una tendencia generalizada a la negación y predomina una mentalidad de coyuntura, bajo cuyo reinado toda política preventiva parece ajena a la realidad.
Quizás nuestra tarea principal debería ser inspirar la conservación de la diversidad de la vida en nuestro planeta. Tal vez así podríamos ser sólo la prehistoria de un mundo en armonía y nuestro legado sería el de los años en que la gente vivía sin importarle un pepino. Es que la extinción del medio y la deshumanización del hombre viajan juntas. Sin embargo por primera vez en la historia una sola especie puede actuar para modificar el rumbo: la nuestra.
Por Luis Castelli-Director Ejecutivo de la Fundación Naturaleza para el Futuro




Tiempo de temblores
Alina Diaconu
La realidad suprema de nuestro tiempo es la vulnerabilidad de nuestro planeta.
John F. Kennedy
Temores y temblores. El 27 y el 28 de febrero, tembló Chile y temblamos todos.
El año había comenzado con el terrible sismo de Haití y con un saldo de devastación y dolor -más de 200.000 muertos- que nos heló la sangre. En enero y en febrero, hubo intensos sismos en California y en México y un alud en Machu Picchu (y en toda la zona de Aguas Calientes y el Valle Sagrado de los Incas) con el triste final de varios fallecimientos, entre ellos el de una argentina.
El terremoto de Chile fue mil veces más potente que el de Haití, y no sólo se hizo sentir en algunas provincias argentinas y en zonas de la misma Capital, sino que el alerta se extendió desde Perú y Ecuador hasta Hawai, las Filipinas, Australia, Nueva Zelanda, la Polinesia francesa y Japón. Parecía que una ola gigante del Pacífico iba a engullirnos a todos.
La Tierra temblaba. Como en el título de aquella película de Luchino Visconti ( La terra trema ).
El Apocalipsis, las profecías mayas acerca del año 2012 y los angustiantes anuncios de la Virgen de Fátima rondaban en nuestras atormentadas mentes. Como si todo eso hubiera sido poco, en la Antártida un gigantesco iceberg de dos kilómetros y medio de largo, en la plataforma Wilkins, se estaba desprendiendo, queriendo avanzar hacia las costas?
En Europa, en esos mismos días, el temporal Xynthia, procedente del Atlántico, había dejado 70 muertos, con lluvias y vientos de más de 150 kilómetros por hora. Vuelos cancelados, cortes de rutas, hogares sin electricidad, etcétera.
El 20 de marzo, nos enteramos de que toneladas de arena, provenientes de los desiertos de Mongolia, habían cubierto la ciudad de Pekín y otras zonas de China, con vientos de cien kilómetros por hora. A comienzos de este mes, otro importante temblor sacudió el sur de California y de México. El 6 de abril, en Río de Janeiro, un devastador temporal dejó como secuela más de 200 muertos, y hace pocos días, un fortísimo terremoto -en la ya golpeada China- significó una tragedia con miles de heridos y casi 600 muertos. A estos desastres, se agregó la reciente y mayúscula erupción del volcán de Islandia y, a raíz de esto, la gigantesca nube de cenizas que cubrió a Europa, con el consiguiente caos aéreo (cierre de aeropuertos, cancelación de miles de vuelos) y la advertencia de la OMS sobre los posibles peligros para la salud que va a implicar este nuevo estallido de la naturaleza.
¿Qué está ocurriendo con nuestro hermoso planeta azul? Nos sentimos atrapados en un tembladeral. El eje de la Tierra ya se movió algo. El calentamiento global, el derretimiento de los glaciares, el agujero en la capa de ozono, la tala de árboles y otros factores más están entre los causantes de estos fenómenos. Greenpeace y otras organizaciones nos alertan sobre los desastres que la mano del hombre comete y que pueden y deberían ser evitados por las autoridades.
Hace poco, y por inspiración de la World Wildlife Foundation, de Sydney, Australia, se pidió a través del gobierno porteño un apagón simbólico en edificios y monumentos -"La hora del planeta"- como un llamado de atención sobre los cambios de clima en la Tierra. Esta iniciativa, coordinada por la Fundación Vida Silvestre, se practicó no sólo en Buenos Aires, sino en todo el país y en más de 4000 ciudades del mundo.
Nosotros mismos hemos concurrido varias veces a otra convocatoria de una ONG argentina que se viene realizando desde hace varios años. Se trata de meditaciones masivas, de una hora de duración, que se organizan en el predio del Planetario de Buenos Aires por la paz, la integridad y por la salud de nuestra casa, la Tierra. Estas reuniones también se hacen de forma simultánea en otras ciudades de nuestro país y del mundo.
Cuando, leyendo los diarios y las informaciones por Internet, nos enteramos de que el 40% de la población de la Tierra vive aún sin agua potable, de que hay tanto hambre todavía, de que por esa razón mueren 17.000 niños por día (según declaraciones de Ban Ki-moon, secretario general de la ONU), de que sólo en 2008 hubo 31 guerras, de que se sigue torturando y matando a hermanos y hermanas a cada minuto que pasa y de que se talan bosques, se contamina el aire y el agua, y los intereses pisotean valores y principios, nos preguntamos: ¿cómo va a sobrevivir este planeta tan castigado?
En el siglo VI antes de Cristo, Lao Tse, en su Tao Te Ching, decía: "La Tierra es como una vasija tan sagrada que ante el mero acercamiento de lo profano se rompe en pedazos". Las imágenes del sismo en Chile nos mostraron de la manera más realista posible cómo se puede romper la Tierra, de verdad, en pedazos. Con toda la tragedia de un pueblo que actualmente está viviendo en una economía de guerra.
Homero también veía a la Tierra, Gaia, como una "madre de todo cuanto existe". Decía que todos nos alimentamos de su gran alacena. Ojalá hoy día todos se alimentaran de su alacena. La alacena se está vaciando (la estamos vaciando), y los poderosos que manejan las cosas hacen lo que quieren con ella, es decir, con la repartija que mejor les conviene.
En un libro que recopila sentencias de los mapuches de Neuquén (hecho por Bertha Koesller), leemos: "Vendrán hombres nuevos a los que el oro no les importará". Ojalá.
Todos en la Tierra estamos intercomunicados. Nuestras vidas están conectadas, entrelazadas, como la gota del mar a la que aludía la Madre Teresa de Calcuta. En los Estados Unidos, a esto mismo se refería un jefe seattle en el siglo XIX, al expresar: "Cuanto le ocurre a la Tierra también les ocurre a los hijos de la Tierra. El hombre no tejió la telaraña de la vida; él es tan sólo una hebra de ella. Todo cuanto le hace a la telaraña, se lo hace a sí mismo".
En una conferencia en Estocolmo, en 1972, Rajnesh (Osho) decía: "Hemos olvidado cómo ser buenos huéspedes, cómo andar con pies ligeros sobre la Tierra, como lo hacen las demás criaturas".
En concordancia con esto, Walt Whitman, en su Canto a mí mismo , afirmaba: "Creo que podría irme a vivir con los animales: son tan plácidos y serenos...".
Hoy es el día de nuestro planeta, pero, como en otras festividades dedicadas al padre, a la madre, al amigo, etc., y dadas las especiales circunstancias que estamos atravesando, ¿no sería imprescindible que el día del planeta fueran todos los días? ¿Cada hora, cada minuto?
¿Y recordarlo cada vez que se toma una decisión que puede dañar a otro o que puede erizar la piel de Gaia, su suelo, su subsuelo, sus mares, sus campos y sus montañas?
Quizás estemos en una cuenta regresiva en materia de devastación, pero hasta el último momento estamos a tiempo. Hay miradas optimistas y encontramos a quienes dicen que nuestro planeta conocerá una benéfica transformación si comenzamos por nosotros mismos.
Marie Curie fue preclara cuando escribió (en los años 30 del siglo pasado): "No podéis esperar crear un mundo mejor sin mejorar a los individuos. Todos y cada uno de nosotros debemos trabajar en este sentido, para mejorarnos a nosotros mismos y compartir, al mismo tiempo, una responsabilidad general por toda la humanidad".
Como en aquella famosa película francesa de Christian Jaque, si todos los hombres del mundo nos diéramos la mano, la historia sería otra.
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