lunes, 26 de octubre de 2009

Seis de cada diez argentinas tienen problemas de insatisfacción sexual


Era el lugar. Era el momento. Sandra estaba de novia desde hacía casi un año, había cumplido 18 y él le profesaba su amor a ritmo constante. En esa tarde de sol en casa prestada, con más énfasis que nunca. ¿Por qué entonces sopesaba la decisión en su cabeza como un silogismo? De un lado, las amigas que ya habían debutado, la presión del rito necesario, las canciones, las películas, la promesa de aquel libro robado de la biblioteca paterna. Del otro: el miedo a embarazarse, a cruzar cierta barrera, y una inquietud sin nombre desparramada por el cuerpo. Su cuerpo. El único que faltó a la cita. Aún se apena al recordarlo.
Las congéneres de Sandra –que como todas las mujeres en esta nota, aceptó compartir su intimidad a cambio de guardarse el nombre–, las que hoy navegan los treinta, cuarenta, cincuenta, llegaron a la madurez en un mundo en el que el sexo ya no estaba prohibido; tampoco entendido, ni celebrado, ni transmitido de madres a hijas como un legado precioso de emoción y placer, de saber y sentir. El debut se cumplía a tientas, con la poca o mucha información que cada una hubiera podido acuñar. Algunas saldaron esos comienzos con años de terapia, amantes más o menos idóneos, sensibles, compañeros. Otras, demasiadas, siguen sin comprender, en sus tripas, el motivo de tanto alboroto.
"La verdad, te diría que en este momento de mi vida el sexo me da fiaca. Supe disfrutarlo con algunas parejas. Siempre fui buen copiloto, pero no me pidas que inicie ni sostenga yo la cuestión..." Carina, 45, está en pareja desde hace cinco años. Ambos son divertidos, cariñosos, disfrutan de sus comidas gourmet, de sus paseos, de transitar la vida lado a lado. Pero ante la pregunta, ella reconoce que el modesto casillero en el que arrumbaron el deseo tiene consecuencias. "Y... la autoestima. Me siento menos valorada como mujer y me voy aseñorando. ¿Autoerotismo? Ni de eso me dan ganas."
Carina no está sola en su desgano: es más, puede decirse que integra la mayoría. Según un estudio realizado por el sector de Disfunciones Sexuales del Servicio de Urología del Hospital Durand, el 63% de las mujeres sondeadas manifestó dificultades para conectarse con el deseo. En menor proporción, hablaron también de aversión al sexo, problemas para llegar al orgasmo o lograr la excitación, miedos, dolores y otras interferencias. ¿Quiénes dan cuenta de esta realidad? ginecólogas, psicólogos, sexólogos confesores, parteras. También instructoras de preparto que abren los ojos grandes cuando la apunto- de-ser-mamá admite no saber distinguir las partes de su anatomía: no la sinuosa intimidad de la vagina, sino aquella que aflora y es pura piel y sensación y secreto a descubrir.
"Una mujer de 36 años, profesional, sofisticada, vino a mis clases de preparación para el parto –cuenta Viviana Tobi, psicóloga, sexóloga y especialista en salud perinatal–. Un día, mientras les mostraba imágenes de genitales femeninos para que aprendieran a reconocerse, esta mujer me confesó, con gran alivio, que lo que ella siempre había creído una malformación, un apéndice raro que le había crecido allí abajo, no eran más que sus labios vaginales. Esta mujer había vivido su sexualidad con vergüenza por lisa y llana ignorancia". Otra mujer, algo mayor, contó con pudor que padecía de incontinencia urinaria al tener relaciones sexuales: resultó ser que lo que ella creía una emisión de orina involuntaria era en realidad la tan mentada como poco conocida eyaculación femenina.
"No se trata de reducir la sexualidad a la genitalidad –explica Tobi–. Pero gran parte de las mujeres viven sus genitales como una ausencia. Es un aspecto negado, desconocido y desvalorizado. Yo trabajo para reconectarlas con su erotismo a nivel de la piel y lo corporal, y parte del camino es que aprendan a mirarse, a nombrarse, a jerarquizar eso que habían negado y darse el lugar de poder disfrutar de ellas mismas".



La revolución pendiente
Escuchar a una mujer de 66 años hablar de sexo no es cosa de todos los días. Si además lo hace con elegancia, contundencia y savoir vivre, es un diálogo difícil de olvidar. Danièle Flaumenbaum, ginecóloga francesa, no habla de sexo metafórico, ni frívolo, ni de película. Habla de sexo-sexo.Aquel que, en su opinión, tantas mujeres se están perdiendo sin saberlo. Danièle estuvo en Buenos Aires invitada por la Fundación Creavida para presentar su libro Mujer deseada, mujer deseante, en el que cruza conceptos de la medicina china y la psicología transgeneracional para dibujar el mapa y señalar el camino de vuelta.
Empieza por desarmar un mito: "Las mujeres que crecimos en los 70 vivimos la revolución sexual, fuimos las primeras en tener la píldora, que nos habilitó el sexo sin reproducción. Las primeras en salir a conquistar el mundo. Nuestras vidas dieron un vuelco respecto a las de nuestras madres". Pero enseguida apunta: "Sin embargo, a diferencia de lo que los medios nos hacen creer, la mayoría de las mujeres –el 85 por ciento, según lo que veo en mi consultorio– experimenta conflictos con su sexualidad. ¿Por qué? Porque tienen derecho a hacer el amor pero no lo saben hacer. La memoria de sus células sigue bajo el control del ancienrégime (antiguo régimen)".
Las ideas de Daniéle parten de una teoría provocadora: que toda relación amorosa (para ambos sexos) renueva la primera historia de amor con la madre. El famoso complejo sobre el que Freud fundó un imperio tiene aquí un lugar secundario; ella apunta su lente a la poderosa presencia materna en esos cruciales primeros años. "Al comienzo de la vida, nuestra madre era la totalidad del mundo y en ese mundo nos construimos –narra en su libro–. La memoria de ese período de inclusión durante el cual, siendo niñas, vivíamos por completo en el espacio psíquico, geográfico y energético de nuestra madre es lo que reproducimos a través de la entrega y el abandono al hombre amado".
Las consecuencias son fáciles de imaginar: ese amor-fusión proyectado sobre la figura de un hombre no deja lugar para la más mínima chispa. La única manera para que una mujer deje de ser niña es que rompa el hechizo y dé lugar al encuentro con otro diferente, la polaridad opuesta, el yang para su yin. Según la especialista, pocas mujeres logran hacer ese despegue, y su energía sexual estancada asoma en una gama de patologías: cistitis, colitis, vaginitis y otras inflamaciones, más toda variedad de micosis e infecciones locales. Estas enfermedades recurrentes son, para la médica, indicio de que "el sexo no está habitado por la vida e ignora cómo estarlo", y deben ser el puntapié para una profunda indagación en la vida de sus pacientes... ¿Cómo viven su sexualidad? ¿Cuándo les sobrevienen las molestias? ¿Cómo fue la sexualidad de sus madres y sus abuelas? De igual modo, considera que las menstruaciones dolorosas, o excesivas, los fibromas y embarazos extrauterinos son huellas de esas historias grabadas a fuego en el inconsciente desde el nacimiento. Enfermedades de linaje, las llama. Reescribir la propia historia –y la de las que nos precedieron– sería sinónimo de curación.



Sufriré en silencio
"La mujer tiene más disfunciones sexuales que el hombre, pero consulta menos", dice Sandra Magirena, ginecóloga, sexóloga y coordinadora de talleres de sexualidad. "Y encima, pocos ginecólogos se animan a preguntar por la salud sexual de sus pacientes, y eso que la salud sexual hoy es reconocida como un derecho humano. La ginecóloga es la médica de cabecera de la mujer, la que la sigue a través de la pubertad, la menarca, la madurez, los embarazos, la menopausia. Sin embargo, la ginecología dividió a la mujer en compartimentos –patología mamaria, cervical, climaterio...– y en vez de velar por su felicidad, se ocupa de sus patologías".
¿Es la falta de deseo un problema de la mujer madura? Después de todo, las adolescentes de hoy son precoces, osadas, desenvueltas... ¿no? Magirena se permite disentir: "Las chicas vienen con sus mamás, que las traen porque están a punto de debutar y quieren que les explique cómo cuidarse. Yo me quedo a solas con ellas y pregunto: '¿Probaste a ver qué es lo que te gusta y lo que no? ¿Exploraste tu cuerpo?'... Nueve de cada diez ponen cara de espanto y dicen: '¿Masturbarme? Ay, no, qué asco...'." Así, se lanzan a sus primeros encuentros como si quisieran degustar un menú gourmet antes de haber probado su primera papilla.
"Una cosa es poner el cuerpo, hacer lo que haya que hacer –aclara la médica–, y otra es conocerse, quererse y darse tiempo para aprender a gozar." Tampoco se salvan las jovencitas –por frescas y lozanas– de la tiranía de la imagen.
A sus 22 años, Luz es una belleza curva que hechiza las miradas. Sin dudas ya lo era en el recuerdo que narra: "Debuté en el secundario. Como todas mis amigas estaba pasando por una 'etapa anoréxica'. Era casi una moda, algo que había que hacer. Hice dieta toda la semana antes, pero igual estuve todo el tiempo consciente del rollito de la panza que no quería que él tocara". Nada de esto sorprende a Adrián Helien, psiquiatra y sexólogo del Sector Disfunciones Sexuales del Durand. Después de todo, no es raro que mujeres de cualquier edad se le planten enfrente y le digan: "Ya probé todo y nada, doctor... no sé lo que es un orgasmo. ¿Qué hago?". Otras veces son los maridos quienes se acercan, frustrados por demasiados fracasos en sus intentos por complacer a sus amantes.
"Hay desconocimiento, miedos por experiencias traumáticas no examinadas, y en algunos casos, problemas hormonales. Pero lo cierto es que la tendencia en el mundo es la baja del deseo, el sexo cada vez más esporádico. A la vez, ser sexualmente activo se convirtió en una exigencia más. Y la exigencia es una de las cosas que más rápido mata el deseo. La actitud que le sienta mejor al erotismo es la del principiante".
Las paredes de su consultorio conocen de memoria ciertas preguntas. Por ejemplo: "Con mi pareja tenemos relaciones cada quince días. El otro día leí que hay que tenerlas al menos una vez por semana... ¿somos anormales?". "¡Claro que no! –responde él, enérgico–. Lo que importa es si esa sexualidad los gratifica.
De nada sirve estar encerrado todo el día teniendo un sexo horrible." Concede, no obstante, que quien se resigna a una sexualidad poco creativa "se pierde gran parte de su potencial como ser humano".
El psicólogo Raúl Noceti también ha sido receptor de inquietudes femeninas. Ante la pregunta de por qué un grupo de psicólogas le pidió que coordinara un taller sobre energía femenina, responde, sincero: "Me dijeron que era por mi metodología. Pero creo que hay algo más: subsiste la tendencia de depositar el saber en el hombre, de descubrirse en la mirada masculina".
Les propuso explorar cómo se manifestaron corporalmente las etapas evolutivas en sus vidas y en su sexualidad como mujeres. "Surgieron miedos, vergüenzas, necesidad de abrazos, y también una hermandad especial entre ellas." ¿Cómo es que subsisten miedos y vergüenzas en la psiquis de mujeres adultas y educadas? "La información no equivale al cambio –sugiere Noceti–. Ni siquiera una toma de conciencia equivale a un cambio, porque la conciencia es volátil. El cambio aparece con la vivencia, con la apropiación del cuerpo".
El caldero alquímico
El cuerpo. Volver al cuerpo. Para Flaumenbaum, el lugar central de la energía femenina es el útero, así como para el hombre son los testículos. "Las mujeres asocian su sexualidad con la vagina, pero la acogida del hombre se produce mucho más adentro, en el útero, que los chinos llaman "el caldero alquímico". Es la caja de resonancia en la que se encuentran y se unen las fuerzas femeninas y masculinas. Esto ocurre incluso si el órgano no está: lo que importa es el lugar energético que ocupa, y que se puede aprender a sentir. Es la energía la que crea el órgano".
Para la médica, el sexo suele malentenderse como un intercambio, un trueque que deja agotados a los amantes; ella lo entiende, en cambio, como una potencialización de cada uno. "Para una mujer, hacer el amor no es sólo darse y abandonarse al hombre amado, sino también saber acogerlo y recibirlo en ella, en su mente y su corazón, pero también en su sexo." Traza el siguiente recorrido: cuando el encuentro se produce en profundidad, las fuerzas sexuales unidas invaden los cuerpos, viajan de uno a otro, alimentan y regeneran los órganos, recorren la columna y llegan hasta el cerebro, descargándolo de obstrucciones y aclarando el espíritu.
La autora se limita a observar el intercambio amoroso heterosexual. Pero está claro que a idéntica entrega, igual dimensión de goce entre amantes del mismo sexo. Y si no, habrá que preguntarle a Pamela Madison. Esta acupunturista californiana creció en una familia de tradición mormona. Como diría Woody Allen, represión sexual era su segundo nombre. Pero llegando a la adolescencia, se propuso que no conocería el sexo hasta no encontrar una forma coherente de integrarlo con su vida espiritual. La encontró en el tantra. Empezó por leer, siguió por probar, y cuando al fin tuvo relaciones por primera vez, a los 22 años, fue todo lo que esperaba y más. Hoy vive para contarlo. O, más bien, enseñarlo. ¿Qué es lo que enseña? Que los principios del tantra –que en sánscrito significa tejido– pueden aplicarse a cualquier orientación sexual, aunque tradicionalmente se asociaran con el encuentro sagrado entre el lingam y el yoni (genitales masculinos y femeninos).
El camino que propone Madison es una ferviente y decidida autoexploración. "La manera en que nos enseñaron a pensar el sexo –dice la voz pausada del otro lado de la línea– no sirve para nada. Aquello del sexo 'hot', la búsqueda del placer por el placer mismo, el esfuerzo por seducir todo el tiempo... a la larga, eso es lo que hace las que mujeres digan: 'Basta, me cansé'. No nos enseña a ir más profundo, a conectar con la energía propia y la de la pareja. Si una mujer puede descubrir quién es sexualmente, como quien encuentra otra pieza del rompecabezas, gana en satisfacción, tenga o no tenga pareja, tenga o no tenga orgasmo".
Esto no quiere decir que Pamela subestime el poder del orgasmo. Lo que propone es sacarlo de los parámetros estrechos que enseñan los medios y las películas. ¿Orgasmo vaginal o clitoriano? "Qué más da? –responde–: eso es tan reduccionista... El orgasmo puede partir de cualquiera de esos puntos, o del punto G, o de las caricias en otras partes, o de un lugar tan profundo en el cuerpo que no hay forma de ponerle nombre." De todos modos, ella se declara partidaria de los masajes del punto G (un tejido rugoso ubicado en la pared interior de la vagina, enfrentado a la espalda). "He advertido que es un reservorio de vivencias antiguas, y si las mujeres soportan un estímulo prolongado, no sólo facilitan la eyaculación sino que despiertan recuerdos olvidados y secretos de sus psiquis".
En sus talleres, Madison enseña a las mujeres menopáusicas a evitar los síntomas del climaterio sin píldoras ni hormonas; sólo con trabajar los chakras bajos (centros energéticos) mantienen vibrante su energía sexual. "Yo me estimulo todas las mañanas, y mediante la respiración llevo la fuerza de mi orgasmo a mi sonrisa, a mis ojos, a las puntas de los dedos. Después de eso, mi estado de ánimo es una bendición para todos los que me cruzo en el día".
La ciencia la respalda: una vida sexual rica y asidua es lo que más se asemeja al elixir de la juventud. ¿Cómo? El orgasmo libera una catarata de hormonas: la feniletilamina (que segregamos cuando nos enamoramos), responsable del estado de euforia; la dehidroespiandrosterona (que contribuye a mantener sano el sistema inmune y retrasa el envejecimiento); endorfinas (generan bienestar y alivian dolores); estrógeno y testosterona (pilares de la sexualidad); y, tras el clímax, oxitocina (la hormona que segregan las mujeres al parir, y que estimula el vínculo con el bebé).
Pero de nada serviría generar este torrente químico con trucos de laboratorio. Hay un camino directo, una medicina antigua y eficaz: la entrega amorosa. Quizá por eso, voces autorizadas señalan que el mayor placer sexual se descubre en la madurez, cuando las personas se sienten suficientemente seguras de sí mismas para poder mostrarse al otro como son, en toda su vulnerable, preciosa desnudez. Lo dice el sexólogo David Schnarch: "La intimidad no es para los débiles de espíritu". Tampoco el amor. Y sobran los valientes que lo siguen buscando.
clarin.com

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