viernes, 1 de octubre de 2010

¿Perdimos las amas de casa y ahora los comedores de las casas?

Por Alejandro Maglione
lanacion.com
Amas de casa y comedores
Hubo dos episodios casi concomitantes que me llevaron a reflexionar sobre esta nota. Una fue una charla casual con Andrea Pulenta mientras probábamos sus vinos, en la que me contaba que en el interior del país sigue plenamente vigente la figura de la ama de casa. Por ejemplo, si llega a fallar su empleada que se ocupa del almuerzo, ella deja lo que está haciendo en la empresa en San Juan y se va a la casa para cocinar para su marido e hijos.
Por empezar, dudo que un marido porteño vaya a almorzar a su casa al mediodía, y después todo lo demás, que puede pasar por obligaciones profesionales, deportivas, o de cualquier tipo, de su esposa.
El segundo episodio fue ver un edificio en construcción en el barrio de Palermo en Buenos Aires, en cuyo frente se anuncian la cantidad de ambientes posibles de adquirir, los beneficios de contar con terraza y piscina para los dueños, pero ya no se menciona que cuente con comedor, living-comedor y ¡ni siquiera living!

Amas de casa
Me pregunto si en las grandes ciudades del interior se da el mismo fenómeno que en Buenos Aires de la inexorable desaparición de las amas de casa a la que asistimos desde hace unos años, por variados motivos. Un fenómeno que uno creería novedoso, pero resulta que ya lo advirtió Fray Luis de León, ese agustino que a mediados del siglo XVI escribiera:
Quiere decir que en levantándose la mujer ha de proveer todas las cosas de su casa y poner en ellas orden, y que no ha de hacer lo que muchas de las de ahora hacen, poniendo los pies en el suelo, o antes que los pongan, estando en la casa, negocian luego con el almuerzo, como si hubieran pasado cavando la noche. Otras se sientan con su espejo a la obra de su pintura, y se están en ella enclavadas tres o cuatro horas, y es pasado el mediodía y viene a comer el marido y no hay cosa puesta en concierto.

En mi época
Confieso que me genera cierta resistencia intelectual hablar de mi época, cuando en realidad mi época y la época de cualquiera son los años de su vida, así que mejor diré: en mi infancia. Ahí va. En mi infancia a las niñas de la casa se las hacía interesarse por los secretos de la cocina casera, e incluso, si no habían demostrado demasiada habilidad para el aprendizaje en su casa, solían concurrir a institutos donde las niñas completaban o adquirían conocimientos de gastronomía, y hasta en algunos casos, de buenas maneras.
Todavía recuerdo la indignación de mi madre cuando escuchó a una joven cerca suyo comentar que en las clases de esa semana en un instituto que regenteaban monjas suizas, había aprendido a hacer huevos duros…Que ella tuviera que escuchar eso, cuando a su hija Celina, mi hermana, la había preparado para que fuera como una ex alumna del Cordon Bleu de París, le resultó un trago amargo…Aclaro que con mis hermanos nos matábamos de la risa con esas "preocupaciones".

Familia moderna
Presenciamos una reformulación total de la idea de familia que funcionó durante siglos, y vemos como los fuegos de las cocinas de los hogares se fueron apagando, y no porque hayan sido reemplazados por los microondas. Y a no engañarse, la "comida casera" que ofrecen los restaurantes difícilmente se acerquen a la cocina que se hacía en nuestra casa de mano o bajo a supervisión de nuestras madres.
Algunas chicas entusiasman a sus flamantes maridos con sus habilidades culinarias, pero luego de pasados los entusiasmos del tálamo, renacen en ellas vocaciones profesionales o deportivas, quizás hasta desconocidas por sus medias naranjas, y ellos comienzan a desplegar sus propias virtudes o sucumben a la comida de delivery.

La cocina pequeña
Pero la mujer siempre se mostró habilidosa para la cocina familiar, las pequeñas fondas o restaurantes modestos. Ya desde la antigüedad, las cocinas de banquetes, de las cortes, de las grandes casas, y posteriormente de los restaurantes quedaban en manos de los hombres, salvo honrosas excepciones.
Hasta en la ficción, como el film Están matando a los grandes chefs, obra escrita en conjunto por el matrimonio Nan e Ivan Lyons, todos los protagonistas son hombres, a excepción de una sola mujer, que además cumple el rol de repostera.
La mujer cocina para la familia y lo hace con un criterio de economía, difícil de emular por el hombre, que cuando toma la responsabilidad de cocinar, generalmente cuando vienen amigos a la casa, suele hacer un dispendio de dinero que difícilmente le perdonaría a su mujer si lo hiciera.

El salón comedor
Y entonces pasamos a la arquitectura y la paulatina desaparición que se va advirtiendo del comedor tal como lo conocemos. Primero fue esa habitación donde estaba la mesa donde se almorzaba y cenaba, solía haber, en las casas grandes, un cristalero donde se guardaban los cubiertos y parte de la cristalería. También se encontraban muebles más grandes que se llamaban trinchantes, que eran donde se cortaba la carne asada para que no se enfriara en su tránsito desde la cocina. Estos comedores solían tener puertas, las más de las veces corredizas, de manera tal que mientras no eran usados, quedaban fuera de la vista de las visitas.

Luego vino el living-comedor
Todo junto, en el mismo ambiente. Allí ya quizás había desaparecido el personal de servicio, y uno mismo colaboraba a poner y quitar la mesa. Si había visitas, a veces las mujeres se ocupaban de ayudar a la dueña de casa. Pero la mesa pasaba a ser de usos múltiples porque fuera de las comidas se usaba para hacer los deberes de la escuela o lo que fuera. Y la advertencia materna se hacía escuchar: "¡sacá las cosas de la mesa que vamos a comer…!".

El antes y el ahora
En el antes, me contaba ese gran embajador que tuvimos en París, Archibaldo Lanús, que hasta comienzos del siglo XIX el comedor no existía en los castillos o grandes casas francesas. La burguesía comía en la cocina. Y la nobleza comía donde le daba la gana de sus grandes propiedades. Por eso, me explicó Lanús, las mesas solían tener rueditas que permitía moverlas de un ambiente a otro. Y los banquetes se hacían en una suerte de salones de usos múltiples.
Y ahora resulta que es más importante tener un cuarto para el audio y la TV que un comedor. Se come en mesas bajas mirando la televisión. Incluso los espacios de nuestras casas o departamentos fueron ocupados por nuestros cada vez más abundantes guardarropas. Los ricos de antaño difícilmente tuvieran la cantidad de ropa que hoy usa cualquier ciudadano de la clase media. Recuerdo perfectamente que el ropero de mi padre no era gran cosa. Y para la ropa que no se usaba habitualmente, existían los baúles que se guardaban en las "bauleras" de las casas o edificios de departamentos. Pero a nadie se le ocurría tener un "vestidor" como tienen hoy los matrimonios de cierto poder adquisitivo.
Nuevas necesidades. Nuevas costumbres. Nueva utilización de los espacios, no siempre abundantes en los inmuebles de la actualidad.

Cerrando el tema
En rigor el tema se abre, no se cierra. Porque creo que da para la reflexión y la polémica. Invito a los lectores a dar su parecer. Sociólogos y arquitectos del futuro, agradecidos. Y en esto de la economía aplicaría aquella máxima que escribiera el autor de Disciplina clericalis ,Pedro Alfonso: "No te quedes en la ciudad de un rey cuyos gastos fueran mayores que la renta". Cualquier connotación política…corre por su cuenta, a mí no me meta.

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