Mostrando entradas con la etiqueta soledad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta soledad. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de abril de 2012

CADA VEZ MAS PERSONAS DECIDEN VIVIR SOLAS

mujer con su celular sola
Clientes solitarios, ensimismados con sus tabletas y teléfonos inteligentes, en una de las típicas cafeterías que hay por doquier en Estados Unidos. Es una escena que se repite en distintos lugares públicos, pero también cada vez más en la intimidad del hogar. Y es que en este país, vivir solo se está convirtiendo en una realidad más común.
Esa es, por lo menos, la conclusión que se puede extraer de las estadísticas del censo nacional, según las cuales hay más de 31 millones de hogares que ahora están compuestos por una sola persona, cuatro millones más que en 2000.
Y aunque la discusión se ha centrado en Estados Unidos, es una característica que va mucho más allá. En Francia y en Japón, en India y en Brasil, en Suecia y en China, también hay más personas que parecen desdeñar la vida en compañía. (ver recuadro).

Tendencia internacional


No sólo en Estados Unidos hay cada vez más personas que viven solas.
  • El diario The Guardian escribió cómo, según la organización Euromonitor International, el número de personas que viven solas a nivel mundial pasó de 153 millones en 1996 a 277 millones en 2011.
  • En Japón, en el 31,5% de todos los hogares en 2011 vivía solo una persona, de acuerdo con Euromonitor International. En 2001 el porcentaje era del 27,9%.
  • En Francia, según un informe de 2011 del Instituto Nacional de Estudios Demográficos, una de cada siete personas vive sola. Este porcentaje creció en los últimos 50 años. Pasó de 6% en 1962 a 14% en 2007.
  • En los países nórdicos la tendencia también va en aumento. Suecia es el país del mundo con más personas que viven solas (47%), mientras en Noruega el porcentaje es de 40%.
  • El diario The New York Times señaló cómo tres de las naciones con el mayor crecimiento de personas viviendo solas son China, India y Brasil.
Según los expertos consultados por BBC Mundo, detrás de esta tendencia hay razones culturales y económicas, pero también, de manera muy particular, una importante influencia de esos dispositivos tecnológicos que estamos utilizando cada vez más.

"Juntos pero solos"

Sherry Turkle es una investigadora de la universidad MIT, en Massachusetts, Estados Unidos. Ella escribe sobre "el lado subjetivo" de las relaciones personales con la tecnología y hace unos meses publicó un estudio sobre cómo las tabletas y teléfonos celulares afectan nuestra vida social.
Turkle acuñó el término "Alone Together", antítesis que significa que estamos siempre conectados y simultáneamente solos. Para ella, esa es la clave detrás del auge de quienes rechazan una intimidad en compañía.
"La tecnología les permite a las personas sentirse más cómodas viviendo solas", le dice a BBC Mundo.
Explica que si bien no tienen compañía en casa, muchos sienten que no es un problema si igual pueden estar siempre en contacto con sus amigos y familiares, más allá del lugar donde se encuentren.
Es lo que Turkle califica como poder llevar la vida social a todas partes. Vivir solo se ha convertido, hasta cierto punto, en una experiencia social.
Eso tiene un efecto claro -pero ambivalente- sobre las relaciones físicas. Unos señalan que la tecnología está reduciendo el contacto personal y creando una ilusión errática de comunidad. Para otros, la tecnología también tiene el poder de gestar relaciones personales, como ocurre con los sitios en internet para encontrar romances.
En pocas palabras, no siempre vivir solo es igual a estar solo. Y en esto juega un papel importante la tecnología.

Viajar para trabajar

Pero la tecnología es sólo una de las aristas del tema. Puede explicar por qué una persona se siente cómoda viviendo sin compañía, pero no necesariamente por qué las personas deciden en primer lugar irse a vivir solas.
Daniel Russell analiza la soledad y el apoyo social en la universidad del estado de Iowa, en Estados Unidos. Dice que por la difícil situación económica, encontrar trabajo se ha vuelto más difícil y esto afecta la vida en compañía.
"Ahora uno tiene que estar dispuesto a viajar a donde esté el trabajo. Eso puede hacer que sea más difícil desarrollar relaciones cercanas o vivir con otras personas", le dice a BBC Mundo.
Sin embargo, cabe anotar que esto se ha desarrollado de manera simultánea con la tendencia opuesta: según un informe reciente del censo de Estados Unidos, entre 2005 y 2011 se incrementó el número de jóvenes adultos que decidieron permanecer en la casa de sus padres.
En otros casos, la decisión de vivir solo no se trata de una elección. La viudez o la imposibilidad de conseguir una pareja estable hacen que los hogares unipersonales sean la única alternativa.

Valores liberales

No sólo jóvenes

Eric Klinenberg es un sociólogo de la universidad de Nueva York que ha estudiado el tema de la soledad en los últimos años.
En un artículo reciente para The New York Times, Klinenberg resaltó que no sólo los jóvenes tienen el deseo de vivir solos.
Explica que cinco millones de estadounidenses entre los 18 y los 34 viven solos, 10 veces más que en 1950.
Agrega que el grupo con el mayor número de solitarios son los estadounidenses de mediana edad: 15 millones de personas entre 35 y 64 años están en esa condición.
Pero achacarle exclusivamente a la situación económica o a los azares del destino la decisión de irse (o no) a vivir solo deja de lado un factor cultural: también parece haber un deseo creciente, más allá de lo que dicte el dinero disponible.
En muchos países, sobre todo los más desarrollados, encontrar una casa unipersonal es un paso casi natural en el desarrollo del individuo. Es una señal de realización personal y de independencia, que está cimentada en los valores liberales.
Esto va de la mano con otras tendencias: datos del censo también revelan que las personas están esperando cada vez más para casarse, una característica de largo plazo que el censo registra desde mediados de los años 50.
A esto se agrega la alta tasa de divorcios en el país.
Y como puede ser comparativamente más costoso vivir solo que en pareja, escoger lo primero puede verse también como una señal de poder. Para vivir solo hay que poder hacerlo.
"Antes, la única forma en que las personas creían encontrar la felicidad era en una relación de pareja", dice Judy Ford, autora de un libro sobre el tema.
"Ahora lo que estamos viendo es que hay muchas más maneras", concluye.
bbc.co.uk

jueves, 16 de febrero de 2012

La vida sexual sin pareja puede ser plena y llena de satisfacciones


Todos somos seres sexuales; nacemos y morimos así. Por eso, la vida sexual no tiene límites, es la que cada uno puede y quiere tener. Estar solos no es un impedimento para disfrutar y menos para gozar de una vida sexual plena. “La vida sexual, cuando no se está en pareja, es muy variada. Lo más común es tener un amigo/a con beneficios pero también parejas sexuales simultáneas o salir un tiempo con una persona y después con otra, hasta encontrar a la adecuada y establecer una relación de mayor compromiso”, explica Mónica Cruppi, psicoanalista de APA.
Hay también otras formas de mantener una vida sexual activa y salir del mito de que la soltería es igual a no tener relaciones sexuales nunca. “Si la soledad es elegida, el deseo sexual se mantiene y cada uno puede elegir la forma de disfrutarlo. Hay quienes eligen la autoestimulación y los juguetes eróticos, o los encuentros esporádicos. Es un mito que para satisfacerse sexualmente hay que estar en pareja”, agrega Diana Resnicoff, sexóloga y una de las directoras del Curso de Posgrado de Sexología Clínica de la Sociedad Argentina de Sexualidad Humana.
En lo que se refiere a juguetes eróticos hay de todo tipo: desde muñeco/as inflables hasta consoladores en distintos materiales y motivos. Y en cuánto a las modalidades, hay tantas como personas existen. En la soltería, “conviven los touch and go y los touch con replay, pero lo cierto es que nadie se queda sin sexo”, asegura Cruppi.
Los amigos con beneficios perduran en el tiempo. Son aquellos que permiten la interrupción si se inicia otra relación y a los que se puede volver por sexo esporádico si esta nueva relación no funcionó. También es válido no tener relaciones sexuales hasta encontrar a la persona indicada.
Ahora, si bien no existen límites, tampoco es cuestión de ponerse en situaciones de riesgo. Muchas veces los jóvenes temen el rechazo de sus pares y “terminan pagando con su cuerpo una cena o una invitación a tomar algo, en vez de darse el tiempo necesario y deseado para tener relaciones sexuales”, cuenta Resnicoff. Aunque es, también, la franja de edad que se atreve a probar más. “Los jóvenes están en la búsqueda de definiciones internas y entonces prueban. El modelo tradicional fracasó y eso se sabe, por lo que están buscando su propio modelo”, sigue.
Para aquellos que están más cerca de los 40 años, la situación es distinta. “Se conectan más con su cuerpo y se sienten más libres –dice Resnicoff–, por lo que están más seguros de qué les gusta y qué no. A los hombres les cuesta mucho estar solteros y son los que salen rápido a conquistar mujeres; y muchas mujeres no quieren saber nada de hombres y se autoestimulan con juguetes eróticos y lo disfrutan también”.
Por un lado, hay que aprender a explorar el cuerpo y dejarse llevar por nuevas sensaciones que den placer; y por otro, aprender el arte de la seducción, que incluye desde movimientos corporales hasta el tono de voz, la inteligencia y las palabras. “Hoy los singles son cada vez más. Las personas que se encuentran transitoriamente solas son un signo del nuevo milenio. Algunas lo disfrutan y otros la padecen”, describe Cruppi, para quién cada persona es única y vive, ejerce y desarrolla su sexualidad de la manera que puede de acuerdo a su capacidad, disposición, tendencia e impronta erótica.
Lo importante es “darse el permiso para disfrutar en soledad y entender que se puede disfrutar del cuerpo más allá de la vida sexual, ya sea paseando, leyendo o con actividades que nos hagan bien. Si uno puede disfrutar en soledad, también puede estar bien con los otros”, suma Resnicoff.

Tips para poner en práctica
Si la pasión se enciende y las ganas de disfrutar a pleno de la sexualidad aumentan hay varios tips que se pueden ponerse en práctica:
Visitar sitios de Internet que ofrecen cibersex o páginas web que promueven encuentros sexuales por una noche.
Poner en práctica mecanismos de seducción y salir con amiga/os a pasear para conocer gente nueva.
Explorar los juguetes eróticos disponibles, que son muy útiles para la autoestimulación.
Aprender a disfrutar con el cuerpo propio y hacer uso del material cinematográfico que existe.
Investigar en los sitios de citas por Internet y en los grupos de Solos y Solas que se realizan en distintos bares del país.
Dejar que el azar nos sorprenda. Hay parejas que se conocieron en la calle y que por un impulso se besaron y terminaron teniendo relaciones sexuales en un hotel cercano.
Salir a bailar y estar disponibles para lo que suceda sin transgredir los límites propios.

Cuando estar solo angustia
Las dos especialistas coinciden en definir dos tipos de soledad: la elegida y la no elegida. Se puede entender el estar sin pareja como un estado transitorio o pensar que es permanente. Pero, en este último caso, puede haber problemas. “Algunas personas viven muy mal la soledad y se sienten estigmatizadas, angustiadas, ansiosas, desamparadas, llenas de emociones negativas, por lo que obran en consecuencia y retroalimentan su malestar”, explica Cruppi.
Y están aquellos que entienden que es transitoria y empiezan a experimentar la vida con otros ojos, a disfrutar de su cuerpo en soledad y a ejercer la libertad de elegir qué hacer y con quién.
Si la angustia por la soledad es muy intensa, el malestar puede causar síntomas. “Los más frecuentes son los trastornos de la alimentación, del sueño, del cansancio, aumento en el consumo de alcohol y tabaco, trastornos digestivos, hipo, hipertensión o alergias”, expone Cruppi. Por eso, lo importante es entender que la soledad es transitoria y acudir a un especialista si la angustia no puede superarse.
clarin.com

domingo, 15 de enero de 2012

BUENOS AIRES: Una de cada cuatro personas mayores vive sola en Capital


Aparecieron muertas y sus cuerpos eran como momias. Después se supo: hacía cinco meses que estaban allí, con sus pulóveres de invierno. Más allá de las muertes en sí, lo que provoca escozor en el caso de las mellizas de la Recoleta es que nadie haya reparado en sus ausencias. Este ostracismo es una elección frecuente en algunos mayores que ejercen el retiro voluntario hasta que llegue el final. El caso obliga a pensar qué hace la comunidad con sus mayores. En Capital hay 627 mil personas que tienen más de 60 años. Una de cada cuatro (160 mil) vive sola, según la última Encuesta Anual de Hogares de la Ciudad.
La sociedad envejece. Un siglo atrás, la expectativa de vida de un porteño era de 48 años, hoy es de 76. Muchos superan esa media: hay 150 mil mayores de 80. Este fenómeno plantea nuevas responsabilidades a las familias y al Estado. En paralelo ocurren otras cuestiones, como el achicamiento de los departamentos, y el hecho de que tanto hombres como mujeres trabajen todo el día a la par. Resultado: no hay lugar ni quien se ocupe de los abuelos . No se trata de denostar la autonomía, pero los especialistas en gerontología dicen que debe estar acompañada.
Graciela Zarebski, directora de la Maestría en Psicogerontología y Licenciatura en Gerontología de la Universidad Maimónides, habla de la familia como vagones de un mismo tren, cerca pero no amontonados. “Así como los abuelos no están disponibles a tiempo completo para ocuparse de sus nietos, del mismo modo los hijos tampoco lo están para atender a sus padres. Hoy hay más libertad para todas las edades.
El tema es no desentenderse del otro ”, dice.
A veces ocurre que no hay otros. De la mano del Mutualismo Argentino Confederado, Silvia Kanje creó el programa de “Reducción de la soledad y el aislamiento”. Se trata de ir por los barrios detectando solos a los que se convoca para ir al centro de jubilados a ver juntos una película y tomar una merienda. “Reflexionamos sobre las emociones que se disparan. La solidaridad horizontal siempre logra sacarlos adelante”, asegura.
Juan Hitzig, médico especialista en Biogerontología, aconseja generar una red social que estimule las redes neuronales: “No aislarse es importantísimo para la salud neurológica. Hay que insertarse en un circuito de dar y recibir. La gente se siente mal cuando no recibe, pero se muere cuando no da”.
“Hoy la mayoría de los mayores elige vivir solo, y eso es positivo, pero tiene que haber un contacto con el exterior”, dice el psicólogo Ricardo Iacub, especialista en Tercera Edad y Vejez. “No salir suele tener como consecuencia dejar de mantener contactos, y esta pérdida de relaciones puede provocar dormir poco y mal, mayor presión, tendencia a la depresión y a la ansiedad, desconfianza hacia los otros y pérdida de recursos intelectuales como la memoria y hasta una mayor tendencia al suicidio”.
Envejecer bien es un derecho. ¿Qué hace la Comuna? Claudio Romero, subsecretario de la Tercera Edad, dice que hay centros de día donde se ofrece comida, talleres y paseos, además de auxiliares a domicilio y subsidios para alquileres o servicios. “Trabajamos para que sean autónomos la mayor parte del tiempo”, asegura. Quien necesite ayuda: 0800-222-4567.

La soledad compartida

La mitad de los porteños no tiene pareja y el 25% de los hogares de Capital es unipersonal. Los solos de hoy, sin embargo, nada se parecen a los Aurelianos imaginados por García Márquez, que heredaban la soledad y la sufrían como una maldición. Hoy, muchos la eligen. ¿De dónde viene la soledad? Se dice que se habría desarrollado en los comienzos de la evolución humana y que apareció como una respuesta de los cazadores que enfrentaban situaciones de hambruna: para no morir, decidieron no compartir sus alimentos con otros familiares. Y al sobrevivir estuvieron en mejores condiciones para reproducirse durante períodos de abundancia. Es decir, desarrollaron la soledad como una adaptación a la supervivencia. Como sea, la mejor soledad es la que se puede compartir. Becquer ya lo dijo: “La soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien decírselo”.
CLARIN.COM

domingo, 13 de marzo de 2011

Mujeres suficientes


Durante años te sentiste sola en las más diversas situaciones. Rodeada de gente, en la escuela, en el trabajo o en tu casa. No importaba con quién estuvieras ni tus logros personales o familiares: había momentos en los cuales te embargaba una soledad tan inmensa y un vacío tan pesado que no encontrabas salida. ¡Hoy llegó el día tan ansiado, para dejar este peso atrás!
El sentimiento de soledad permanente es una constante en la vida de muchas mujeres. Aunque estemos permanentemente ocupadas en nuestro trabajo, con nuestras amigas, hijos o pareja y llenemos todo nuestro tiempo con cosas reales o imaginarias (como por ejemplo, preocupándonos por un futuro tan incierto como impredecible) nos sentimos vacías con frecuencia. Tratamos de no tener ni un minuto libre durante el día y de caer rendidas en la noche para evitar conectarnos con nuestras emociones y con nuestra propia intimidad. ¿Qué pasaría si nos enfrentáramos a ellas? ¿Qué descubriríamos? ¿A qué le tememos?
La impresión de estar solas suele ir acompañada de una certeza infundada de no pertenecer al lugar en el que estamos o de que no nos quieren allí por algún motivo. Lo que deja entrever un nivel bajo de autoestima, generado por alguna situación real o imaginaria del pasado. La mismísima Madre Teresa de Calcula pregonó que "La soledad y la sensación de no sentirse querido son la pobreza más grande".
Si creemos que sólo por vivir cada día a las corridas, llenas de ocupaciones, la sensación de soledad va a desaparecer como por arte de magia, no estamos haciendo lo correcto. Tampoco si nos rodeamos de gente permanentemente y evitamos estar solas. Si hay un tema personal inconcluso que está pidiendo a gritos que lo enfrentemos, y por eso perturba nuestra tranquilidad, va a seguir haciéndose notar hasta que le ofrezcamos unos momentos de nuestro tiempo para que salga a la superficie. Si decidimos seguir dejándolo en la oscuridad, va a continuar provocando angustia y desajustes hasta que aflore.
Cuando nos sentimos profundamente solos en la intimidad de nuestro ser, suponemos que no contaremos con la entereza interna para convivir con lo que provoca ese vacío. ¡Claro que la tenemos! ¡Somos seres humanos suficientes, con un potencial a desarrollar esperando ser descubierto! Tenemos dentro de nosotras todos los recursos necesarios para dar la cara a las situaciones que se nos presenten, o que se nos presentaron. Podemos gozar de una vida equilibrada y satisfactoria, sin la necesidad de caer en conductas indeseables que hasta ahora asumimos como propias.
Con sólo dedicar unos minutos una vez a reencontrarnos con esa soledad que nos embarga bastará para que notes un cambio. Vale la pena afrontar ese vacío interno sólo una vez para darnos cuenta que sí podemos convivir con él. ¡Somos mujeres suficientes y podemos lograrlo! ¿Estás lista para reencontrarte con energía que había quedado atascada por mucho tiempo en un vano esfuerzo por alejarte de la soledad y del vacío?
Entonces, este es un buen momento para dejar que esa soledad salga a la superficie, por última vez. Conectate con ella, a modo de despedida. ¿Escuchás tu propia voz o la de algún familiar cercano que te desalienta, pone trabas a tu expansión personal y te traba? ¿Resuenan en tus oídos palabras con contenidos negativos o comparaciones? ¡Es hora de cambiar ese cassette! Y de volver a grabarlo con tu propia voz y con afirmaciones positivas que eleven tu autoestima al nivel en el que tiene que estar. No permitas que nadie te menoscabe, ni en persona ni mediante el recuerdo de lo que te han dicho. Tratá de cambiar esas palabras dentro de tu mente una sola vez y verás cómo te sentís. La idea es que asumas esta actitud cada vez que se te presente una situación similar. La gente puede pensar lo que quiera, ¡desde hoy, estás bien parada en tus dos pies y esta nueva seguridad se irradia al exterior!
Seguí conectándote con tu soledad, ¿salen a la superficie hechos del pasado? ¿Imágenes, voces, lugares, personas? Aunque no estén muy nítidos o pasen delante como una película, igual vas por buen camino. Quiero recordarte que todo eso es cosa del pasado y es hora de dejarlo partir, con amor, para poder situarte en el presente, aquí y ahora. Respirá hondo y decile adiós a esas situaciones, lentamente; tuvieron un lugar importante en tu vida hasta hace unos minutos y llegó la hora de liberarte de esos recuerdos. Sos una persona completa y suficiente y ya no necesitás vivir y revivir esos hechos que te aíslan de este momento, tenés a tu disposición todo lo necesario para manejarte con soltura y seguridad en el aspecto de tu vida que quieras.
Merlina Meiler, coaching emocional y autora del blog Mejora emocional.
entremujeres.com

viernes, 17 de diciembre de 2010

Epidemia de soledad navideña

Doris Rafferty no se quería ir a su casa en Navidad. Llevaba días quejándose de síntomas para los que los médicos no encontraban explicación. Hasta que ella misma le confesó la causa de sus males a la doctora que la atendía. "No quiero irme. Estoy sola y el día tiene tantas horas...". El suyo es un caso real que esta semana relata la revista 'The Lancet', pero no es único, ni tampoco es extraordinario. Vivimos una epidemia de soledad, reconocen los especialistas, cuyos efectos colaterales son aún más evidentes en Navidad.
Ishani Kar-Purkayashta, actualmente en las Agencia británica de Protección de la Salud, es la especialista que relata en primera persona su relación con la señora Rafferty (un nombre ficticio) durante unas navidades. "Su marido había muerto 20 años antes, y sus dos hijos vivían fuera del Reino Unido (en Malasia y EEUU, concretamente)", relata la doctora, ganadora del premio de ensayo que cada año convoca la publicación británica.
Ese miedo a la soledad de su hogar era lo que llevaba a la señora Rafferty (82 años) a quejarse un día del brazo, al siguiente de la cadera... Aunque descartadas las causas físicas con placas y demás pruebas, ella misma explicó el origen de su malestar: "Doctora, ¿puede usted darme una cura para la soledad?", le preguntó un día sin rodeos a la doctora Kar-Purkayashta. "Ojalá hubiese podido decirle que sí. Ojalá hubiese podido prescribirle algunos antidepresivos y pensar que he hecho todo lo que podía, pero la verdad es que ella no estaba clínicamente deprimida".
Como confiesa Concha Gutiérrez, responsable de la Unidad de Trabajo Social del Hospital Clínico San Carlos de Madrid, su historia "me suena familiar, aunque con matices". Como esta veterana asistente social confiesa, pacientes que lleguen hasta el punto de inventarse dolencias para no tener que abandonar el hospital en estas fechas son extraordinarios, "no es lo cotidiano".
Aunque reconoce que sí hay personas que llegan a experimentar síntomas físicos cuando llega la hora de darles el alta, "se ahogan o no pueden respirar, y realmente somatizan su malestar por la idea de abandonar el hospital".
Como reflexionaba la doctora británica, probablemente hay miles de 'doris' en todo el mundo, "personas para las que el tiempo ahora permanece vacío y a quienes les espera un hogar lleno de silencio". Una idea en la que coincide su colega española: "Ha habido intentos, pero no hemos calibrado aún realmente la incidencia que tiene la soledad en la salud". De hecho, apunta, no es lo mismo una soledad elegida, que la causada por las pérdidas, en personas mayores y cada vez más privadas de autonomía.
En el peor de los casos, como recuerda por su parte el psicólogo José Antonio Tamayo, del gabinete Activa Psicología y Formación, "si las fiestas están asociadas a emociones dolorosas muy intensas (tristeza, pena, duelo...), tal vez sea conveniente recordar que siguen siendo días como los del resto del calendario y que pronto quedarán atrás; el significado se lo otorgamos nosotros".
elmundo.es

sábado, 4 de diciembre de 2010

Guía para sobrevivir sola en un casamiento

Viernes: vestido negro largo; sábado: el corto con tachas... Y así, como la edad y la celulitis aterrizan sin previo aviso, llega el día en que tenemos un casamiento por fin de semana. Ahora, cada centavo de nuestro sueldo, que no se estira, va destinado a celebrar el amor de otros, porque no podemos repetir un vestido las veces que nos gustaría hacerlo y cada prenda nueva es un presupuesto, y el regalo, financiado sólo por una persona (léase, nosotras solteras), cuesta entregarlo.

Todo para homenajear el amor, que parecería burlarse de nosotras y juega a las escondidas. ¿Por qué tenemos que enfrentarnos a las mesas de parejas, a la "felicidad de a dos" y/o a la infaltable tía preguntona: "Y vos... ¿para cuándo?"? Porque no podemos ser "tan amargas" y darles de comer a las malas lenguas que luego dirán que ESA es la razón por la cual estamos solas -si tan sólo fuera esa la solución-, debemos continuar con esta interminable seguidilla de programaciones costosas que consumen nuestro tan deseado fin de semana, bajo el mandato de que en alguno de ellos encontraremos, tal vez, a nuestro Príncipe Azul, que ya para el día de hoy es celeste, violeta y, con tantos metrosexuales, algo rosado también.

20 hs. Iglesia.

Llegamos. Y ahí están todos, sentados de a dos y mirando hacia la puerta, es decir, a vos, a mí, ella, nosotras. Pero, en realidad, quieren ver a la novia, que, lamentablemente, no somos nosotras. Y por ello pedimos perdón con una tímida sonrisa. Ellas les arreglan las corbatas mientras ellos acompañan este momento con cara de "que se termine esta farsa ya, quiero comer, chupar y volver a mi casa". Nosotras, que vinimos temprano para evitar ver la ceremonia al lado del guardia de seguridad, nos damos cuenta de cuán grande es el banco de iglesia.

Pero siempre está aquella otra amiga soltera -no invitada- a la que podemos llamar por teléfono para compartir este fabuloso momento incómodo entre susurros, y así evitar concentrarnos en el frío que nos llega a falta de calor humano, porque claro, de alguna manera, en casa pareció lógico cubrirnos con una tela de 1 x 1 -y no un tapado que incluso nos abrigue de los 0 grados-, pero que no nos empaña el look. Y sí, el paso de la iglesia siempre es tedioso: si es temprano, invertimos todo el día en prepararnos; si es tarde, morimos de hambre y rezamos para que empiece la fiesta ahora. Eso sí, por lo menos, no tenemos que pedirle perdón a un acompañante.

22 hs. Cóctel.

Nos miramos de reojo entre nosotras, el vestido tiene que ser la combinación perfecta entre ondero (porque somos las tías cancheras) y sexy (porque somos solteras, punto). Si hicimos la tarea correctamente ya le habremos preguntado a la novia qué onda los amigos del novio y tendremos un identikit eficaz de aquellos solteros y aquellos potables (porque si bien para la "enamorada" son todos di-vi-nos, sólo con eso no hacemos nada), si habrá carnaval carioca o fiesta de espuma, y evitamos esas horas haciéndonos un peinado repleto de adorables clips (que sólo parecen inocentes, porque luego se pegan al cuero cabelludo como parásitos y parecen nunca acabar), que será pronto derrumbado por algún sombrero gigante o una crema pegajosa.

Y durante estas eternas horas de pie en las que decimos: "...No, no, ahora no estoy con nadie" (como si ayer lo hubiésemos estado) y no dejamos de mirar fijo las puertas del salón esperando el gran efecto "mirame, mirame, mirame.", deseando que nuestros ojos sean rayos láser y éstas se abran de una vez por todas, debemos evitar embucharnos con la primera tanda de canapés para evadir pensar en la larga y dolorosa muerte que están sufriendo nuestros pies.

23 hs. Comida.

Abren las puertas ornamentadas y llegan otras dos horas de prisión domiciliaria. En esta etapa, debemos permanecer sentadas en una mesa en la que (como nos aseguramos de que no fuera la que tiene un patético cartel de "solas") estamos rodeadas de parejas. Enamorados que están cerca de darse de comer en la boca inspirados por el video de fotos románticas que se emite por la pantalla grande.

Es el momento de apelar a nuestra creatividad para no dormirnos sobre la entrada, elegantemente descripta en el menú, pero cuyos ingredientes no llegamos a reconocer y sólo investigamos con el tenedor y comemos por inercia para no imaginar un posible ataque de pánico que nos permitiría retirarnos de una buena vez, pues todavía faltan el primer plato y el postre y ya toda conversación logra por sí sola dirigirse hacia temas fascinantes como la niñera, el pediatra y la nueva practicuna: es tiempo de panear e identificar al soltero de Cuatro bodas y un funeral y hacernos las lindas. La misión es conseguir continuas excusas para levantarse, llamar la atención y, de paso, desfilar las horas de Pilates que invertimos mientras el resto perdió tiempo cocinándole a su hombre.

24 hs. Dancing Queen.

Nuestro momento de fama. Somos libres y la pista es nuestra. En algunas canciones para dos (¡muerte a la vuelta de los lentos!, una triste y lenta regresión al secundario), vamos a tener que seguir aplaudiendo como unas idiotas para disimular nuestra incomodidad y hacer algo con las manos; pero en tantas otras, vamos a poder "romperla".

Digámosle "sí" a fragmentar las parejas encabezando el carnaval carioca, a hacer la obra de caridad de la semana y sacar a bailar al abuelo al ritmo de Frank Sinatra, a ser "la amiga buena onda" y rodear a la novia promoviendo la culpa de aquellas que no lo hacen. ¡Hora de limbo! ¡STOP! Sí, parece divertido -de lejos-; no tanto cuando terminemos en el piso boca arriba como una cucaracha y encima este fabuloso momento esté registrado por tres fotógrafos, dos camarógrafos y trescientos pares de ojos que nunca olvidarán.

Debemos encontrar una pareja de baile que venga con mimos y valore nuestra producción y, por qué no, depilación. En caso de no encontrarlo, es tiempo de zambullirse en el pogo, y un aroma viril muy fuerte nos hará pensar que tuvimos suficiente hombre por una noche.

3 hs. Cintitas, ramo y ligas.

Son muchas las tradiciones o rituales que tienen como protagonistas a las mujeres solteras. Y, en lugar de pensarlo como una condena que nos rodea con carteles de neón, tenemos que percibirlo como aquellos quince minutos de fama de los que tanto habló Andy Warhol. No estaremos en el prime time de la televisión argentina, pero no es poco que todo un salón nos ilumine al mejor estilo Broadway y que la lectura sea: "Sí, estoy soltera y con muchas ganas de divertirme".

Porque sí, estamos solas, entonces, ¡saquémosle provecho! Corramos desaforadas hacia la torta y tiremos cuantas tiritas encontremos; luchemos enérgicamente para terminar con el ramo y despleguemos nuestras trabajadas piernas con la mejor sonrisa pícara cuando el primer hombre quiera deslizarnos esa liga fucsia. Eso sí, estate atenta y sé más rápida que las concubinas que, ávidas de enrostrarle a su pareja que aún siguen sin alianza, corren hacia estos rituales como si fueran la última soltera del planeta. Pero vos, siempre sonriendo: no olvidemos que cada una de estas costumbres se termina con una foto con la novia. Así nos garantizamos gran parte de presencia en el álbum de fotos y el video.

6 hs. Fin de fiesta.

Las canciones comienzan a repetirse. ¿En qué momento pensamos que éste sería el lugar en que conoceríamos al hombre de nuestras vidas? Es sólo un mito. Los amigos del novio se pasan la fiesta saltando en grupo, transpirados desde el comienzo hasta el fin y tirándose alcohol entre ellos. Claramente, lejos de querer enamorar o ser enamorados por nadie. Si nos vamos acompañadas, mejor, pero las chances son pequeñas, es tiempo de afrontarlo.

De haber consumido alcohol, resulta clave retirarse de la fiesta con esta sustancia todavía en la sangre. Pero la mejor opción es, sin dudas, irse temprano luego de haber bailado y comido torta -léase, haber ingerido suficiente azúcar para sonreír sin razón alguna- como la clásica "bomba de humo".

Sólo podríamos quedarnos hasta el final en caso de que estemos saltando como grillos entre amigos y ya no importe tener una pareja porque: ¡no estamos solas en este universo! Pero si somos hijas de la telenovela y el pajarito en nuestra cabeza no diferencia el estar sin pareja de estar "solas en la vida", mejor irse cuando estemos lo suficientemente cansadas como para volver a la cama y quedarnos dormidas con esa peli de Hallmark.
Aline Vilches.
revistaohlala.com

domingo, 17 de octubre de 2010

El último hombre en la Tierra

Por Héctor Guyot
Se van sin lucha, entregados. Ascienden ingrávidos a un cielo prometido donde no hay pesar ni dolor. Ya son muchos los que se han marchado. Migran sin hacer ruido y nadie lo advierte. Tal vez ni siquiera ellos, los que viajan. Pero a mí no me engañan: uno los ve por ahí y los nota idos, ajenos, como si ya quisieran estar del todo en ese paraíso de ojos abiertos donde el espíritu, librado del peso del cuerpo, se emancipa de los anticuados límites de tiempo y espacio. Un día aquí no quedará nadie.
La semana pasada me crucé en la calle con un viejo amigo y entramos a la Richmond a tomar un café. Nos ubicamos en una mesa apartada, sobre la que yo apoyé mi agenda y él, como si fuera un arma, el pequeño aparato lleno de teclas y botones que llevaba en la mano. Me estaba hablando de sus hijos cuando sonó un quejido.
-Disculpame -dijo.
Tomó el artefacto, leyó y empezó a teclear. Cuando terminó alzó la vista y preguntó:
-¿Dónde estaba?
Se olvidó de su familia y pasó a su trabajo, pero era poco lo que yo podía sacar en limpio porque el aparato lo reclamaba, con ruidos y zumbidos, cada uno o dos minutos.
-Disculpame -repetía mi amigo.
Por pudor, yo miraba para otro lado. Pero los intervalos eran cada vez más largos. Para aliviar la espera, empecé a hacer dibujitos en la agenda. Me preguntó por mis cosas y desgrané algunas novedades. El asentía con su cabeza, pero sus ojos iban y venían de los míos a su teléfono. No me escuchaba. Por fin estalló el bip .
-Disculpame -dijo.
Y ya no volvió. Dejé diez pesos sobre la mesa y salí a la calle.
Hace unos días regresaba en auto a casa cuando divisé a un vecino que esperaba la combi frente al Sheraton. Toqué la bocina y me arrimé al cordón. Subió dando las gracias y empezamos a hablar de esas cosas de las que suelen hablar dos hombres que se conocen poco para eludir el silencio. Entonces sonó el adminículo que traía en la mano.
-Disculpame -dijo-. Acabo de entrar en Twitter.
Se tomó varios minutos para responder. Al rato, otro chillido.
-Un mensaje de mi hijo -anunció.
Después se disculpó de nuevo: quería ver si su tweet había tenido eco. Otro mensaje suyo. Otro chequeo. Un nuevo bip . Me dediqué a manejar sin abrir la boca mientras mi vecino se hundía en esa pantallita del tamaño de una carta de truco. De pronto, ya casi llegando, emitió un suspiro.
-¿Todo bien? -dije, por cortesía.
No respondió. Tuve que sacudirlo cuando detuve el auto frente a su casa. Me miró con ojos inexpresivos y esbozó una sonrisa vaga. Una parte suya ya no estaba allí. Me dio la mano y bajó, pero ya no era la misma persona que yo había recogido. Había migrado.

Me está pasando cada vez más seguido. Amigos, familiares, compañeros de trabajo. Están allí, frente a mí, y de pronto ya no. Se han ido tras un bip después de mascullar, ansiosos, una última palabra que es siempre la misma: "Disculpame". Me descubro entonces frente a cuerpos vacíos, abandonados por almas sin lastre que seguramente retozan liberadas y ligeras en praderas cibernéticas de las que ya no quieren regresar. Se entiende que ante semejante nirvana se apaguen los sentidos que nos atan a la tosca y pesada realidad. Cuando algo se conecta allá, algo se desconecta acá. Por eso jamás me enojo cuando me dejan hablando solo. Pero después de estas experiencias una sorda inquietud empezó a aguijonearme.
El otro día, por ejemplo, tuve un sueño extraño: mis padres volvían de un viaje y en lugar de reunir a la familia en su casa, para ver las fotos, enviaban un mensaje anunciando que las habían colgado en Facebook. Cuando acudí a mi hija mayor para pedirle ayuda a fin de poder verlas, la encontré chateando con sus primas.
-Ahora no puedo atenderte, papá -me dijo-. ¿Qué querés? Ponémelo en un mail.
Me pregunté si no debíamos limitarle las horas de conexión y busqué a mi mujer decidido a tomar medidas: ella estaba frente a su netbook, conversando vía Skype con una tía que vive en Rímini, Italia.
-Tenemos que hablar -le dije.
No obtuve respuesta. Me paré enfrente y le hice señas cada vez más desesperadas. Terminé gesticulando como el náufrago que ve un barco perdiéndose en el horizonte, pero ella no despegaba la vista de la pantalla. Ahí me desperté sobresaltado. Por suerte poco después, con el desayuno, una nota aparecida ese mismo día en este mismo diario, "La gente mayor se mete de lleno en la era digital", me ayudó a poner las cosas en perspectiva: "Internet y las redes sociales sirven como puente de interacción entre diferentes generaciones de una familia, que encuentran en la Web un lugar donde poder compartir un lenguaje común en una época en que la interacción familiar se ve amenazada", leí.
La nota, sin embargo, no calmó mi desasosiego. Ayer, camino del diario, no pude evitar detenerme en los ojos de los desconocidos con los que me cruzaba. ¿Estarán aquí o sus almas habrán migrado ya a la indolora dimensión virtual? Me senté a una mesa en la vereda, frente a un café, y mientras un rayo de sol me entibiaba la cara me hice la pregunta tan temida: ¿cuántos somos los rezagados que todavía estamos donde parece que estamos? De pronto comprendí que un día cualquiera podía convertirme en el último hombre en la faz de la Tierra.
© LA NACION

domingo, 3 de octubre de 2010

Ser solo

por Teresa Batallanez
Las chicas de 30 se ríen en una mesa repleta de mujeres y, mientras recorren con la mirada al galán de la barra de tragos, no dudan en subir el tono para proclamar: "¡Soy sola!" Funciona como una especie de código cómico y superador de la antigua y casi vergonzante declaración de soltería. Antes se consideraba un estigma que convenía ocultar; ahora se cayó en la cuenta de que no hay mejor conveniencia que expresar sin sonrojarse una realidad que tiene poco de penoso, con excepción, para algunos, de esa misma frase.
Verbo y adjetivo no encajan allí adecuadamente, y tal vez por eso mismo, para otros, expresa mucho mejor lo que intenta designar. Pero esos que no encajan lo suficiente como para ser encajados en otro estado civil disienten en la experiencia de lo que el mundo marketinero ha etiquetado como "solos & solas". Para algunos, el mote es vulgar, deprimente o denigrante. Para otros, divertido, oportuno o, simplemente, indiferente.
Están quienes se rebelan contra un concepto que los agrupa con total irreverencia y desconocimiento; que los designa con frases de sonido tan poco feliz. Como si hasta las palabras felices fueran patrimonio exclusivo de los casados. ¿Solos? ¿Quién dijo? Mucho más acompañados que tantos matrimonios juntos. Ya bastante con no poder usar el derecho que dan los hijos para lograr permisos, asientos o adelantos en una cola; con ver que avanzan los derechos civiles de todos y ni una línea (sola) para los solteros. ¿Qué tal, por ejemplo, una asignación por la falta de marido o de mujer? ¿Quién pensó en cuánto deben pagar los solteros por un cuerito que no saben cambiar o una limpieza general que no saben hacer? ¿Y cuánto por los taxis que deben tomar las mujeres de noche por no tener marido con auto? O la cuenta abultada que se tiene que tragar el hombre soltero cuando en el restaurante sus parejas amigas consideran como unidad el precio de dos. Las obras sociales tampoco tienen contemplación; podrían alivianar la cuota de solteros que van solos al médico ocupando menos espacio y menos tiempo de conversación. Encima, con más problemas de salud y menos expectativa de vida, como aseveran algunos estudios. Con gastos extras de psicólogos que no entran en el plan y con la necesidad -de vez en cuando- de masajistas, ya que no hay mujer o marido que les den, literalmente, una mano. Ya bastante, también, con tener que pagar entera la caja familiar de ravioles para comer sólo seis. Con tener que llegar y acomodarse solos en casamientos donde ya todos están de a dos y, como si fuera poco, tener cuentos divertidos y buena onda para animar a parejas desconocidas porque no tener una familia obliga al soltero a ser alegre, servicial y relajado. Con tener que compartir el cuarto con chicos de 5 o 6 años cuando por una causa determinada deben quedarse a dormir en lo de sus amigos casados. Con despertar la compasión de mayores -y no tanto-, que una y otra vez cuestionan en voz alta y sin pudor: "¡Qué raro que no estás casado!" Es entendible que, en una mezcla de hartazgo, humor y resignación frente a un lugar común tan reiterado, los solteros respondan con la última muletilla en curso: "Y sí... ¡Soy solo!"
Ni júbilo ni lamento. Estar soltero no garantiza ni impide ninguno de los dos estados. Aunque asegura la permanente sospecha ajena sobre la propia felicidad y hay que andar dando explicaciones cuando a los casados con hijos se les suele conceder de antemano la credibilidad de la suya.
Pero lo importante no son los motes, los prejuicios o las jactancias en voz alta, sino en qué medida nos sabemos y nos queremos solos. Todos "somos solos". No venimos en paquete, ni funcionamos pegados, ni nos define el estado civil (¡el estado civil define sólo eso, nuestro estado civil!), ni nos libera de tomar decisiones un señor o una señora al lado. Probablemente, la vida sea más liviana cuando, de tanto en tanto, uno puede recostarse en la elección de un otro confiable y muy cercano. Pero tanto cuando se elige como cuando se decide no hacerlo, es siempre "uno solo" el responsable de lo que hace o deja de hacer. "Somos solos" en la construcción de nuestra vida, por más que no demos un paso sin un otro al lado. Por eso, más allá del dudoso gusto de la frase, tanto solteros como casados, viudos o divorciados deberían sentirse orgullosos de poder exclamar con plena conciencia y a viva voz: "¡Sí, soy solo!"
lanacion.com
La autora es periodista de LA NACION

viernes, 17 de septiembre de 2010

Cambiar la manera de pensar es la mejor terapia contra la soledad

Cambiar la forma de pensar de un individuo acerca de otras personas es la manera más efectiva de reducir la soledad. Esto es lo que han descubierto expertos del Centro Médico de la Universidad de Chicago al analizar un elenco de estudios realizados sobre el tema de la soledad y su tratamiento, entre los años 1970 y 2009.
Según publica dicha Universidad en un comunicado, de esta forma podría no sólo aliviarse un estado anímico sino, también, asegurar que no se desarrollen ciertos problemas de salud vinculados a la soledad, como el insomnio o la demencia.
En los últimos años, diversas investigaciones han detectado el efecto nocivo de la soledad en la salud humana. Así, por ejemplo, el pasado mes de junio, salía a la luz un estudio que demostraba que la soledad fomenta malos hábitos, como un consumo mayor de medicamentos o un nivel más alto de estrés.

Factor de riesgo para la salud
Otras evidencias recopiladas hasta ahora señalan que la soledad puede ser considerada un factor de riesgo tan serio para la salud como otros factores, como la obesidad o el tabaquismo.
Los investigadores John Cacioppo y Christopher Masi, del departamento de psicología de la Universidad de Chicago, buscaron por esta razón la mejor estrategia para paliar la soledad y, con ello, la propensión a una salud deficiente.
Lo hicieron analizando estudios basados en intervenciones diseñadas para tratar de manera directa la soledad. Los psicólogos midieron los resultados de estos estudios, con el fin de elaborar una comparación acerca de la efectividad de cada uno de ellos con respecto al resto.
Según los investigadores, lo que ellos hicieron fue un meta-análisis comparativo para contar con información fiable sobre el tema.

Buscando las claves
Una de las conclusiones a las que llegaron los científicos es que la soledad se puede tratar, es decir, puede reducirse aplicando ciertas intervenciones.
Por eso, los científicos decidieron descomponer cada estudio en función de la estrategia de intervención seguida, para buscar claves sobre cómo elaborar una intervención realmente valiosa para la soledad.
En esta descomposición descubrieron que las estrategias dirigidas hacia lo que los autores llaman la “cognición social inadaptativa” daban resultados muy positivos en lo que al tratamiento de la soledad se refiere.
Según Masi, diversos estudios han demostrado que las personas solitarias mantienen suposiciones incorrectas sobre sí mismas y sobre la percepción que otras personas tienen de ellas.
Centrarse en estas suposiciones incorrectas para transformarlas sería la mejor manera de reducir la soledad.

Cambiar la manera de pensar
¿Pero cómo se cambian dichas suposiciones? Los investigadores afirman que se pueden modificar con ciertas herramientas, como la terapia cognitivo-conductual (centrada en los patrones de pensamientos que fomentan la inadaptación y en las creencias que subyacen a dichos patrones) o como los ejercicios diseñados para quebrantar modelos de pensamiento insanos.
Estas herramientas podrían ayudar a las personas solitarias a afrontar las situaciones sociales con una actitud más positiva, explican los psicólogos.
Ahora, Cacioppo y Masi esperan aplicar lo que han aprendido al diseño de nuevos métodos de evaluación y tratamiento de la soledad que podrían resultar útiles tanto para los psicólogos como para los médicos de atención primaria.
Asimismo, los científicos creen que podrían diseñarse diversas intervenciones según el nivel de soledad de cada individuo (de leve a severo). Cualquiera de ellas deberá enfocarse en la cognición social para ser efectiva, y para reducir consecuentemente el riesgo que para la salud entraña la soledad.
Según Cacioppo, estas intervenciones, para ser eficientes, no deberán facilitar la interacción entre individuos, con el fin de generar apoyo social, ni tampoco enseñar habilidades sociales sino, más bien, cambiar la manera que tienen las personas solitarias de percibir a otras personas, pensar sobre ellas e interactuar con ellas.
Los resultados de la presente investigación han sido publicados por la revista especializada Personality and Social Psychology Review.

Un mal contagioso
Cacioppo y sus colaboradores llevan años estudiando el tema de la soledad. En 2007, los investigadores publicaron en la revista GenomeBiology los resultados de un estudio en el que se reveló que la soledad puede afectar a la expresión de los genes en los glóbulos blancos de la sangre, responsables de la activación del sistema inmunológico.
Por otro lado, en 2009, Cacioppo dirigió otra investigación que constató que la soledad es como una enfermedad: produce malestar físico y, además, se contagia.
En este caso, los científicos recopilaron datos de más de 5.000 personas, recogidos durante un periodo de 60 años. A partir de estos datos, se elaboró un gráfico que reflejaba que los solitarios que se marginan acaban propiciando la marginación de sus allegados.
Por tanto, la soledad no sólo daña la salud de los individuos, sino que además puede dañar a la sociedad, afectando al tejido social de ésta.

La soledad daña la salud humana
Un equipo de psicólogos de la Universidad de Arizona (UA) ha estudiado recientemente el fenómeno de la soledad y los efectos de ésta en la salud individual, con interesantes resultados.
En un comunicado emitido por la UA, los científicos señalan, por un lado, que la soledad es dañina para la salud porque potencia los hábitos nocivos de salud y el estrés.
Por otro lado, los científicos afirman que las redes sociales en Internet (como Facebook o Twitter) no sirven para paliar la soledad sino que, de hecho, pueden aumentar los sentimientos de asilamiento o separación, al propiciar las relaciones superficiales.
Según Stacey Passalacqua, una de las autoras de la investigación, se sabía que las redes sociales de Internet estaban relacionadas con una menor calidad de la salud de los individuos, pero hasta ahora no se había comprendido el mecanismo subyacente a dicha asociación. Este mecanismo podría estar relacionado con la soledad que estas redes provocan.
Passalacqua y Chris Segrin, que es el director de estas investigaciones y también del departamento de comunicación de la UA, analizaron las percepciones subjetivas sobre nivel de estrés y apoyo social de diversos individuos, lo que permitió comprender de qué manera la soledad y la salud se relacionan, y también vincular ambos factores a redes sociales como Facebook.
Para su análisis, los investigadores realizaron una encuesta a un total de 265 adultos de entre 19 y 85 años sobre el apoyo social con que contaban, su soledad, su nivel de estrés, sus hábitos de salud y su salud general.
Según publican los investigadores en un artículo aparecido en la revista Health Communication, los resultados obtenidos de este cuestionario demostraron que la soledad estaba mucho más relacionada con el número de relaciones estrechas con otras personas que con el número de contactos mantenidos en las redes sociales.

Malos hábitos
Frecuentar estas redes puede no resultar negativo para la salud, explican los científicos, siempre que el usuario mantenga relaciones más cercanas con otras personas sin que medie entre ellos la distancia.
Asimismo, el estudio demostró que los individuos más solitarios se cuidan menos, duermen peor y tienden más a consumir medicamentos. Además, son menos capaces de lidiar con los elementos estresantes de la vida cotidiana (es decir, se estresan más).
Todos estos hábitos establecen una relación entre la soledad y una salud pobre. Por ejemplo, explican los científicos, el estrés crónico es muy dañino para el organismo y tiene un efecto fisiológico constatado.
Por el contrario, las respuestas de los participantes demostraron que aquellas personas con un apoyo social mayor presentaban un estado de salud mejor.

La soledad es en parte subjetiva
Otro dato curioso arrojado por la encuesta fue el siguiente: la soledad sería, al menos en parte, una cuestión “subjetiva”, que depende de la percepción de cada individuo.
Según explica Segrin en el comunicado de la UA, se podría definir la soledad como la diferencia entre el nivel de contacto social que deseamos y el que realmente alcanzamos.
Por eso, resulta difícil establecer lo que es una persona “solitaria”, porque de hecho este perfil depende en gran parte de lo que cada individuo considera como “estar solo”. Así, no es de extrañar que personas que disfrutan de muchas relaciones sociales se sientan solas.
Sin embargo, sí existe un factor decisivo que determina la soledad real: la calidad de las relaciones personales, y no su cantidad.
La ausencia de familiares y amigos cercanos es, por eso, un hecho grave que puede afectar a la salud y que no puede ser contrarrestado por las relaciones que se establezcan a través de la Red ni por cualquier otro tipo de relaciones superficiales, advierten los investigadores.

Otros problemas de salud
Los resultados obtenidos en los trabajos de Segrin y Passalacqua explicarían porqué los individuos solitarios suelen presentar niveles de salud más bajos que las personas acompañadas.
Otras razones para este hecho han sido establecidas por investigaciones previas. Así, por ejemplo, un estudio realizado en 2007 por científicos norteamericanos reveló que la soledad crónica puede afectar a la expresión de los genes en los glóbulos de la sangre y, por tanto, condicionar la respuesta correcta del sistema inmunológico.
En otro estudio anterior, también realizado por investigadores estadounidenses, se había demostrado además que vivir en soledad aumenta el riesgo de padecer enfermedades coronarias tanto entre personas mayores como entre jóvenes, al igual que hace crecer el nivel de estrés y la tensión arterial.

Las mujeres solteras aún sufren el estigma social
A pesar de todos los cambios sufridos por las sociedades occidentales en las últimas décadas, en lo que a formas de organización social y familiar se refiere, las mujeres solteras siguen estando socialmente estigmatizadas, señalan los resultados de un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Missouri, en Estados Unidos.
Según el U.S. Census Bureau, en 2009, el 40% de los adultos estadounidenses eran solteros, pero al parecer este hecho que no ha reducido los prejuicios asociados a la situación civil de las mujeres solas, constata la presente investigación.
Dirigida por Larry Ganong, co-director de Human Development and Family Studies del College of Human Environmental Sciences de dicha universidad, la investigación señala, por ejemplo, que en los entornos sociales de las mujeres solteras se suele presionar a éstas tratando de encaminarlas hacia formas de vida más convencionales.

Demasiado visibles o sencillamente invisibles
En un comunicado emitido por la Universidad de Missouri, Ganong afirma que esta presión social es vivenciada por las mujeres de dos maneras: o bien las puede hacer sentir demasiado visibles o bien las puede hacer sentir invisibles.
En el primer caso, las mujeres se sienten demasiado expuestas y, en el segundo caso, sienten que otros asumen ciertas cuestiones acerca de ellas a priori, sin tenerlas en consideración.
Para el estudio, Ganong y su colaboradora, Elizabeth Sharp, de la Texas Tech University realizaron 32 entrevistas a mujeres de clase media, solteras, que pensaban que sobre ellas recaía la atención por su edad y su estado civil.
Estas mujeres se sentían muy visibles en ciertas situaciones, como cuando las mujeres recién casadas tiran sus ramos de espaldas después de la boda para ver quien lo coge (se cree que aquella mujer que coja el ramo se casará pronto).
Las participantes en el estudio señalaron que situaciones como ésta les solían acarrear intrusiones en su vida privada en forma de preguntas indiscretas.
Por el contrario, las solteras encuestadas afirmaron sentirse invisibles cuando otras personas asumían ciertas cosas sobre ellas, como que estaban ya casadas o tenían hijos.

Recordatorios sociales
Por último, las participantes en el estudio afirmaron sentirse incómodas cuando se veían obligadas a justificar su soltería ante los demás. Todas estas interacciones les hacían sentir que su vida real no era importante o resultaba desconocida, afirmaron las encuestadas.
Los resultados de las encuestas demostraron, por otra parte, que las mujeres solteras de hoy día deben afrontar diversas presiones.
Por un lado, en sus entornos se les hace tomar conciencia de que a medida que son mayores su realidad cambia: ya no tienen tantas posibilidades de escoger a un hombre, corren mayores riesgos de salud si pretenden quedarse embarazadas, etc.
Por otro lado, abundan los recordatorios acerca de su estilo de vida, diferente al de la mayoría de las mujeres, en especial en eventos sociales, como bodas o reuniones.
Asimismo, las mujeres solteras pueden desarrollar sentimientos de inseguridad e incluso sentirse desplazadas dentro de sus propias familias de origen, cuando padres y hermanos remarcan su soltería y hacen bromas o comentarios desagradables sobre su situación.
Todos estos sentimientos de invisibilidad y de visibilidad, sin embargo, varían en función de la edad, afirma Ganong. La preocupación por la soltería propia es mayor entre los 25 y los 35 años. Después, dicha preocupación va desapareciendo, y las mujeres de más de 35 años tienden a sentirse complacidas con su estado civil, y no expresan tanta insatisfacción como las mujeres más jóvenes.
Los investigadores afirman que entre los 25 y los 35 años las mujeres solteras sienten más el estigma, hecho que se debe a que estar soltera es más aceptable antes de los 25. Una vez pasada esa edad, las mujeres comienzan a sentirse analizadas por amigos, familiares y otras personas.
Ganong advierte, asimismo, que en esta estigmatización social juegan un papel importante los medios de comunicación. Señala como ejemplo la popular serie “Sexo en Nueva York”, cuyas protagonistas se pasan la vida buscando pareja, para terminar todas felizmente casadas.

Soltería femenina en España
Aunque el estudio está realizado en Estados Unidos, podría ser extrapolable a nuestro país, en el que los cambios sociales han sido similares en los últimos tiempos.
En España, según el Instituto de la Mujer, del Ministerio de Igualdad, el número de hogares unipersonales aumentó significativamente entre 2000 y 2007, tanto en varones como en mujeres.
Para las edades comprendidas entre los 25 y los 65 años, este tipo de hogares se incrementó, como media, un 80% en el caso de las mujeres, siendo superior el porcentaje de los hogares unipersonales en que la persona principal es una mujer (un 57,9%) que el porcentaje de hogares unipersonales formados por hombres.
La aparición de este nuevo patrón de forma de vida en España ha tenido ciertas consecuencias como, por ejemplo, que en la actualidad uno de cada diez niños sea adoptado por una mujer soltera, universitaria, de entre 35 y 45 años y con altos ingresos, señala dicho Instituto. Los cambios en las mentalidades costarán sin duda aún más tiempo.

La soledad produce frío
Cuando definimos a una persona como “fría” o decimos que nos hemos “quedado helados” ante una mala noticia, estamos utilizando metáforas que explicarían una forma de ser o una forma de sentirnos.
Ahora, dos psicólogos de la Rotman School of Management de la Universidad de Toronto, en Canadá, han demostrado que estas metáforas son más que herramientas del lenguaje, porque, realmente, existe una conexión entre la soledad, la desesperanza, la tristeza… y las sensaciones de frío. Según explica la Association for Psychological Science en un comunicado, el estudio realizado en la Universidad de Toronto relacionaría el frío con los sentimientos de aislamiento social.

Frío anímico y ambiental
Los psicólogos Chen-Bo Zhong, y Geoffrey Leonardelli, de dicha universidad, quisieron probar la idea de que la soledad puede generar un sentimiento físico de frialdad.
Para ello, dividieron a un grupo de voluntarios en dos subgrupos. A los componentes de uno de éstos se les pidió que recordaran una experiencia personal en la que se hubiesen sentido socialmente excluidos como, por ejemplo, la expulsión de un lugar público.
De esta forma, los científicos intentaron producir en ellos sentimientos de aislamiento y soledad. A los participantes del segundo grupo se les pidió que recordaran experiencias en las que se hubieran sentido aceptados.
Posteriormente los investigadores, poniendo como excusa que el equipo de mantenimiento del edificio quería saberlo, pidieron a todos los voluntarios que hicieran una estimación de la temperatura que, según ellos hacía en la sala en que se encontraban. Las valoraciones variaron mucho, entre los 12 y los 40ºC.
Pero lo más sorprendente, señalan Zhong y Leonardelli fue que aquellas personas que estuvieron pensando en experiencias de aislamiento social fueron las mismas que señalaron sentir más frío en la sala. Es decir, que los recuerdos de exclusión realmente les hizo sentir que la temperatura ambiente era más fría que al resto de los participantes en la prueba.

Tomarse algo caliente
Para Zhong, “esto podría explicar porqué la gente usa metáforas relacionadas con la temperatura para describir la inclusión o la exclusión sociales”.
En un segundo experimento realizado por estos mismos investigadores, los sentimientos de exclusión fueron provocados a los participantes en una segunda prueba a través de un juego de ordenador.
Este juego estaba diseñado para que a algunos de los jugadores se les tirase muchas veces una pelota en pantalla, mientras que otros quedaban fuera del juego, es decir, no se les tiraba la pelota.
Después de jugar, a los participantes se les pidió que expresaran lo que beberían o comerían en aquellos momentos. Los resultados fueron de nuevo sorprendentes. Los jugadores “no populares” -aquéllos que habían sido marginados dentro del juego de ordenador- tendieron mucho más que el resto de los jugadores a preferir una sopa o un café calientes.
Su preferencia por comidas y bebidas calientes podría deberse al sentimiento psicológico de frío provocado por el haber sido excluidos en el juego.

Desorden afectivo estacional
Estos resultados, señalan los científicos, abren una nueva vía de exploración de la interacción entre ambiente y psicología. De hecho, no sólo el sentirse aislado da frío, sino que también existen desórdenes mentales específicos que podrían vincularse al clima, como el desorden afectivo estacional (SAD.
Se cree que este trastorno – que suele aparecer al comienzo del otoño o del invierno y cuyos síntomas incluyen depresión, falta de energía, disminución del interés o aumento del apetito y, como consecuencia, también del peso- se produce por la escasez de luz solar de los meses fríos.
El presente estudio indicaría que, además, las bajas temperaturas también contribuirían a la aparición de sentimientos de tristeza y de aislamiento. Por último, la investigación sugiere que subir ligeramente el termostato en los lugares comunes sería un método sencillo para promover la interacción y la cooperación humanas.

Un estudio genético explica la deficiencia en la salud de las personas solitarias
Las personas solitarias tienen una mayor tendencia genética a desarrollar cierto tipo de enfermedades, según acaba de revelar un estudio realizado en Estados Unidos por la universidad de California en los Ángeles (UCLA y la universidad de Chicago.
Los resultados de dicho estudio han aparecido publicados en la revista especializada en genética Genome Biology, en la que los científicos explican hasta qué punto el funcionamiento de nuestros genes se ve condicionado por nuestra vida social.
A este respecto ya se habían realizado diversos estudios que relacionaban la salud humana con la epidemiología. Como ya explicamos en otro artículo de Tendencias21, por ejemplo, hace unos años científicos estadounidenses demostraron que vivir en soledad aumenta el riesgo de padecer enfermedades coronarias tanto entre personas mayores como entre jóvenes, al igual que hace crecer el nivel de estrés y la tensión arterial, publicó en 2002 la revista Psychosomatic Medicine Journal.
A pesar de estas evidencias, sin embargo, hasta ahora no se habían podido dilucidar los mecanismos funcionales del genoma que influían en esta tendencia a una salud deficiente derivada de la soledad crónica. El presente estudio, en cambio, ha analizado el transcriptoma de los glóbulos blancos o leucocitos de la sangre de un grupo de voluntarios que carecían de relaciones personales a todos los niveles (pareja, familia o amigos) en comparación con otros individuos más socializados. El transcriptoma hace referencia al material genético que es transcrito y traducido finalmente a proteínas, dando lugar a diferentes reacciones orgánicas.

Tristeza y salud
Con este análisis, los científicos intentaron determinar si existían alteraciones en la actividad de la transcripción genética que pudieran contribuir al aumento de problemas de salud en los individuos analizados.
Se realizó así un estudio genético con un dispositivo microscópico que identificó 209 genes que se expresaban de manera distinta en los leucocitos de 14 individuos con un nivel muy alto de aislamiento social, con respecto a otros voluntarios con una vida social más normalizada. Los primeros mostraron patrones de expresión genética que diferían marcadamente de los de aquéllos que no se sentían tan solos.
Los leucocitos fueron estudiados por ser el conjunto de células sanguíneas responsables de la respuesta inmune, encargados de intervenir en la defensa del organismo contra sustancias extrañas o agentes infecciosos.
Los resultados sugirieron que el sentimiento de aislamiento social está vinculado a alteraciones en la actividad del sistema inmunitario que provocan el aumento de señales inflamatorias en el cuerpo humano.
Por otro lado, han proporcionado un marco molecular para la comprensión de por qué el factor social está relacionado con el aumento del riesgo de enfermedades vinculadas a dichas señales inflamatorias, como las enfermedades cardiacas, las infecciones e incluso el cáncer.

Alta tasa de mortalidad
La tasa de mortalidad más alta de lo normal que sufren las personas que no tienen relaciones sociales quedaría así explicada por el impacto del aislamiento sobre la biología. Según declara el director del estudio, Steven Cole, de la Escuela de Medicina de la UCLA, en un comunicado de dicha universidad, lo que demuestra el análisis es que la situación de soledad extrema afecta a los procesos internos más básicos del ser humano: la actividad genética.
De los 14 individuos analizados, seis de ellos puntuaban un 15% en la llamada UCLA Loneliness Scale (escala de soledad de UCLA), una medida muy empleada para calcular el estado de aislamiento social de los individuos que fue desarrollada en la década de los 70. El resto de los individuos tenían una puntuación más baja en la misma escala.
De las 209 transcripciones genéticas halladas, las expresiones eran distintas en ambos grupos, con 78 sobrexpresiones y 131 expresiones más bajas de lo normal. Según Cole, el transcriptoma de los leucocitos aparecía por tanto modificado en los solitarios crónicos.

Posibles consecuencias
La sobreexpresión en los individuos solitarios supone efectos en la activación del sistema inmunológico y en la aparición de inflamaciones. La expresión más baja de lo normal, por el contrario, condiciona las respuestas antivirales y la producción de anticuerpos en el organismo.
Los análisis bioinformáticas realizados identificaron algunas de las señales biológicas que conforman estas diferencias en las expresiones genéticas entre un grupo y otro de individuos, como la actividad reducida de los glucocorticoides que producen respuestas anti-inflamatorias, lo que podría ayudar a contrarrestar médicamente los efectos adversos de la soledad para la salud.
Los datos obtenidos han supuesto el primer indicativo de que la actividad del genoma se altera en una situación de soledad. Según Cole, sin embargo, ésta no depende del número de personas que se conoce, sino de la calidad de las relaciones interpersonales, es decir, de la sensación de aislamiento que sufra el individuo.

La nostalgia ayuda a superar la soledad
Psicólogos de la Universidad de Southampton y de la Universidad china de Sun Yat-Sen han descubierto que la nostalgia puede ayudar a combatir los efectos de la soledad en personas con diferentes formas de vida, desde escolares hasta trabajadores o estudiantes de universidad.
En cuatro estudios realizados, los psicólogos comprobaron que la gente solitaria puede usar los recuerdos nostálgicos de tiempos más felices de su vida para gestionar sus propios sentimientos. El resultado de evocar dichos recuerdos nostálgicos es que con ellos se aumentan las percepciones de apoyo social y se recuperan los sentimientos de conexión con el entorno.
La soledad está relacionada con la percepción de la ausencia de redes de apoyo social, como amigos cercanos o familiares. Esta emoción se soluciona fácilmente buscando compañía en esas redes, pero para las personas solitarias no es tan sencillo, porque no saben formar nuevas redes o expandir las existentes por la pérdida de habilidades sociales o por miedo a dar el paso.
Según los investigadores, el estudio ha demostrado que la nostalgia es un recurso psicológico que protege y fomenta la salud mental. Fortalece los sentimientos de conexión social y pertenencia, y repara parcialmente las repercusiones dañinas de la soledad. Los científicos sugieren que la nostalgia sería por tanto un potente mecanismo de superación en situaciones de aislamiento social y personal.
tendencia21.net

viernes, 6 de agosto de 2010

El elogio de la soledad: cómo descifrar a los hombres solitarios

En estos tiempos que corren, con tantas urgencias, presiones y exigencias, la soledad llega a ser un momento deseado. Se convierte en el espacio para estar con uno mismo, con los pensamientos propios, las emociones, el disfrute o, simplemente, para tener la mente en blanco.
Sin embargo, hay personalidades que consideran “estar solos” como una virtud, un “don” que los preserva de los vaivenes de la sociabilidad y, fundamentalmente, de los problemas afectivo- amorosos. Las personalidades solitarias están rodeadas de un aura de misterio: despiertan miles de conjeturas, sobre todo en las mentes de las mujeres. ¿Serán gays? ¿Estarán encerrados en clósets herméticos? ¿Serán intelectuales, o simplemente, seres apocados y obedientes que se quedan solos o cuidando a sus padres?
La cuestión provoca las ganas de adentrarse y saber un poco más. Los hombres solitarios se repliegan, no por ánimo depresivo, sino por una necesidad inherente a su personalidad. Disfrutan estando solos y jamás sufren por estarlo.
Sin embargo, desean encontrar una mujer que los acompañe, los cuide y sea la madre de sus hijos. En esta búsqueda se juega su futuro: quisieran dar con la mujer que los acompañe por siempre: de ahí que las intenciones de vínculo amoroso deben contemplar el compromiso y no el mero encuentro.
La tendencia al aislamiento social los recluye a una vida anclada en el barrio. Dan una imagen de seres simples, solitarios, de pocas palabras, amables y con una significativa pobreza emocional. El escaso roce social los vuelve torpes para la seducción y la conquista, les falta romanticismo y reglas de cortesía. Sus elecciones se basan en el esquema básico: “mujeres para ser madres” o “mujeres perras”.
En las primeras citas ya se pone en evidencia la poca experiencia en el trato con las damas: no saben qué hacer, aparentan ser tacaños, dejando que la mujer pague o exigiendo la mitad de la cuenta, pero en realidad son torpes. Si la mujer le señala los errores, aceptan sin ofuscarse e intentan corregirse para otras oportunidades. No se oponen a mejorar sino que lo hacen con el fin de conseguir sus objetivos de pareja y no para enriquecerse como personas. Se conforman con lo que son, no desean ampliar sus conocimientos ni sus cortas ambiciones. Tampoco se los ve ansiosos, temerosos o entusiasmados: hay un dejo de indiferencia que tiñe todas sus acciones. Sólo son afectuosos con sus padres o con personas muy significativas.
El cortejo en los solitarios
* Hombre adulto, misterioso, torpe.
* El misterio atrae y desafía.
* Uso del Chat y contactos telefónicos.
* Imagen elemental, sin romanticismo, torpe de la conquista.
* Son cortos de recursos, brutos.
* No saben de lugares, de restaurantes, de boliches.
* No saben de modas, ni de temas banales.
* Tienen un discurso centrado en su vida familiar o en el trabajo.
* Es común escuchar de sus bocas: “mi papá, o mi mamá dice…”.
* Tienen pocas ambiciones.
* Tienen necesidad de formar una familia.
* No tienen una historia previa de pareja.
* Dan una imagen diferente (son más osados) por Chat.
* Su vida sexual genera miles de conjeturas en el partenaire.
* Presentan ansiedad por tener contactos sexuales.
* Practican un sexo “animal”, sin comportamiento erótico previo.
* Aceptan ser guiados en el encuentro sexual.

sábado, 24 de julio de 2010

¿Por qué la gente solitaria cree más en Dios?

La religión forma parte de nuestra herencia biológica. Entre otras cosas, la religión también sirve para integrar a las personas en un colectivo. Dios, en ese sentido, funciona como un vínculo social, el amigo que todos conocemos. Dios facilita que todos seamos “el amigo de un amigo”.
Esta idea no es tan abstracta como parece. Al menos si echamos un vistazo al estudio que realizó a principios de la década de 1980 la psicóloga Catalin Mamali, que trataba de analizar cómo las personas perciben sus relaciones con los demás y cómo crea mapas mentales de sus relaciones.
Desarrolló un método para plasmar estos mapas mentales pidiendo a la gente que identificara a aquellos con los que interactuaba y que dibujara sus relaciones en una especie de gráfico de red. Se le dijo a sus sujetos de estudio que pensaran en gente “cercana” y “altamente significativa” en sus vidas, y que dibujaran las conexiones. Se mencionaron ejemplos, como padres, hijos, hermanos, parejas, mejores amigos y vecinos.
Lo sorprendente del estudio es que un número elevado de sujetos incluyó a Dios como un nodo de su red y conectó explícitamente a todos los miembros de la red con Dios. Esta personificación de Dios incluso se vuelve más intensa cuando hace poco que el sujeto ha perdido a un ser querido, como si al perder la conexión con otras personas quisiera reforzar la conexión con Dios.
Los estudios del psicólogo John Cacioppo y sus colegas también mostraron que las personas socialmente aisladas tienden a antropomorfizar el mundo que les rodea. En el estudio en cuestión se repartió un test de personalidad a 99 personas (de las cuales, la mitad sí creía en Dios, y la otra mitad, no) y les asignaron de manera aleatoria uno de los dos posibles resultados del test, independientemente de sus respuestas.
Uno de los resultados era: “Eres el tipo de personas que mantienen relaciones gratificantes a lo largo de su vida”
El otro: “Eres del tipo de personas que acaban por quedarse solas en la vida”.
Es decir, que a la mitad de los sujetos se les indujo experimentalmente una sensación de soledad, de estar desconectados de los demás.
A continuación se clasificó a los sujetos de estudio en función de si creían en ángeles, en espíritus y en Dios.
Como era previsible, los sujetos que habían afirmado ser creyentes antes de iniciar el test respondieron positivamente a estas preguntas. Sin embargo, independientemente de si creían o no en Dios, aquellos a los que se dijo que acabarían desconectados afirmaron tener mayor fe en los agentes sobrenaturales.
Por supuesto, inducir a la gente que se sintiera desconectada de los demás no transformó a los ateos en personas profundamente religiosas, pero sí los empujó de manera general a creer más en Dios.
Así pues, la idea que se trata de transmitir por los autores es que la sensibilidad religiosa está en parte programada en el cerebro, y está relacionada con el deseo de conexión social con los demás, y no sólo con la conexión espiritual con Dios.
Las investigaciones sobre las maneras en que básicamente funciona la mente confirman esta teoría. Por ejemplo, hay estudios funcionales de resonancia magnética que muestran cómo al experimentar sentimientos religiosos y estados alterados de conciencia, la parte del cerebro que regula la conciencia del yo en el tiempo y en el espacio deja de funcionar. (…) En esencia, al cerebro se le engaña para que crea que las fronteras sociales no existen o, lo que es lo mismo, que todo el mundo está conectado con todo el mundo. (…) De esta manera un movimiento religioso puede aglutinar a grupos de individuos dispares en busca de un objetivo común, ya sea ayudar a los pobres, construir grandes estructuras o iniciar una guerra contra grupos rivales.

genciencia.com

lunes, 19 de julio de 2010

La soledad empeora la salud y las redes sociales la refuerzan

La soledad daña la salud humana porque propicia los malos hábitos de salud, un consumo mayor de medicamentos y un nivel más alto de estrés. Además, los efectos nocivos de la soledad pueden verse incrementados por las redes sociales de Internet, como Facebook, que favorecen las relaciones superficiales y, en consecuencia, los sentimientos de aislamiento y de soledad. Esto es, al menos, lo que aseguran científicos estadounidenses.
Una de ellos es Stacey Passalacqua, que señala que ya se sabía que las redes sociales de Internet estaban relacionadas con una menor calidad de la salud de los individuos, pero que -puntualiza- hasta ahora no se había comprendido el mecanismo subyacente a dicha asociación. Este mecanismo podría estar relacionado con la soledad que estas redes provocan.
Para su análisis, los investigadores realizaron una encuesta a un total de 265 adultos de entre 19 y 85 años sobre el apoyo social con que contaban, su soledad, su nivel de estrés, sus hábitos de salud y su salud general.
Los resultados obtenidos de este cuestionario demostraron que la soledad estaba mucho más relacionada con el número de relaciones estrechas con otras personas que con el número de contactos mantenidos en las redes sociales.
Frecuentar estas redes puede no resultar negativo para la salud, explican los científicos, siempre que el usuario mantenga relaciones más cercanas con otras personas sin que medie entre ellos la distancia.
Asimismo, el estudio demostró que los individuos más solitarios se cuidan menos, duermen peor y tienden más a consumir medicamentos. Además, son menos capaces de lidiar con los elementos estresantes de la vida cotidiana (es decir, se estresan más).
Todos estos hábitos establecen una relación entre la soledad y una salud pobre. Por ejemplo, explican los científicos, el estrés crónico es muy dañino para el organismo y tiene un efecto fisiológico constatado. Por el contrario, las respuestas de los participantes demostraron que aquellas personas con un apoyo social mayor presentaban un estado de salud mejor.
Otro dato curioso arrojado por la encuesta fue el siguiente: la soledad sería, al menos en parte, una cuestión subjetiva, que depende de la percepción de cada individuo. Según explica Segrin en el comunicado de la UA, se podría definir la soledad como la diferencia entre el nivel de contacto social que deseamos y el que realmente alcanzamos.
Por eso, resulta difícil establecer lo que es una persona solitaria, porque de hecho este perfil depende en gran parte de lo que cada individuo considera como estar solo. Así, no es de extrañar que personas que disfrutan de muchas relaciones sociales se sientan solas.
Sin embargo, sí existe un factor decisivo que determina la soledad real: la calidad de las relaciones personales, y no su cantidad. La ausencia de familiares y amigos cercanos es, por eso, un hecho grave que puede afectar a la salud y que no puede ser contrarrestado por las relaciones que se establezcan a través de la Red ni por cualquier otro tipo de relaciones superficiales, advierten los investigadores.

neomundo.com.ar

jueves, 24 de junio de 2010

Mujeres suficientes

Durante años te sentiste sola en las más diversas situaciones. Rodeada de gente, en la escuela, en el trabajo o en tu casa. No importaba con quién estuvieras ni tus logros personales o familiares: había momentos en los cuales te embargaba una soledad tan inmensa y un vacío tan pesado que no encontrabas salida. ¡Hoy llegó el día tan ansiado, para dejar este peso atrás!
El sentimiento de soledad permanente es una constante en la vida de muchas mujeres. Aunque estemos permanentemente ocupadas en nuestro trabajo, con nuestras amigas, hijos o pareja y llenemos todo nuestro tiempo con cosas reales o imaginarias (como por ejemplo, preocupándonos por un futuro tan incierto como impredecible) nos sentimos vacías con frecuencia. Tratamos de no tener ni un minuto libre durante el día y de caer rendidas en la noche para evitar conectarnos con nuestras emociones y con nuestra propia intimidad. ¿Qué pasaría si nos enfrentáramos a ellas? ¿Qué descubriríamos? ¿A qué le tememos?
La impresión de estar solas suele ir acompañada de una certeza infundada de no pertenecer al lugar en el que estamos o de que no nos quieren allí por algún motivo. Lo que deja entrever un nivel bajo de autoestima, generado por alguna situación real o imaginaria del pasado. La mismísima Madre Teresa de Calcula pregonó que "La soledad y la sensación de no sentirse querido son la pobreza más grande".
Si creemos que sólo por vivir cada día a las corridas, llenas de ocupaciones, la sensación de soledad va a desaparecer como por arte de magia, no estamos haciendo lo correcto. Tampoco si nos rodeamos de gente permanentemente y evitamos estar solas. Si hay un tema personal inconcluso que está pidiendo a gritos que lo enfrentemos, y por eso perturba nuestra tranquilidad, va a seguir haciéndose notar hasta que le ofrezcamos unos momentos de nuestro tiempo para que salga a la superficie. Si decidimos seguir dejándolo en la oscuridad, va a continuar provocando angustia y desajustes hasta que aflore.
Cuando nos sentimos profundamente solos en la intimidad de nuestro ser, suponemos que no contaremos con la entereza interna para convivir con lo que provoca ese vacío. ¡Claro que la tenemos! ¡Somos seres humanos suficientes, con un potencial a desarrollar esperando ser descubierto! Tenemos dentro de nosotras todos los recursos necesarios para dar la cara a las situaciones que se nos presenten, o que se nos presentaron. Podemos gozar de una vida equilibrada y satisfactoria, sin la necesidad de caer en conductas indeseables que hasta ahora asumimos como propias.
Con sólo dedicar unos minutos una vez a reencontrarnos con esa soledad que nos embarga bastará para que notes un cambio. Vale la pena afrontar ese vacío interno sólo una vez para darnos cuenta que sí podemos convivir con él. ¡Somos mujeres suficientes y podemos lograrlo! ¿Estás lista para reencontrarte con energía que había quedado atascada por mucho tiempo en un vano esfuerzo por alejarte de la soledad y del vacío?
Entonces, este es un buen momento para dejar que esa soledad salga a la superficie, por última vez. Conectate con ella, a modo de despedida. ¿Escuchás tu propia voz o la de algún familiar cercano que te desalienta, pone trabas a tu expansión personal y te traba? ¿Resuenan en tus oídos palabras con contenidos negativos o comparaciones? ¡Es hora de cambiar ese cassette! Y de volver a grabarlo con tu propia voz y con afirmaciones positivas que eleven tu autoestima al nivel en el que tiene que estar. No permitas que nadie te menoscabe, ni en persona ni mediante el recuerdo de lo que te han dicho. Tratá de cambiar esas palabras dentro de tu mente una sola vez y verás cómo te sentís. La idea es que asumas esta actitud cada vez que se te presente una situación similar. La gente puede pensar lo que quiera, ¡desde hoy, estás bien parada en tus dos pies y esta nueva seguridad se irradia al exterior!
Seguí conectándote con tu soledad, ¿salen a la superficie hechos del pasado? ¿Imágenes, voces, lugares, personas? Aunque no estén muy nítidos o pasen delante como una película, igual vas por buen camino. Quiero recordarte que todo eso es cosa del pasado y es hora de dejarlo partir, con amor, para poder situarte en el presente, aquí y ahora. Respirá hondo y decile adiós a esas situaciones, lentamente; tuvieron un lugar importante en tu vida hasta hace unos minutos y llegó la hora de liberarte de esos recuerdos. Sos una persona completa y suficiente y ya no necesitás vivir y revivir esos hechos que te aíslan de este momento, tenés a tu disposición todo lo necesario para manejarte con soltura y seguridad en el aspecto de tu vida que quieras.
Merlina Meiler, coaching emocional y autora del blog Mejora emocional.

entremujeres.com