Mostrando entradas con la etiqueta maldad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta maldad. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de abril de 2011

La superficialidad del mal

La superficialidad del mal
Beatriz Sarlo
La violencia de los años 70 expresó la "revuelta de una generación" que, en Europa y América, podía reconocerse en Mayo de 1968, una insurgencia no solamente francesa. En Estados Unidos estaban los Black Panthers, cuyo líder, Stokely Carmichael, pronunció en febrero de ese año su declaración de guerra sostenida en la unidad racial de los negros, pero inspirada también en lo que sucedía en Vietnam, en Africa y en América latina. En Alemania, se escuchó el llamado a la lucha extraparlamentaria, que declaraba ilusorias las batallas institucionales y sostenía que sólo la "acción directa puede crear la conciencia de que la sociedad tardocapitalista debe ser reemplazada por una socialista". Las diversas líneas del marxismo prochino denunciaban a la Unión Soviética como "revisionista", porque allí se había abandonado la idea de que sólo la derrota armada de las clases dominantes les abriría el camino al poder a la clase obrera y sus aliados. En Francia, Jean-Paul Sartre se encontró con los militantes maoístas de la Izquierda Proletaria y les dijo: "Gente como ustedes representa al hombre nuevo" (del cual había hablado Guevara). En 1970, Sartre aceptó la dirección del periódico La Cause du Peuple y lo vendió por las calles junto a Simone de Beauvoir y Michel Foucault, mientras la policía trataba de impedirlo. Hay grupos terroristas en Italia y Alemania.
En ese mismo año, 1970, la primera acción de los Montoneros fue el secuestro del general Aramburu; buscaban el cadáver de Eva Perón; de paso, lo juzgaron culpable de los fusilamientos de junio de 1956 y lo mataron.
La visión de una sociedad futura nacida de la violencia revolucionaria y el surgimiento de una contracultura que cambió radicalmente la vida cotidiana son afluentes del mismo río. Como afirma Jean-Pierre Le Goff, "no pareció necesario esperar el «gran día» para comenzar a vivir de otro modo: la transformación de la sociedad y del mundo empieza con la realización práctica, aquí y ahora, de los deseos y los sueños". Es el gran cambio en las costumbres bajo cuyo signo, afortunadamente, todavía vivimos. Lo que se llamó el "pensamiento 68" hoy forma parte del currículo académico: Foucault en primer lugar. Entre otras certidumbres figuraba el autogobierno de la clase obrera, que pondría fin a la explotación, como tempranamente se lee en el manifiesto de "Socialismo o barbarie", redactado por quienes luego fueron grandes pensadores de la subjetividad y la política, como Cornelius Castoriadis y Claude Lefort, y Guy Debord, teórico de lo que se llamó, con una fórmula exitosísima, "sociedad del espectáculo".
En esos años 60 y la primera mitad de los 70, la filosofía de la violencia recibió el aporte teológico y el apoyo activo del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (la revista local fue Cristianismo y Revolución : cristiana, guevarista). Era una "Epoca" en el sentido más fuerte de identidad histórica: las cosas pasaban por ese meridiano, júzguese como se lo juzgue. No se trataba del capricho o la conveniencia de un puñado de dirigentes empleados por el Estado, sino de un viento que soplaba por todas partes. Era posible oponerse y muchos lo hicieron, pero lo que estaba claro es que no se trataba de un juego menor. La historia seguía cauces que no por equivocados, e incluso maléficos, dejaron de tener un eco grandioso.
Por eso el juego "Péguele al gorila", ya comentado en Perfil por Tomás Abraham, es una pobre miniatura. Y es singularmente asqueroso el cartel con imágenes para escupir que colgó La Poderosa. Algunas fotos muestran impecables niños de capas medias, con buen corte de pelo y buenas remeras, muy publicitarios, en la primorosa instantánea de la escupida, que festejan sus padres embobados como en un acto de fin de curso del Taller de Ideología.
El juego de quién escupe más lejos o con mejor puntería tiene una larga historia entre los desafíos infantiles; el de tirarle pelotas a un muñeco estuvo en todos los parques de diversiones. Hoy, en muchos lugares, se lo consideraría políticamente incorrecto. Me apresuro a añadir la respuesta peronista: nosotros siempre somos políticamente incorrectos. Se podrá alegar, entonces, que la luminosa idea fue inspirada por la tradición.
La Poderosa es, hasta nuevo aviso, una página web guevarista, nacionalista y muy virulenta (estilo Quebracho). Pero el Palais de Glace depende de la Secretaría de Cultura de la Nación, a cargo de Jorge Coscia, que se paseó ante las cámaras en la inauguración de la muestra Homenaje al Pensamiento y al Compromiso Nacional, de la que forma parte el juego de tirarle pelotas al gorila. En realidad, no hay que dejar solo a Coscia: el responsable de la muestra es Enrique Albistur, quien recibió el inestimable consejo del trío integrado para esta ocasión por el secretario de Cultura, Norberto Galasso, y Pacho O'Donnell. Su concepción historiográfica ya fue suficientemente criticada por Hilda Sábato.
La fractura insalvable entre la violencia política y tirarle pelotas a un gorila parece inscripta en el aire de los tiempos: época sin aristas, a la que hay que inventarle alegorías propias de videogames de primera generación. Si no podemos hacer la revolución, podemos macanear un rato. Sin duda, es preferible que los responsables culturales kirchneristas elijan este elemental camino simbólico: una especie de versión inmaterial de la violencia; una pedagogía por el camino del juego. Hernández Arregui, que era de una solemnidad mortalmente aburrida, seguramente no estará sonriendo desde el parnaso nacional antiimperialista, pero Jorge Abelardo Ramos, hombre mordaz, debe de estar muriéndose de risa. Eva, que por su origen popular tomaba las cosas serias en serio, probablemente no estaría entre las más entusiastas del invento.
Pero además de la violencia implícita en ambos juegos, hay dos rasgos que sobresalen. Por una parte, es evidente el desplazamiento de una violencia a otra. No es necesario ser un experto en la subjetividad política para concluir que el juego de escupir a personas o tirarles pelotas es una declaración de hostilidad. Nadie se animaría a montar un jueguito de "tírenle pelotas al asesino o al estafador", porque se sabe que los linchamientos, incluso los simbólicos, están mal vistos. El "gorila" queda fuera de esa protección legal (incluso es imprecisa la categoría a la que, en fila india, pertenecemos todos los no peronistas, según el talante de quien califica). Sin embargo, decenas de intelectuales y de funcionarios se mostraron impávidos o risueños frente al juego del gorila. ¿Son soberbios que nos toman por idiotas? ¿Se sienten tan seguros que nos subestiman?
Por otra parte, hay algo más grave, porque no depende de la desmesura de un funcionario que puede estar hoy y no mañana (desde los trágicos griegos, la desmesura hizo caer a muchos). El hecho es repudiable, pero los ejecutantes, los que tiran las pelotas o escupen, son gente del común que a priori no tiene nada de malvado. Sucede lo que ha sucedido muchas veces: frente a una imagen se ausenta el pensamiento reflexivo. El helado páramo del lugar común donde vibra la palabra "gorila" oculta una realidad: en vez de revelar grupos verdaderamente antidemocráticos que existieron a lo largo de la historia argentina, nos coloca a todos en ese lugar impreciso, sin límites semánticos o ideológicos.
Con un gesto burocrático, que sólo puede hacerse desde una secretaría de Estado, no sólo se cuenta la historia argentina como epopeya de un único pensamiento nacional, sino que se banaliza el Mal que se quiere combatir.
Hannah Arendt dijo que el Mal es un hongo que invade todas las superficies, no algo que transcurre subterráneamente, en las profundidades. Es lo visible trivial, tan trivial que casi estamos a punto de pasarlo por alto porque, además, alguien del montón, ajeno a la excepcionalidad, puede realizar actos malignos o viles. El juego del gorila, se dirá, es un chiste; la escupida es como realizar un sueño imposible. Nada más significativo.
© La Nacion

sábado, 18 de septiembre de 2010

Cómo se contagia el Mal

El juicio moral que nos permite juzgar a los demás reside una región específica de nuestro cerebro. Y como demuestra una reciente investigación de Neurocientíficos del MIT liderados por Rebeca Saxe, basta con perturbar esa parte del cerebro para que la gente tenga un juicio moral diferente o más laxo.
En estudios previos se había mostrado que la región cerebral conocida por unión parietal temporal (o TPJ en sus siglas inglesas) se activaba fuertemente cuando pensamos acerca de las intenciones de los demás, sus pensamientos o creencias, que es el modo que tenemos para deducir si la otra persona está actuando bien o mal (por ejemplo, aquella persona acaba de agredir a otra: ¿ha sido para defenderse, ha sido por odio, ha sido por equivocación, etc.?).
En esta nueva investigación se perturbaron temporalmente la actividad de TPJ mediante la inducción de una corriente el cerebro, inducción que se conseguía gracias a la aplicación de un campo magnético desde el exterior del cráneo. Liane Young afirma lo siguiente tras conocerse los resultados:
Normalmente se piensa que la moralidad forma parte de un comportamiento de elevado nivel. Ser capaz, con un campo magnético aplicado a una región específica del cerebro, de cambiar esto es realmente pasmoso.
Al igual que el TPJ, que está localizada en la superficie del córtex por encima y detrás del oído derecho, es crítico a la hora de elaborar juicios morales, poniendo de manifiesto que nuestra moralidad es en parte un constructo de hardware endeble, nuestros actos morales (y la valoración que hagamos de los mismos) también dependen mucho del entorno en el que estemos. Cuando uno mismo se interpela sobre su moralidad, acostumbra a asumir que, a grandes rasgos, es una buena persona, justa, ecuánime y amable con los demás. También tendemos a focalizar el Mal en personajes icónicos, como Hitler o Satanás. Solemos pensar: “Hitler sí que era malvado, yo no; y el vecino del quinto molesta más al vecindario que yo”.
Sin embargo, si bien el grado de bondad nos diferencia entre nosotros (es innegable que hay personas más egoístas, más mezquinas o menos empáticas que otras), lo cierto es que la mayoría de personas basculan entre el bien y el mal continuamente, y ello depende de las circunstancias.
Con circunstancias no quiero que penséis en infancias traumatizas o entornos económicos desfavorables. Un padre de familia puede ser amable en casa, con su familia, y un desalmado en la empresa que dirige. Un individuo puede ser agresivo y desconfiado en un contexto durante meses, y luego, al cambiar de contexto deponer esa actitud de una forma asombrosa en un nuevo contexto en pocas horas o días.
Cómo funciona la difusión interpersonal del comportamiento delictivo es un ejemplo ilustrativo de cómo una persona puede estar en uno u otro espectro moral. La delincuencia suele variar mucho en el tiempo (cambia de año en año) y en el espacio (varía entre jefaturas y comisarías adyacentes) por motivos que, en parte, son misteriosos.
Uno de los motivos en los que se está haciendo hincapié es que los delincuentes inducen a los demás a cometer actos delictivos de forma tácita. El economista Ed Glaser incluso llevó a cabo un estudio en el que tales efectos eran distintos según el tipo de delito:
Es mucho más probable que una persona se vea incitada a robar un coche cuando ve hacerlo a otro que a robar una casa o cometer un atraco, y esta influencia es aún menor en delitos como el incendio premeditado o la violación. Cuanto más arriesgado o grave sea el delito, menos probable es que otros se animen a seguir el ejemplo (aunque también se pueden producir comportamientos asesinos frenéticos, como en el genocidio de Ruanda).
Malcolm Gladwell analiza también el comportamiento cívico desde esta perspectiva, con lo que él llama “teoría de las ventanas rotas”:
Si se rompe una ventana y se deja sin arreglar, la gente que pase por delante deducirá que a nadie le importa el asunto y nadie se ocupa de arreglarla. Al poco tiempo aparecen más ventanas con los cristales rotos, y en seguida el edificio afectado transmite cierta sensación de anarquía a toda la calle, con la consigna de que todo vale. La teoría de las ventanas rotas y la del poder del contexto vienen a ser una misma cosa. Ambas se basan en la premisa de que se puede invertir un proceso epidémico con sólo modificar pequeños detalles del entorno inmediato.
Por supuesto, el contagio de la bondad se produce de manera similar. Dejando a un lado que nacemos predispuestos al altruismo y la cooperación (al menos aparente) y que el sentido moral nace de serie, el entorno puede subrayarlo o debilitarlo. Por ejemplo, en un entorno social donde predominan las personas buenas, habrá menos posibilidades de que haya personas malas.
La gente buena tiene más amigos, tiene más gente alrededor para prestar atención a sus anécdotas, a sus gustos literarios, musicales o directamente estéticos, a sus ideas, en definitiva, y eso provoca que la esencia de la gente buena se reproduzca con mayor facilidad en los demás, en el acervo cultural en el que estamos inmersos. La gente amable influye y persuade a un mayor número de personas en su vida.
Por otro lado, la gente mala, por ejemplo la que tiende a engañar, estafar o robar, comprobará que en un entorno de personas buenas podría engañar, estafar o robar más fácilmente, sí, pero llevar a cabo esas actividades implica un riesgo inherente: el ser pillado y expulsado de la comunidad. Sin embargo, podría advertir inconscientemente que mediante un comportamiento honesto puede también obtener muchos beneficios sin sufrir el riesgo de expulsión y, sobre todo, menguar el riesgo de que otros opten por el engaño, estafa o robo.
Así que si una persona se os presenta como adalid de la moral, desconfiad de inmediato. De igual modo, no os dejéis cegar por la comisión de un acto inmoral para juzgar la integridad de una persona. Todos cambiamos y nos adaptamos en diferentes entornos, incluso en un mismo día, y que nos percibamos como criaturas con una línea moral coherente y estable es sólo una de tantas ilusiones de nuestra mente.
Con todo, para los que abriguéis la esperanza de que todo depende del contexto y del contagio social, próximamente os presentaré otro artículo donde se sugiere cómo el ADN determina en gran parte nuestro grado de altruismo, egoísmo y cooperación.
Vía Conectados de de Nicholas A. Christakis y James H. Fowler / La frontera del éxito de Malcolm Gladwell
genciencia.com

lunes, 8 de febrero de 2010

La maldad tiene mucho de enfermedad

La maldad que lleva a determinadas personas a actuar contra otra y realizar actos violentos tiene una parte de enfermedad, aunque no se puede explicar sin tener en cuenta otros aspectos, según sostiene el psicólogo forense y profesor de psicopatología de la Universitat de Barcelona (UB), Adolfo Jarne.
"Es un fenómeno tan complejo que no tiene una explicación única", sostiene, al tiempo que señala que sí que existe una base patológica. Sin embargo, hay una parte "incomprensible" en esta maldad que es de difícil explicación, apunta. Existen situaciones de maldad gratuita que no explican racionalmentee
Para Francesc Torralba, doctor en Filosofía en la UB, la maldad siempre es reactiva y cuando una persona la ha recibido, la devuelve. Sin embargo, señala que existen expresiones en las que no se observa una relación causa-efecto y que se trata de maldad "gratuita", situación que no se puede explicar racionalmente.
Por su parte, el psicólogo clínico del Hospital de Día de Adolescentes de Badalona (Barcelona) de la Fundación, Marc Dangerfield, explica que hay un tipo de personas que saben que están haciendo el mal y que sienten placer por ello, a los que se les puede definir como "perversos".
Esta perversión es la forma de vida que han adoptado y la única manera de relacionarse con el resto de la sociedad, y la "satisfacción" que sienten cuando actúan les hace continuar adelante. Una de las características de este colectivo es que intentan presentar lo malo como bueno a través de engaños y son plenamente conscientes de que están haciendo daño.
También existe otra tipología que es la de aquellos que actúan con maldad como "vía de descarga". Se trata de personas muy dañadas personalmente, que han vivido situaciones catastróficas, que no pueden pensar y evacuan su malestar a través de la violencia, aunque no son conscientes de que hacen daño. "Se puede entender el acto violento como una vía de comunicación", declara.Se puede entender el acto violento como una vía de comunicación
La inteligencia y la capacidad cognitiva de cada persona influye también en el punto de maldad que puede hacer una persona. Así, cuanta más inteligencia, se puede actuar de manera más perversa y con mejor capacidad para engañar y esconder lo que se hace. "Tener buenas capacidades cognitivas es ser un mejor perverso", afirma.
Torralba puntualiza que la violencia individual también se explica en ocasiones como consecuencia de las estructuras sociales, políticas y económicas que le oprimen. "La violencia individual es consecuencia indirecta de la violencia estructural", afirma, al tiempo que dice que de no existir dichas estructuras quizá no hubiese realizado el acto violento.
En este sentido, defendió que la crisis económica puede generar estas situaciones de "colapso" y malestar vital como consecuencia de la precariedad. También puede explicar la situación de algunos jóvenes que sienten que no tienen expectativas de futuro.La crisis económica puede generar estas situaciones de "colapso" y malestar vital
Según Dangerfiel, también existe una parte de agresividad necesaria en todos los humanos para poder defenderse, "que no quiere decir maldad", puntualiza. Esta agresividad no tiene que tener el componente destructivo.
En este sentido, defiende que la bondad extrema "también tiene algo de trastorno", ya que no es adecuado no responder ante ninguna situación y añadió que es destructivo no defenderse ante nada.
2ominutos.es