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miércoles, 22 de octubre de 2008

Mundo burbuja-Mundo "Walkman"



Más allá del aprisionamiento vacuno, los malos olores de dudosa composición química y los horarios totalmente impredecibles (por no decir azarosos), viajar en subte, tren o colectivo es, dentro de todo, parecido. Las postales electrónicas se repiten, se viaje donde se viaje: miradas en fuga hacia el exterior –tren y colectivo– como escape a la incomodidad, miradas hacia ninguna parte –subte– esquivando el vacío de la oscuridad circundante y, sobre todo, mucho encapsulamiento.
O sea: hombres, mujeres, chicos y chicas, ricos o no tan ricos, que hace tiempo incorporaron los auriculares en su esquema corporal, como si fuera un órgano más que subsana una incompletitud morfológica para muchos nada vital –los orificios que adornan la cabeza– para transportarlos a una realidad alternativa.
Porque una vez que se les baja el volumen a las explicaciones simplistas y quejosas, se advierte su naturaleza consustancial con la época. Ni escape a una realidad hiriente e inflacionaria, ni tapón ante los cantos desafinados de los vendedores, el encapsulamiento cotidiano impulsado por ese trabalenguas tecnológico llamado reproductor-de-emepetrés (antes conocido simple y cariñosamente como walkman) es eso y mucho más: el medio ideal para volver a uno –estar con uno mismo y con nadie más– en una época en la que para existir hay que estar (y mirar) siempre afuera.
Sonreír, hablar, trabajar, mostrarse, poner buena cara frente a alguien que no se soporta, ir al gimnasio como una religión para exhibir en el fin de semana los bíceps de acero. Se vive, se es, se atraviesa una realidad de apariencias, un entorno exigente en el que muchas veces la única opción de desenchufarse es apretar play.
Obviamente que son pocos los que piensan cotidianamente en esto. Simplemente se los calzan; lo hacen, como hábito, como acto reflejo, una respuesta a una exterioridad demandante que succiona y ciega todo intento de introspección, que queda arrinconada únicamente a los 50 minutos –que en realidad son 40 porque siempre se llega tarde– de terapia semanal.
El walkman –seamos retro y llamémosle así para ahorrar palabras–, además, y como si fuera poco, permite la concreción de una fantasía impulsada por películas y series: este aparatejo coinventado por los japoneses Akio Morita, Masaru Ibuka y el alemán Andreas Pavel y luego reconfigurado por Steve Jobs permite que ciertos pasajes de la vida tengan su propio soundtrack. Tirarse boca arriba en una plaza y caer en un estado zen gracias a los acordes islandeses de Sigur Ros, correr como Usain Bolt empujado por “Don´t stop me now”, de Queen, esquivar cuerpos, basura y colectivos tarareando “Redemption Song”, de Marley (Bob, no el otro): el walkman es el punto cero del deseo totalizador de la personalización.
Muchos se engolosinan tanto con este regreso al mundo interior propiciado por esta caja cada vez más pequeña que deciden no salir más de él. Como David Vetters –nombre del recordado niño burbuja–, caminan por el mundo, pero siempre separados. Nadie sabe qué escuchan como tampoco nadie sabe con quién hablan los empleados del subte que te atienden siempre con el tubo del teléfono pegado en la oreja. Sus auriculares son su coraza, su conexión a su jardín, patio o chacra interior a los que nunca, por nada del mundo, quieren abandonar pese a andar por la calle junto a su novia, amigos o hijos (la contracara son aquellos generosos que convierten sus celulares en bocinas y comparten con el resto de los pasajeros los ritmos repetitivos y melosos de la cumbia).
Hace un poco más de 25 años, cuando comenzó a circular con fuerza, se dijo primero que el walkman era un ícono de libertad individual y de intimidad. Después lo volvieron a pensar y salieron con que era la respuesta tecnológica a la agresión cotidiana de la ciudad, que era una máquina de alienación de la percepción. El filósofo estadounidense Allan Bloom escribió que este aparato amplificaba las fantasías masturbatorias de los adolescentes. Su compatriota John Zerzan –anarquista y neoluddita– le ganó en virulencia y lo comparó con la droga de Un mundo feliz, de Huxley, el soma. “Es un depresivo sensorial que prolonga la adolescencia, anula el contacto social e inhibe a las personas de expandir sus horizontes intelectuales”, señaló.
Sea como fuere, el walkman es una puerta: permite salir y entrar del mundo, desaparecer –como se hace al leer un libro– para reaparecer. Sólo hay que tener cuidado y no quedar atrapado. Ni de un lado ni del otro.
Criticadigital.com

iPod

martes, 14 de octubre de 2008

LOS REPRODUCTORES PORTATILES CAUSAN SORDERA


Un grupo de especialistas asesor de la Unión Europea asegura que los usuarios que escuchan su iPod o MP3 durante cinco horas a la semana a un volumen alto corren el riesgo de perder la audición de manera irreversible.
Así lo reveló un informe del Comité Científico de los Riesgos Sanitarios Emergentes y Recientemente Identificados, donde los expertos alertan que el volumen no debe superar los 89 decibeles por dos razones: primero, porque de 90 en adelante hace daño. Segundo, porque a partir de ahí excede los límites de ruido autorizados en lugares de trabajo.
Las ventas de reproductores de audio se dispararon mundialmente en los últimos años, especialmente en el caso de los MP3, aunque el peligro se investiga desde que los walkmans aparecieron en el mercado.
La fonoaudióloga Érica Postán explicó a Crítica de la Argentina que hay dos temas a tratar: “Por un lado, la polución auditiva a la que está sometida la sociedad, y por el otro, la agresión directa hecha por el propio sujeto sobre su órgano auditivo. Si una criatura viaja en un transporte público y a ese ruido se le suman los decibeles del auricular, se provoca mucho más daño en su oído”.
El comité especializado de la UE advirtió: “Hay una preocupación mayor por la exposición de las nuevas generaciones a los reproductores personales de música, que pueden reproducir sonidos a volúmenes muy altos sin pérdida de calidad”.
El dictamen subraya que los niños y los jóvenes no se dan cuenta del efecto hasta mucho tiempo después de que se haya producido, porque la pérdida se manifiesta a largo plazo. La Comisión Europea planteó la necesidad de modificar la legislación, que limita a 100 decibeles el nivel de ruido de los MP3 y los iPod.
Sobre la base de la investigación, tienen previsto organizar una conferencia en Bruselas a principios de 2009 para evaluar sus conclusiones con los Estados miembros, la industria, los consumidores y otras partes interesadas, y estudiar las medidas que pueden adoptarse.
Postán, por su parte, aseguró que el riesgo existe desde que el oído se expone a un volumen de 70 decibeles. “Es un daño irreversible, que por ahora no tiene ningún tipo de solución médica, quirúrgica o farmacológica”, sostuvo la especialista.
No hay cifras oficiales en Latinoamérica, pero esta realidad afecta a casi diez millones de europeos, de las más de 50 millones de personas que escuchan reproductores portátiles de música a diario. Se calcula que en los últimos cuatro años las unidades vendidas están entre los 184 y los 246 millones en toda Europa.
Los consejos para evitar la sordera no son muchos, pero sí contundentes: para los médicos, el límite está en que el sonido del reproductor no alcance a quien está al lado del que lo lleva puesto, es decir, que no supere la “confortabilidad auditiva”. Otras recomendaciones consisten en prestarle atención a la aparición reiterada de zumbidos o dolores de cabeza. Los científicos proponen concientizar al público difundiendo la información y revisar los controles existentes para adaptarlos a las nuevas tecnologías.
“Escuchar música es una de las cosas más hermosas –evaluó la fonoaudióloga Postán–. Perder ese goce es una lástima.”