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miércoles, 9 de febrero de 2011

Paul Haggis contra la Cienciología: Segundo round

Cuando ganó primero el Oscar como guionista con Million Dollar Baby en 2004 y al año siguiente el Oscar a la mejor película por Crash, Paul Haggis, director, guionista y productor marcó un hito en la historia de Hollywood. Pero su nombre dio un vuelco a la industria cuando en 2009 arremetió contra una figura intocable en esta industria de estrellas. Haggis, canadiense, 57 años y de apariencia apocada, anunció su marcha de la Cienciología, secta a la que entró a formar parte en 1975, el mismo año que John Travolta, y de la que renegó por su apoyo a la Proposición 8 en California, esa que retiró el derecho a contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo.
Ahí quedó la cosa con un realizador poco dado a hablar del tema en público y con una carrera algo menos gloriosa en los últimos años con la que llamar la atención. Eso hasta la llegada de El apóstata, artículo que la revista The New Yorker publica esta semana y donde Haggis ofrece al periodista Lawrence Wright una detallada memoria de su paso por la secta y de las ramificaciones de un grupo aferrado a su secretismo tanto como a la popularidad de sus figuras más conocidas. Un relato de 26 páginas donde Haggis no sólo deja clara la postura de la iglesia a la que perteneció sobre la homosexualidad ("equiparable a ser un pervertido") sino las incongruencias de su proceso hasta los niveles más elevados de espiritualidad y conocimiento o las prácticas que deplora de esta organización como la llamada "desconexión", donde un miembro es llamado a cortar todo los lazos con su familia o allegados si son considerados mala influencia.
Las acusaciones van más lejos y hablan también del abuso físico y mental que David Miscavige, actual líder de la cienciología tras la muerte de su creador L. Ron Hubbard, somete a aquellos que tienen dudas sobre la organización, enviándolos a campos de reeducación. El artículo acusa a Miscavige, descrito como un megalomaniaco, de un estilo de vida a todo lujo, alguien mencionado en conexión con las acusaciones de tráfico de personas, explotación laboral y explotación de menores que supuestamente están bajo investigación del FBI.
Unas "alegaciones infundadas" parte de un artículo "que huele a rancio", se defendió mediante un comunicado la Cienciología en referencia a una investigación que según otras fuentes ya es vieja y concluyó sin resultados. Aún así el artículo también menciona a otro cienciólogo reconocido como Tom Cruise supuestamente en el centro de numerosos trabajos malpagados realizados para él dentro de esta secta como reparaciones de motos, coches, botes y hasta remodelación de un edificio a sus necesidades, todo por poco o nada de dinero.
Aunque la Cienciología es habitualmente motivo de críticas, ataques e incluso burlas por parte tanto de políticos, medios de comunicación o gente de la calle, lo que no es tan habitual es un exposé por parte de alguien firmemente anclado hasta hace dos años en esta fe. Más allá de la "desconexión" (práctica que la Cienciología niega), Haggis también habla de una campaña de abuso y descrédito contra aquellos que quieren abandonar la iglesia organizada, presentando contra los que así lo desean facturas de hasta 100.000 dólares que les mantenga en su seno. Críticas y ataques a los que Haggis admite haber hecho la vista gorda durante casi 35 años, en parte por pereza y en parte por miedo seguir, como dice, "adelante para mi vergüenza". Admitiendo un pasado turbulento antes de unirse a la Cienciología, credo del que aún defiende ciertas prácticas, Haggis reconoce que la alineación del grupo en contra de los derechos de las parejas del mismo sexo a contraer matrimonio destaparon a sus ojos una red de mentiras que vio de primera mano al ser víctimas de ello sus hijas Katy y Alissa, ambas lesbianas. Como subrayó en su carta de dimisión, Haggis vio en la intolerancia de la cienciología "una mancha en la integridad de la organización".
elpais.com

sábado, 29 de mayo de 2010

La cienciología llegó a la Argentina

Por Diego Rojas y Bruno Lazzaro
Desde hace cuatro años, un edificio sobre la calle Ayacucho se muestra engalanado por una larga bandera violeta que cuelga desde lo alto de sus cuatro pisos. “Scientology”, dice en letras doradas. El caminante, al traspasar sus puertas vidriadas, habrá llegado a la sede argentina de la Cienciología, tal su nombre en español. Una religión fundada por L. Ron Hubbard, un escritor de novelas de ciencia ficción, que cuenta entre sus adeptos más famosos a los actores Tom Cruise, John Travolta, Lisa Marie Presley (la hija de Elvis), el cantante Beck y a Nancy Cartwright, la voz de Bart en Los Simpson, entre muchas otras celebridades. Sí, la misma que, dicen, habría recomendado a Cruise comerse la placenta de su hija Suri no bien naciera. El mismo culto que fue declarado “secta destructiva” en Alemania. Un credo que se desarrolla en un clima misterioso, con zonas oscuras y más dudas que certezas. Llegaron a la Argentina. Están entre nosotros.
Uno de los cronistas que firman esta nota se acercó a la sede porteña de la cuestionada religión y, apenas entró, le propusieron hacer un test: “Descubrí 10 puntos clave de tu personalidad”, señalaba el volante con el que invitaban a su realización. El cronista aceptó. Le pasaron, entonces, un cuestionario con alrededor de 200 preguntas con respuesta multiple choice donde se revisaba desde su posición sobre la pena de muerte hasta si sufría ataques de pánico, entre otras exhaustivas inquisiciones. Una vez que respondió, lo invitaron a pasar a un microcine y le dijeron que, mientras analizaban su test, proyectarían un video que le presentaría la Cienciología. Quince minutos de imágenes y textos que explicaban la religión. Luego, Norma Rooney, una de las líderes del culto, le dio el diagnóstico: “Te gusta lo que hacés. Pero sos inestable, con tendencias a la depresión y que no logra cumplir sus objetivos. Te recomiendo que hagas el curso de alzas y bajas”.
“La Cienciología es el estudio del conocimiento más profundo –explica Gustavo Libardi, director de asuntos especiales de la institución–. Hubbard quiso darle a la humanidad una técnica que le permitiera mejorar. Que progresara en el aspecto emocional y lo acompañara con un mejor entendimiento de la vida. Esta religión eleva el autodeterminismo de las personas. Y, luego, permite el pandeterminismo, que es la capacidad de manejar el determinismo de otros en un área. Claro que esa cualidad no debe ser usada de manera destructiva.” La entrevista es extraña. El periodista es acompañado hasta el baño por Libardi, que permanece en la puerta hasta su salida (una latita pide colaborar con dinero para los elementos de limpieza). En ciertos momentos, el entrevistado muestra una expresión tensa. En otros, una muy amable. “Los engramas son partículas de memoria alojadas en el inconsciente y tienen efectos negativos en el comportamiento de las personas. Mediante las auditaciones, que es una de nuestras técnicas, se puede detenerse en escenas de la vida en la que se produjeron esos engramas y limpiarlos. El cerebro registra todos los acontecimientos. Con este método, se puede revivir, incluso, el período prenatal. También podemos recordar nuestras vidas pasadas. Vivimos una sola vida, la vida eterna.”
–¿Cómo justifican esa creencia?
–Tenemos múltiples vidas. Yo volví de otra vida, para mí es real, no es una creencia.
En el primer piso de la sede impera un clima silencioso. Dos adolescentes se sientan frente a frente: uno tiene los ojos cerrados, el otro parece guiarlo. Cuando el primero abre los ojos, sonríe y muestra sorpresa. “Por acá –le dice una jovencita al cronista, una vez que pagó los 105 pesos del curso–. Esta es la sala de estudios. Este es tu libro. Leelo y seguí los ejercicios. Con este diccionario resolvé las dudas que tengas. No podés hablar con nadie.” En una mesa, cuatro personas leen sus libros. Escriben. Cada tanto toman de una canastita unos objetos, realizan operaciones extrañas y los vuelven a ordenar. “Con este kit tenés que representar lo que leas para poder comprenderlo mejor”, dice. Hay piedritas, gomas de borrar, corchos. El cronista aprende que hay gente buena y gente mala. No necesita usar el diccionario.
Hace 60 años, Hubbard publicó Dianética, el libro que expone los principios básicos de la religión. El escritor de ciencia ficción, a quien sus seguidores señalan precoz, siempre buceó en las profundidades del alma humana. A los tres años habría comenzado sus investigaciones, a los 19 recorrido más de 400 mil kilómetros en viajes. Al ingresar en la carrera de ingeniería habría tomado contacto con los inventores de la bomba atómica, que le habrían propuesto unírseles, aunque Hubbard se negó. Ingresó a la marina estadounidense. Pero decidió abandonarlo todo, mantenerse a través de la literatura y dedicarse a profundizar su sistema de pensamiento. En 1986 llegaron los primeros seguidores del culto a la Argentina. Hoy afirman tener alrededor de 15 mil adeptos.
"Lo de la placenta es un invento. Se dicen muchas mentiras sobre nosotros”, dice Libardi.
–¿Como que están en contra de la psiquiatría?
–Si bien los psicólogos admiten la existencia de una persona, los psiquiatras la tratan como si fuera un mecanismo. Según la tendencia, recetan 28 psicofármacos o uno. La psiquiatría nació en el mundo nazi. Y cuando la gente no logra resolver problemas sencillos, las pastillas se erigen como una solución mágica.
–¿Qué opinan sobre el matrimonio gay?
–Es un problema grave, un conflicto claro. Como todo problema grave es difícil de tratar. Pero si la persona lo desea, puede cambiar. Se puede hacer heterosexual. Vienen muchos homosexuales a tratarse. Saben que algo no está bien. Pero para tratarse necesitarían no haber tenido relaciones sexuales durante algunos meses. Es increíble la cantidad de gente que viene y dice haber violado a menores. Si la persona cumplió su condena, se la audita y se puede empezar a trabajar. Si lo hace en el presente, no lo tomamos. Un auditor sabe a través de la aguja del émetro si lo que dice la persona es cierto o no. Este instrumento, que inventó Hubbard, no es un detector de mentiras, es mucho más complejo y preciso.
Anonymous es una organización mundial que denuncia el accionar de la cienciología. Sus activistas locales hicieron un escrache a la iglesia el año pasado y publican en anonymousdeargentina.blogspot.com notas que revelarían el lado oscuro de la religión. Uno de sus miembros, que prefirió preservar su identidad, conversó con Veintitrés: “Es una estafa internacional disfrazada de religión. Manipulan a sus miembros y lavan sus cerebros. En varios países se impulsa que no sean aceptados como iglesia. En Francia los condenaron por fraude y práctica ilegal de la medicina. En Italia los allanaron hace pocos días y encontraron documentos en un sótano sobre investigaciones que les hacían a sus ‘enemigos’: jueces, periodistas y ex miembros. En Alemania es donde son más combatidos. Captan gente de muchas maneras. Tienen organizaciones de superficie que se llaman comisiones de derechos humanos. También ofrecen trabajo a jóvenes a los que van introduciendo en la organización”.
Mara es una estudiante de artes dramáticas de 20 años que tuvo una experiencia inesperada con la cienciología cuando la contrataron para repartir volantes en una empresa de cartuchos recargables. “Al principio era todo común. Me llamaba la atención la buena onda. Hablaban mucho de cosas personales, querían saber de mi vida, de mi novio, mi familia. Era muy sutil. Hasta que apareció un libro de cienciología. Me empezaron a decir que lo lea. Que me iba a servir. Leí cinco renglones y dejé de leer, al ver que era algo religioso. Me puse a investigar y me di cuenta de que eran una secta. Se lo quise devolver pero insistían. Un día me dijeron que me iban a enseñar cómo leer, estudiar y prestar atención. Y me pusieron enfrentada a una persona que leía el mismo libro que yo. Cuando levantaba la vista, me decían: ‘Seguí leyendo’. No quise ir más. Les dije que había conseguido otro trabajo. Me pidieron que los escuche, que los acompañe a unos grupos que me iban a ayudar con mi vida, que era la solución. Cuando vieron que me iba se desesperaron.”
–¿Por qué se acerca tanta gente famosa a la iglesia? –pregunta Veintitrés a Libardi.
–No es nuestra meta. Que Cruise o Travolta sean miembros de la iglesia nos trajo buena prensa. Pero no ponemos la atención allí.
–¿Hay famosos argentinos?
–No le puedo dar los nombres, no sé si estarían de acuerdo en darse a conocer como cienciologistas. La actriz Susana Campos, que falleció, estaba consustanciada con la dianética.
El actor Juan Vitali reconoce ser miembro de la iglesia: “Las auditaciones son como una limpieza de CPU necesaria para todos”, afirma.
–Nos dedicamos a florecer y prosperar. Nunca atacamos a nadie. Pero si nos difaman, contraatacamos velozmente para que no nos molesten –advierte Libardi.
La influencia de la cienciología en el país crece a pasos agigantados. En abril del año pasado, Libardi participó de la primera jornada de Derechos Humanos en la Legislatura porteña. Bajo su rol de presidente de la asociación civil Capacitación Para la Vida compartió una mesa con los legisladores Gerardo Ingaramo, del Pro, y Marcelo Meis, de Convergencia Federal; Mery Shuttleworth, fundadora de la organización Jóvenes por los Derechos Humanos Internacional, y Gustavo Altieri, representante en el país de esa organización y presidente de la Fundación en el país.
“Jóvenes por los Derechos Humanos fue creada por cienciólogos y tiene como propósito fundamental enseñar a niños y jóvenes sus derechos –aclara Libardi–. Capacitación para la Vida está encargada de las campañas laicas en el país y cuenta con el apoyo de la iglesia de la cienciología. Pueden pensar que estamos detrás de algo, pero en realidad estamos adelante. Funcionamos de la misma manera que Cáritas para los católicos.”
Altieri no piensa lo mismo: “La Fundación es una organización laica. A Libardi lo conocí en esas jornadas. Es el presidente de una iglesia reconocida por la Secretaría de Cultos. Averigüé sobre la cienciología y no vi nada malo, es muy interesante. No escuché cosas negativas”.
–En Alemania fue catalogada como secta.
–Alemania es un país muy especial, tiene problemas con muchas religiones. Yo presido una fundación de derechos humanos y me relaciono con Libardi tanto como con Bergoglio, el rabino Bergman o el rabino Goldman. Que yo sepa, no hay cienciólogos en la Fundación.
La cienciologista Shuttleworth, que preside mundialmente la organización, la fundó en 2001. Según los propios materiales de la iglesia, lo hizo en coordinación con la oficina de Derechos Humanos de la Iglesia de la Cienciología Internacional. Tim Bowles, director ejecutivo de la organización, es socio del estudio de abogados de la cienciología. Resulta raro que Altieri diga que no tiene nada que ver con el culto. El 3 de mayo de este año participó en una mesa en la legislatura con los diputados Cabandié, Lubertino y Nenna. Ninguno de los legisladores –tampoco Ingaramo ni Meis– tenía conocimiento de la relación de la fundación internacional con la cienciología.
–¿Existe un sistema de comisiones para los cienciólogos que atraigan a otros fieles?
–A aquellos que traen gente se les paga una comisión –reconoce Libardi– y si una persona es muy activa y se destaca se le entrega un premio. Es como cualquier trabajo.
–Pero esto es una religión.
–Sí. Y estas personas hacen un trabajo para conseguir algo que beneficiará al mundo.
–Suena a una religión tupperware.
Libardi se ríe.
“Venite el sábado a un evento”, le dice la líder Rooney al cronista por teléfono. Globos, una pantalla gigante y muchas sillas adornan la sala central de la sede de la calle Ayacucho. Celebran los 60 años de la publicación de Dianética y en todo el mundo se realiza la misma reunión. Se pasan videos que explican el método para los neófitos. Ante la pregunta de Rooney: “¿Qué piensan que es la cienciología?”, un joven contesta: “Es un método de vida. Le dicen religión para no tener que pagar impuestos”. Rooney se alarma: “No es exacto lo que decís”. “Pero es una gran idea –insiste el joven–, así se llega a más gente de manera más fácil.” Luego se anuncia que comenzará la entrega de premios para los fieles de la iglesia. El cronista se queda. Mientras en la pantalla se realzan los logros obtenidos en el mundo, el entusiasmo crece. Aparece la imagen de Hubbard: mira el horizonte, luminoso. Los cienciólogos se ponen de pie, lo miran emocionados durante varios segundos, luego estallan en aplausos. Premian a una mujer de veintipico años. Se emociona casi hasta la histeria: “¡Gracias, gracias! Para continuar esto, quiero que cada uno me traiga una persona más a los cursos para que elevemos las ganancias”. Rooney aclara: “Se refiere a ganancias espirituales, claro”. Premian al mejor vendedor de libros del culto. Explica sus viajes a librerías del interior. Todo un ejemplo. Toma la palabra otro líder: “Tenemos que llevar la bandera de la dianética a todas partes. Vamos a hacer maratones de libros, exhibiendo nuestra tecnología. Es un método que funciona. También tenemos que manejar el boca a boca. Le tenemos que vender el libro al vecino, al pariente, al almacenero, al taxista. Si tienen problemas con el trabajo, la pareja o no pueden dejar el vino, hay que decirles que tenemos una solución. Que vengan al seminario el fin de semana, que van a salir distintos. Este año vamos a hacer un juego. El que venda un libro tiene un punto; el que venda el DVD, tiene dos. Si vende un audiolibro, dos puntos. El kit que trae el libro, el DVD y las conferencias vale tres puntos. Por cada persona que venga al seminario, tres puntos. Si se reinscribe, dos puntos más. Por cada kit de dianética de grupo, que vale mil dólares y trae cincuenta libros, la mesita, los volantes, las camisetas, los manteles, las cartas de auditación, son veinticinco puntos. Vamos a elaborar un ranking. Veinticinco puntos equivalen a 350 pesos de premios de entrenamiento. Por cincuenta puntos, 700 pesos. Cien puntos, 1.400 y así. Si trajeron cien personas en la organización, van a viajar a recibir el premio que entrega en Los Angeles el director ejecutivo internacional de la cienciología”. Los fieles festejan, conmovidos. Es una celebración colectiva. Aparece otra vez la imagen de Hubbard. Los cienciólogos se ponen de pie. Miran el retrato admirados, en silencio, sonrientes. Aplauden otra vez Se escucha su voz desde el más allá: “Los miembros de la cienciología somos el 10 por ciento más inteligente del 10 por ciento más inteligente de la población mundial. Tenemos una responsabilidad”. Se ve que es una responsabilidad misteriosa. Es que se trata de una religión misteriosa que se destaca por mérito propio en el misterioso mar de las religiones.

elargentino.com

jueves, 2 de octubre de 2008

La religión de las estrellas


“Había una vez, hace 75 millones de años, un emperador galáctico extraterrestre llamado Xenu que estaba encargado de 76 planetas en esta parte de la galaxia, incluyendo la Tierra, que por esos días se llamaba Teegeeack. Hasta que tuvo un problema: la sobrepoblación. Así fue como apiñó a 13,5 trillones de aliens en la Tierra, cerca de volcanes, y destruyó sus cuerpos con bombas de hidrógeno. Las almas o thetans que sobrevivieron fueron capturadas por las fuerzas de Xenu mediante lazos electrónicos y llevadas a cines donde les proyectaron películas con información falsa sobre Dios y el diablo. Confundidas, las almas se agruparon en los pocos cuerpos que habían sobrevivido a la explosión, que con el tiempo llegarían a formar toda la especie humana. Hoy, los actuales seres humanos vivimos con un cúmulo de thetans dentro de nosotros que incitan ideas falsas sobre la moral, el bien, el mal.”
Palabras más, palabras menos, el cuento pasaría rápidamente al olvido por horrible si no fuera porque su autor, el escritor estadounidense de ciencia ficción de poca monta Lafayette Ron Hubbard (1911-1986), lo ideó en 1952 como piedra fundamental de un culto, una secta, una religión cool y estrafalaria para conquistar el mundo: la cienciología (o cientología), que desde hace años se multiplica desde los EE.UU. y pasea en artículos periodísticos, libros y páginas web sin que el lector comprenda de qué demonios trata el asunto, la polémica, tanta agitación que la rodea.
A esta altura, más que una organización y una creencia, la cienciología –o “la religión de las estrellas”– es un discurso diluido en un folletín que se mantiene en pie por su presencia mediática y sus constantes embates en los rincones de internet.
Tal vez se deba al lugar de pertenencia de sus feligreses. A diferencia de los pastores evangélicos brasileños, los Hare Krishna, la teosofía, la secta Moon, el gurú Maharaj Ji, Sai Baba, Shoko Asahara y otros enlistables, la cienciología tiene mucho mejor marketing: los miembros del star system estadounidense, que se muestran siempre correctamente maquillados, con sus sonrisas de marfil, felices como bobos e hipermillonarios que la difunden como quien publicita un libro vacío, una película incongruente pero de alto presupuesto destinada a ser emitida un domingo a las dos de la tarde.
La Iglesia de la Cienciología, rechazada en Alemania y próxima a ser juzgada en Francia por “estafa como banda organizada”, no necesita una deidad con aspecto de abuelo. Para eso tiene a Tom Cruise, santo Tomás de Hollywood, que con los años dio un vuelco más que espectacular: de actor carilindo capaz de cargarse a los hombros un tanque hollywoodense pasó a ser su mejor y más fanático evangelizador, un ministro de propaganda, destrozado recientemente por el historiador alemán Guido Knopp, quien disparó a mansalva: “Tom Cruise es el Goebbels de los cienciólogos”.
SOMOS LA AUTORIDAD, LO SABEMOS TODO.
La acusación no fue lanzada al aire así porque sí ni después de oírlo desafinar en una repetición de Magnolia (1999). Vino justo después de que el sito web Gawker.com difundiera el 14 de enero de este año un video de adoctrinamiento grabado hace cuatro años para una reunión internacional de cienciólogos en el que se observa a Cruise defendiendo de modo ardiente sus creencias (se lo puede ver en http://tinyurl.com/yre7c6). Cruise dice: “Somos autoridades en sacar a la gente de la droga. Somos autoridades en la mente. Somos autoridades en mejorar situaciones. Si sos cienciólogo, cuando pasás junto a un accidente no sos como cualquier otro. Sabés que tenés que hacer algo porque sabés que sos el único que puede ayudar”. Cruise repite: “Podemos rehabilitar criminales y drogadictos. Caminar a la felicidad. Podemos traer la paz y unir culturas”.
De ingresar hace 20 años de la mano de su primera esposa, la actriz Mimi Rogers, para curar su dislexia (aunque la dislexia no se cure), Cruise, de 46 años, saltó a ser, según su biógrafo Andrew Morton, el segundo al mando de la Iglesia de la Cienciología, después del no tan célebre David Miscavige. Desde entonces hubo historias de castings para encontrarle nueva novia (Katie Holmes) y rumores de banquetes con placentas que fueron desmentidos por el entorno del actor una y mil veces.
Flor de paradoja: ficciones –o no– propias de una religión de base ficticia inventada desde cero por un cultor de la ciencia ficción adorador de las space operas que tomó ideas del hinduismo vedanta, el budismo zen, el gnosticismo y el cristianismo, las metió en la licuadora y –finalmente– presionó “on”.
EL BUDISMO TECNOLÓGICO.
Si hay algo que caracteriza al fenómeno cienciológico es que nadie sabe muy bien de qué trata; la mayor parte de lo que se difunde sale de la boca de sus ex miembros. En verdad, pocos quieren saberlo del todo. El extranjero –el no cienciólogo– la interroga sólo desde la curiosidad que despierta a la vez lo no dicho y lo bizarro. Su voracidad se seca al conocer su entramado mitológico, pero aun así la cienciología parece ingeniárselas para generar asombros y misterios extraídos de una recicladora de best sellers berretas. Contiene capas y capas de rituales de bautismo y casamiento similares a los de los masones (salvo el parto silencioso). Su estructura es piramidal y a la vez confusa (los sacerdotes máximos pertenecen a una especie de Opus Dei, la “Organización del Mar”). Habla de infinitos niveles para alcanzar la felicidad y la iluminación. Es evidente que para llegar a eso hay que pasar por los cursos que se imparten en sus sedes (se publicitan en su sitio oficial www.scientology.org). Sus creencias hacen eje en el alma alienígena inmortal llamada “thetan”, que habita en cada persona. Y por supuesto está la promesa redentora: conforme un individuo avance dentro de la organización jerárquica, demostrando compromiso y desembolsando dinero, se le irán apareciendo maravillosas buenas nuevas y más misterios develados. Así, por ejemplo, el cuento de Xenu se revela en el nivel OT III (“Thetan Operante” Nivel 3), al que se llega luego de pagar 160 mil dólares.
La cienciología así vista es una religión silenciosa y de puertas adentro cuya primera señal confusa salta desde su propio nombre: la cienciología carece absolutamente de ciencia, de fórmulas o algoritmos bizantinos para hallar la paz interior o la salvación. Scientology (su nombre-marca original, propiedad de la corporación Religious Technology Center, que la regentea como franquicia) significa más bien “el estudio de la verdad”. Sus miembros dicen que son la religión de mayor crecimiento en los últimos años con números que nadie puede comprobar: 10 millones de seguidores en 7.700 sedes, misiones o iglesias distribuidas en 159 países. Eso incluye a la Argentina, donde no es una religión (todavía), sino una asociación civil. Dicen que son diez mil y que están desparramados desde Tucumán hasta Caleta Olivia, Santa Cruz.Lo único remotamente científico, o tal vez técnico, de este culto es una máquina llamada “electropsicómetro” (e-meter). Es una especie de polígrafo con dos manivelas que los feligreses utilizan para “auditarse” (algo así como confesarse) frente a otro miembro más avanzado que los interroga acerca de sus dolores físicos y sus emociones negativas (engramas) a ser purgadas. Tal vez por eso el filósofo Frank K. Flinn llamó a la cienciología “el budismo tecnológico”.
SUICIDIOS, FRAUDE, OTRAS DELICIAS.
Es prudente advertir a los interesados en hacerse cienciólogos que al adherirse a la organización se exige la firma de un contrato por mil millones de años. El documento puede leerse en http://tinyurl.com/3fc7gk, y contiene un test de personalidad con 200 preguntas, incluidas algunas referidas a las relaciones sexuales del aspirante. Si esto último puede sonar a ascetismo, quieran o no los cienciólogos su organización es conocida más por los escándalos que por sus actos de salvación individual: suicidios a granel (como el del hijo de Hubbard, Quentin, de 22 años, sólo un caso entre 21 muertes contabilizadas en el sitio www.scientology-kills.org), denuncias de lavado de cerebro, acusaciones de explotación financiera a sus miembros en Bélgica, Alemania y Grecia (se afirma que el reclutamiento comienza con el ofrecimiento de exámenes gratuitos de personalidad), juicios por conspiración, fraude, obstrucción a la Justicia, difamación, extorsión, falsificación de documentos, practicar la medicina sin licencia en Australia, Noruega, Suiza, Dinamarca, Holanda y Suecia.
El escándalo más llamativo, sin embargo, estalló en 1977 cuando el FBI allanó varias sedes de la Iglesia en Estados Unidos para desmantelar una red de espionaje de cienciólogos que se habían infiltrado en agencias gubernamentales estadounidenses para robar y destruir documentos que los perjudicaban.Como no podía ser de otra manera, el campo de batalla preferido por los detractores de la cienciología es la web, donde desenmascaran a este movimiento new age inundando cada sitio con información cruda y concisa. Allí se reprodujo al infinito el capítulo parodia de los dibujitos de South Park y allí se libra una guerra abierta –la contienda virtual más bulliciosa del momento– que enfrenta a la cienciología con un grupo sin cabeza de hackers llamado “Anonymous”, una organización-reacción, cuyo arsenal consiste en documentales difundidos por P2P (como The Authorities), envíos de faxes negros, ataques a sitios web cienciológicos y protestas con máscaras de Guy Fawkes, el protagonista de la película V for Vendetta, al pie de las iglesias cienciológicas. En su video Mensaje a la cienciología, subido a YouTube el 21 de enero pasado (www.youtube.com/watch?v=JCbKv9yiLiQ), el primero de sus hasta ahora tres videoofensivas virales, dicen con voz metálica: “Hola líderes de la cienciología. Somos Anonymous. Durante años hemos observado sus campañas de desinformación. Hemos decidido que su organización debe ser destruida por el bien de la humanidad. Los expulsaremos primero de la red y luego los desmantelaremos. No tienen dónde esconderse. Estamos en todos lados. Somos una legión. No perdonamos. No olvidamos”. Y recién comienzan. Como los curas abusadores de menores, los cienciólogos (comunes y celebrities) contestan que nadie los entiende, que los atacan, que son víctimas, cuando lo único que quieren es hacer el bien, limpiar el mundo. Sus creencias, sin embargo, van más allá: como toda religión se hunden como consuelo, placebo mental, ancla de seguridad. Tal vez representan algo más arraigado, una necesidad fisiológica fruto de la desesperación. Porque, como dijo Chéjov, “un perro hambriento sólo tiene fe en la carne”.