Mostrando entradas con la etiqueta Camboya. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Camboya. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de octubre de 2011

El fotógrafo de la muerte

Nhem En observa las fotos que tomó a las víctimas en el Museo del Genocidio en Phnom Penh.
Poco antes de ser ejecutados, Nhem En les pedía que por favor mirasen fijamente al objetivo. Que no ladearan la cabeza. Que no se movieran. "Intenté que salieran lo más favorecidos posible", dice el retratista de las víctimas del genocidio camboyano. "Ese es el trabajo del fotógrafo, ¿no?".
Nhem En tenía 16 años cuando fue reclutado por los jemeres rojos y destinado en la prisión de Toul Sleng, más conocida como S-21. Sólo nueve de sus 14.000 reclusos salieron con vida. Los rostros de quienes no lo hicieron, sus gestos de resignación, sus miradas perdidas, cuelgan estos días de los muros de la cárcel, convertida en el Museo del Genocidio de Phnom Penh.
Cuando el régimen del Jemer rojo fue derrocado, en 1979, se encontraron cerca de 6.000 negativos en los archivos de la prisión. Hombres y mujeres. Ancianos y niños. Muchos inmortalizados con las señales recientes de torturas. Algunos sin vida.
El fotógrafo de la muerte recuerda que tenía que quitar la venda de los ojos de los reclusos, posicionarlos correctamente y guardar silencio cuando preguntaban qué habían hecho y por qué estaban allí. "Sólo soy el fotógrafo", les susurraba. ¿Qué habían hecho? Llevar gafas, hablar un idioma extranjero o quizá haber estudiado en la universidad. Todos motivos suficientes para ser considerado un burgués y una amenaza para el nuevo paraíso proletario creado por los comunistas camboyanos (1975-1979).

'No maté a nadie. Sólo los fotografié'

Una vez interrogados y fotografiados, los acusados eran conducidos hasta los campos de la muerte y ejecutados con un disparo en la nuca o de un golpe de machete. Su sentencia se resumía en una única frase: "Destruirte no supone ninguna pérdida; preservarte no aporta ningún beneficio". Nhem En mira atrás en el tiempo y dice no encontrar remordimientos. "¿Por qué habría de sentirlos?", se pregunta."No maté a nadie. Sólo los fotografié. Hice lo que me ordenaron".
El retratista es uno de los miles de participantes en el genocidio camboyano que no tendrá que sentarse en el banquillo de los acusados. El acuerdo entre Naciones Unidas y el Gobierno local para buscar justicia ha limitado el proceso a cinco acusados. Kaing Guek Eav, el jefe de la S-21, fue sentenciado el año pasado a 35 años de cárcel. Otros cuatro dirigentes esperan su turno en un proceso que podría reanudarse en las próximas semanas.
Los tribunales de Camboya difícilmente resolverán una de las contradicciones del genocidio asiático: durante años verdugos y víctimas se han cruzado en calles y aldeas. Y han sido los segundos los que han tenido que apartar la mirada. Cuando Vietnam invadió Camboya en 1979, poniendo fin al régimen del Jemer Rojo, los líderes del movimiento huyeron a la jungla. Pol Pot, el Hermano Número 1, murió a manos de sus hombres en 1998.
Miles de soldados rasos y colaboradores regresaron a sus aldeas llevándose consigo el secreto de su participación en la muerte de 1,7 millones de compatriotas. Los que han hablado, incluido Nhem En, aseguran que fueron obligados, que también ellos son víctimas. La judicatura, la policía, la política o el Ejército están llenos de ex jemeres rojos. Entre ellos destaca el primer ministro Hun Sen, que desertó para unirse a Vietnam y hoy dirige el país sin oposición tras haber asumido el control de todas las instituciones el Estado.
Nhem En, de 51 años, encontró una nueva vida ocupando diferentes cargos políticos en el antiguo bastión de los maoístas en Anlong Veng, al norte del país. Su pasado como jefe de fotografía de la S-21 le ha servido para montar negocios turísticos y ganar un dinero extra con la venta de recuerdos del Jemer Rojo, incluida la subasta de dos de las cámaras que utilizó para fotografiar a los que iban a morir. La suya fue la última voz que muchos de ellos escucharon. Les decía: "No inclines la cabeza. Mira hacia el objetivo. No te muevas".
elmundo.es

lunes, 11 de abril de 2011

Camboya, en busca del extranjero ideal para sus mujeres

Boda entre una camboyana y un hombre extranjero. | Efe

Menor de 50 años y con un salario superior a 2.500 dólares al mes son, a partir de ahora, los requisitos mínimos que debe cumplir cualquier hombre extranjero que pretenda casarse con una mujer camboyana.
El Ministerio de Asuntos Extranjeros ha enviado una orden a la Oficina de Matrimonios Internacionales para que rechace a cualquier pretendiente forastero que no cumpla con alguno de estos dos requisitos en una medida que pretende evitar el tráfico de personas y garantizar que el enlace es "honesto".
"Queremos evitar los matrimonios falsos que llevan al tráfico y a la explotación de las mujeres camboyanas", asegura a Efe Chou Bun Eng, secretaria de Estado del Ministerio del Interior y responsable de la citada Oficina.
Los dos requisitos son además los primeros de una lista que el gobierno camboyano prevé ampliar en el caso de que las medidas tomadas no tengan los resultados deseados. "Estamos probando, intentando ver qué podemos hacer para terminar con el tráfico de personas, pero es posible que se añadan nuevos criterios", continúa la secretaria de Estado.

Bodas 'sin posibilidades'

Vincent Broustet llevaba un tiempo pensando en casarse con su pareja, una camboyana dos décadas más joven que él, que ha sido su compañera durante los últimos cuatro años. "Nosotros hacemos una vida juntos y quería que ella pudiera heredar todo en caso de que a mí me pasara algo", asegura entre las pinturas que le sirven para obtener su principal fuente de ingresos.
Vincent sabe que tiene pocas posibilidades de poder casarse ya que está a punto de cumplir 50 años y sus lienzos casi nunca le reportan grandes cantidades de dinero al mes. "Quieren defender a las mujeres pero las están denigrando. Las venden sólo al mejor postor, al que más dinero tiene", afirma el artista francés quien añade que la cifra requerida es "ridícula" en un país donde el salario medio es de 50 dólares mensuales.
Sarim, una joven camboyana de 23 años, tampoco cree que la estén protegiendo con una medida "que no entiende de relaciones" sino de imponer restricciones "sin sentido". Su piel es de color chocolate muy oscuro, lo que le ha ocasionado problemas para encontrar pareja, en un país donde la belleza se asocia con la tez pálida.
Desde hace casi un año sale, sin embargo, con un hombre suizo que no la ha menospreciado por su color de piel y con quien quiere casarse algún día. "Nosotras tenemos derecho a decidir con quién queremos estar. Sabemos lo que hacemos", asegura la joven perdiendo su enorme sonrisa por un momento.

En busca del candidato ideal

Su novio, Buzz, de 42 años, se muestra menos preocupado ya que su bar le da dinero suficiente como para entrar dentro del perfil de candidato ideal, pero no está de acuerdo con la medida. "Es una discriminación. Están diciendo que todos los extranjeros somos malos sólo porque algunos lo han sido", asegura este suizo que llegó a Camboya hace un año y medio.
Con este singular proceso de selección el Gobierno camboyano pretende evitar escándalos como el que ocurrió en 2008, cuando varias denuncias por maltratos pusieron al descubierto una red de tráfico que envió a decenas de jóvenes camboyanas a contraer matrimonio en Corea del Sur.
La nueva ley no afectará, sin embargo, a las mujeres extranjeras que deseen casarse con hombres camboyanos ni a los matrimonios que se materialicen fuera de las fronteras del país asiático.
En 2008 el gobierno camboyano aprobó una moratoria sobre los matrimonios internacionales que levantó ocho meses después, mientras que en febrero de 2010 prohibió de forma temporal los matrimonios con hombres procedentes de Corea del Sur.
elmundo.es

jueves, 27 de agosto de 2009

Miss Mina Terrestre, concurso polémico


La idea era, supuestamente, arrancarles una sonrisa a mujeres de Camboya a las que una mina terrestre les había arrancado una pierna. Pero no va a poder ser: el concurso Miss Mina Terrestre (el nombre es ese, frontal, macabro, y lindante tal vez con el mal gusto), que se iba a realizar el viernes en el país que asoló el Khmer Rouge –y que tenía como premio una pierna ortopédica de última generación–, fue prohibido por el gobierno de ese Estado asiático. Lo consideró “una burla a los discapacitados, a su dignidad y honor” y echó por tierra una iniciativa que ya se había realizado el año pasado en Angola y que, tal como estaba sucediendo con esta edición, más que ridiculizar, había ilusionado a las participantes.

El artífice de estos eventos –muy polémicos, tan criticados como aplaudidos– es el productor de teatro noruego Morten Traavik. Busca demostrar que una mina no puede arrancarle a una mujer ni su belleza ni su dignidad, además de generar conciencia sobre este drama que perpetúa las peores consecuencias de las guerras, aún terminadas. “Como artista, yo elegí armar este tipo de concursos porque permiten presentar a las personas afectadas por las minas como personas positivas y fuertes, y no como personas a las que se les debe tener lástima, como lo hacemos habitualmente”, explicó Traavik, que ya había dirigido el año pasado el primer certamen Miss Mina Terrestre en Angola, con fondos de la Unión Europea y también en medio de un debate ético y estético.

Al principio, según afirman los organizadores, el concurso contó con el apoyo del gobierno camboyano. Las veinte finalistas, mujeres de 18 a 40 años, surgieron de un casting que duró ocho meses. Posaron como modelos para las cámaras, protagonizando producciones en ciudades y playas paradisíacas, luciendo el tradicional vestido Khmer, mostrando o una sola pierna o una pierna y una prótesis exhibida sin vergüenza. El premio iba a ser una prótesis de última generación, que por su precio resulta inalcanzable para las participantes. La más joven, de 18, se llama Dos Sopheap, y mira a la cámara con unos ojos entre desconfiados y provocadores. En una de sus manos, como un símbolo que no es ingenuo, lleva, apuntada hacia arriba, una ametralladora de juguete. Perdió su pierna izquierda en el año 96 cuando pisó dos minas de fabricación yugoslava de 8 kilos cada una. Keo Saman tiene 40 años, es granjera, está casada y es madre de tres hijos. Su pierna izquierda desapareció cuando en el 87 tuvo la desgracia de toparse con una mina alemana de diez kilos. Pero ella, a diferencia de Sopheap, sonríe, como si ya hubiera asumido totalmente su condición de mutilada. Igualmente, ninguna de las dos, ni de sus 18 compañeras, va a desfilar, como estaba previsto, el viernes en Phnom Penh, capital de Camboya. El gobierno lo prohibió. El argumento es que sería “una burla para las víctimas camboyanas”. El Ministerio de Asuntos Sociales dijo que “dañaría la dignidad y el honor de nuestros discapacitados”. Hun Sen, el primer ministro, había prohibido cuatro años atrás los concursos de belleza hasta que el índice de pobreza, que era del 35 por ciento fuera del 15. Como tal índice no bajó ni un punto, bien podría enmarcarse la decisión en esa ineficacia gubernamental. Traavik, que por las dudas ya se escapó de Camboya, pretende que el show siga por internet, medio virtual, fuera del alcance de la ley, por el que se haría la elección. Eso está por verse. Mientras, no se ahorra fustigar al gobierno camboyano: “Su decisión es un golpe muy duro a los derechos de los discapacitados”.

En Camboya, el drama de las minas es tremendo. Hay entre cuatro y seis millones sembradas, prácticamente una por cada dos personas. El saldo son 60.000 heridos y entre 18.000 y 40.000 mutilados, la cifra más alta del mundo. Sólo en la frontera con Tailandia hay seis millones de minas esperando bajo tierra para destrozar el cuerpo de una señora que vuelva del mercado o de un chico que esté yendo al colegio. La única noticia positiva es que el empeño del gobierno y las ONG en desminar el territorio está dando resultado: en 2002 hubo 847 mutilados o muertos; en 2006, 450, y en 2007, 350.
criticadigital.com