martes, 5 de junio de 2012

Creatividad y apoyo son las dos claves para afrontar la adversidad


No darse por vencido ante una dura enfermedad, ayudar a otros padres que también perdieron a sus hijos, salir adelante luego de sobrevivir a una guerra, o superar la muerte de un ser querido son algunas de las circunstancias de la vida en la que todos desarrollamos una personalidad resiliente.
La resiliencia es la capacidad de afrontar momentos adversos superándolos de modo creativo y logrando aprendizajes a partir de las situaciones vividas. Es un proceso que se constituye a lo largo del tiempo y que permite la construcción de la capacidad subjetiva de enfrentar y sobreponernos a la adversidad, posibilitando tener una vida sana en un ambiente sano.
“Todos tenemos potencialidad para ser resilientes, pero cada uno tiene su propia capacidad, configurada por su base biológica cerebral, por el desarrollo de habilidades y por la oportunidad que tuvo en situaciones de estrés de estar acompañado por un adulto significativo que lo ayudó a sobreponerse de la adversidad. Las personas resilientes suelen ser equilibradas frente a las situaciones de incertidumbre y estrés, soportan mejor la presión y se enfrentan a los retos con mayor compromiso y proactividad, teniendo una fuerte sensación de control sobre los acontecimientos y fuerte autoestima que les permite estar más abiertos a los cambios, porque tienen la seguridad de que saldrán adelante”, explica Guillermo Fernández Dadam, director médico del Instituto de Neuropsiquiatría, Adicciones y Psicología Positiva de Bs. As. (INAPBA).
Una fuerte red de contención formada por familiares y amigos, como así también compartir las experiencias dolorosas entre pares, ayuda a potenciar la resiliencia. “Es fundamental apoyarse en la familia y grupos de pertenencia, fortaleciendo destrezas técnicas y humanísticas, valorando el ocio creativo, cultivando disciplinas artísticas, escritura o música, tomando con humor y esperanza las dificultades. También es positivo revalorizar nuestro lugar en la vida a partir de convicciones espirituales, morales, ideológicas o políticas y aprendiendo de las crisis”, sostiene Roberto Sivak, presidente del Capítulo Estrés y Trauma de la Asociación Argentina de Salud Mental y autor del prólogo del libro “Vidas que enseñan” de Alejandro Gorenstein, de editorial Del Nuevo Extremo.
También es fundamental darnos tiempo para procesar y metabolizar situaciones dolorosas o traumáticas e instalar mecanismos de acompañamiento, que permitan crear salidas novedosas ante dichas situaciones. ¿Los beneficios de ser resiliente? “El gozar de una vida más sana, ya que cada experiencia procesada con el tamiz de las características resilientes permite nutrirse y conocer, lo cual aporta una visión más amplia y enriquecida de la vida. Permite establecer vínculos consigo mismo, con otros, con la historia, y con los proyectos, de un modo saludable, aumentando las posibilidades de disfrute”, concluye Elenora Novogrudsky, licenciada en psicología.

Rasgos positivos

El especialista en Psiquiatría y Adicciones Guillermo Fernández Dadam señala algunos rasgos de las personas que potencian la resilencia:
Introspección: capacidad de reflexionar, hacerse preguntas y darse una respuesta honesta.
Independencia: establecer límites entre uno mismo y los ambientes adversos.
Iniciativa: afrontar los problemas y ejercer el control.
Humor: conduce a encontrar el lado cómico en las situaciones adversas.
Creatividad: lleva a crear orden y belleza a partir del caos.
Moralidad: desear una vida personal satisfactoria, amplia y con riqueza interior.
Valores y la separación entre lo bueno y lo malo.
Habilidad para establecer lazos íntimos con los otros.

“No pensé que podía encontrar a una persona que me entendiera”


La noche en que Lucila Levín (28) y Javier festejaban seis años de novios, él notó que le habían aparecido hematomas en el cuerpo. Le efectuaron una punción medular y le detectaron una Aplasia medular. En 2009 le hicieron dos trasplantes y durante el segundo no tuvo saturación de oxígeno y falleció tras ser inducido a un coma farmacológico. “A los 26 años quedé viuda y te deja patas para arriba. En un segundo te tira a la basura todos los proyectos. Sentía una soledad muy grande”, expresa Lucila, mamá de Abril, que nació en 2007.
Una vez que regresó a Buenos Aires, Lucila cumplió el sueño de recibirse de licenciada en Psicomotricidad y a los pocos meses le propusieron realizar una integración con Elena, una nena autista que había sufrido la muerte de su mamá. Así conoció a Santiago, su papá, con quien empezó a compartir algunas charlas sobre lo parecido que eran sus historias.
Al tiempo dejó de atender a Elena y afianzó la relación con su papá. “La verdad que fue bastante increíble. Yo no me imaginaba ni de casualidad que iba a encontrar a una persona que entiende perfectamente lo que me pasó y lo compartimos desde el mismo lugar. Encontré un espejo en el cual me puedo reflejar, llorar, extrañar sin que haya celos ni cuestionamientos. Fue una bendición”.
clarin.com