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jueves, 4 de febrero de 2010

Borges se anticipó medio siglo a las neurociencias

Nora Bär
LA NACION.COM
Es sabido que Borges sentía fascinación por ideas como el infinito, los espejos y los laberintos. En su cuento Funes el Memorioso, publicado en junio de 1942 en La Nacion y que relata los avatares de Irineo Funes, un peón de Fray Bentos que poseía la increíble capacidad ?o maldición? de recordarlo absolutamente todo, explora los laberintos de la memoria y llega a plantear ideas que sólo ahora están teniendo comprobación experimental.
"A mediados del siglo XX, Borges ya planteaba que pensar es abstraer y que para poder recordar es necesario olvidar", dice el físico y neurocientífico argentino Rodrigo Quian Quiroga, profesor de bioingeniería de la Universidad de Leicester, en Gran Bretaña, que analiza el célebre cuento, rastrea sus fuentes y compara esas ideas con los resultados de sus propias investigaciones en un artículo que hoy publica la revista Nature.
Según Quian Quiroga, una de las preguntas más interesantes de las neurociencias es cómo hacen las neuronas para codificar y almacenar la información que recibimos del mundo exterior. En busca de respuestas, el científico descubrió un tipo de neuronas del hipocampo capaces de generar representaciones abstractas de conceptos como la identidad de una persona. En experimentos con electrodos que registraban la actividad de estas células, pudo comprobar que la misma neurona se activaba cuando, por ejemplo, la persona estudiada veía diferentes imágenes de una actriz famosa, oía su nombre o lo leía.
"Al contrario de Funes, que «era incapaz de ideas generales, platónicas» y al que «le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)», nosotros tendemos a recordar personas, hechos y lugares genéricos, pero olvidamos los detalles", dice, de visita en Buenos Aires.
Durante uno de sus viajes, el investigador se reunió con María Kodama y pudo observar la biblioteca del escritor. "Es espectacular ?asegura?. Revisando sus libros pude ver que Borges escribía en la primera o la última página, con letra muy chiquitita. Esas anotaciones ofrecen pistas de cómo relacionaba sus lecturas y cómo surgían sus ideas."
Entre muchos otros, como los escritos de William James, el padre de la psicología moderna, Quian Quiroga se sintió intrigado por The mind of man, de Gustav Spiller, editado en 1902. Una anotación, "Memorias de una vida entera, pág. 187", lleva a un pasaje en el que Spiller calcula la cantidad de recuerdos que podría tener de su vida y llega a la conclusión de que podrían sumar 10.000 en 35 años. También menciona cuánto tiempo lleva recopilarlos. Borges dice de Funes: "Dos o tres veces había reconstruido un día entero; (...) cada reconstrucción había requerido un día entero"...
"Es fascinante, dice Quian Quiroga. Borges, James y Spiller llegaron intuitivamente a conclusiones que sólo hoy tenemos la tecnología para probar."

jueves, 26 de febrero de 2009

La conexión Borges-Tolkien: misterios del Aleph y el Anillo


"Pointless" (sin sentido): con esa rotunda expresión inglesa, Borges zanjó la cuestión cuando se le preguntó por la obra del escritor inglés J.R.R. Tolkien, autor de El señor de los anillos. Sentado en la biblioteca del Malba, el investigador argentino Martín Hadis recuerda la anécdota con una sonrisa.
Desde hace años estudia la vida y obra de ambos y se anima a plantear un juego de espejos. "Son parecidos y a la vez opuestos. Es significativo que Borges dijera eso porque quiere decir 'sin meta'. El problema no es que Tolkien no tuviera metas. El problema es que las tenía muy claras pero Borges jamás hubiera estado dispuesta a seguirlas".
Hablar con Hadis es como jugar a los tragamonedas. La variedad de ideas e imágenes que lanza son un combo a la vez preciso y enigmático: relaciona hobbits, elfos y compadritos porteños; disciplinas como la informática, la literatura y la antropología; la sirena del jackpot chilla cuando vincula los anillos de Tolkien, el (infinito) libro de arena de Borges, el aleph descubierto en un sótano porteño y los Palantíri (esferas que muestran distintos puntos en el espacio y el tiempo) de la Tierra Media.
"Yo soy licenciado en sistemas, una profesión curiosa para dedicarse a Borges, a Tolkien y a la lingüística. Pero una de las cosas que más me interesa es cómo usan los aparatos. En ambos hay una advertencia muy contemporánea, nacieron en el siglo XIX, vieron la bomba atómica y murieron en la segunda mitad del siglo XX.
La relación entre tecnología y poder, el lugar que los artefactos ocupan en la vida del ser humano, son preguntas que se hicieron y siguen vigentes: en tecnología estamos tocando límites, se crean algoritmos que imitan facetas del cerebro humanos, programas como Google Earth permiten ver cualquier lugar del mundo desde una computadora, transformamos genes. Poblamos el mundo de artefactos, ¿pero somos conscientes ética y humanamente de qué significa eso? ¡Es una locura! ¡Es fascinante!".
Hadis dará un curso sobre el vínculo sobre ambos autores a partir del 9 de marzo en el Malba (ver: www.malba.org.ar). Ya ha publicado dos libros sobre Borges y cuenta que prepara otro en el que rastrea las simetrías entre las vidas de ambos: como un pequeño detalle, cuenta que la mujer que inició en la literatura inglesa a Borges (su abuela Frances Haslam) tiene el mismo nombre que el sacerdote que le enseñó español a Tolkien (el jesuita Francis Morgan).
La genealogía de muchos de sus objetos mágicos también tiene un origen común en la literatura inglesa. Hadis ve un referente para artefactos como los Palantíri o El Aleph en el cuento "The Cristal Egg" ("El huevo de cristal", de 1897). Allí, H.G. Wells (una debilidad de Borges y Tolkien) inventaba un huevo que permitía ver el planeta Marte.
En los artefactos y relatos de ambos -dice Hadis- se ocultan viejas ambiciones humanas: sondear el tiempo y el espacio, tener un anillo que permita desaparecer, contar con una memoria perfecta o un libro que contenga todos los relatos. Sueños que la tecnología actual acecha. "En parte de la obra de ellos, los aparatos empujan la acción, aparecen para cambiarlo todo. El señor de los anillos no es nada sin el anillo; El libro de arena no es nada sin la aparición del libro.
Pero lo más interesante es lo que generan. En Borges, esos objetos cuestionan la naturaleza de la realidad, la reordenan, mientras que los personajes son piezas de ajedrez. En Tolkien el planteo es distinto. El dice, 'bueno, tenemos un anillo que puede destruirlo todo', pero lo da por hecho. Le interesa cómo esos objetos afectan a los seres humanos, no lo que le hacen a la realidad".
clarin.com