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domingo, 13 de mayo de 2012

Autoestima

¿Cuánto nos conocemos? ¿Estamos conformes con nuestra vida? ¿Cuán extremadamente autocríticos o ególatras podemos llegar a ser?
La autoestima se refiere a la autovaloración y aceptación de nosotros mismos. Si bien de lo que se trata es de saber si las expectativas son compatibles con lo que resulta ser de nuestras vidas, la autoestima no siempre es compatible con la fidelidad de los espejos.
A la hora de la autocrítica, suelen encontrarse a tomar el té (dulce o amargo). Cuanto más cerca estamos del sabor agradable, más elevados los niveles de satisfacción y autoconformidad.
Cuanto más desagrado y cuanto menos soy lo que quiero ser, todo se torna más oscuro y sin sabor.
Así es como la ansiedad, la angustia, la frustración y tantas otras posibles emociones negativas pueden llegar a sentarse a la mesa para confrontar con valores tan positivos y necesarios para el bienestar personal, como son el amor propio, la confianza, la seguridad y la autocompasión, entre otros.
¿Cuán desajustados estamos con lo que marca nuestra balanza emocional? ¿Cuál es, en este sentido, nuestro peso ideal?
Es cierto, no es fácil (es casi imposible) ser objetivo con uno. Tanto como ir detrás de valores de satisfacción o insatisfacción desmedidos.
No es sencillo regular a conciencia los niveles de rigor o permisividad, de flexibilidad o hipersensibilidad, de culpa o deseo.
Un buen punto de partida, tal vez, sea ser lo más sinceros y saludablemente autocríticos (sin prejuicios ni juicios extremos) con nuestras más íntimas ideas y nuestros sentimientos y valoraciones.
Sería bueno, además, coincidir en que no siempre somos lo que podemos o queremos ver. Así como el vidrio se empaña aún más cuando nos gobierna el deber ser y nos entregamos, sumisos, al mandato o a las expectativas de los otros. De ser así, ¿qué es lo que está en juego a la hora de la autovaloración? Del mismo modo, ¿cuál es la fórmula o la vara con que nos echamos a calcular pesos o medir virtudes y fortalezas?
Más allá de lo que podamos haber aprendido (o desaprendido), o de lo que hayamos conseguido dosificar de los registros de nuestro estado físico y emocional, la reflexión sobre la autoestima nos puede habilitar o despejar el camino hacia la autosuperación más acorde a nuestro verdadero sentido de la vida.
lanacion.com

sábado, 5 de mayo de 2012

La sobreestimación personal, el lado vulnebrable de los poderosos

"El poder puede actuar como una droga", sentencia Nathanael Fast, profesor de la Escuela de Negocios Marshall en la Universidad del Sur de California y autor de una investigación que desnudó un costado vulnerable de los poderosos: sobreestiman tanto sus capacidades que se zambullen en empresas imposibles. Sea en el campo que fuere el poder tiende a obturar el sentido de realidad y empujar decisiones erradas.
Fast y su equipo partieron del análisis de jugadas equivocadas en el mundo de los negocios. Una de ellas, la orquestada por el directivo de AOL Steve Case, para fusionar a esa empresa con la Time-Warner por 350.000 de dólares, lo que fue un estrepitoso fracaso y le costó el cargo. Entonces crearon seis experimentos para poner a prueba su hipótesis: el sentimiento subjetivo de poder es el motor de la sobreestimación personal y un exceso de autoconfianza, que en última instancia puede conducir a peligrosos errores. Una de sus experiencias, por ejemplo, consistió en otorgar a los participantes distintas dosis de poder y someterlos a una serie de preguntas; antes de responder debían apostar con dinero simbólico por su saber. Quienes se sentían más poderosos apostaban más, aunque al chequear los resultados comprobaron que sólo habían perdido dinero: sus conocimientos no eran un valor estrictamente objetivo, sino una apreciación personal montada sobre el poder con el que habían sido investidos.
"Nuestros resultados indican que sentirse poderoso exacerba la autoconfianza e inicia un círculo vicioso que se retroalimenta a sí mismo: las personas con exceso de confianza tienden a ocupar roles de poder y el sentimiento subjetivo de poder las hace sentir más autoconfiados", interpreta para LA NACION el autor principal del artículo, publicado en la actual edición de la revista Organizational Behavior and Human Decision Processes .
Sobreestimar el poder de las propias capacidades se convierte en un puente hacia potenciales pérdidas económicas si suceden en el mundo de los negocios, pero también pueden ser vidas humanas si implican conflictos bélicos, como sucedió en la Guerra de Malvinas.

"Los ingleses no van a venir"

"Se subestiman las amenazas, se sobreestiman las virtudes propias, se degenera el debate interno en un ejercicio de falso consentimiento y se construye la ilusión de falso consenso. Si a la decisión o decisiones que se van a tomar se las enmarca en una gesta o marco referencial, al que se le atribuye una moralidad superior, se potencia todo lo señalado, con el agregado de una tendencia a asumir riesgos exagerados", comenta Orlando D'Adamo, titular de Psicología Política de la Universidad de Belgrano y autor del estudio "Los procesos de toma de decisión en situaciones de conflicto: La Guerra de las Malvinas".
D'Adamo analizó el conflicto entre la Argentina y Gran Bretaña con las herramientas creadas por el psicólogo estadounidense Irving Janis, de la Universidad de Yale, tras estudiar la decisión del presidente estadounidense John F. Kennedy de invadir Cuba en 1961.
La invasión de Bahía de Cochinos fue una operación militar de tropas cubanas exiliadas, entrenadas, financiados y dirigidas por la CIA. "En las grabaciones que atestiguan las reuniones del gabinete de Kennedy, se escucha que los integrantes de este grupo dicen cosas como: «Vamos, los ponemos ahí, les damos cobertura aérea y, como los cubanos están mayoritariamente en contra de Castro, se va a sumar la gente, más los desertores, el ejército cubano esmalísimo, les ganamos enseguida?» A las pocas horas se rindieron. La acción acabó en fracaso en menos de 72 horas, tras ser completamente aplastada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba."
"Janis señaló varios síntomas que afectan a quienes tienen que tomar decisiones importantes en situaciones de estrés y presión: sensación de invulnerabilidad con tendencia a enamorarse del propio plan sin ver las dificultades y aspectos débiles, creer ciegamente en sus posibilidades de éxito y subestimar las probabilidades de fracaso. Suelen no aceptar opiniones disidentes y encerrarse en sí mismos", explica D'Adamo, y ejemplifica en las falsas teorías que construyó la dirigencia militar argentina en 1982: "Los ingleses no van a venir, las Malvinas están muy lejos, nosotros muy cerca". Y los ingleses pensaban que Galtieri no invadiría las islas sin un ultimátum y subestimaron exageradamente la capacidad de fuego militar argentino.
"La excesiva autoestima que provoca sentirse poderoso y admirado hace que quienes ocupan posiciones de poder caigan en un cierto "autismo" en relación con la realidad y con su entorno y escuchen sólo su propia voz", agrega Virginia García Beaudoux, profesora de Psicología Política y Codirectora del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano.
"Suele traducirse en un creciente personalismo. Por lo general, este tipo de líderes prefieren tomar las decisiones en soledad o apenas rodeados por su círculo de colaboradores más fieles. Suelen comunicar sus decisiones una vez que las han elaborado y no las comparten mientras las elaboran. Desestiman las opiniones o voces disidentes, y sólo escuchan las que alimentan sus posiciones."

Falta de control

"Los errores se dan porque se cree que hay control donde no lo hay, se cree que se conoce donde hay ignorancia, etcétera. La acumulación de poder, en este sentido, refuerza la idea de control [sobre los demás, sobre el entorno, sobre la competencia, etcétera] y, por lo tanto, intensifica estos procesos. En síntesis, yo diría que la ceguera es un problema generalizado de quienes toman decisiones que afectan a otros [políticos, grandes empresarios, etcétera] -opina el sociólogo Gastón Beltrán, investigador del Conicet y del Instituto Gino Germani, sobre el proceso de toma de decisión en las organizaciones-. Sin embargo, la ceguera se acrecienta cuanto mayor es el poder del actor de la decisión. Se acrecienta y, además, se hace más visible y riesgosa porque cuanto mayor es el poder, más es la gente que se ve afectada por sus decisiones."
¿Cuáles son los mecanismos capaces de recortar este poder enceguecedor?
Nathanael Fast admite que, "en general, es problemático señalarles las debilidades a los poderosos, ya que pueden responder con agresiones. Sin embargo -arriesga-, apuntar que cualquier decisión tiene pros y contras puede ayudarlos a ver las dos caras de todo tema. Es mejor para los poderosos ser conscientes de este problema e intencionalmente seleccionar dentro de su núcleo a quienes puedan sentirse libres de ofrecer críticas".
La doctora García Beaudoux propone en el nivel sociopolítico "el respeto a rajatabla por el equilibrio de poderes". En el nivel personal, "que los líderes estén muy atentos y conscientes de que son proclives a caer en este tipo de excesos y, por tanto, que tengan la habilidad de formar equipos de colaboradores lo más plurales que sea posible, en donde el disenso se incentive y se fomente como una virtud y no, en cambio, que se castigue como una deslealtad".
lanacion.com

jueves, 1 de diciembre de 2011

Por qué fallás con los hombres

Te voy a decir la razón por la que muchas mujeres fallan con los hombres: el desprecio que sienten hacia ellas mismas. Esa falta de autovaloración puede tener su origen en la influencia social que hace hincapié en amar al prójimo. Me parece perfecto pero, por favor, no nos olvidemos de nosotros.
Muchas veces te preguntás: ¿cómo puedo verme más linda y sentirme mejor conmigo misma? Simplemente comenzá a amarte, a ganar más amor propio. Creo que tenés que aprender a vivir enamorada, en primer lugar, de vos misma.
Muchas mujeres que conozco siguen pensando primero en la otra persona antes que en ellas. Hay un motivo oculto que las impulsa: el querer ser “buenas personas” y, de esta forma, agradar a los demás.
El problema es que estas mujeres no se están dando cuenta de algo importantísimo: de manera inconsciente se están anulando a sí mismas y poniendo en primer lugar a los demás. Ignoran sus propias necesidades y valores.
Cuando eras chica sentías de manera natural un gran aprecio por vos misma, pero a medida que fuiste creciendo la sociedad se encargó de destruir esa autoimagen positiva que tenías de vos. Te condicionaron diciendo cosas como: “es egoísta amarse a uno mismo en primer lugar”, “tenés que ayudar primero a los demás” o “¿qué va a decir la gente de vos?”
La autoimagen es un tema muy importante. Ella es la que determina tu personalidad, tus comportamientos y, además, es la responsable de lo que sos.

El poder de la mente
Todo lo que ocurre a tu alrededor, las experiencias buenas y malas que tenés, mandan mensajes al subconsciente y van conformando tu autoimagen. Es un factor fundamental para tu triunfo o tu fracaso, porque sos el resultado de lo que ves en tu imaginación y es casi imposible llegar a ser alguien más de lo que te imaginás de vos misma.
Te lo explico mejor...
Supongamos que tenés sobrepeso. Empezás una dieta, bajás los kilos que te sobran y te ves espléndida. Pero, después de un tiempo, recuperás el peso que tenías antes de comenzar el régimen. Te preguntás: ¿por qué me descontrolé de esa manera? Lo que ocurrió fue que la imagen que tenés subconscientemente de vos misma y de tu cuerpo es la de una mujer con sobrepeso.
El subconsciente controla todas las funciones fisiológicas y forma tu cuerpo de acuerdo a la imagen que vos le transmitís. Recibe instrucciones y las ejecuta, no distingue lo real de lo falso. Cuando hacés una dieta rigurosa, si seguís pensando como una mujer obesa, esa será la orden que tu mente obedecerá.
El subconsciente no entiende la diferencia entre la realidad y la fantasía. Sea cual sea el mensaje que le envíes, él lo ejecuta. Sabiendo esto, ¿qué mensaje le vas a enviar?

Pensar en positivo
Si mejorás tu autoimagen y le das las órdenes correctas a tu subconsciente, podés cambiar tu vida completamente y cumplir todos tus sueños. No importa si pasás por experiencias negativas o positivas, lo que determina tu autoimagen son los pensamientos que tengas al respecto.
Entonces, ¿cómo podés mejorar tu autoimagen? Lo que siempre le digo a las mujeres es que deben centrarse en el ahora, enterrar las experiencias negativas y recordar sólo las cosas positivas que han vivido.
Recordate muchas veces a vos misma tus talentos y habilidades o lo linda e inteligente que sos... Sólo por el hecho de ser mujer. A fuerza de repetirlas, estas afirmaciones son transferidas a tu subconsciente y provocan en vos sentimientos de agrado, comportamientos atractivos y mucha felicidad.
Siempre que te sientas culpable por algún error que cometiste o cada vez que recuerdes a una persona que te causó mucho daño, simplemente invitá al perdón a tu vida. Sos una fuente de amor, no de rencor. Perdoná y perdonate. Tenés que entender lo valiosa que sos y, en consecuencia, saber a quién darle privilegios y a quién no.
Para poder dar amor, primero debés aprender a amarte a vos misma. Para recibir respeto, primero debés respetarte.
Por Iván Falcone, asesor de citas y autor de libros sobre relaciones.
entremujeres.com

martes, 22 de noviembre de 2011

Una buena autoestima es clave para ser exitosos en el día a día

APRENDER A MIRARSE. HAY QUE ACEPTARSE TAL COMO UNO ES Y EVALUAR NUESTRAS HABILIDADES Y LIMITACIONES.
La autoestima es una autovaloración que realizan todos los seres humanos en relación a los pensamientos, sentimientos y acciones que llevan a cabo, análisis que influirá en las acciones sociales y en los proyectos. Se alimenta también del reconocimiento social, así como de los logros y éxitos de cada persona en particular.
Los expertos sostienen que quienes piensan bien de sí mismos generalmente se encuentran satisfechos y disfrutan de sus posiciones en la vida. Una mirada introspectiva sobre uno mismo es esencial para obtener resultados positivos.
¿Quién soy? ¿Cuáles son mis cualidades? ¿De qué soy capaz? ¿Cuáles son mis éxitos y mis fracasos, mis habilidades y mis limitaciones? ¿Cuánto valgo para mí y para la gente que me importa? ¿Merezco el amor de los demás o siento que no puedo ser valorado? ¿Qué puedo hacer por mí mismo? Estos son algunos de los interrogantes que conviene realizar para tener más en claro qué rol cumple la autoestima en cada uno.
“Esa mirada-juicio sobre uno mismo es vital. Cuando es positiva, permite actuar con aplomo, sentirse a gusto consigo mismo, enfrentar dificultades. Cuando es negativa, engendra sufrimientos y molestias que afectan la vida cotidiana”, sostiene Luis Hornstein, psicoanalista y presidente de la Fundación para el Estudio de la Depresión. Y agrega: “La autoestima es sentirnos competentes para enfrentarnos a los desafíos y creernos merecedores de recompensa. Contiene varios aspectos: confianza en nuestra capacidad de pensar y tomar decisiones adecuadas, y convicción en nuestro derecho a ser reconocidos por los demás y por nosotros mismos. La autoestima facilita la acción: la acción alienta, modela y construye la autoestima. Junto a las relaciones afectivas y a los proyectos es uno de los grandes nutrientes”.
Los niveles de autoestima no permanecen siempre iguales, sino que sufren fluctuaciones ligadas a los estados psicológicos, y a las circunstancias de la vida. “Una buena autoestima nos permite hacer frente a las situaciones de nuestra vida personal o laboral, y nos ayuda a recuperarnos de nuestras caídas con mayor rapidez. Por el contrario, un déficit de autoestima nos lleva a buscar amparo en lo que ya conocemos y nos resulta fácil. Se elige permanecer en el mismo lugar, donde no se es feliz, pero se está cómodo”, puntualiza la licenciada en Psicología Claudia Erlich, del centro de estudios del estrés y la ansiedad Hémera.
“Nos percibimos a nosotros mismos de acuerdo al sentido que le adjudicamos a la mirada del otro, que nos refleja, al modo de un espejo. Nuestra imagen de nosotros mismos depende de cómo nos veamos reflejados en el semejante, de cómo interpretemos lo que la mirada del otro nos devuelve. Hay una ida y vuelta permanente con esa mirada que desciframos de una u otra manera, y según esa lectura regulamos las relaciones interpersonales. El reconocimiento del otro es esencial en la construcción de la personalidad psíquica”, apunta la licenciada en Psicología Lila Isacovich, de la Fundación Buenos Aires.
Las personas con una autoestima alta, generalmente tienen una actitud audaz, toman más iniciativa, buscan el desafío, son positivas, establecen metas realistas e instituyen relaciones armoniosas. En cambio, quienes poseen una autoestima baja proponen objetivos no realistas, establecen relaciones competitivas, tienden a compararse, son pesimistas y buscan la aprobación de los demás.

Una construcción desde la infancia

Varios estudios muestran que la forma en que los padres tratan a sus hijos tiene consecuencias profundas en su autoestima. También las tiene el modo en que los progenitores se tratan entre sí.
“Un niño cuyos pensamientos y sentimientos son tomados en cuenta aprende a aceptarse a sí mismo. Los niños están muy atentos a las comparaciones sociales. Son capaces de clasificar a sus compañeros en distintos campos (belleza, popularidad, rendimiento escolar), de colocarse a sí mismos en esa clasificación y sacar sus conclusiones. Las fuentes principales de esos juicios son sus padres, sus maestros, sus pares. Cuando estas fuentes le brindan reconocimiento, consolidan su autoestima”, explica Luis Hornstein, autor del libro “Autoestima e identidad: narcisismo y valores sociales”.
“La opinión sobre uno mismo se va cimentando desde la infancia y refleja lo que creemos que los otros piensan de nosotros, en particular, los otros más significativos, aquéllos que forjaron nuestra imagen. De allí que se imponga revisar esa relación para intentar separar lo actual de lo pasado, lo que ellos quisieron y lo que uno quiere”, agrega la licenciada Isacovich.
clarin.com

sábado, 12 de noviembre de 2011

Autoestima, sábanas y deseo

La autoestima, ese espejo en el que cada uno se refleja según su propia percepción y que suele definir los estados de ánimo, juega un rol protagónico en los encuentros sexuales. Lo que cada uno “lleve” a la escena erótica facilitará o interferirá en la “calidad” de las vinculaciones sexuales. La capacidad de “darse” y/o entregarse al otro, la relajación y la excitación pueden estar “atados” a la imagen de ese espejo que cada uno construye.
En muchos casos, las relaciones sexuales están sitiadas por la tensión y la incertidumbre acerca de “cómo resultará” ese contacto con el otro. “¿Notará mi compañero/a aquellos detalles físicos que me acomplejan?” ó “¿Le producirá placer la relación conmigo?”, son algunas de las preguntas que inquietan. La autoestima, el “termostato emocional” que nos calibra en uno u otro sentido -hacia el optimismo o “el bajón”- establece la diferencia.
Entonces, ¿de qué hablamos al hablar de autoestima? Los expertos la definen como “el sistema inmunológico de la mente”. Funciona, dicen, como una barrera frente a las agresiones psicológicas. Su nivel se relaciona con la manera de ser y la valía personal de cada uno. Por lo tanto, afecta a todos nuestros vínculos. Ella, la autoestima, “comienza a formarse en la infancia, con el caudal de afecto que se recibe, y aumenta o disminuye según la respuesta de los otros ante nuestras acciones”, afirma la psicóloga y sexóloga Elda Bartolucci.
Pero en el mundo actual, continúa afianzándose con el éxito en el plano laboral, la calidad y riqueza del marco social, los vínculos familiares contenedores y, por supuesto, las relaciones amorosas. A partir de los inicios en la sexualidad, que se dan generalmente en la adolescencia, todos estos aspectos, que pueden estar camuflados o “licuados” por el inconsciente, aparecen, de una forma u otra, al correrse el telón de la escena sexual.
¿Cómo influye la sexualidad en la autoestima? El psicólogo y sexólogo Ezequiel López Peralta señala: “Uno de los grandes beneficios de la sexualidad satisfactoria es su impacto positivo sobre la autoestima. Sentir que tenemos el “poder” para producir placer en alguien, y también de sentirnos importantes para esa persona cuando se ocupa de darnos placer, generan un ida y vuelta muy favorable”.

Extremos peligrosos
La autoestima marcará la diferencia a lo largo de la vida sexual. Manejar niveles extremos, como la auto desvalorización o la sobrevaloración (ambos mecanismos irreales distorsionados por la fantasía), modificará el comportamiento sexual pudiendo generar personalidades espontáneas o inhibidas, maltratadoras o expuestas a relaciones agresivas, sostienen los especialistas.
Las personas que tienen su autoestima baja suelen esquivar al sexo opuesto, evitar las relaciones y tener dificultades para conseguir pareja. Además, suelen padecer conflictos con su cuerpo y una distorsión de la realidad por un falso ideal de belleza que les impide disfrutar.
La autoestima más alta del ideal es una aliada porque aporta seguridad y mayor predisposición, pero también puede llevar a una desvalorización de la pareja, lo que generará conflictos. Con una autoestima muy alta, las personas pueden olvidar que el sexo es un continuo ida y vuelta, ejercer violencia, y tener poca predisposición a cambiar sus actitudes. Siempre será bueno encontrar el punto medio entre estos extremos, manejar “un equilibrio entre el dar y el recibir; entre esconder nuestro cuerpo o disfrutar de él; entre someternos a lo que desea la otra persona, o plantear asertivamente lo que deseamos”, aconseja López Peralta.

Ellos, ellas y los modelos
Sin embargo, la importancia de una sana auto percepción varía en los dos sexos. Una investigación de la Facultad Bloomberg de Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins, EE.UU., determinó que hombres y mujeres por igual relacionan la empatía, o capacidad de “asumir la perspectiva del otro”, con la satisfacción sexual. Pero para ellas no basta con eso. El estudio concluyó que ellas no sólo necesitan de la empatía para lograr la satisfacción sexual, sino también de la autonomía y la autoestima. Según los investigadores, permiten “sentirnos dignos de ser amados”.
¿Es la autoestima más importante para las mujeres? Los especialistas aseguran que no. Pero sí que existe, en ambos sexos, una visión del éxito y por lo tanto una concepción de la propia autoestima diferente, que se mira desde otro lugar.
“Las mujeres han buscado siempre atraer, agradar y conquistar a su partenaire. En ese intento se vuelven exigentes observadoras de su apariencia, especialmente de su cuerpo como factor de impacto erótico y estético ante la otra mirada. Pueden llegar a veces a extremos de sacrificio económico y dolor físico para cumplir su deber de ofrecer y mantener una imagen estético-erótica atractiva", opina Bartolucci.
"El hombre, en cambio, necesita ser valorizado por su acción, su capacidad de dar, de proveer a su compañera. Por eso, centra su autoestima en dos lugares: su genitalidad y su billetera. Ambos deben estar bien hinchados y siempre disponibles”, agrega.
Aunque en el fondo ambos busquen lo mismo, estas visiones son harto distorsionadas y generan conflictos en ambos casos. “No es una situación fácil para ninguno de los géneros, todos cargamos con nuestro ‘karma’”, dice Lopez Peralta.
¿Es factible liberarse de los “modelos deseables” de varón y mujer? Sí, pero para eso se requiere una comunicación franca con el otro. Y de ser necesario, orientación profesional, en pareja o individual.
Se parte del supuesto de que una relación de pareja debería ayudar a fortalecer la autoestima de sus integrantes, hacerlos crecer y sentirse auto valorados. Cuando esto no sucede, se pueden experimentar sensaciones de “fracaso personal”. Es cuando el diálogo franco se hace imprescindible. “Es necesario comunicar lo que nos pasa, recurrir al diálogo sin tapujos y sincero, y si esto no aporta soluciones, apelar a la ayuda de un terapeuta”, dice Bartolucci.

El otro lado de la cama
Como premisa, nunca estará de más mirar al otro lado de la cama. En otras palabras: advertir que, en cuanto a la autoestima, todo lo que pasa sucede “en relación” con uno mismo y también en relación con el otro. Los seres con una autoestima muy alta no suelen brindarse de manera igualitaria, lo que atenta contra un vínculo sincero y contra el equilibrio de la pareja. Estas personalidades -las de una autoestima superlativa- pueden afectar al compañero en su desempeño y autonomía.
Por otro lado, los individuos con baja autoestima están expuestos a la acción de los “conspiradores internos”. Por lo general, son personalidades reprimidas, con bajo deseo o con una vida sexual limitada. No son capaces de poner límites cuando algo no les gusta, descuidan su imagen o rechazan el encuentro íntimo. En esta clase de cuadros se pueden sufrir disfunciones sexuales (deseo sexual inhibido, anorgasmia, eyaculación precoz, impotencia erectiva, etc.)
Ante estas situaciones lo aconsejable es el cuidado por parte de quienes tienen la ventaja de detectarlas. Esto implica “evitar los reproches, las agresiones y las descalificaciones, ya que una persona con baja autoestima tiende a distorsionar los mensajes. Advertir las creencias erróneas, señalarlas, construir pensamientos alternativos y propiciar experiencias positivas siempre será favorable”, apunta López Peralta.
entremujeres.com

martes, 4 de octubre de 2011

¡Quiero ser otro!

El estilista Juan Belmonte (en la fotografía) afirma que en uno u otro mometno de nuestra vida quere
Una mala experiencia en el terreno sentimental, laboral o social quizá venga a culminar un deseo latente de cambio del que no éramos conscientes y que, sin embargo, se nos desata ante la idea de que con una imagen diferente a la que tenemos, nuestra actitud para enfrentar las cosas cambiará.
Cuando Lucía  se dejó caer sobre el sillón de su estilista habitual, con aire cansado, ojeras y el cabello revuelto, era evidente de que algo no marchaba bien. Una nueva discusión con su pareja había llevado a la ruptura definitiva de la relación.
“¡Quiero cambiar de imagen!”, espetó cuando le consultaron de manera rutinaria: ¿Te corto como siempre?”.
Una conversación nada baladí y muy común, según los profesionales de la peluquería. Corte, extensiones, mechas, cambios de color... Las variables se abren al infinito cuando se quiere poner fin a una etapa.
Una actitud que, según los profesionales de esculpir la imagen, está más vinculada a mujeres que a hombres, pertenecientes a una amplia franja de edad que va desde los 25 a los 60 años.
Juan Belmonte, estilista y director del centro Juan, Por Dios!, afirma que “sin lugar a dudas, cuando estamos de ‘bajón’ vamos a donde nos mimen un poco y nos hagan sentir más guapos y guapas. Sobre todo buscamos que ese cambio nos sorprenda a nosotros mismos y que además lo noten los de alrededor”.
Ricard Sorio, psicólogo clínico y coordinador de la unidad de psicología de la Clínica Londres de Madrid (España), por contra, señala que no siempre ante un momento de debilidad emocional se quiere cambiar de imagen.
“La experiencia clínica nos demuestra que cuando las personas presentan un estado emocional bajo o sintomático desde el punto de vista anímico, lo más frecuente es que exista lo que llamamos una "anhedonia". Traducido  al lenguaje coloquial, significaría que la persona pierde la capacidad para experimentar placer, con una falta de ilusión  general, con lo cual ante estados depresivos a nivel conductual puede darse un abandono del cuidado físico y  personal que puede conllevar a la persona a un incremento de peso, falta de ejercicio, despreocupación general”.
El psicólogo añade que existen otros perfiles diferentes de personas “en las que la presencia de un determinado factor de estrés  podría influir negativamente sobre su vida como, por ejemplo, la pérdida de su trabajo, una ruptura sentimental, un cambio social”.
Estos actuarían como factores desencadenantes en la necesidad de iniciar un cambio vital, como podría ser el cambio físico y de la propia imagen corporal.
REFORZAR LA AUTOESTIMA
La doctora Susana Rodríguez de Cos, especialista en estética, del Instituto Médico Láser (IML) reconoce que hay un pequeño porcentaje de pacientes que acuden a la clínica buscando un cambio que les permita reforzar su estado psicológico.
“Hay pacientes que acuden a nosotros con un cierto síntoma depresivo o cuando se ha producido un cambio en su situación sentimental, pero no quieren ser otros, quieren mejorar su aspecto físico, porque consideran que eso puede revertir en una mejora de la situación psicológica en la que están en ese momento”, afirma Rodríguez de Cos.
Para el doctor Sorio, las causas que precipitan el deseo de querer un cambio físico "están vinculadas a: querer romper con el pasado e iniciar un proceso nuevo vital; la ilusión de iniciar una nueva relación afectiva sentimental; un cambio laboral donde consideremos que es importante mejorar nuestra imagen corporal; querer mejorar más nuestra autoestima donde el físico cabe destacar que lo va a potenciar y, algo que siempre estará presente, el canon de belleza actual de la sociedad".
IMAGEN Y ACTITUD
Juan Belmonte considera que la imagen condiciona la actitud y ayuda a reforzar la autoestima.
“Por eso el trabajo de un peluquero es tan difícil y gratificante a la vez. Si fuésemos pintores sería como hacer el cuadro que cada cliente quiere en ese momento, para ese estado de ánimo. Nuestra imagen es todo lo que proyectamos de nosotros. Lo que queremos o no queremos que vean, generalmente, lo comunicamos con el pelo en su conjunto: corte, color, peinados o, incluso, se establece una comunicación real jugueteando con él”.
La doctora Rodríguez de Cos explica que, antes de comenzar un tratamiento, siempre se realiza una “valoración individualizada del paciente, tanto física como psicológica”. Y añade que “nunca podría aconsejar un cambio drástico en una situación de duelo o conflicto emocional intenso, pero pequeños cambios positivos que ayuden al paciente a estar mejor, por supuesto que sí”.
“Es normal que cuando nuestro futuro paciente se plantea un cambio físico, ya sea de estética o de peso corporal, suele haber detrás un malestar psicológico que generó un sufrimiento y un deseo de cambio que iría seguido por un estado motivacional para conseguir el objetivo de cambio: adelgazar, mejorar un rasgo físico. Cuando, por el contrario, encontramos un estado depresivo severo, nos deberíamos de plantear primero  el tratamiento del estado emocional y conseguir mejorarlo para recuperar la motivación al cambio físico”, señala el psicólogo clínico Ricard Sorio.
AJUSTAR EXPECTATIVAS
Rodríguez de Cos explica que, normalmente, los pacientes que acuden para mejorar su físico ya pensaban hacerlo antes de llegar a una situación emocional de fragilidad, y no asegurara que estos cambios están vinculados sólo a “rupturas amorosas”.
Los principales cambios que solicita un paciente que está “atravesando un bache”, según la doctora, están vinculados a aspectos faciales y corporales.
“Solicitan tratamientos que les mejoren la calidad de la piel, la luminosidad, el tono, la firmeza, arrugas o manchas”. Y,  a nivel corporal  deciden quitarse los kilos que le sobran, “reducir volumen, mejorar la textura de la piel que suelen llevar hasta la celulitis  o la  flacidez”.
La mejor recomendación es seguir siempre el consejo profesional y no dejarnos llevar por los consejos o las opiniones de la gente que tenemos más cerca.
"Será el profesional (médico, cirujano, psicólogo) quien valore al paciente y lo asesore para llevar a cabo la mejora de su  físico, si es que lo necesita, o para aconsejarle cuándo sería el momento clave  para  llevarlo a cabo”, comenta Sorio, quien apunta lo importante que es tener unas expectativas reales de cambio “ya que unas expectativas irreales pueden generar mayor frustración en la persona, siendo por eso muy importante seguir un buen consejo médico”.
Para concluir, Juan Belmonte recuerda que el cambio más radical que ha llevado a cabo fue el que le solicitó su amiga Rocío, que lucía una larga melena “del estilo de la cantante Isabel Pantoja” y salió con un corte a la altura del lóbulo de la oreja y con flequillo. “Fue ella quien me dió mi nombre profesional -cuenta entre sonrisas-: ¡Juan, Por Dios!”.
Por Inmaculada Tapia. EFE REPORTAJES
msn.com

sábado, 16 de julio de 2011

Autoestima: un edificio en construcción



Tesy de Biase
Frágil, cambiante y devaluada. O resistente, sólida y valorizada. Dos imágenes de uno mismo. Dos destinos.
"La autoestima actúa como el sistema inmunológico del psiquismo. Una buena autoestima permite enfrentar dificultades, no ser demasiado influenciable por la mirada de los otros, sobrevivir a los fracasos y desilusiones, y sentirse digno de ser amado; también permite pedir ayuda, cambiar de opinión y aceptar las limitaciones", afirma el médico psicoanalista Luis Hornstein, autor del libro de reciente publicación Autoestima e identidad , e inmediatamente contrapone:
"Una baja autoestima -no creer en nosotros mismos, en nuestra capacidad ni en nuestra posibilidad de ser amados- hace que el mundo se convierta en un lugar aterrador. Quienes tienen una autoestima devaluada hacen siempre una lectura de la realidad en donde terminan denigrados y hablan de sí mismos con poco orgullo, como si fueran sus propios enemigos."
El doctor Héctor Fiorini, director del Centro de Estudios en Psicoterapias, agrega otro rasgo tipico de quienes encuentran en el espejo una imagen devaluada: la inestabilidad. "La imagen que estas personas tienen de sí mismas no es sólida, sino precaria, confusa. Y tienden a la polarización sin grises, especialmente en cuanto a la valorización: la estima oscila entre juicios de perfección y juicios de denigración", define en su libro Estructuras y abordajes en psicoterapias psicoanalíticas . También explica que el desamor hacia uno mismo desemboca en una forma de vivir con el permanente sentimiento de estar expuesto, como si cada experiencia fuese un examen, hecho que convierte la existencia en riesgo, amenaza y fragilidad.
¿Cómo se construye la autoestima? ¿De qué depende el amor o el desamor, la valoración o la devaluación de uno mismo? "Los cimientos de la autoestima se construyen durante los primeros años", dice Hornstein. Y define algunas condiciones nodales en la constitución del amor hacia uno mismo: una crianza con afecto y respeto, reglas estables y razonables sin recurrir al ridículo, la humillación o maltrato físico, sumado a una básica confianza por parte de los adultos en las capacidades del niño.
Fiorini resalta la función de los adultos en la formación de la estima de sí de los chicos: "El gran trabajo del adulto es ser espejo, pero un espejo lo más fiel posible a lo que el niño es, intentando no confundir lo que el adulto fantasea y desea con lo que realmente percibe; los padres muchas veces imaginan algo que el chico no es o no tiene. Es fundamental que los adultos puedan ver lo que cada hijo trae de sí, cuál es su singularidad; captarla, aceptarla y darle la ocasión de que ese capital personal se despliegue".
Según Fiorini, "el problema es cuando la imagen que se les devuelve a los chicos es confusa, difusa, negativa o, sencillamente, no les dan una imagen, porque más vale ignoran al niño. Es en ese espejo donde la persona incorpora un trastorno de su imagen".
Pero no todo se juega en la infancia: "Pensar los trastornos de la estima de sí solamente desde la historia infantil es un reduccionismo -dice Hornstein-. Los ríos que desembocan en la autoestima son, además de la significación de los otros durante la infancia, los vínculos y la valoración social, los logros personales y también los proyectos".
A veces, el punto no se centra en los logros en sí, sino en el nivel de exigencia: quien tiene una autoexigencia muy fuerte, con una mirada implacable, incrementa la distancia entre la imagen de sí y la imagen de lo que debería ser para esta autoexigencia. Hay personas con problemas narcisistas porque fueron poco narcicisadas; otras, por exceso de ideales, pueden tener ideales tan exigentes que es muy difícil alcanzarlos.
Más allá de la infancia
Es la combinación de estos factores la que va reconstruyendo la imagen de sí en el transcurso de la vida. "La autoestima no está constituida por un núcleo estable, sino por un flujo turbulento que sufre un continuo proceso de transformación desde la infancia", apuesta Hornstein.
Si en la primera infancia la fuente de valoración es la mirada de los otros más cercanos, especialmente los padres, en la adolescencia los espejos se multiplican y los grupos de pares pueden revertir aquello que la familia no había reflejado o había reflejado inconsistente o equivocadamente. "Pueden captar mejor y alentar en una función que se había desvalorizado, es decir que pueden tener una función correctora", se entusiasma Fiorini, y califica estos nuevos espejos de círculos virtuosos.
"Lo ideal es diversificar las fuentes o afluentes de la autoestima, porque si se sostiene en una sola -en las mujeres es más habitual centrar la autovaloración en lo afectivo y en los hombres, en lo laboral-, cualquier pérdida en uno de estos ámbitos puede desembocar en una verdadera catástrofe narcisista", analiza Hornstein.
Además, propone abrir un campo de reflexión acerca de cómo esa baja autoestima se va convirtiendo en una profecía autocumplida: "Nunca voy a?". Se trata de romper con esa construcción que convierte una convicción en descripción. Y ejemplifica con un posicionamiento típico de quienes le cierran la puerta a la autovaloración: "Mis amigos no me llaman porque no me quieren". ¿Y vos los llamás? "No."
"El punto es que pueda ver qué realidad está produciendo él mismo", define Hornstein. Y Fiorini propone una reparación que le permita al paciente encontrarse con él y con condiciones personales que habían sido descartadas, recuperar o construir su estima, a partir de la propia valoración. Es un proceso que tiende a liberar de las ataduras que condenaban a esperar del otro siempre la valoración; a revertir una tendencia que impide exponerse por temor a fallar; a salir de la dependencia de los otros; a recuperar o construir la posibilidad de ser desde uno mismo, rompiendo la tendencia al sometimiento.
"Es un trabajo de autoconstrucción."
lanacion.com

sábado, 30 de abril de 2011

Cuando el amor a sí mismo no es correspondido

Por Luis Hornstein *
La autoestima es una experiencia íntima: es lo que pienso y lo que siento sobre mí mismo, no lo que piensa o siente alguna otra persona acerca de mí. Mi familia, mi pareja y mis amigos pueden amarme, y aun así cabe la posibilidad de que yo no me ame. Mis compañeros de trabajo pueden admirarme y aun así yo me veo como alguien insignificante. Puedo proyectar una imagen de seguridad y aplomo que engañe a todo el mundo y aun así temblar por mis sentimientos de insuficiencia. Puedo satisfacer las expectativas de otros y aun así fracasar en mi propia vida. Puedo ganar todos los honores y aun así sentir que no he conseguido nada. Millones de personas pueden admirarme y aun así me levanto cada mañana con un doloroso sentimiento de fraude y un vacío interno.
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Todas las personas, aun las menos dadas a la introspección y a observar a los demás, tienen idea de lo que es la autoestima. En la autoestima participan no sólo sentimientos, sino también pensamientos y actitudes. Por autoestima entendemos esa autoevaluación que expresa aprobación/desaprobación. La autoestima, como un sitio web, alguna vez estuvo en construcción, cada tanto es actualizada y está siempre on line, a menos que se tilde.
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La autoestima es fuente de motivación. Permite afrontar situaciones adversas, porque posibilita la cicatrización rápida de las afrentas al amor propio. Todo fracaso es, desde el punto de vista emocional, doloroso. Cuando alguien se dice indiferente al fracaso, bravuconea. Así pues, el bravucón apela a la negación para no sentir miedo, pues el fracaso da miedo: implica una disminución de nuestras posesiones materiales o anímicas.
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La autoestima incluye facetas que tienen cierta autonomía. Es posible tener una buena autoestima en el terreno intelectual que contrasta con una frágil en lo afectivo. Puede variar en distintos planos: laboral, afectivo, intelectual, corporal, sexual. Es probable que un éxito o un fracaso en un sector tenga consecuencias en los otros. Es difícil que ciertas heridas narcisistas no irradien sobre otros planos. Por suerte, también irradian los logros.
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Mientras leo un libro, de algún modo lo relaciono con otros libros y con una idea mía de cómo debe ser un buen texto. Mientras alguien se percibe a sí mismo, sucede algo parecido. Pero con la autoestima sucede que lo percibido –el propio sujeto– es casi igual al perceptor.
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Los celos implican miedo. Miedo a perder una relación o un lugar privilegiado o exclusivo. Los celosos nunca disfrutan de su alegría: se limitan a vigilarla. André Comte-Sponville señala: “El envidioso querría poseer lo que no tiene y otro posee; el celoso quiere poseer él solo lo que cree que le pertenece”. Los celos patológicos se basan en una concepción errónea de lo que es una relación afectiva, tanto si es amorosa como de amistad. Esos celos parten de una concepción primitiva: amar consistiría en poseer, y aceptar el amor de un celoso o celosa sería aceptar la sumisión a su posesividad. “¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado, cuando cuento sólo estamos vos y yo juntos, pero cuando miro adelante por el camino blanco, siempre hay otros caminando a tu lado” (T. S. Elliot, La tierra baldía).
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Todos los bebés son prematuros. El cachorro humano es el más dependiente, tal vez porque no tiene que aprender a volar y cazar por su cuenta, sino que debe incorporar el mundo cultural, que se transmite por el habla y la escritura. La prematurez del niño, su indefensión, origina un apego duradero a los primeros objetos de amor, un deseo de fusión nunca saciado. En todo adulto perdura ese bebé prematuro que aspira a la unión total con el otro. Georges Bataille lo dice a propósito del erotismo. Cada ser es único, irrepetible; su nacimiento, su muerte y los acontecimientos de su vida interesan e implican a otros, pero se nace y se muere solo. Entre un ser y otro hay un abismo, que el erotismo tiende a anular.
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Las personas con baja autoestima parecen mansas, pero son muy quisquillosas. No soportan la crítica que les hace peligrar lo que tienen; en eso se parecen a los soberbios.
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El “síndrome del impostor” puede ser crónico en sujetos con baja autoestima, quienes suelen pensar que no están a la altura del reconocimiento logrado. Padecen una ansiedad permanente en el cumplimiento de sus tareas. Esta ansiedad los expone a estados depresivos aun a pesar de éxitos notables. Su incomodidad ante el éxito se basa en que éste les produce “disonancia cognitiva”, producto de la contradicción entre la idea que tienen de sí mismos y la mirada de los otros. Si bien necesitan los logros, les temen porque los colocan ante una enorme exigencia.
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Una baja autoestima tiene aspectos beneficiosos, porque la modestia favorece que aceptemos a los demás y sus puntos de vista. Por el contrario, una elevada autoestima puede hacer que el sujeto no escuche las informaciones del entorno y, si bien soporta mejor los fracasos, los atribuye a causas ajenas a él. Para evitar cuestionamientos, suelen rodearse de halagadores, lo que puede conducirlos a perder contacto con la realidad, fomentando actitudes omnipotentes.
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El infantilismo y la victimización son dos modos de la irresponsabilidad. Hay quien posa de superado, de despreocupado, cuando en realidad es un inmaduro perpetuo. Hay quien está tan por encima de la culpa que llega a autoproclamarse mártir. Legítima es la necesidad de protección: otra cosa es pretender, ya adultos, los privilegios del niño. El infantilismo combina una exigencia de seguridad con una avidez sin límites, y a la vez evita cualquier obligación. No renuncia a nada. No importa si el petróleo se agota, si el calentamiento global aumenta: soy un niño. La autovictimización es la tendencia a concebirse según el modelo de los damnificados; convertirse en inimputable. Pero defender mi autoestima, mi libertad, no equivale a colocar a los demás en estado de deudores respecto de mí.
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Traté mal a un amigo o al empleado que me atendió en el banco. No debiera, me digo, ir por el mundo atropellando a los demás. Siento un malestar. ¿Culpa o vergüenza? En la culpa, incide mi autocrítica; puede saldarse mediante un pedido de disculpa. En la vergüenza está en juego el qué dirán: qué dirán los otros y, también, qué diré yo de mí. A veces la vergüenza nace de mi propia mirada. No soy lo que esperaba. Incluso cuando nace de la mirada del otro, se arraiga en lo más íntimo. Es difícil de asir. Pertenece a la dimensión del ser, mientras que la culpa pertenece a la dimensión del hacer.
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La vergüenza devora las raíces de la autoestima en forma más corrosiva que la culpa. Puede amenazar o destruir la confianza. La otra cara de la vergüenza es el orgullo, propio de una autoestima lograda. Freud relacionó culpa y vergüenza: la culpa se genera cuando se transgreden las restricciones impuestas por el superyó, mientras que la vergüenza deriva de una distancia con el ideal. La vergüenza se diferencia de la culpa en que no se trata de una falta a propósito de un acto, sino de una mirada ante la cual la persona deja de ser digna.
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La vergüenza es producto de un psiquismo congelado; la soberbia, de un psiquismo impostado. La vergüenza inhibe la capacidad de acción y de imaginación. La soberbia encubre la vergüenza mediante la construcción de una imagen excepcional, única y omnipotente. La vergüenza es un sentimiento social –Robinson Crusoe, en su isla, no presenta vergüenza–. Concierne a aquello que constituye al sujeto como miembro de una sociedad, afirmando su singularidad y su pertenencia. Confronta al sujeto con la mirada del otro. Esta mirada puede obligar a hacer concesiones para mantener un vínculo con los otros. La vergüenza evita que el sujeto se separe de ciertas normas y valores propias de su grupo. Expresa conflictos en una sociedad que excluye a algunos de sus miembros. La vergüenza es índice del deseo de pertenecer a un grupo sin ser reconocido por él.
*Fragmentos de Autoestima e identidad. Narcisismo y valores sociales, que distribuye en estos días el Fondo de Cultura Económica.
PAGINA12.COM.AR

viernes, 18 de junio de 2010

Sin autoestima no hay valores

La autoestima es una experiencia íntima: es lo que pienso y lo que siento sobre mí mismo, no lo que piensa o siente alguna otra persona acerca de mí. Mi familia y mis amigos pueden quererme y aun así puede que yo no me quiera. Mis compañeros de trabajo pueden admirarme y aun así yo me veo como alguien insignificante. Puedo satisfacer las expectativas de otros y, aun así, fracasar. Piense en la estrella de rock que, mundialmente aclamada, no puede pasar un día sin drogas. Conseguir el éxito sin conseguir primero una autoestima consolidada es condenarse a sentirse un impostor y a sufrir esperando que la verdad salga a la luz.
Una autoestima consolidada permite dar curso y alas a lo que se piensa, a lo que se desea; enfrentar dificultades; no ser demasiado influible; tener sentido del humor. Se puede sobrevivir a los fracasos y a las desilusiones; negarse a los abusos; expresar dudas; tolerar cierta soledad; sentirse digno de ser amado y soportar el dejar de ser amado por tal persona; imaginar que puede haber otra, aunque no haya otra en lo inmediato. Permite expresar temores y flaquezas sin avergonzarse. Permite pedir ayuda sin sentir que es limosna; poder soportar las desventuras; cambiar de opinión (porque uno tiene ganas, no para mimetizarse en la manada); aprender de la experiencia; aceptar las limitaciones; no estar cabildeando sobre si valgo o si no valgo, en un triste deshojar la margarita.
¿Quién soy? ¿Cuáles son mis cualidades? ¿Cuáles mis talones de Aquiles? ¿De qué soy capaz? ¿Cuáles son mis éxitos y mis fracasos, mis habilidades y mis limitaciones? ¿Merezco el afecto, el amor y respeto de los demás? ¿Siento una brecha entre lo que quisiera ser y lo que creo que soy? ¿Qué puedo hacer por mí mismo? ¿Lucho o me dejo estar? Para dilucidarlo, debemos considerar la dimensión psíquica de lo social y la dimensión social del psiquismo. No hay sólo una crisis de valores. sino una crisis del sentido de los valores. ¿Cómo orientarnos en este laberinto?
Fugacidad de los valores. Frivolidad de los valores. Antes creíamos en San Martín, en Sartre, en el Che Guevara, en Alfonsín. Poco o mucho, fuimos defraudados. O creíamos en Dios, en el marxismo, en el progreso, en la transformación social. ¿En qué o en quién podemos creer hoy?
Antes las instituciones ahogaban al individuo, lo encorsetaban. Ahora el creciente deterioro institucional lo deja a la intemperie, en un enrarecido paisaje lunar. La tradición prometía sosiego a quien cumpliera con ciertas pautas, en el amor o como ciudadano. Imposible asirse a un modelo. ¿Vio esos jinetes que tienen que sostenerse unos minutos sobre un potro salvaje? Así estamos.
¿Tendremos que convertirnos en budistas? El budismo y otras corrientes ofrecen como solución de los avatares disolver los avatares. Abolir las tentaciones. ¿Cómo lo logran? No sólo los personajes del cine: cada uno de nosotros vive una tormenta de pasiones. Tal vez un occidental no pueda entender cómo se logra la abolición del deseo. Decretar que son vanos nuestros afectos, nuestras preocupaciones, proponiendo la paz y la serenidad a los tumultos de la vida no se logra con renuncias, sino con el afecto por la magia del mundo y por los demás. Estas doctrinas, que creen resolver la dificultad evitándola, tienen poco que enseñarnos. Por eso el amor, aunque sea fuente de las mayores alegrías, no se puede confundir con la felicidad, porque su espectro abarca una gama de sentimientos infinitamente más amplia: el éxtasis, la dependencia, el sacrificio, el terror, la esclavitud, los celos. El amor supone que aceptemos sufrir por causa del otro, de su indiferencia, su ingratitud o su crueldad.
Entre la insípida calma y la vida intensa, es lícito preferir esta última. De igual manera, la autoestima se resquebraja cuando la sociedad maltrata al sujeto. El deterioro de los valores colectivos incide sobre los valores personales, instalados en la infancia, pero que siempre se actualizan, como un programa de PC. ¿Cómo recuperar una credibilidad apuntalada por convicciones éticas compartidas y compartibles? ¿Acaso la ausencia de brújulas éticas no caracteriza nuestro bicentenario?
El que pretenda negar esta crisis tiene que encerrarse en un búnker que lo proteja de esta degradación multidimensional (política, social, económica y ética). No se trata de cruzarse de brazos ante procesos destructores de la autoestima. Nuestro país esta socavado por la desocupación, por la pauperización generalizada, por la inseguridad y por una renovada decepción con la corporación política y su imposibilidad de mirar otra cosa que sus prebendas. Todo lo cual preanuncia, una década después, el retorno del "que se vayan todos". Para adelantarnos a ese atroz veredicto se requiere no sólo encarar las secuelas del terrorismo de Estado, sino combatir la corrupción generalizada y la alarmante fragilidad institucional. Nada de guiños cómplices. Solidaridad en vez de complicidad. © LA NACION
Luis Hornstein-médico psicoanalista
lanacion.com

domingo, 13 de diciembre de 2009

A peinado perfecto, autoestima contenta

Es difícil imaginarse que un día duro para nuestro pelo puede transformarse en un día terrible para nosotras. ¡Pero es cierto! Las mujeres, y los hombres en general, pueden ver seriamente afectado su autoestima y rendimiento si su pelo es un desastre.
En un estudio realizado en la Universidad de Yale demostró que una percepción negativa sobre nuestro pelo puede tener un serio impacto en la autoestima. Parece entonces que el pelo indomable deja de ser solamente un cuestión de estética, ¡influye en nuestra personalidad!
En el estudio, las mujeres demostraron experimentar, en los días en los que consideran tener un mal peinado, más sentimientos de vergüenza y timidez, mientras que los hombres demostraron poseer menos confianza en sí mismos y más nerviosismo.
Cuando estamos demasiado pendientes de alguna imperfección en nuestro cuerpo, tendemos a creer que todos lo están, y focalizamos nuestra atención en eso. ¡Hasta llegamos a imaginarnos que el florista de la esquina está pensando en el desastre que tengo en la cabeza!
¿Qué podemos hacer para prevenir todo esto?
Primero lo primero: cuidá tu pelo y mantenelo limpio y sano. Un ocasional baño de crema puede ser la solución a todos tus problemas. Y lo días que parecen no tener solución, un rodete, vinchas, hebillas, pañuelos o sombreros a la moda no sólo te dan un look chic y diferente, sino que pueden ocultar lo que pasa debajo.
revistaohlala.com

jueves, 10 de septiembre de 2009

A los altos les va mejor en la vida


A los altos les va mejor en la vida, según una nueva investigación realizada en Estados Unidos.
El estudio entrevistó a más de 454.000 adultos de más de 18 años. Se les preguntó su altura y se les pidió que evaluaran su vida.
En general, dice el estudio publicado en Economics and Human Biology (Economía y Biología Humana), los individuos más altos consideraron que su vida era más favorable e informaron de emociones positivas como placer y felicidad con más frecuencia que los individuos más bajos.
La investigación, llevada a cabo por psicólogos de la Universidad de Princeton, concluye que esto se debe a que las personas más altas tienen mejores ingresos y mejor educación.
Los investigadores utilizaron la llamada escala de Canrtil de automedición, que pide al entrevistado imaginar una escalera con escalones numerados desde el cero -el más bajo- hasta el 10 -el más alto.
El décimo escalón representaba "la mejor vida posible que puedas tener" y el escalón cero era "la peor vida posible".
Se pidió posteriormente a los participantes informar en qué escalón pensaban que estaban parados en el momento actual.
Los hombres más altos que la altura promedio -177,8 centímetros- dijeron que estaban parados en escalones más altos que los hombres que tenían una estatura más baja que la promedio.
El promedio de calificación de estos individuos fue de 6,55, mientras que el de los hombres más bajos fue de 6,41.
Las mujeres en general se calificaron con grados más altos que los hombres en la escala de Cantril y mostraron menos diferencias entre las más altas y más bajas.
Por ejemplo, las mujeres más altas que la altura promedio -162,6 centímetros- se calificaron con el número 6,64, mientras que las mujeres más bajas que la atura promedio se calificaron con 6,55.

Emociones

El estudio también analizó las emociones de la gente.
Los hombres y mujeres más altos mostraron más tendencia a informar de placer y felicidad, y menos tendencia a hablar de dolor y tristeza.
Los hombres más altos también se preocupan menos, aunque no las mujeres más altas.
En general, dicen los autores, los hombres que informaron que su vida era "la peor posible" eran unos dos centímetros más bajos que la estatura promedio.
Las mujeres que se veían a sí mismas en el "escalón cero" eran casi 1,3 centímetros más bajas que la altura promedio.
"Estos resultados no pueden atribuirse a las diferencias en la demografía o las características étnicas de la gente más alta" explica el doctor Angus Deaton, quien dirigió el estudio.
"Sino pueden explicarse casi totalmente por la asociación positiva entre la altura y el ingreso y educación, las cuales ya han sido vinculadas a tener una vida mejor", agrega.
En efecto, el estudio también encontró un vínculo entre la estatura del individuo y su educación.
La altura importa

Los hombres que no habían terminado la escuela secundaria eran 1,27 centímetros más bajos que la altura promedio y más de 2,54 centrímetros más bajos que el promedio de los hombres que se habían graduado en la universidad.
Tal como señala el psicólogo británico Colin Gill "no existe una correlación directa entre el ingreso y la felicidad, y muchos estudios lo han demostrado".
"Pero sí parece haber una correlación entre la estatura y la felicidad y la estatura y el ingreso de la persona", agrega el experto.
"Y es que la altura realmente importa, y siempre ha importado por una razón muy obvia" expresa el psicólogo.
"Cuando somos niños somos más bajos que toda la gente que nos cuida y que tiene alguna autoridad sobre nosotros".
"Y esa relación de poder nunca se revierte en la vida", dice el doctor Gill.

bbc.co.uk

jueves, 7 de mayo de 2009

La autoestima, bien alta: 7 de cada 10 argentinos se sienten exitosos


Aquella máxima de "los argentinos estamos condenados al éxito" parece haber encontrado –al fin– una estructura que la sostenga. Una encuesta realizada por una consultora privada acaba de revelar que el 73,3% de la gente se ve o se siente como una persona exitosa. En otras palabras: la autoestima de los argentinos sigue por las nubes. El sondeo –se entrevistó a 200 personas, de entre 18 y 45 años en Capital y GBA– fue hecho por Zona Planning, una consultora enfocada en planeamiento estratégico.
"La encuesta no fue pedida por ningún cliente. La hicimos porque nos interesaba entender por dónde pasaba el éxito para los argentinos", explicó Eduardo Sallenave, director de la consultora.
La primera pregunta que se le hizo a los encuestados fue, justamente, "¿Cuáles son los signos de éxito de esta época?". Si bien "ganar más dinero" quedó primera en la tabla general, las respuestas variaron de acuerdo a las edades. Para los de entre 18 y 25 años, el éxito es, en primer lugar, "lograr un buen trabajo".
En segundo lugar contestaron "ganar más dinero" y, por último, "tener una familia feliz". Para los de 26 a 35, el signo del éxito es en primera instancia "ganar más dinero", seguido de "poder acceder a mejores bienes" y "lograr un buen trabajo". Exactamente las mismas respuestas dieron los de 36 a 45 años.
Esta diferencia, señala el estudio, tiene que ver con que para los jóvenes la iniciación en el trabajo es fundamental, mientras que luego empieza a tomar más protagonismo el factor familiar y el económico.
Otra cuestión interesante es que aunque el 73,3% se considera exitoso (apenas el 17,1 % dijo que no y el resto no supo o no contestó), muchos se sienten winners pero no creen que los demás los perciban de esa manera.
A la pregunta "¿Creés que los demás te ven como una persona exitosa?", sólo el 54,8% respondió que sí. "Este quiebre de 'soy exitoso pero el resto no me ve así' puede deberse a la falta de reconocimiento laboral. Quizá es gente que se considera buena por más que no ha conseguido hacer carrera en su trabajo", sostuvo Eduardo Sallenave.
Para ser realmente exitoso, explicó a Clarín el psicólogo Fabio Lacolla, "se necesita consenso, aunque sea el familiar".
Y agregó: "En todos los casos tiene que ver con el poder, con el tener. No es que soy inteligente y por eso soy exitoso, sino que tengo tal cosa y por eso tengo éxito. Puede ser tener una familia, un auto, una casa. Un chico de una villa, por ejemplo, puede verse como exitoso porque tiene un par de zapatillas Nike".
Para Lacolla, quien este año editó "El libro del éxito", hay mucho de positivo en la búsqueda del éxito. "Hasta es muy sano. Es mejor perseguirlo que aceptar el fracaso de por vida".
La psicóloga Beatriz Goldberg –autora de "Estoy a tiempo todavía"– apuntó: "El argentino en general siempre es de sentirse exitoso. Y eso que muchos en su inconsciente tienen frenadores, que es como se llama a esos mensajes de "mejor no lo intentes', 'hay otros primero' o 'no es el momento', que se les inculcó de chicos".
A Goldberg el que haya tantos argentinos que se vean exitosos no la sorprende. "Es que el éxito también es estar conforme con lo que uno tiene. El que está contento con sus micrologros, ya es exitoso", explicó la psicóloga.




Una radiografía de la sociedad
Adriana Santagati
Basta tipear la palabra "éxito" en el buscador online de la cadena de librerías más importante del país para que aparezcan casi cien libros, en su mayoría de autoayuda, que prometen ayudar a conseguirlo en ámbitos tan diversos como la pareja, los negocios inmobiliarios o la organización de eventos.

El éxito, no hay dudas, importa. Qué se define como tal depende de quien lo enuncie, pero hay ciertos modelos que no se cuestionan. Esta encuesta muestra que muchos hablan de la familia o la realización personal, pero lo económico finalmente termina pesando a la hora de marcar qué es ser exitoso hoy: ganar dinero, un buen trabajo, tener los mejores bienes.
En la trilogía "salud, dinero y amor", está bien claro qué es lo que manda. Toda una radiografía de nuestra sociedad.
clarin.com

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Cómo la autoestima determina la elección de la pareja


Profesionales coinciden en que las personas que se valoran poco, o mal, serán proclives a "buscar" a alguien con sus mismas características. Sepa cómo puede influir en el éxito o el fracaso de una pareja
Generalmente, una persona con un nivel de autoestima bajo fácilmente encuentra el conflicto y lo atrae por su propia inseguridad. Así es que si no consigue la atención del otro o el amor de alguien que deseas, crea una relación destructiva. Según publicó el sitio En Plenitud, incluso este tipo de personas "pueden buscar relaciones adictivas, negativas, o relaciones 'prohibidas' con personas casadas. Así se crea una relación sin salida; una obsesión, que no lleva a una verdadera relación de amor".

Sobre la base del libro Te Amo ¿Para siempre?, de Mabel Iam, el artículo asegura que muchas veces este tipo de personalidades de baja autoestima se siente vacío cuando no tienen a alguien con quien pelear, ni discutir.

"También la imaginación de esa persona ejerce mucha influencia en esta clase de obsesión. Pueden soñar con un hombre o mujer ideal, pero nunca se relacionan con nadie, no enfrentan una relación real, porque básicamente temen ser rechazados por la persona que desean", según la profesional.

La autoestima es importante porque es nuestra manera de percibirnos y valorarnos como así también moldea nuestras vidas. Una de las causas por las cuales las personas llegan a desvalorizarse, es por la comparación con los demás, destacando de éstos las virtudes en las que son superiores, por ejemplo: sienten que no llegan a los rendimientos que otros alcanzan; creen que su existencia no tiene una finalidad, un sentido y se sienten incapaces de otorgárselo.

Dime con quién andas...

Cuando en la pareja alguno de los miembros tienen la autoestima baja, de alguna forma el otro también, porque en una relación toda es reflejo. En este caso la conciencia de la pareja y las posibilidades de crecer se limitan.

Cómo recocer este tipo de parejas

La persona tiende a evadir la realidad de la relación o de su vida personal e ignora el uno lo que desea o necesita el otro. Se compara con su pareja todo el tiempo, y este hecho facilita el sentirse mal. Desconfía del otro y crea juegos infantiles en la relación, desde escenas de celos sin motivos hasta conflictos sin sentido. Se relaciona sin compromisos verdaderos y honestos, o directamente busca relaciones ocasionales.

La expresión de los sentimientos están bloqueados; los ignora, evade o se avergüenza de ellos. La persona carece de acuerdos, valores claros y definidos, se denota una confusión permanente en sus juicios hacia la relación con el otro y hacia él o ella misma. No acepta las diferencias de personalidad y quiere cambiar compulsivamente al otro a su imagen y semejanza. Tiende a la incomunicación; ante un conflicto se cierra en si mismo. No puede o desea comunicar lo que sucede, porque tampoco sabe lo que desea, genera dependencia emocional, económica, sexual, o se vuelve dependiente del otro.

No respeta o invade el espacio personal del otro.