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martes, 27 de julio de 2010

Cómo afrontar la partida de los hijos

Por Verónica Dema
lanacion.com
"El nido es el útero", dice Haydeé, como en medio de una conversación cualquiera de mujeres en una mesa de un bar en Belgrano. "Por eso a las mujeres nos cuesta tanto dejar a los hijos, soltarlos; los hombres en cambio tienen que aprender a retener", contrasta Mónica.
Para un espectador ocasional de Guido Bar puede parecer una reunión de las miles que se replican en diferentes rincones de la ciudad. Sin embargo, este encuentro de los viernes es especial para ellas: es el momento en que comparten su taller "El nido vacío", una experiencia que ya tiene tres años y que depende del programa de salud mental barrial del Hospital Pirovano.
El coordinador general del programa , el psicólogo Miguel Espeche, saluda al grupo y sigue con sus actividades. Cuenta él, y reconfirman las mujeres del taller, que de cada grupo surge un líder espontáneo que ordena el intercambio de ideas. Como éste, 200 talleres funcionan con esta dinámica y unas 3000 personas están involucradas. "Creemos que la salud descansa en el barrio: ser buen vecino, interesarse por lo que le pasa al otro es la mejor terapia", dice Espeche a lanacion.com.
Mientras, las mujeres siguen en el tema que las desvela. "Cuando se fueron los chicos, con mi marido entramos en shock", recuerda Mónica y así tiende sobre la mesa entre los cortados y cafecitos humeantes uno de los grandes desafíos de la etapa en que la pareja vuelve a quedarse sola.
"La partida de los hijos exige una refundación de la pareja", dice, segura, Clyde. "Nosotros tuvimos una gran crisis y casi nos separamos, pero pudimos ver que nos unía algo más que nuestros hijos: aún había amor, devenido en compañerismo". Las demás escuchan, asienten casi siempre, como si la que tiene la palabra expresara lo que ella tenía pensado decir en breve.
El mediodía gasta sus minutos, pero nadie repara en el almuerzo. En sus casas algunas dejaron preparada la comida, otras simplemente le recordaron al marido que, como cada viernes, la cocina es toda de ellos. Silvia es de estas últimas. Ella cuenta que se acercó al grupo por una cuestión "preventiva": sus hijos aún están con ellos, pero más de una noche la cama de su hija no se destiende. "Duerme en lo del novio, ya tiene su independencia y está bien", dice y lo repite ante las demás como para hacerlo "su" verdad.
Norma también se prepara para la partida. Ya imagina la habitación de su "nena" y se le viene un mundo de placares semi vacíos encima. "Me anunció que se va. Fue difícil enterarme porque uno se siente que no le dio todo lo que hubiera podido mientras eran niños. Tengo una especie de culpa", dice. Ahora, para llenar este vacío que ya presiente, habla de retomar el oficio de cosmetóloga que abandonó hace años.
En un momento acota algo que deja pensando a las demás: "Uno dice que la casa se vacía de ellos pero, en realidad, algunas cosas quedan y eso duele. Son cosas de ellos que siguen en las habitaciones que fueron suyas: los libros, los juegos, alguna ropa. Eso son ellos".
Así, cada viernes el mismo ritual, charlas parecidas pero no idénticas, horas de desandar sus vidas, de mirarlas de frente, de afrontar un doble desafío: recrear el vínculo con sus hijos en una distancia íntima de buena comunicación; y con su pareja, a la que tienen que volver a reconocer y elegir (o no).
Como en la ficción
Las mujeres que participan del taller "El nido vacío" son vecinas que tienen experiencias de vida distintas, sus edades se distancian más de 10 años entre algunas; sin embargo, se comprenden esencialmente, hablan el mismo idioma. Por momentos, da la sensación de que entre todas están armando una nueva versión de la película de Daniel Burman, El nido vacío.
"¡Yo no sé cómo vamos a seguir con esto!", arroja a los gritos Marta (Cecilia Roth) a Leonardo, su marido en la ficción (Oscar Martinez). "Ahora que los chicos no están puedo gritar sin miedo de despertar a nadie", remata y su voz se pierde en el pasillo silencioso, oscuro, del departamento familiar semivacío.

sábado, 31 de enero de 2009

Nido vacío, un síndrome malinterpretado


Lara Tarker-Pope
The New York Times
NUEVA YORK.- Después de todo, el nido vacío puede no ser un sitio tan infeliz.
Desde los años setenta, los expertos en relaciones humanas han popularizado la noción de "síndrome del nido vacío", un momento de depresión y sentimiento de pérdida que afecta a los padres, especialmente a las madres, cuando sus hijos se van del hogar. Decenas de libros y sitios web han sido creados para ayudar a los padres a enfrentar la transición. Simon & Schuster han introducido incluso una "sopa de pollo para el alma", dedicado a los que quedaron con su nido vacío.
Pero una creciente investigación sugiere que el fenómeno ha sido malinterpretado. Si bien la mayoría de los padres extrañan claramente a los hijos que se han ido a la universidad, a trabajar o se han casado, también disfrutan de una mayor libertad y de una responsabilidad más relajada.
Y a pesar de la preocupación habitual de que las parejas de larga data se encuentren con que no tienen nada en común, la nueva investigación, publicada en noviembre en la revista Psychological Science , muestra que la satisfacción conyugal, en realidad, mejora cuando los hijos, finalmente, deciden irse.
"No es que sus vidas fueran desgraciadas", afirmó Sara Melissa Gorchoff, especialista en relaciones adultas de la Universidad de California, Estados Unidos. "Los padres eran felices con sus hijos. Es sólo que sus matrimonios mejoraron cuando sus hijos se fueron del hogar."
Si bien eso puede no ser sorprendente para muchos padres, comprender por qué los que se quedan solos tienen mejores relaciones puede ofrecer importantes lecciones sobre la felicidad marital a los padres que aún tienen varios años por delante para tener la casa libre de hijos. Descubrimiento incómodo
Uno de los descubrimientos más incómodos del estudio científico es el efecto negativo que los hijos pueden tener en las relaciones que previamente eran felices. A pesar de la noción popular que los hijos unen a los padres, varios estudios han demostrado que la satisfacción conyugal y la felicidad habitualmente decaen con la llegada del primer bebe.
En junio, la revista The Journal of Advanced Nursing publicó un estudio de la Universidad de Nebraska, que evaluó la felicidad marital en 185 hombres y mujeres. El resultado declinaba al comenzar el embarazo y seguía bajo hasta que los hijos llegaban a los 5-24 meses. Otros estudios muestran que las parejas con dos hijos tienen puntajes más bajos que las que tienen un solo hijo.
Si bien tener un hijo hace felices a los padres, sin lugar a dudas, las limitaciones económicas y de tiempo pueden agregar estrés a la relación. Después del nacimiento de un hijo, las parejas tienen alrededor de un tercio de tiempo menos para estar juntos que el que gozaban cuando no tenían niños, según los investigadores del estado de Ohio.
La llegada de los hijos también representa una carga desproporcionada en las obligaciones de las mujeres, fuente habitual de conflicto marital.
Después de tener hijos, el trabajo de la casa aumenta tres veces más para las mujeres que para los varones, según los estudios del Centro de Población en Igualdad Social y de Género de la Universidad de Maryland.
Pero gran parte de la investigación en felicidad marital e hijos se concentra en los primeros años. Para comprender los efectos con el paso del tiempo, los investigadores de Berkeley rastrearon la felicidad marital entre 72 mujeres, en un estudio llamado Mills Longitudinal Study, que siguió a un grupo del alumnado del Mills College durante 50 años.
El estudio es importante porque rastreó la generación de mujeres que cambiaron las tradicionales responsabilidades familiares por trabajos fuera del hogar. Los investigadores compararon la felicidad marital de dichas mujeres cuando tenían 40 años, es decir, cuando muchas aún tenían los hijos en la casa, a principios de sus 50 años, cuando algunas ya tenían hijos mayores que se fueron del hogar y cuando cumplieron 60 años, cuando virtualmente todas tenían el nido vacío.
En todos los rubros, las que no tenían hijos en casa obtuvieron mejor puntaje en felicidad conyugal que las que los tenían. El estudio se asemeja al informe presentado el año pasado en la Asociación Norteamericana de Psicología en el que se rastreó a una docena de padres que habían sido entrevistados cuando los hijos se graduaron en la escuela secundaria, y luego diez años más tarde. Ese pequeño estudio también demostró que la mayoría de los padres obtuvieron mejor puntaje en satisfacción conyugal luego de que los hijos dejaron el hogar.
Si bien los investigadores de Berkeley elaboraron la hipótesis de que la mejoría en la felicidad conyugal provenía de la posibilidad de pasar más tiempo juntos, las mujeres de ese mismo estudio informaron que pasaban la misma cantidad de tiempo con sus parejas ya fuera que sus hijos vivieran en la casa o no. Pero agregaron que la calidad de ese tiempo era mejor.
"Hay menos interrupciones y menos estrés cuando los chicos están fuera de la casa", aseguró la doctora Gorchoff, de Berkeley. "No era que pasaban más tiempo juntos luego de que los hijos se fueran. Es la calidad del tiempo compartido lo que mejoraba."
Destacó que la lección del nido vacío puede ser que los padres necesitan trabajar para forjarse más tiempo compartido y sin estrés. En el estudio de muestra sólo fue la satisfacción de la relación la que mejoró cuando los hijos se fueron. En términos generales, los padres estaban tan felices con los hijos en la casa como con el nido vacío (lo que sucede cuando un hijo adulto vuelve al hogar por haber perdido el trabajo en una economía brutal no ha sido suficientemente estudiado).
"Los hijos no arruinan la vida de sus padres -aseguró la doctora Gorchoff-. Sólo dificultan las interacciones disfrutables de la pareja."
Traducción: María Elena Rey