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lunes, 2 de enero de 2012

2012 ¿Por qué hay años bisiestos?

Febrero tendrá 29 días este año, en lugar de 28. | EL MUNDO.
El  2012, es bisiesto, una particularidad que sucede cada cuatro años y que viene a corregir las diferencias en el calendario, ya que en realidad cada año tiene 365 días y 6 horas, y con ello evitar que las fechas astronómicas y cronológicas dejen de coincidir.
Así, según ha explicado el investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Manuel Mandianes, la colocación de los años bisiestos, uno de cada cuatro años, fue implantado por Dionisio 'El Pequeño', un monje de Turquía que en torno al año 200 (d.C) halló la diferencia entre lo que contaba el calendario juliano y la realidad, y por el que si ese desajuste no se corregía, en el plazo de 500 a 600 años el solsticio de verano podría suceder en el solsticio de invierno y viceversa.
De este modo, ha añadido que el año bisiesto -cuando febrero tiene 29 días en vez de 28- viene a corregir el hecho de que cada año tiene 365 días y 6 horas, que no se contabilizan y que se suman cada cuatro años formando un nuevo día y, por ende, un año de 366 días.

Seguir el ciclo de la naturaleza

Así, ha destacado que Dionisio 'El pequeño' observó que para que todas las fechas coincidieran en el tiempo, era preciso que febrero tuviera un día más, para hacer realidad esas seis horas que de más que no se cuentan el resto de los años.
De este modo, Mandianes ha señalado que entre las "consecuencias más dramáticas" de no existir el año bisiesto, los seres humanos no podrían seguir el ciclo de la naturaleza, ya que, por ejemplo, la floración de las plantas reventaría en lo que conocemos como verano cronológico. "Si no añadimos a febrero no podríamos controlar ningún fenómeno a través del calendario", ha insistido.
Además, el hecho de que ese día de más se añada en febrero se debe a que el cómputo que se realiza depende del solsticio de invierno y de la distancia de la luna respecto a la Tierra.

Quedan pequeñas diferencias

El experto asegura que el año bisiesto "arregló los desperfectos que había" y ha añadido que aún así quedan unas pequeñas diferencias que, en un año o lustro no se aprecian, pero que se notan a largo plazo. De hecho, ha apuntado que los científicos corrigen y regulan estas décimas de segundo tanto en los relojes como en los calendarios.
En ese sentido, se ha referido a las fiestas litúrgicas, que no cambian de fecha y otras, que son movibles, dependen de las lunas, como el Carnaval o la Semana Santa.
En definitiva es a Dionisio 'El pequeño' a quien se deben las dataciones que rigen en la actualidad ya que el calendario juliano, además, tenía un error de tres años en el cómputo general por el que, de hecho, Jesucristo podría haber nacido tres años antes o tres años después.
Respecto a las creencias populares, ha subrayado que éstas son de gran importancia y que antiguamente se decía que los niños que nacían en años bisiestos eran personas especiales, con poderes, o que podían ser curanderos. Sin embargo, a su juicio, si los bisiestos son años extraordinarios es porque ocurren cosas extraordinarias o no en años bisiestos, no por el mero hecho de serlo. "Las creencias populares son muy importantes, pero desde el punto de vista cultural, ya que desde el científico demuestran que esto no tiene ninguna relación con hechos especiales", ha concluido.
elmundo.es

domingo, 18 de diciembre de 2011

Sentido de la puntualidad


Que el reloj ha sido un invento revolucionario, nadie lo duda. Que no haya caído en desuso y que siga regulando nuestras vidas cotidianas es un milagro. Pero por qué siendo una máquina de alta precisión y de confiable monotonía -como escribe Julio Moreno en Tiempo y Trauma-, no logra sincronizar las acciones de los hombres.
En nuestra cultura actual la tiranía conjunta de la velocidad y la eficacia arrojaron la puntualidad al magma de las presiones que se nos imponen gratuitamente. Si bien podríamos dejarla allí, sumándose a las exigencias molestas que nos aquejan, vale la pena despejar el concepto de su halo formal y repensar sus posibles sentidos para la vida en común.
El trato con la dimensión temporal comienza con la vida misma. El latido del corazón es sin duda la primera de las regularidades vitales asociadas al devenir del tiempo. De allí en más, la construcción de hábitos en la vida familiar imprime y determina fuertemente algunas características de personalidad que nos acompañan aún en la adultez. Hábitos débilmente instalados, sin arraigo suficiente, generan distorsiones en la administración del tiempo propio y del ajeno.
Ser puntual o no serlo marca y divide a los humanos entre quienes militan en unas y otras filas. En los extremos habitan los esclavos del cronómetro por un lado y los impuntuales crónicos, aquellos sin arreglo, por el otro. Ambos enfermizos.
Contrariamente a la idea de Oscar Wilde de que la puntualidad es una pérdida de tiempo, me atrevería a decir que se trata no sólo de un organizador eficiente, sino de un nutriente vital para la convivencia con otros.
En la disposición a un encuentro hay siempre una implícita intención de coincidir. Se trate de una salida con amigos, una entrevista de trabajo o una consulta médica, hay siempre un acuerdo previo que lo pauta. Espacio y tiempo suelen ser las coordenadas que definen y enmarcan el escenario elegido. Encontrarse en el lugar adecuado y en el momento justo -he allí lo puntual- predisponen positivamente.
La cultura porteña adoptó -tecnología mediante- algunas variantes que agudizaron nuestra clásica imprecisión con relación al manejo del tiempo. Los encuentros hoy se monitorean con mensajes electrónicos cuyos textos van modelando, cuando no manipulando, lo que ya había sido consensuado. Manejados con agilidad y ligereza, estos avisos van naturalizando las demoras o cancelaciones de último momento. Preanuncian que estoy llegando, que hay mucho tráfico, que estoy en 10, como si el adelanto explícito del retraso nos eximiera del compromiso de ser puntuales.
La impuntualidad irrita a quien espera, complica a huéspedes y anfitriones y en general altera el clima de un buen encuentro. Hay entre los impuntuales aquellos a los que poco les importa hacer esperar: "Relajate, bajá un cambio", predican con convicción. Hay también entre ellos quienes lamentan su padecimiento y reconocen el valor de la sincronía a la que parecen no poder acoplarse.
La capacidad de esperar, la posibilidad de tolerar que un plan se cambie o que una cita se postergue implican no solamente una estrategia de supervivencia, sino sobre todo una saludable cuota de madurez personal. Pero más allá de la necesaria flexibilidad para hacerle lugar a lo imprevisible, la puntualidad va tallando en los vínculos un perfil de credibilidad, de compromiso, de cuidado por el otro y de respeto por su tiempo.
Por Susi Mauer-psicoanalista | Para LA NACION 

lunes, 14 de noviembre de 2011

Cuando yo tenía tu edad


Quienes se empeñan en demostrar que todo tiempo pasado fue mejor, plantean con vehemencia un contrapunto que aspira a comparar dos realidades inconciliables: antes y ahora.
Así, nuestros padres, hoy ya abuelos mayores -los que quedan-, nos pintaron el esfuerzo y la carencia, la pasta casera, la caballerosidad y el temor respetuoso a los padres como valores, incanjeables por entonces y hoy perdidos para siempre. Con orgullo y nostalgia evocaban haber protagonizado una etapa de construcción desde los cimientos.
Aquella generación de inmigrantes que se empeñaron en transmitirnos que llegaron sin nada, hicieron de la memoria y del recuerdo un ejercicio de supervivencia y un baluarte. Nos advirtieron que semejante sacrificio tenía como propósito darle a la familia y a los hijos aquello a lo que no habían podido acceder en su juventud. Que al hijo no le faltara nada. Finalizar los estudios era uno de los anhelos más codiciados. Una sólida generación de profesionales se forjó con aquel impulso de mi hijo el doctor, el escribano, el ingeniero.
Dicha prolífica cosecha de profesionales y emprendedores independientes aferrados al desafío de la realización y el buen nombre, a su vez orientó a su descendencia estimulando predominantemente la libre expresión y la creatividad. Cineastas, diseñadores, artistas, coreógrafos y periodistas diversificaron y enriquecieron con su empuje y consistencia nuestra vida cultural. A ellos les dijimos, ya sin tanta nostalgia: Cuando yo tenía tu edad estas elecciones no eran una opción potable. Hasta allí los referentes que definían los cambios generacionales eran claros.
En las antípodas de este paradigma -que consistía en enaltecer el pasado- habita una ilusión bastante arraigada en Occidente. Es la idea de futuro como sinónimo de progreso sin límite, de avances tecnológicos infinitos hacia un porvenir en el que el hombre podrá inventar y manipularlo todo. El escenario doméstico de esta mirada prospectiva se configura con padres hipnotizados por la versatilidad con la que sus hijos acceden y se manejan en mundos virtuales y redes sociales a una velocidad inimaginable.
Con desconcierto, y a la vez con preocupación, el mundo adulto asiste, cual extranjero, a un espectáculo para el que no estaba preparado. Aún siendo hoy usuarios asiduos de herramientas electrónicas, los padres no entendemos la conectividad como un modo de funcionamiento propio de las nuevas generaciones. Nuestro pensamiento causal, lineal, sucesivo y determinista no coincide con esta lógica predominante hoy en nuestros niños y adolescentes. Ellos no recurren a manuales con instrucciones para usuarios dispuestos a seguir paso a paso el proceso de instalación de algo nuevo. Simplemente prueban, conectan, fallan, vuelven a intentar y resuelven. Vayamos a otro ejemplo: la agilidad y naturalidad con la que incorporan la fugacidad de las imágenes de un videoclip, sus saltos y su velocidad, marca una distancia abismal con quienes crecimos disfrutando la narrativa del largometraje. La brecha generacional se ha acentuado con el desafío que nos propone una actualidad con cambios tan vertiginosos que ni llegan a instalarse como paradigmas.
Pensar en clave de diferencia puede ser un ejercicio interesante, sobre todo si podemos liberarnos de la clásica disyuntiva que nos fuerza a optar entre el pasado como ideal o el futuro como única apuesta de sentido. Necesitamos, además, descubrir la legitimidad de una lógica alternativa que no aspira a la perdurabilidad. Que reconoce lo efímero como valor y se abre a lo imprevisto, a aquello fuera de programa. Este modo de captación no es un hallazgo contemporáneo. Existió siempre, pero cobró relevancia en la era digital. Dos lógicas simultáneas habitan en nosotros, aquella que se rige por el orden de la continuidad secuencial y esta otra, la lógica del tiempo discontinuo que se deshace en el instante.
lanacion.com

sábado, 12 de noviembre de 2011

De buhos, alondras y máquinas del tiempo


Mirta se levanta muy temprano, aún antes de que salga el sol. La mañana es su paraíso personal: está de lo más fresquita, puede ir al gimnasio, resolver los problemas cotidianos, avanzar en el informe pendiente para su trabajo. Se diría que el sol es su aliado incondicional. El problema es tratar de despertar a Esteban, su hijo adolescente, para que de esa mata de pelos y huesos largos salga un ser humano relativamente consciente para llegar a horario al colegio. Esteban siente que esas horas de la mañana son un calvario, un universo equivocado en el que no le corresponde vivir. Pero con el correr de las horas la historia se invierte: ya hacia la tardecita Mirta comienza a sentir esa somnolencia que le opaca la vista y el pensamiento; y si por ella fuera, cenaría bien temprano y de ahí a la cama sin escalas. Esteban, por el contrario se empieza a despertar -lo que se dice despertar -en algún momento de la tarde, y por la noche se siente brillante, listo para el fútbol 5 con los amigos o para entender la tarea escolar que a duras penas había podido copiar hace sólo unas horas.
Ejemplos, extremos tal vez, de algo que nos pasa a todos: nos identificamos como mañaneros o noctámbulos o, de acuerdo con la jerga cronobiológica (aquella que estudia nuestros tiempos y nuestros ritmos), alondras y búhos. Ojo, a no abusarse: si bien todos tenemos algún grado de preferencia temporal para actividades físicas o intelectuales, los casos extremos representan sólo al 10% de la población. Pero sin duda que lo sufren y mucho.
Comencemos por el principio: escondido en el cerebro, un pedacito de tejido nervioso mide el tiempo y le dice al cuerpo qué hora es -el famoso reloj biológico. Gracias a este reloj hay tiempos para dormir, para despertar, para tener hambre, para cargar bolsas en el puerto y para resolver crucigramas -y también para responder de manera ideal a los remedios. Pero el asunto es que las agujas de este reloj no apuntan igual en todas las personas: en algunos están más adelantadas y en otros, más retrasadas, lo que genera que sus tiempos estén un poco desfasados con respecto a lo normal -si es que hay algo normal o anormal en todo esto. Más aún: hay evidencias de que estas preferencias temporales -que en el lenguaje técnico se llaman cronotipos- en algunos casos son innatas y hay pistas genéticas que subyacen a ser mañanero o noctámbulo, de la mano de ligeras variaciones en genes como period o clock (nombres muy originales para tener algo que ver con el reloj biológico.).
Aunque la cosa se pone más interesante cuando consideramos que no necesariamente mantenemos el mismo cronotipo durante toda la vida. Los adolescentes -como nuestro amigo Esteban de unos párrafos más arriba- son típicos búhos, imposibles de despertar o descifrar por la mañana. Una consecuencia de esto es que el horario de comienzo de clases de la escuela secundaria es una verdadera estupidez cronobiológica: hagan la prueba de visitar un aula en las dos primeras horas y verán una población de zombies. (Claro está que cuando a los cronobiólogos nos toca dar una charla en tales antros, salimos en andas, vitoreados como héroes). Es más: el hecho de que los jóvenes tiendan a tener más actividades nocturnas -chatear, ir a bailar, ver tele hasta cualquier hora- no es sólo un fenómeno cultural, sino que también obedece al particular tic-tac de su reloj biológico. Por el contrario, no es raro que en los ancianos (sin que se ofenda Mirta) la temporalidad se invierta y se vuelvan alondras, con despertares y anocheceres muy tempranos. Más allá de estos cambios en el desarrollo, hay personas que son búhos o alondras extremos toda la vida, imposibilitados de conciliar el sueño en horarios normales -y en algunos casos es un fenómeno hereditario, con familias que se juntan a desayunar a la tarde. No se cura, pero se puede tratar de varias maneras.
El problema surge cuando estas preferencias horarias entran en conflicto con nuestras actividades cotidianas, como el trabajo o la escuela. En cierta forma, todos estamos deprivados de sueño -piensen en la necesidad de usar un reloj despertador por las mañanas. Hasta hay quienes hablan de un jetlag social que, en lugar de provocarse por atravesar husos horarios y llegar a París para encontrarse con Ingrid Bergman, se debe a que nos toca trabajar de noche, o en turnos, o en momentos en que quisiéramos contar ovejas o tomar un Martini. Si sólo pudiéramos escuchar por quién doblan las agujas de nuestro reloj biológico, todo andaría mucho mejor. El tiempo no espera a nadie...
lanacion.com

jueves, 10 de noviembre de 2011

Científicos proponen cambiar la forma de medir el tiempo

BIG BEN. SIMBOLO DE GRAN BRETAÑA Y LA MEDICION DEL TIEMPO GMT.
Cincuenta destacados científicos del mundo entero están reunidos en Londres donde debaten sobre una nueva definición del tiempo, que haría pasar a la historia la hora GMT.
El tema ya desató la pasión de los ingleses. Según el Sunday Times, se trata nada menos que de la pérdida de la hora GMT, “símbolo durante más de 120 años del papel de superpotencia de la Gran Bretaña victoriana”.
La Greenwich Mean Time, basada en el primer meridiano de Greenwich, se convirtió en la referencia mundial del tiempo en una conferencia celebrada en 1884.
La nueva definición propone liberarse totalmente del tiempo “solar”, basado en la rotación de la Tierra y medido por los astrónomos desde hace más de 200 años a partir del meridiano de Greenwich.
Pero en rigor, hace ya 40 años que el mundo no se rige por la hora GMT. Una conferencia internacional adoptó en 1972 el Tiempo Universal Coordinado o UTC, calculado en 70 laboratorios ubicados en diversas partes del mundo por 400 relojes “atómicos” (llamados así porque el segundo es definido por el ritmo de oscilación de un átomo de cesio). El tiempo atómico tiene la ventaja de ser mucho más preciso, pero difiere unas fracciones de segundo del tiempo definido por la rotación de la Tierra.
Actualmente, para guardar la correlación con la rotación terrestre, un “segundo intercalado” es agregado aproximadamente cada año. Y ahora los científicos proponen suprimir ese segundo, abandonando con ello la correlación con la hora GMT.
El cambio es necesario a raíz del funcionamiento en red de las telecomunicaciones o de la navegación con la ayuda de los satélites a través del GPS. Esas redes “necesitan una sincronización del nivel del nanosegundo”, explica Elisa Felicitas Arias, directora del departamento del Tiempo de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, a cargo de definir el kilo y el metro. Y como algunos sistemas aplican el “salto” de un segundo y otros no, su interoperabilidad se ve comprometida.
clarin.com

lunes, 17 de octubre de 2011

"Mañanero": ¿el mejor sexo del día?


entremujeres.com
Una investigación de la Queen´s University de Belfast, en Londres, concluyó que el sexo matutino mejora la calidad de vida y el funcionamiento de los órganos del cuerpo. Para obtener los beneficios, sugieren practicarlo al menos tres veces por semana.
El estudio, publicado en la revista New Scientist, se hizo en el 2008 pero todavía anda dando vueltas en la Web. Parece que el público quiere saber: ¿conviene tener relaciones en cuanto nos despertamos?
"El sexo por la mañana tiene varias particularidades, todas a favor”, confirmó a Entremujeres el doctor Walter Ghedin, médico psiquiatra y sexólogo.
“El cuerpo está más descansado y, por lo tanto, mejor dispuesto para el encuentro. Durante el sueño se producen distintos procesos fisiológicos que ´limpian la mente´ de las impurezas o residuos que se generan durante el día. Las capacidades mentales están más despejadas, con más capacidad para la concentración y el registro mayor de las sensaciones eróticas y las fantasías. Además, si durante la noche se tuvieron sueños eróticos, hay más deseo”, enumera.
Los 5 beneficios
El estudio británico definió las causas por las que el “mañanero” mejora nuestra salud:

1 − Aumenta las defensas
El sexo matutino genera anticuerpos que se encargan de la función inmunológica y nos protegen frente al ataque de los microorganismos patógenos.

2− Protege el corazón
Tener sexo al despertarnos previene las enfermedades cardiovasculares, mejora la circulación sanguínea, reduce la presión y disminuye el riesgo de infarto.

3− Ayuda a bajar de peso
Quema unas 300 calorías por hora, lo que sirve para perder y mantener el peso corporal. Además, por ser
un buen ejercicio, disminuye el riesgo de diabetes, fortalece los huesos, articulaciones y músculos y alivia dolores crónicos como la artritis o la migraña.

4.− Nos pone lindas
El orgasmo aumenta los niveles de estrógeno y hormonas directamente relacionados con el brillo y la suavidad de la piel. También es un aliado para la salud del pelo.

5.− Aumenta los niveles de testosterona
Al practicar sexo matutino, los hombres tienen un beneficio extra: producen más testosterona. Eso los ayuda a fortificar los huesos y prevenir la osteoporosis.

¿Te da vergüenza? ¡Liberate!
Muchas mujeres no queremos tener sexo a la mañana porque nos disgusta nuestro aspecto. Y es entendible: estamos despeinadas, sin maquillaje y… ¡Ni siquiera nos lavamos los dientes!
Pero nada debería impedir el placer. “Los olores corporales son estimulantes. Recordemos que por higiene y pudor hemos aprendido a ocultarlos, pero son un componente que remite al encuentro más animal", opina Ghedin.
Además, según el sexólogo, el mañanero permite ser menos convencional y con menos inhibiciones. No tiene que ir precedido de las clásicas pautas de "
quién toma la iniciativa" o "lo hacemos cuando estemos más tranquilos". El sexo mañanero no permite excusas o pudores: gusta o no gusta.
Y a vos... ¿La fiaca o la vergüenza te limitan? ¿O te despertás lista para el placer?

viernes, 7 de octubre de 2011

¿Por qué abrimos los ojos por la mañana antes de que suene la alarma del despertador?


¿Te sorprendes abriendo los ojos cada mañana solo un instante antes de que suene la alarma del despertador? Científicos del Instituto Salk de Estudios Biológicos (EE UU) aseguran que la clave de esta capacidad reside en un componente del reloj biológico que hasta ahora era desconocido. Sus conclusiones se publican en el último número de la revista Science.

Cada mañana, el reloj biológico refuerza nuestro metabolismo y pone en marcha importantes funciones fisiológicas que le "dicen" a nuestro cuerpo que ha llegado el momento de ponerse en pie. “El cuerpo es en esencia un conjunto de relojes”, asegura Satchindananda Panda, coautor del estudio. “Conocíamos vagamente el reloj que nos hace caer rendidos cada noche, pero no el que nos activa de nuevo al amanecer”, explica. Ahora que lo han encontrado -una proteína llamada JARID1a-, el investigador asegura que “podremos entender mejor el insomnio, y por qué nuestro reloj biológico falla a medida que envejecemos o cuando desarrollamos ciertas enfermedades crónicas”. También podría ayudar a entender los mecanismos del cáncer.

En los mecanismos moleculares que controlan nuestro ciclo de sueño-vigilia interviene una proteína llamada PERIOD (PER). El número de proteínas PER en cada célula del cuerpo aumenta y disminuye cada 24 horas. Nuestras células usan este nivel como indicador de la hora del día, y en función de esas cantidades le dicen al cuerpo si debe estar despierto o dormido. De hecho, cuando al llegar la noche los niveles de PER caen, nuestros sistemas biológicos se vuelven más lentos: bajala presión arterial, el latido cardíaco se hace más lento, nuestros procesos mentales disminuyen... Para que todo vuelva a ponerse en marcha a la mañana siguiente, según han descubierto Satchindananda Panda y sus colegas, es necesario que intervenga la proteína JARID1a, que funciona como un interruptor que nos “enciende”.
muyinteresante.es

domingo, 2 de octubre de 2011

La nostalgia ya no es lo que era


Se acuerda de los tiempos en que el amor tenía misterio?
¿Cuando el sexo no descartaba el pudor?
¿Cuando la privacidad no era pública?
¿Cuando los regalos no se cambiaban?
¿Cuando aún podíamos ir a cualquier evento social porque atravesar la Capital no se convertía en una tortura, con cortes de calles, manifestaciones a granel y embotellamientos producidos en las horas pico por los miles y miles de autos circulando?
¿Cuando escribíamos cartas y esperábamos que el cartero nos trajera la ansiada respuesta?
¿Cuando en los aviones, en clase turista, nos entregaban un menú?
¿Cuando viajar a otro continente era un hito en nuestra vida?
¿Cuando la literatura era algo reverenciado por mucha gente?
¿Cuando los padres ejercían su autoridad sobre los hijos sin dejar de ser cariñosos y comprensivos?
Todo esto no pasaba en la prehistoria, sino hace apenas más de veinte años. En ese ayer próximo, en ese pasado actuante, como lo denomina el escritor español Javier Cercas. No hay que ser, pues, un dinosaurio para rememorarlo.
Claro, al resucitarlo, uno siente un hilo de nostalgia. Pero también, para ser ecuánimes, hay que volver vívidamente a esa época y recordar otras cosas que, francamente, solían ser bastante nefastas.
¿Se acuerda también cuando en el país, conseguir un teléfono para nuestro hogar podía tardar décadas?
¿Cuando debíamos hacer largas filas detrás de los teléfonos públicos para comunicarnos con otras personas?
¿Cuando había tantos prejuicios y, en consecuencia, mucha menos libertad?
¿Cuando la gente se moría mucho antes de que le colocaran un bypass (Favaloro, ¡gracias!), o un stent porque no existían. Ni la laparoscopia ni los estudios médicos computarizados ni las drogas que fueron apareciendo y mejorando la calidad de vida de todos?
Como se puede advertir, no todo tiempo pasado fue mejor. En algunas cosas, sí; en muchas otras, no. La lista, como toda lista, es absolutamente incompleta, pero es lo primero que aparece en mi cabeza cuando hago un pequeño ejercicio de memoria para trasladarme, luego, al presente.
A este presente con celulares, globalización, computadoras cada vez más pequeñas y sofisticadas, cámaras digitales, plasmas, información sobre cualquier tema en Internet, conexiones inmediatas con cualquiera en cualquier parte, edificios inteligentes, cajeros automáticos, medicina nuclear, Photoshop, botox, e-books, etcétera.
Es un presente alucinante, hiperquinético, en el que ya no cabe el asombro porque los inventos son cada vez más sorprendentes y veloces y uno se va insensibilizando incluso para lo maravilloso.
Un presente que ya se parece al futuro, porque la ciencia ficción dejó de ser ficción hace rato y estamos leyendo noticias como por ejemplo que un señor en Estados Unidos está vendiendo lotes en la Luna y entre los compradores hay 1800 argentinos que ya son dueños de 2000 hectáreas lunares.
Entonces la nostalgia, lo repito, no es más que un hilito que nos ata -a algunos- a un pasado cercano en el que los verbos ser y tener se conjugaban de otra manera (creo), en el que el sentimiento y los valores tenían cierto lugar de privilegio, y los códigos también (más allá de la gente sin escrúpulos que existió en todas las épocas). Algo distinto había, sin embargo, una generación atrás; algo diferente en el universo de los afectos, por lo menos, y esto lo digo tratando de no caer en la simplificación ni en las idealizaciones.
Reconozco y me reconforta ver lo mucho y lo bueno que surge cada día en este mundo convulsionado, en este planeta maltratado, donde hay poco tiempo para el silencio y la contemplación. En este entorno donde todo cambia, donde todo parece desmoronarse y vuelve a renacer, y donde ya un reloj o una lapicera de oro no son para toda la vida, sino una de las tantas cosas descartables, al igual que los últimos juguetes electrónicos que tanto ansiamos para no quedarnos atrás.
Viene a mi mente el título de aquellas apasionantes memorias de la actriz francesa Simone Signoret: La nostalgia ya no es lo que era (1978).
Esta afirmación irónica sigue vigente. Con tanto presente y futuro prodigiosos, ni siquiera la nostalgia puede perdurar.
Alina Diaconu-escritora
lanacion.com

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Científicos argentinos reclutan hinchas para hacer un experimento

Si una cita a ciegas funciona bien, una conversación de cinco horas puede pasar volando. En cambio, si hay que esperar durante una hora el turno para atenderse con un médico, el tiempo puede parecer estancado. En ambas situaciones, el paso del tiempo ocurre por igual, aunque la percepción por parte de cada persona puede variar. ¿Y qué pasará con los hinchas de fútbol cuando ven que su equipo favorito pierde o gana? Es la pregunta que guía un experimento que hará un equipo científico de la Universidad Nacional de Quilmes, liderado por Diego Golombek y Patricia Agostino.
El experimento se hará por primera vez en el mundo con hinchas de fútbol que vayan a las canchas y se ofrezcan como voluntarios. Deberán seguir las instrucciones que les indican los científicos, y después llenar un formulario que deberán completar en la página en Internet: clock.unq.edu.ar/timing/timing.htm “El experimento forma parte de una línea de investigación que venimos trabajando”, contó Golombek, que es investigador del Conicet y divulgador científico. “Estudiamos la percepción subjetiva del tiempo y sabemos que puede ser afectada por factores emocionales”, agregó.
Hasta ahora, el equipo estuvo trabajando con ratas y ratones en el laboratorio, e identificó variaciones de la percepción del tiempo. Sí, esos animalitos también lo sienten diferente: son más precisos en calcular el tiempo a la noche que durante el día.
La estimación del tiempo es parte de la vida cotidiana de todo ser humano. Se da por descontado. “Nuestra cognición del mundo sería diferente sin la percepción subjetiva del tiempo”, comentó el científico. Y señaló que el conocimiento básico que se adquiere al hacer experimentos como el que realizarán permitirá aportar pistas para comprender mejor el impacto de la enfermedad de Parkinson, la esquizofrenia, el trastorno bipolar o el déficit de atención e hiperactividad. Como consecuencia de esos desórdenes, se puede afectar la percepción subjetiva del tiempo.
“A través del experimento con los hinchas de fútbol, esperamos entender si la estimación de intervalos cortos de tiempo está modulada por factores emocionales como el hecho de que el equipo favorito se encuentre ganando al finalizar el partido”, explicó la doctora Patricia Agostino, que contará también con la colaboración de Ivana Bussi, becaria de doctorado del Conicet.
Una hipótesis a corroborar es que si un hincha ve que su equipo va ganando, deseará que el partido se termine rápido (así no hay chance de que el equipo rival empate o lo supere), con lo cual su percepción será que el tiempo pasa más lento. Lo contrario, claro, si su equipo gana. “Principalmente queremos que la gente se incorpore a los experimentos científicos, que colabore, y se entusiasme –aseguró Golombek–. Porque como solemos decir, la ciencia no muerde”.

Cómo se hará el trabajo

Para formar parte del experimento de los investigadores de la Universidad Nacional de Quilmes, hay que participar de a dos: uno de los participantes es quien va a estimar el tiempo y el otro chequea con un reloj y anota los resultados. Es ideal para quienes van a la cancha con amigos o en familia. Uno deberá estimar un intervalo de tiempo de 30 segundos. El otro participante debe usar un reloj con segundero o un cronómetro. La tarea se realiza dos veces: una al comienzo del juego y la otra cuando está por finalizar. Para consultas, escribir a: labcrono@gmail.com
clarin.com

domingo, 25 de septiembre de 2011

No hay que pedirle al lunes, más de lo que el lunes puede dar


En la medida que pretendamos torcer la naturaleza, nunca terminaremos de “aceptar” lo que nos viene como dado. Como siempre digo, “aceptar no es resignarse”; sino asumir que hay cosas que son como son y que, de no aceptarlas o incorporarlas, nunca habrá posibilidades de cambio.
Algo de eso pasa con el lunes. Por algo será que, aunque vivamos renegando, los lunes siempre cargamos con algo de sueño, enojo, desgano, hinchazón de rostro y más allá. Al menos eso suele pasarnos a una gran mayoría.
Tal vez, cuando aceptemos la energía y las posibilidades del primer día de la semana, seguramente, estaremos menos lunáticos y más acordes a los ritmos biológicos y emocionales; más en sincronía con nosotros y con todos los otros afiebrados por esto que se suele escuchar cada semana por ahí: “Es lunes. ¿qué pretendés?”
Si bien podría entenderse como el comienzo de algo nuevo, el “lunes” carga con emociones mucho menos positivas que, por ejemplo, un cuaderno, un auto, un vestido o un año nuevo. En nada se parece un lunes al olor a nuevo del tapizado, a la frescura de esa prenda nueva, a la expectativa del comienzo de año, de “una nueva oportunidad”. ¿Recuerdan la magia de la primera hoja en blanco del cuaderno? La mejor letra y todos los cuidados para evitar manchones y desprolijidades. Si hay algo que “el lunes no es”, es precisamente eso.
Si bien es el comienzo, los lunes cargan con la maldición de ser el verdugo del fin de semana. Es la guadaña que corta por lo sano el descanso, la fiesta, el fútbol, el asado, los ravioles, las tortas y las medialunas. Es más, es el día estigmatizado para comenzar las dietas y/o el gimnasio. Y como si esto fuera poco, carga con el estrés y la ansiedad del arranque, la incertidumbre y esta loca cuestión de que esta “fiebre” se repite cada siete días.
Definitivamente, por lo menos, hasta avanzado el mediodía, nuestro humor de lunes no es el mejor; tampoco rendimos lo mismo que otro día de la semana. (es bueno que los jefes y maestros lo sepan y dejen de poner las reuniones o lecciones apenas comenzada la semana) ¿Por qué no dejar de esperar del lunes más de lo que el lunes puede darnos?
¿Qué pasaría si entendiésemos que el lunes es lunes y que nunca será otro día de la semana? ¿Qué pasaría si, en la medida de lo posible, evitásemos los trámites, reuniones, citas y otros compromisos? ¿Por qué no patearlo todo para el martes?…
No se trata de dejar de cumplir responsabilidades, sino de, por ejemplo, bajar los niveles de exigencia y expectativa; reservarnos, al menos, una hora para alguna de las actividades que nos da placer; ¿por qué no ser originales y empezar la dieta o el gym a mitad de semana?. Tal vez, de este modo, el lunes se humanice y todo comience de una manera más flexible y menos afiebrada. ¿Un delirio? Con probar, no cuesta nada.
A lo mejor, sin tirarse a “chantas”, tan sólo se trata de “aceptar” y, a conciencia plena, no pretender mucho más de lo que sea posible o saludable.
lanacion.com

jueves, 18 de agosto de 2011

La importancia de mantener los horarios de las comidas



El verano es un momento en el que la mayoría de nosotros solemos viajar y nos salimos de la rutina habitual que tenemos a lo largo de todo el año. Esta ruptura de la rutina supone en la mayoría de los casos la alteración de los horarios de las comidas. A causa de la falta de un orden en las horas y en las actividades que vamos a llevar a cabo en vacaciones las comidas pasan a un segundo plano y dejamos de respetar las horas. Esto puede tener una serie de repercusiones en el organismo si lo dilatamos demasiado en el tiempo. Por ello es importante que hagamos un repaso de los riesgos de saltarnos las horas de las comidas.
En anteriores ocasiones hemos comentado la importancia de mantener un orden en las comidas y respetar los horarios de las mismas. Sentarnos a comer relajadamente, saber lo que nos llevamos a la boca, masticar correctamente y cuidar los tiempos es esencial a la hora de seguir unos hábitos alimenticios correctos. A pesar de saber esto muchos son los que se lo saltan a diario, y más en estas fechas, poniendo en riesgo su salud. Es necesario que tengamos esto muy presente a la hora de planificar los horarios de las comidas.

Beneficios de mantener un horario en las comidas

En primer lugar debemos tener muy claro que el orden en las comidas y mantener los horarios de las mismas nos ayudarán a conseguir mantener mejor el peso, pues si guardamos todas las comidas nunca tendremos demasiada hambre. Acudir a una comida con hambre es lo peor que podemos hacer, pues nos llevará a consumir más alimento y de manera más rápida, sin apenas masticar ni reparar en la necesidad de tomarnos nuestro tiempo a la hora de alimentarnos. Mantener unos correctos horarios de comidas es imprescindible a la hora de mantener el metabolismo en perfecto estado y activo al cien por cien.
Pero no solo mantener un horario en las comidas nos ayudará a mantener el orden metabólico y el peso correcto del cuerpo, sino que es una constante prevención frente a numerosos trastornos del organismo como la diabetes, algunas enfermedades cardiovasculares… El aumento en los niveles del colesterol también está en muchos casos vinculado directamente a la falta de orden y control en los horarios de las comidas, ya que el funcionamiento del organismo no es el adecuado, y por lo tanto la asimilación de los alimentos no es la deseada y la adecuada para el buen funcionamiento de nuestro organismo.
No debemos olvidar que saltarnos los horarios de las comidas y no tener un control de los mismos nos traerá otros trastornos como el aumento de la acumulación de grasa en el organismo, y con ello el sobrepeso, ya que si sometemos al metabolismo a unos desajustes derivados de la falta de horarios y rutinas alimenticias lo que conseguiremos será un deficiente funcionamiento del mismo. Es necesario por ello que guardemos a rajatabla los horarios, y por ello queremos dar algunos consejos para mantener los horarios en lo que a la alimentación se refiere.

Planificación de las comidas

Ante todo debemos cambiar el chip y pensar que es necesario realizar una correcta planificación de las horas de comida y cumplirlas a rajatabla. Por ello es necesario que no nos dejemos sin realizar ninguna de las comidas. Pero no solo sirve con realizar las comidas a las horas que les corresponde, sino que además debemos cuidar también lo que nos levamos a la boca, ya que no sirve con comer cualquier cosa simplemente respetando la hora a la que lo debemos hacer. Es importante que no perdamos en ningún momento el control sobre los alimentos que ingerimos, además de reservar un tiempo para ingerirlos lentamente y tranquilamente para que la digestión y asimilación de los mismos por parte del organismo se realice de la mejor manera posible.
vitonica.com


domingo, 17 de julio de 2011

LA HORA DEL INFARTO: HAY MAS CASOS A LA MAÑANA Y AL MEDIODIA

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      | Getty Images
15.07.2011 | Según un trabajo español publicado en la revista Heart

La hora del infarto: afirman que hay más casos a la mañana y el mediodía

Además, se descubrió que el área del corazón afectada por los eventos producidos en ese momento del día es hasta un 20 por ciento más grande. Expertos locales analizan el tema: coinciden en que que no sólo hay determinadas horas del día que son más peligrosas sino que, además, hay otros factores que elevan el riesgo, como las emociones fuertes y el estrés.
Un grupo de científicos españoles realizó un estudio que alumbra dos datos claves: el primero, que durante la mañana y el mediodía -más precisamente entre las 6 de la mañana y las 12- se producen más infartos; el otro, que estos episodios revisten mayor gravedad, básicamente porque el área afectada es mayor.
Las conclusiones del trabajo fueron publicadas en la última edición de la revista Heart. El doctor Borja Ibáñez, principal investigador del estudio e integrante del Centro Nacional de Investigaciones Cardiológicas (CNIC), explicó: "Las personas que sufren un infarto en ese período del día tienen más posibilidades de que el área infartada sea significativamente más grande que en otros momentos del día, lo que implica un peor pronóstico a corto y largo plazo". Según los especialistas, si el infarto se produce durante el día el área del corazón afectada el mayor.
El equipo de Ibáñez realizó un seguimiento del que participaron 811 pacientes que habían ingresado con infartos al Hospital Clínico San Carlos de Madrid entre 2003 y 2009. Los enfermos, que presentaban un ataque de carácter grave, fueron divididos en grupos en función del momento del día en que habían sufrido el episodio. A todos ellos se los sometió a un análisis de enzimas para comprobar el impacto que había tenido el infarto sobre su corazón.
Al cruzar los datos, los investigadores no sólo corroboraron que se producían más infartos durante la mañana, sino que el área infartada era significativamente más grande –hasta un 20 por ciento mayor- que la que resultaba afectada si el ataque se producía a otra hora.
"Este hallazgo sugiere que el inicio de los síntomas de infarto es una variable importante a la hora de buscar nuevas estrategias de cardioprotección. Con las conclusiones de este estudio se abren nuevas e importantes vías de investigación. Por un lado, la que determinará los mecanismos por los que el corazón tolera mejor los infartos a determinadas horas del día; y, por otro, la que tiene como objetivo dilucidar de qué manera puede tratarse precozmente a los pacientes que sufren un infarto a primera hora del día", concluyó el especialista.
Consultado por Entremujeres, el doctor Alberto Alves de Lima, del Instituto Cardiovascular Buenos Aires, comentó: "El trabajo es interesante. Lo importante es que los infartos ocurren más a la mañana y, en particular, en personas con factores de riesgo como la diabetes. Suele asociarse también a otros gatillos o disparadores como el enojo o los esfuerzos intensos, sobre todo en personas no entrenadas".
Alves de Lima explica que "la mayor vulnerabilidad de las personas por la mañana se debe a que existe lo que se denomina ritmo 'circadiano' que es un reloj biológico que viene incorporado a nuestro cuerpo desde que nacemos. Este reloj genera la secreción de determinadas sustancias a determinados horarios. Durante a mañana, hay mayor secreción de cortisol y catecolaminas (adrenalina y noradrenalina) y eso está asociado a un estado de mayor vulnerabilidad, porque estas sustancias favorecen los mecanismos de coagulación y agregación plaquetaria".
Por su parte, al ser consultado por la agencia de noticias Pro Salud, el doctor Gastón Albina, médico cardiólogo, explicó que "no sólo determinadas horas del día son más peligrosas que otras sino que, además, hay algunas situaciones que generan un riesgo extra. Éstas son las que generan emociones fuertes y las que tienen que ver con el estrés, tanto agudo como crónico".
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    Un grupo de científicos españoles realizó un estudio que alumbra dos datos claves: el primero, que durante la mañana y el mediodía -más precisamente entre las 6 de la mañana y las 12- se producen más infartos; el otro, que estos episodios revisten mayor gravedad, básicamente porque el área afectada es mayor.
    Las conclusiones del trabajo fueron publicadas en la última edición de la revista Heart. El doctor Borja Ibáñez, principal investigador del estudio e integrante del Centro Nacional de Investigaciones Cardiológicas (CNIC), explicó: "Las personas que sufren un infarto en ese período del día tienen más posibilidades de que el área infartada sea significativamente más grande que en otros momentos del día, lo que implica un peor pronóstico a corto y largo plazo". Según los especialistas, si el infarto se produce durante el día el área del corazón afectada el mayor.
    El equipo de Ibáñez realizó un seguimiento del que participaron 811 pacientes que habían ingresado con infartos al Hospital Clínico San Carlos de Madrid entre 2003 y 2009. Los enfermos, que presentaban un ataque de carácter grave, fueron divididos en grupos en función del momento del día en que habían sufrido el episodio. A todos ellos se los sometió a un análisis de enzimas para comprobar el impacto que había tenido el infarto sobre su corazón.
    Al cruzar los datos, los investigadores no sólo corroboraron que se producían más infartos durante la mañana, sino que el área infartada era significativamente más grande –hasta un 20 por ciento mayor- que la que resultaba afectada si el ataque se producía a otra hora.
    "Este hallazgo sugiere que el inicio de los síntomas de infarto es una variable importante a la hora de buscar nuevas estrategias de cardioprotección. Con las conclusiones de este estudio se abren nuevas e importantes vías de investigación. Por un lado, la que determinará los mecanismos por los que el corazón tolera mejor los infartos a determinadas horas del día; y, por otro, la que tiene como objetivo dilucidar de qué manera puede tratarse precozmente a los pacientes que sufren un infarto a primera hora del día", concluyó el especialista.
    Consultado por Entremujeres, el doctor Alberto Alves de Lima, del Instituto Cardiovascular Buenos Aires, comentó: "El trabajo es interesante. Lo importante es que los infartos ocurren más a la mañana y, en particular, en personas con factores de riesgo como la diabetes. Suele asociarse también a otros gatillos o disparadores como el enojo o los esfuerzos intensos, sobre todo en personas no entrenadas".
    Alves de Lima explica que "la mayor vulnerabilidad de las personas por la mañana se debe a que existe lo que se denomina ritmo 'circadiano' que es un reloj biológico que viene incorporado a nuestro cuerpo desde que nacemos. Este reloj genera la secreción de determinadas sustancias a determinados horarios. Durante a mañana, hay mayor secreción de cortisol y catecolaminas (adrenalina y noradrenalina) y eso está asociado a un estado de mayor vulnerabilidad, porque estas sustancias favorecen los mecanismos de coagulación y agregación plaquetaria".
    Por su parte, al ser consultado por la agencia de noticias Pro Salud, el doctor Gastón Albina, médico cardiólogo, explicó que "no sólo determinadas horas del día son más peligrosas que otras sino que, además, hay algunas situaciones que generan un riesgo extra. Éstas son las que generan emociones fuertes y las que tienen que ver con el estrés, tanto agudo como crónico".
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