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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Cuando un padre se muere de forma repentina

Una niña palestina en el cementerio Sheikh Redwan, en Gaza. | M. Saber
Pocos eventos hay tan estresantes y tristes en la vida de un niño o un adolescente como la pérdida repentina de su padre o su madre. A pesar de ello, se han estudiado científicamente muy poco sus reacciones, el curso del duelo y los posibles riesgos para la salud mental de sufrir una pena prolongada. Tal vez por este motivo, la investigación que acaba de publicar Nadine Melhem, de la Universidad de Pittsburgh (EEUU), resulta tan interesante, además de útil para prevenir posibles trastornos psiquiátricos como la depresión.
Máxime cuando se valora que en los países occidentales, el 4% de los niños ha sufrido la pérdida de su padre o su madre. En EEUU, por ejemplo, uno de cada 20 niños y adolescentes pasa por este trauma antes de los 18 años.
"Nuestro estudio es el primero en analizar en una amplia muestra y de población y durante tres años el impacto del fallecimiento repentino de un padre en los descendientes jóvenes", reconoce la autora principal en el último 'Archives of General Psychiatric'.
Los científicos llevaron a cabo una investigación con 182 menores de entre siete y 18 años y sus familiares. A todos ellos se les había muerto un progenitor de forma repentina bien por suicidio, bien por un accidente, bien por causas naturales. Todos realizaron cuestionarios que evaluaron su duelo, su salud mental, además de su funcionamiento diario. El duelo de los viudos o viudas también fue analizado. Los investigadores realizaron esta batería de pruebas tanto a los ocho meses y medio, como al año y a los dos años de producirse el fallecimiento.
Aunque en la mayoría de los participantes (58%), la tristeza descendió de forma significativa entre los nueve y los 21 meses posteriores a la defunción, la gravedad del duelo, sin embargo, se incrementó al año de la pérdida en un 39% de ellos, aunque afortunadamente descendió pasados los dos años. No es el caso del 10%, en los que la reacción a la muerte y la pena seguían muy elevados pasados los tres años.
Los investigadores reconocen que uno de los factores que predicen un duelo patológico en el hijo es el hecho de que la pérdida se produzca por un suicidio. Lo mismo sucede con aquellos menores con historial de depresión antes de la defunción. "Ellos tienen más riesgo de que los síntomas del duelo sean más graves y duren más tiempo", reconocen los investigadores.
También juega un papel fundamental el estado de la madre o del padre que se ha quedado viudo. "Los niños y los adolescentes tienen más posibilidades de pasar por una depresión cuando el duelo del padre superviviente se prolonga en el tiempo, si se sienten culpablesde lo sucedido o experimentan otros eventos estresantes mientras intentan superar su pérdida", agregan los autores.
Insisten en que en los casos en los que "el luto se agrava y se prolonga, las probabilidades de padecer depresión y no llevar una vida normal aumentan de forma considerable". Tal vez por ello su estudio es una llamada de atención a los especialistas "que deberían llevar a cabo intervenciones preventivas en los niños y en las familias con duelo patológico. Es necesario ofrecerles consuelo y ayuda".
También es trascedente que "se lleven a cabo investigaciones en un futuro destinadas a examinar la salud mental y el desarrollo a largo plazo en la población más joven que pasa por un duelo como el descrito", concluyen los científicos estadounidenses.
elmundo.es

lunes, 29 de agosto de 2011

Cómo decir adiós


Por Eduardo Chaktoura
María llora, desconsolada, la muerte de su padre. Susana, su mamá, despide en silencio al compañero de toda una vida. Rosario intenta superar el abandono de su novio. El novio de Rosario esquiva el duelo y apuesta a una nueva relación. Sergio no ve a sus hijos desde que su ex mujer se los llevó lejos. Lucas está en primer grado y no quiere ir a la escuela porque extraña a sus compañeros del jardín. Nicolás tiene 65 años, le ofrecieron jubilarse y, además de enojarse con el paso del tiempo, siente que están en juego su talento y su identidad.
Apenas unas pocas historias alcanzan para ilustrar la tristeza, la angustia y el dolor que implican los adioses. No conviene ser prisionero del pasado. Todos tenemos la posibilidad de sortear el dolor y convertirlo en algo que nos permita conectar con la vida de aquí y ahora. "Todos los días, en todo momento, ponemos en acto nuestra capacidad para decir adiós. Todos los seres humanos estamos entrenados para las pérdidas, sólo nos falta tomar contacto con esta sabiduría", sostiene la psicóloga Alicia López Blanco.
Esta parece ser la forma más clara y positiva de entender el duelo, ante todo, como una potencialidad. Así como poseemos resiliencia (la capacidad de superar y revertir las situaciones más traumáticas), todos tenemos, con más o menos recursos, la capacidad de atravesar el dolor que provocan las pérdidas. "Es necesario entender que el duelo por pérdidas es un proceso adaptativo esperable -explica el doctor Oscar Boullosa, médico psiquiatra-. Estar en duelo no es estar enfermo. El duelo se convierte en enfermedad cuando no se logra superar el dolor y hay que intervenir por medio de un tratamiento que suele requerir de fármacos y psicoterapia."
Estos dos conceptos -el duelo como potencialidad y el duelo como respuesta necesaria y adaptativa- son fundamentales para entender la importancia que tiene atravesar las situaciones de pérdida. Es necesario y saludable llorar, extrañar, aceptar, soltar, superar, transformar, seguir adelante. Y si no se puede, saber que siempre hay quien pueda brindarnos ayuda o acompañarnos en el camino de las sanas despedidas.
Desde ya que no es lo mismo decir adiós en cualquier situación de pérdida. Todo depende, claro está, del compromiso afectivo que tengamos con lo que hemos perdido, así como del deseo y la fuerza que podamos poner en juego para elaborar la pérdida.
Si hiciéramos un listado de situaciones dolorosas, al principio seguramente pondríamos la muerte y, a pocos pasos, la enfermedad, por su reminiscencia directa con la posibilidad de perder la salud y la vida. Muy en nuestro interior seguimos soñando con ser inmortales e invencibles, pero sabemos que, a nuestro pesar, todo y todos tenemos reservado un comienzo y un final.
Poder decir adiós también tiene que ver con otras cuestiones: una separación o un divorcio, una discusión sin retorno, una mudanza, el exilio, el despido, la renuncia o el retiro de la vida laboral, atravesar cualquier etapa o ciclo vital (la niñez, la adolescencia, ser adulto, envejecer). Salvando las distancias, una película, un libro, una canción, un plato de comida, una taza de café., también tienen un final, muchas veces, incluso, inesperado o amargo.
La lista seguramente continúa. Cada uno podrá sumar o calificar experiencias traumáticas, acorde con sus expectativas, posibilidades y estructura de personalidad. "En todos los casos, sencillos o complejos, cotidianos o inesperados, está implícita una muerte interior. Decir adiós -subraya Alicia López Blanco- implica despedirse de lo que fue y ya no volverá a ser."
Rosario tiene 38 años. Llega al consultorio muy angustiada. Remite su motivo de consulta a la tristeza profunda que le provoca no poder establecer vínculos. Dice que, más allá de no poder pensar nuevamente en una pareja, no puede, incluso, sostener relaciones de amistad y familia. Poco a poco fue evitando cualquier tipo de encuentros y contacto. Rosario se encuentra frente a un gran desafío: descubrir la importancia que tiene cerrar experiencias significativas del pasado para recuperar la autoestima, revivir la confianza y permitirse la entrega. Hace dos años, fue abandonada por el novio. Llevaban cinco años de relación y, según relata: "El me humilló, dejó de valorarme, no encontró nada más en mí como para sostener el amor; se fue con otra mujer".
En muchos casos, no sólo se trata de aceptar el adiós sino de resignificar la mirada sobre el cierre de una etapa. En el relato de Rosario sobran los pensamientos y las creencias de que el amor se acabó porque "no supieron valorarla". Más allá de su enojo, se siente responsable.
Muchas veces, no sólo es el hecho o la figura de la pérdida en sí misma lo que impide o posterga la superación o la transformación del dolor. Lo que ocurre es que nos duele el alma por la valoración real de lo que se pone en juego en la pérdida. Es decir, toda separación es dolorosa; pero, más allá de la ausencia, de ahora en más estará la pérdida de todo lo que pusimos o creímos haber esperado y ofrecido en esa relación.
¿Qué significaba el novio en la vida de Rosario? ¿Qué lugar ocupaba? ¿Nadie podrá ocupar ese lugar? ¿Vivía pendiente de él? ¿Por qué su novio inició una nueva relación a pocos meses de haberse separado?
Cuando una relación termina, las dos partes están en duelo. Cada uno a su tiempo y a su modo. Más allá del rol de víctima o victimario (el bueno o el malo; el infiel y la engañada) con el que solemos etiquetar a los protagonistas, algo se acabó para los dos. Si bien no se trata de asumir o hacerse responsable del duelo del otro, siempre es recomendable buscar las maneras más saludables para transitar las despedidas.
"La tristeza -señala López Blanco- aparece, inevitablemente, ante las pérdidas, y desaparece cuando logramos hacer el duelo. Si podemos separarnos de aquello que perdimos, podremos despedirnos de lo que ya no es ni será, y continuar siendo, esencialmente, nosotros mismos."
Generalmente, en las situaciones de pérdida están en juego otras cuestiones de fondo.
En el caso de Nicolás (65), lo que parece estar en peligro es la identidad. Como a muchos, a Nicolás le cuesta asumir el paso de los años. En charlas sucesivas, logra aceptar, en parte, que la "jovialidad y la energía son actitudes, más allá de la edad que tengamos". Pero cree que no podrá tolerar estar fuera del sistema cuando sea mayor.
Debería haber cursos que nos ayudaran a jubilarnos. El amor y el trabajo son dos ejes cruciales en la vida del hombre y, según explica Nicolás, "no es sencillo saber que ya no nos quieren o que no somos útiles o necesarios".
La valoración de las experiencias tiene relación directa con lo que hemos aprendido y con lo que está establecido por nuestra cultura. Lamentablemente, muchas veces nos vemos obligados a resignificarlo todo cuando parece demasiado tarde.
"El tiempo de los duelos depende de la capacidad que cada persona tiene de desapegarse y de la carga emocional adjudicada a la pérdida de la que se trate", explica López Blanco. Y agrega: "Cuando lo que parece estar en juego es la identidad, en caso de quedar excluido de un proyecto o del circuito laboral, el trabajo es reconstruir esa identidad que creemos perdida. Lo mismo ocurre cuando la identidad está ligada a otra persona, que se va o fallece. Más allá de los recursos y las herramientas de cada uno, el desafío es poder transformar el suceso y tomar contacto con lo que irremediablemente nace después de la muerte o la pérdida: otro camino, otra posibilidad, otras experiencias".
Lucas tiene 7 años. ¿Cómo explicarle que sus compañeros de jardín ya no formarán parte de la nueva etapa de vida que está iniciando? Por lo pronto, deberíamos saber qué es lo que realmente extraña Lucas, o qué de lo nuevo le da miedo o no le resulta funcional. Conversar con él, entender su pena, apelar a cuentos u otras historias reales con comienzos y finales (también positivos) lo ayudarán a encontrar la salida de su laberinto infantil, poblado, por lógica, de fantasías.
No demos por supuesto que todos los niños tienen la capacidad de elaborar un duelo y creamos que todo pasa con el tiempo. Los chicos no tienen las mismas posibilidades de expresión que un adulto.
Todos podemos desarrollar esta capacidad de asumir las pérdidas, pero no todos podemos seguir el mismo recorrido hacia la superación. Cada uno emprenderá el camino como pueda y necesitará hacer escalas, paradas o descansos más prolongados.
"Hay personas con mayor inclinación a los cambios que otras -advierte López Blanco-; hay personas más o menos creativas, con inteligencia práctica, emocional o relacional, más o menos desarrolladas. Además de las estructuras de personalidad, todo depende de las experiencias de pérdidas que cada uno haya tenido que atravesar, del aprendizaje que haya extraído de esa experiencia y de su capacidad de afrontamiento. Lo importante es tomar conciencia de la finitud de todo en la vida. Al aceptar este hecho hemos dado el primer paso para avanzar en la dirección del logro."
Hacer los duelos
El duelo es una reacción normal frente a la pérdida de un ser querido. Es una respuesta adaptativa esperable, no es una enfermedad ni un trastorno mental. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM IV) lo clasifica en la categoría diagnóstica de trastornos adicionales que pueden requerir atención clínica. "Frente a cualquier situación estresante se espera una reacción de afrontamiento y adaptación", explica el médico psiquiatra Oscar Boullosa.
Los signos y síntomas típicos del duelo son tristeza, recuerdo reiterativo de la persona fallecida o de la situación perdida, llanto, irritabilidad, insomnio y dificultad para concentrarse y realizar las labores cotidianas.
López Blanco es contundente: "La única manera de superar la tristeza es transitándola. Si no aceptamos los síntomas, en el mejor de los casos, podemos llegar a postergar el dolor; pero también corremos en riesgo de negarlo, desviarlo y transformarlo en síntoma".
El proceso de duelo comienza en el preciso momento de la pérdida y termina cuando se logra resignificar el dolor y aceptar la realidad. "La duración de los duelos es variable -detalla el psiquiatra-; depende, fundamentalmente, del impacto de la pérdida, de la estructura de personalidad del paciente y de las características socioculturales de su ambiente. Según el DSM IV, si el duelo persiste pasados los dos meses de la situación de pérdida, podemos pensar en un cuadro de depresión mayor. En nuestro contexto cultural podríamos esperar hasta un año, desde iniciado el duelo, para considerarlo como patológico."
La situación de duelo puede pensarse en torno a tres etapas: una inicial o de shock, breve; una etapa intermedia, que puede durar semanas y meses, y una etapa tardía o de recuperación, antes de cumplido el año.
"Hablamos de duelo patológico -explica el doctor Boullosa- cuando el estado persiste en el tiempo y el sujeto no puede superarlo sin ayuda profesional. Además de severos cuadros depresivos, algunos con ideación suicida, suelen ser frecuentes los trastornos de ansiedad y las adicciones."
Durante el duelo normal o esperable algunas personas suelen buscar ayuda profesional para aliviar los síntomas, los que aparecen apenas pasado el shock inicial o la etapa de recuperación. Durante el duelo patológico suele ser necesaria la intervención terapéutica combinada con fármacos y psicoterapia. "Cuando se decide instituir tratamiento se está ubicando el duelo en la categoría de enfermedad -subraya Boullosa-. El tratamiento farmacológico apunta tanto a los síntomas de estrés crónico, depresión y ansiedad como a normalizar las alteraciones inmunoendocrinas. En la psicoterapia se busca que el paciente acepte la pérdida adaptándose a la ausencia y aprendiendo a vivir con la pérdida."
Es importante seguir de cerca el proceso e identificar si alguien se estanca en alguna instancia en especial en el camino hacia la recuperación o superación del duelo. Si alguien, por ejemplo, está detenido en la negación o no aceptación de la pérdida, difícil mente podrá avanzar a fases posteriores que le permitan sortear el dolor.

LA MUERTE UN CAPITULO APARTE

En el duelo por la muerte de un ser querido, el dolor es mucho más profundo e inevitable. Cuanto mayor sea el amor experimentado hacia la persona fallecida, más grande y profunda será la pena, pero no hay que olvidar que la muerte es lo esperable en todos los casos.
"Tener conciencia de la finitud y de lo precario de la existencia puede ayudarnos a valorar más la vida, a disfrutar más del presente y los vínculos, y a estar más preparado para la muerte propia y la ajena", subraya la terapeuta Alicia López Blanco, quien cita a Sigmund Freud, cuando en su artículo Duelo y melancolía dice que "el papel del duelo consiste en recuperar la energía emotiva invertida en el objeto perdido para reinvertirla en nuevos apegos".
La elaboración sana de las muertes depende de muchos factores: el significado de la pérdida, el tipo de sentimientos que genera, los recursos personales de afrontamiento, la red social de apoyo, el entrenamiento basado en experiencias anteriores de pérdida o separación y los recursos espirituales (valores, creencias, apertura a lo trascendente).
La doctora en Psicología Laura Yoffe habla en su investigación sobre Los efectos positivos de la religión y la espiritualidad en el afrontamiento de duelos del fenómeno del afrontamiento religioso, haciendo alusión a que "los credos estimulan la superación de las pérdidas de seres queridos por medio de la fe, la plegaria, la meditación, los rituales, las creencias sobre la vida y la muerte, buscando ayudar a los que sufren a superar su malestar y aumentar los sentimientos positivos y el bienestar psicológico, afectivo y espiritual".
La espiritualidad y las creencias son ejes fundamentales en el trabajo del área de cuidados paliativos, en los que trabajan quienes preparan a los ancianos y enfermos para un buen morir y acompañan a los familiares sumidos en el dolor.
"Los duelos por pérdida se convierten en crónicos o patológicos cuando sentimos que quien ya no está se ha llevado una parte nuestra, nos ha escindido de alguna manera -explica López Blanco-. En ese caso no podemos discriminar lo propio de lo ajeno, y somos nosotros los que hemos perdido la conexión con nuestro propio ser."
Si bien suele dársele el mismo significado, en este contexto, es conveniente distinguir duelo y luto.
Ambos hacen referencia a las reacciones psicológicas que pueden tener quienes transitan la instancia de una pérdida significativa, pero así como el duelo es el sentimiento subjetivo, la experiencia personal del dolor que provoca la muerte es el luto hace referencia al proceso, al tiempo en el que se resuelve el duelo.
El luto es la expresión social de la conducta y las costumbres que se asumen a posteriori de la pérdida. Aquí es donde se ponen de manifiesto las costumbres propias de la cultura y las expresiones sociorreligiosas de cada familia o comunidad.
ESTRATEGIAS

LA ACEPTACION ES CLAVE

Siempre resultará más o menos sencillo "soltar" la experiencia y decir adiós según la importancia o el grado de afectividad que le asignemos a la pérdida, así como de los recursos que podamos desplegar en el camino necesario e inevitable del duelo.
Ante todo, afrontar el ejercicio de la aceptación, que nada se parece al acto de resignarse. Aceptar, aunque resulte paradójico para algunos, es adoptar una actitud activa y positiva frente a lo que parece una dificultad, un trauma o un callejón emocional sin salida. Resulta esencial poder aceptar que esto (lo que sea) es posible que pase, que de hecho ha ocurrido u ocurrirá, que puede provocar mucho dolor y que es necesario sentirlo para resignificarlo. Aceptar la pérdida y el dolor para dejar de juzgar y culpar a todos los cielos por lo ocurrido. El juicio es el origen del enojo y el enojo nos enquista en la parálisis de la violencia.
Aceptar es identificar, hacerse cargo, entender que es muy probable que -en ese momento- no tengamos la posibilidad de cambiar la realidad. Lo que pasa aquí y ahora no significa que no pueda modificarse mañana o en un futuro. Seguramente lo lograremos cuando podamos aceptarlo.
Resignarse, en cambio, es  la desesperanza. Resignar es la mismísima negación, la inactividad. Es bajar los brazos, es resistirse a lo que pasa. Cuando nos escapamos del dolor, la bronca, la impotencia y la insatisfacción persisten y evolucionan. Cuando no aceptamos, al dolor le agregamos sufrimiento. Y en este escenario no sólo no hay posibilidad de cambio, sino que todo se torna más oscuro o lejano.
Si no acepto, me resigno. Y si me resigno, entrego mi vida a la indiferencia.
En su libro La salud emocional (Paidós, 2010), la psicóloga Alicia López Blanco sabe enunciar con precisión los pasos que podemos seguir para despertar esta capacidad que todos tenemos para elaborar las pérdidas:
Pedir ayuda: abrirse a compartir el sentimiento con aquellos que pueden contenernos y acompañarnos.
Hablar del tema: alivia enormemente narrar cómo han sido las cosas y describir los sentimientos, eligiendo interlocutores que puedan proporcionar una escucha activa y que se interesen sinceramente por lo que nos pasa. Puede escogerse a alguien del entorno cercano que pueda ser capaz de contener nuestra tristeza o solicitar ayuda terapéutica o religiosa, según la ideología o creencia de cada uno.
Abrirse al contacto físico: buscar la proximidad, la caricia o el abrazo de los seres queridos.
Respetar momentos de recogimiento: tratando de transitar con conciencia la experiencia emocional. Aunque en ese momento se tenga la impresión de que el dolor no va a tener fin, siempre lo tiene. El silencio y la soledad pueden ser beneficiosos si se encuentran en equilibrio con la compañía y el habla.
Llorar: dejar fluir el llanto tiene un efecto enormemente benéfico: promueve la relajación y la tranquilidad de espíritu, ayuda a drenar el dolor y a despedirse.
Agradecer, perdonar y perdonarse: es de gran ayuda, en el caso de cualquier tipo de pérdida, reconocer y agradecer lo bueno vivido con esa persona, actividad, objeto, casa, trabajo, amistad, ciudad, país, o lo que sea que ya no esté en nuestras vidas y extrañemos. También tratar de cerrar o sanar temas inconclusos mediante rituales: escribir (sólo para uno mismo) cartas de reparación, o realizar algún tipo de ceremonia de perdón o aceptación que tenga sentido para cada uno.
lanacion.com

martes, 28 de junio de 2011

Elaborar el duelo, un proceso para volver a conectarse con la vida

SIN FORMULAS. CADA PROCESO ES PARTICULAR. SEGÚN LOS ESPECIALISTAS, RECOMPONERSE  PUEDE  LLEVAR DE 1 A 2 AÑOS.
Estado de shock, sensación de injusticia, negación y enojo. Depresión, miedo, tristeza. Son algunos de los sentimientos que afloran, en una primera instancia, ante la pérdida de un ser querido. En una segunda etapa, sobreviene reconocer la pérdida y aceptar la realidad, y luego aparece la idealización del fallecido con una sobrecarga de recuerdos.
Los especialistas sostienen que el duelo está elaborado cuando el individuo puede nuevamente reconectarse con el exterior y encarar hacia nuevos horizontes. “Elaborar el duelo no significa olvidarse de esa persona que ya no está. La seguiremos amando toda la vida, solamente es lograr que las emociones pierdan fuerza para poder reconectarnos con nuestra propia vida. Cuando el dolor y la tristeza profunda van cediendo en su intensidad, estaremos listos para ir recuperando el interés por la vida”, explica la licenciada en psicología Eliana Vasconcelo.
Aceptar el dolor, mantenerse ocupado, deshacerse de culpas, reunirse con pares para convertir el pesar en energía positiva son algunas de las actividades que se recomienda poner en práctica. No se aconseja quedarse en el dolor, perder la esperanza, abusar de los medicamentos, tomar decisiones apresuradas y aislarse.
Si bien no hay fórmulas que permitan cuantificar el período que dura el duelo, este proceso requiere de un tiempo de uno a dos años, dependiendo de las características individuales y de los lazos afectivos que lo unían con el ser querido. Y es importante comprender que estos tiempos (que no son cortos) requieren de entereza, honestidad, capacidad de conexión con uno mismo y con los afectos que nos rodean.
“Enfrentarse a la idea de finitud en nuestra propia vida nos permite tener un momento de introspección, de preguntarnos por el sentido de nuestras vidas. Y sería importante que esta pregunta y este clima emocional de contacto interior nos dure mucho tiempo y nos permita conectarnos más con la posibilidad de disfrutar la vida y darnos posibilidad y permiso de placer”, explica la licenciada Gisela Holc, quien agrega que es importante poner en palabras el dolor.
Al principio, se hace muy cuesta arriba seguir adelante. Por lo general, además, la persona se encuentra abordando una serie de cuestiones que debe resolver en relación a ese fallecimiento. “Con el tiempo se rearmarán vínculos viejos y se crearán otros. Esto mismo irá signando nuevos movimientos hasta que pasen a ser habituales. El dolor no se va. Siempre que te conectás con esa pérdida, duele. La buena noticia es que, de a poco, te volvés a conectar con lo lindo de la vida: disfrutar cosas, reírte y sentirte bien”, sugiere la licenciada  María Gabriela Fernández Ortega, del Centro Hémera.
Para ayudar a quien está de duelo es importante no dejarlo solo y crear una red de contención de familiares o amigos, aunque a veces es bueno acompañar en silencio. Si se presentan sentimientos de culpa o reproches, se hace casi imprescindible la ayuda terapéutica para poder continuar el camino de recuperación.

CONSEJOS

Qué hacer
Dejar drenar los sentimientos.
Respetar nuestros estados.
Dejarnos apoyar por nuestra familia y amigos.
Hablar de quien falleció y distribuir las pertenencias.
Participar de los rituales, religiosos o de otra índole.
Si el dolor y la tristeza no ceden, buscar ayuda terapéutica.

Qué no hacer
Ocultar los sentimientos.
Sentirnos víctimas de la situación que nos tocó vivir.
Aislarnos excesivamente.
Desviar una conversación cuando el tema aparece.
Perpetuar al muerto como una manera de conservarlo vivo.
Fuente: lic. Eliana Vasconcelo
clarin.com

domingo, 15 de mayo de 2011

¿Para qué sirven los velatorios?

El duelo es un proceso por el que pasa toda persona que sufre una pérdida. Hasta el 30 por ciento de quienes tienen que enfrentar la muerte de un ser querido desarrollan un duelo patológico o complicado, con consecuencias para su salud. Para facilitar esta instancia, una empresa rosarina dedicada desde hace décadas a organizar funerales inauguró un inédito servicio de asistencia psicológica en el momento del velatorio, el primero en su tipo en la Argentina.
Una intervención oportuna por parte de un profesional puede prevenir síntomas de enfermedad, explica Alejandra Rigalli, psicóloga y coordinadora del servicio de asesoramiento y orientación para el duelo, que desde el año pasado brinda cochería Caramuto.
Fueron las propias necesidades de la gente las que impulsaron a los directores de la empresa a ofrecer esta alternativa. Sergio López, gerente general de la compañía, comenta que en muchas ocasiones, ante tanta pena, las personas viven situaciones críticas muy difíciles de manejar sin ayuda. “Cuanto más inesperada es la pérdida, o si el fallecido es una persona joven, no es raro que alguno de los deudos se desborde. Para ayudar a canalizar esas emociones es que se pensó en una contención temprana por parte de profesionales”, remarca.
Rigalli admite que no se trata de evitar el dolor, cosa que resulta imposible, sino de brindar pautas y herramientas concretas para que el individuo transite una aflicción normal.
“¿Cómo sigo adelante, hicimos todo lo posible, en qué nos equivocamos, cómo ayudo a mis hijos, podrá mi esposa superarlo algún día, cómo se lo digo a mis padres?”: todos estos son interrogantes frecuentes en el momento del velatorio. Dudas que resultan hostigantes, asfixiantes, y que muchas veces simplemente paralizan.
“Las herramientas que se ofrecen en un servicio como este permiten dar algunas respuestas apropiadas. Además, la charla con el familiar nos habilita a identificar algunos factores de riesgo ya que obviamente no todos transitan la pérdida de la misma manera. Hay personas que tienen problemas psicológicos previos o que aparecen en el momento de la muerte de un ser querido y es necesario asistirlas de otra forma”, destaca Rigalli.
El servicio de asistencia primaria en el duelo consiste en un encuentro, en esas primeras horas después de la pérdida, con el familiar o los familiares que así lo desean. Se trabaja en forma individual pero también grupal y hasta se brinda, si es necesario, contención a los niños. En los días posteriores a la inhumación se proponen dos o tres entrevistas: “Si hace falta sugerimos la continuidad de un tratamiento psicológico o si notamos la posibilidad de un trauma severo derivamos a un psiquiatra, siempre en el marco de un acuerdo con la persona”, dice la especialista.
¿Para qué sirven los velatorios? ¿Son necesarios? ¿Tienen que asistir todos los familiares? ¿Y los chicos?. La muerte está impregnada de significación y los ritos que la acompañan tienen un sentido, según detalla Rigalli. “El velatorio, o el ritual que sea, de acuerdo a la cultura de cada grupo, atenúa el trauma que provoca la idea del aniquilamiento que viene con la muerte. Las exequias traducen en un mismo momento una crisis y una superación; por un lado están la pena y la angustia, el dolor pero por otro aparecen el consuelo y la esperanza. Pasar por esto es recomendable, aunque habrá que analizar algunas situaciones puntuales donde no es lo mejor estar presente”, manifiesta. A modo de ejemplo, señala, que en un grupo familiar que recientemente pidió la asistencia psicológica, a dos de los hijos pequeños se les sugirió asistir al funeral pero por razones particulares a una de las niñas no. “De allí que sea tan importante contar con una mirada profesional en momentos de tanta angustia y confusión porque hay que hacer un rápido diagnóstico para identificar que es lo más recomendable para unos y otros”, dice Rigalli.
Los ritos fueron cambiando con el tiempo y a la misma velocidad que transcurre la vida moderna. Hasta no hace mucho, y aún sucede en algunas localidades del interior del país, se contrataban mujeres que iban a llorar al difunto a los velatorios. Las casas mortuorias eran oscuras y estaban plagadas de símbolos sacros. Todo teñido de tristeza, en penumbras. “La gente fue pidiendo otras cosas, otras formas de transitar ese momento y nosotros como empresa nos fuimos adaptando. Los ambientes son más amplios y claros, bien iluminados, hay más detalles de confort, las salas fueron acondicionadas para dar una sensación de armonía y no de tragedia”, menciona López, el gerente de Caramuto.
En la actualidad el velatorio (y el entierro del fallecido) tienen más que ver con una conmemoración y una despedida, señala Rigalli. Como hay una tendencia social a la negación de la muerte es necesario atravesar por esta instancia “que es algo así como una síntesis de la vida de la persona que ya no está, un reencuentro con sus amigos y conocidos, con los afectos, un reconocimiento del límite para que a partir de allí sus familiares comiencen una reconstrucción que es fundamental y necesaria”.
Pasar por ese momento de la manera más saludable posible abre las puertas a un duelo sano que permitirá continuar aferrádose a la vida.
En general, las personas no están preparadas para afrontar el fallecimiento de alguien cercano, mucho menos si se trata de la pareja o de alguno de los hijos. Nadie quiere hablar de la muerte, a nadie le resulta sencillo. Sin embargo, comenta la psicóloga, cuando se pensó alguna vez en ello, cuando se habló y se compartió, esa instancia suele ser menos crítica y sin riesgos de ser traumática. Como decía Sigmund Freud, “si quieres disfrutar de la vida, prepárate para la muerte”.
Hablar
Negar es lo peor que puede hacer una persona que atraviesa la pérdida de un familiar. “Una de las tareas más importantes es hablar del ser querido, del dolor, de la rabia y la desesperación, de lo vivido, de lo soñado, del futuro. Y hasta es necesario recordar los eventos relacionados con la muerte y las circunstancias que rodearon a la misma”, dice la psicóloga Alejandra Rigalli. Hablar, como terapia, permite dar los primeros pasos para cambiar y pasar de una relación física a una simbólica.
lacapital.com.ar

sábado, 1 de enero de 2011

El duelo compartido con los desconocidos

Es frecuente, desde hace siglos, que un artista cree una obra en la que evoca a un allegado fallecido. Ahí están las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique (escrito en el siglo XV, hacia el 1476), los poemas en los que Rosalía de Castro plasma en el XIX su dolor por la pérdida de su madre y la de uno de sus hijos en un accidente. Una tragedia similar a la que llevó a Eric Clapton a componer Tears in heaven en memoria de su hijo Conor en 1991. También existen dolientes desconocidos que vuelcan su dolor en un libro o en un blog a la vista de desconocidos. ¿Por qué lo hacen? ¿Les alivia? ¿Les consuela? ¿Qué opinan los terapeutas?
Primero, una aclaración: el duelo no es una enfermedad, es un proceso natural, recalcan los expertos. "El duelo no se cura, hay que vivirlo, atravesarlo. Generalmente implica una serie de sentimientos: tristeza, soledad, rabia, culpa, impotencia, miedo... Sentimientos que no se deben posponer o eliminar, la única manera de solucionarlo es vivirlo, aunque podemos intentar aliviarlo", explica Saray Rodríguez, psicooncóloga de la Asociación Española contra el Cáncer (AECC) en Madrid. En este caso tampoco vale aplicarse una receta que a otro le ha funcionado, advierten también los terapeutas. "No existe un duelo igual a otro, por eso no me atrevo a dar consejos así. Tengo pocas certezas sobre el tema. Una es que los duelos duelen. Otra, que el ser humano está fisiológicamente preparado para atravesarlos. El instinto de cada uno dirá si el modo de afrontarlos es escribir un libro o un blog, pintar un cuadro..." o nada de esto, afirma Sara Losantos, responsable del área de psicología del duelo de la Fundación Mario Losantos del Campo. Pilar Pastor, terapeuta de la misma fundación, dice que "hacer duelo es afrontar el dolor, ponerle palabras".
Pedro Alcalá era paciente de Sara y es el autor de La mujer que me escucha. Testimonio de un padre en duelo (Plataforma Editorial). Ella es la terapeuta que se sentó frente a él una vez por semana durante hora y media en una veintena de sesiones tras la muerte del pequeño de sus dos hijos. Diego Alcalá Rivero tenía 10 años cuando un sábado del invierno de 2009 le cayó encima la cubierta del banquillo en un campo de fútbol.
Su padre pretende que sus vivencias sean un espejo en el que otros dolientes sumidos en ese trance puedan mirarse, que sepan que lo que están viviendo ya lo han vivido otros, que no se sientan extraños, cuenta. Una mañana reciente Pedro relataba que, tras la tragedia, se encontró con muchísimos sentimientos inesperados. "A mí [escribir] el libro me ha servido para poner en orden sentimientos, emociones. No sé definir si sigo de duelo, aún me duele, pero tengo capacidad de ilusionarme, puedo acordarme de Diego con recuerdos positivos", explica.
Cómo se vive el duelo depende de la persona que lo vive y de muchos otros factores, indica la terapeuta Rodríguez, que enumera varios: "La edad del fallecido, la del doliente, si su relación era buena, si era ambivalente, no es lo mismo que la muerte sea en accidente que tras una enfermedad, lo que a uno le ayuda a otro no le ayuda o incluso le empeora". O de si uno cree en Dios o no. Esta psicooncóloga sostiene que hacer duelo en condiciones es cada vez más difícil. Rodríguez detalla algunos obstáculos: "La propia configuración de las familias hace que a menudo no haya sitio para el duelo... También las prisas, porque te tienes que incorporar al trabajo [el permiso oficial es de dos días, cuatro si acudir al sepelio requiere viajar], y además en Occidente intentamos sacar el sufrimiento de la vida".
A su juicio, hacer un libro "es una forma de darle permanencia al ausente, de perpetuar su memoria, de homenajearle". Por ejemplo, En la mujer... descubrimos que Diego jugaba en los alevines del Atlético de Madrid aunque su corazón estaba con el Barça o que este chaval que de mayor quería ser científico de animales cantaba entusiasmado Gun's N'Roses, Deep Purple o Led Zeppelin. Rodríguez relata que a los dolientes "les preocupa mucho olvidar, creen que soltar el dolor es olvidarte" del allegado.
"¿Sabrías mi nombre si nos encontráramos en el cielo?", le canta Clapton a su hijo Conor, que murió a los cuatro años al caerse por una ventana de un piso 53º. Otro verso de Tears in heaven dice: "Tengo que ser fuerte y seguir adelante". Aquel suceso fue "una paradoja cruel, sirvió para que Clapton tuviera el mayor éxito de su carrera", cuenta el crítico musical Diego A. Manrique. "Esa tragedia hizo que la gente descubriera que Clapton, un hombre seco, tenía capacidad para emocionarse ante las adversidades de la vida". Manrique recalca que Clapton "es un guitarrista de blues, de pura catarsis, de medicina, de 'toco aunque duela porque cura".
La última canción del nuevo disco de Dani Martín, ex de El Canto del Loco, también nació de una tragedia personal. Se titula El cielo de los perros y está dedicada a su hermana mayor, una veterinaria treintañera que murió súbitamente en 2009. El cantante encontró en su interior las herramientas que necesitaba para seguir adelante. "De repente, aparece un personaje que no conocía, dentro de mi persona, que se hace cargo de cosas que ni yo pensaba", contaba Martín en una entrevista para El País Semanal en octubre. Los terapeutas sostienen que ante el duelo uno pone en marcha recursos que ya usaba antes. Si nunca has escrito una canción no es probable que te dé por componer.
En realidad, el libro de Alcalá no nació con vocación de llegar al estante de una librería. Ese texto era el testimonio que se solicita a los pacientes al acabar la terapia, que es gratuita. Su autor, escritor aficionado desde muy joven, lo escribió "a borbotones" y lo entregó a la Fundación Mario Losantos del Campo (por cierto, el padre de Sara, la psicóloga). Le costó bastante superar el pudor al sopesar si aceptaba la propuesta de publicarlo. "Es muy evidente que [escribir su testimonio] ha sido terapéutico para él", afirma.
Candela Molina Gutiérrez, 18 años recién cumplidos, no tuvo dudas sobre cómo llamar a su blog, Una vida perra. Aunque hace años tuvo una bitácora de poesía, esta la abrió después de que un delincuente asesinara a sus padres en abril pasado en Marruecos. Cuenta que, tras el crimen, cada vez que entraba en la red social Tuenti en el recuadrito para describir cómo te sientes escribía "¡Qué vida más perra!". La bitácora está dedicada a ellos, a Emilio y a Pilar. "Cuando escribo no estoy pensando en quién lo lee. Vomito las letras. Me gusta escribir. Es mi manera de desahogarme", explicaba recientemente en un café, sentada al lado de su tía paterna, Cecilia, con la que ahora vive.
"Escribir en sí me alivia, me agrada que [otros internautas] me contesten, que me recomienden libros, que me digan cosas bonitas, pero ahí no hay consuelo. El consuelo tiene que ser más personal, de tú a tú, no por Internet", recalca la joven. Otras cosas que escribe -un diario, reflexiones sobre filosofía y psicología, apuntes sobre su estado anímico, etcétera- no van a Internet, se las queda para sí misma. Candela da la impresión de ser alguien sensible y simultáneamente muy fuerte cuando explica cómo ha cambiado su visión del mundo: "Cuando lo pierdes todo, eres más libre para elegir cómo quieres construir".
La estudiante, que saca buenas notas, no le contó a su psicóloga que había estrenado blog, sino que se enteró por terceros, por la tía. Dio su visto bueno. "Le pareció bien. Sabía que escribir era lo mío", dice la joven, que considera la bitácora una terapia para sí misma y para sus lectores, que quizá, leyéndole, pueden poner en perspectiva sus vivencias. Cecilia, inmersa en su propio duelo, subraya: "Lo saludable es ir abriendo válvulas para no explotar, cada uno lo hacemos como podemos".
Flor Zapata, autora de la bitácora ¡Quiero conducir, quiero vivir!, tenía una única hija, Helena, a la que un conductor bebido mató en 2005. "Escribir para concienciar, prevenir, denunciar, alertar a otros de los peligros de una conducción no responsable era una forma de canalizar mi rabia, de mantenerme viva y sí, de aliviar mi dolor, pensando que podía hacer que no les pasara a otras madres", explica en un correo electrónico. Así nació el blog: "La directora de una revista de automóviles, a la que amenacé con denunciar si de su chat no eliminaba algunos comentarios de usuarios sobre cómo evitar un control de alcohol, me conoció, eliminó el chat y me sugirió hacer un blog para escribir y seguir con la lucha de la concienciación". A su psicóloga le pareció bien, a su psiquiatra al principio no.
Todos los afectados consultados coinciden en que se habla poco del duelo. La señora Zapata añade que "ahora, la vida, la sociedad, te exigen estar, a los pocos días, nuevamente en tus actividades, trabajo, amistades, como si no hubiera pasado nada. Casi se oculta, se evita hablar de ello". La terapeuta de la AECC cree necesario "acompañar al doliente durante más días, es un compromiso pendiente". Porque, explica, el apoyo se suele concentrar en el día del fallecimiento y los siguientes, cuando uno está conmocionado. "Y el sufrimiento real viene luego, al volver a la vida normal sin el ser querido. Y entonces, el apoyo social ya no está".
Existen frases hechas, pronunciadas siempre con afán de consolar y con la mejor intención, que resultan contraproducentes a los dolientes. Alcalá pone un par de ejemplos: "La frase 'es cuestión de tiempo' te desata la impaciencia y además solo es cierto si pones de tu parte. Otra frase habitual es '¡qué valientes sois! Si me pasa a mí, me muero', y tú piensas '¿por qué no me he muerto?'. Y eso te lleva a la culpa, que está muy presente".
¿Y qué agradece el doliente? "Lo mejor es prestarle atención y darle cariño", responde sabedor de que cada uno vive la pérdida de un ser querido a su modo y a su ritmo. Su hogar es un ejemplo. Su esposa, Teresa, es "más emocional, de sacarlo fuera" y su hijo Jorge, de 18 años, "lo ha llevado con mucha normalidad, con menos picos, su canal es la guitarra".
Para este padre de familia los gestos son importantísimos, esenciales. Los ha habido grandes como aquel minuto de silencio en el Calderón, en el Atlético-Barça, (allí estaban los Alcalá Rivero en un lugar discreto, "es doloroso, pero te llega"). Y muchos pequeñitos, "como aquel roce de complicidad en el codo que me hizo un colega o aquel hombre que no conocíamos que nos agarró la cara y simplemente sonrió sereno", rememora. Luego supieron que también había perdido a un hijo.

El dolor hecho letra

- Tears in heaven.
Uno de los grandes éxitos de Eric Clapton es la canción que escribió tras morir su hijo Conor al caerse por la ventana en un rascacielos.
- El cielo de los perros se titula la canción que Dani Martín dedica a su hermana, fallecida súbitamente.
- La mujer que me escucha. Es el libro testimonio de Pedro Alcalá, padre de un niño de 10 años fallecido en un accidente.
- Una vida perra es el blog escrito por Candela Molina Gutiérrez, cuyos padres fueron asesinados por un delincuente.
- ¡Quiero conducir, quiero vivir! Flor Zapata empezó a escribir esta bitácora después de que un conductor bebido matara a su única hija.
elpais.com

viernes, 17 de diciembre de 2010

El síndrome de la silla vacía

El duelo es el dolor que vivimos ante la pérdida de un ser querido o, a un nivel posiblemente inferior, por un despido laboral, un traslado o un divorcio. En épocas como la Navidad, con sus reuniones familiares, se avivan los recuerdos de forma aguda y es normal sentir una cascada de emociones y sentimientos ante esa silla que queda vacía en el hogar. Buscar apoyo en familiares y amigos o terapeutas, establecer nuevos ritos y permitir que afloren las emociones son algunas de las recomendaciones que dan los expertos para sobrevivir a unas fechas, como las navideñas, que tanta gente detesta.
Llanto, rabia, aflicción, desesperación, soledad, culpa, negación o incluso alivio son sentimientos normales y sanos que aparecen cuando una persona nos deja para siempre. Forman parte del proceso curativo de las heridas emocionales."Yo ya no celebro la Navidad desde hace cinco años. Nos vamos a un lugar bastante desierto, donde no nos conoce nadie, donde no hay luces, ni tiendas, ni regalos. Allí pasamos esos días, solos, mi marido y yo, con nuestros recuerdos. No podemos ver cómo los demás son felices en estos días y las celebraciones familiares ya no son tal, se han transformado en comidas normales". Flor aún vive el dolor por la desaparición de Helena, su única hija, que murió siendo adolescente en un accidente de tráfico por culpa de un conductor bebido. "Estamos más en contacto con la naturaleza. El sol, el aire, la lluvia, grandes paseos, leer, escribir".
Cualquier duelo es una reacción natural. Se trata de una forma de adaptación que sigue a un proceso de desapego, de despedida de alguien que se ha ido.
Cada persona expresa el dolor a su manera."La intensidad del duelo no depende ni siquiera de la naturaleza del objeto, sino del valor que nosotros le atribuimos", señala José María Jiménez Ruiz, experto en terapia familiar en psiquiatría.
"Entre otras cosas, porque se da una disonancia entre la experiencia que uno está viviendo por dentro y todos los estímulos exteriores que de alguna manera dicen que hay que estar alegre", añade.
Marta perdió a una de sus cinco hermanas hace unas pocas semanas. "No me hago a la idea de que se ha marchado. La visualizo riendo, estábamos muy unidos", dice. No se lo esperaban y su muerte, con 59 años y tras haberse recuperado de un cáncer, ha caído como un mazazo, sobre todo para el marido y los hijos, ya casados, que ahora acompañan día y noche a su padre. Marta, como el resto de su familia, reconoce que debe superarlo. Hace diez años, la muerte de su madre ya fue muy dolorosa y desde entonces la familia dispersa, algunos residen en Miami (Estados Unidos), trata de reunirse en las celebraciones. Ahora, su cuñado ha insistido: "Sabe que lloraremos más que reiremos, pero lo haremos todos juntos", asegura Marta.
Un proceso de duelo sano puede requerir un par de años y sigue una serie de fases. Primero confusión, luego rabia y negación, depresión y finalmente superación. Si dura más tiempo los expertos pasan a considerarlo duelo patológico."A los diez años puedes recordar a alguien, pero no trastorna el desarrollo natural de tu vida, ni te aíslas de tus amistades ni dejas de disfrutar de la vida", añade Jiménez Ruiz. En todo caso, "el duelo no es una patología, sino un proceso normal de adaptación", precisa Alejandro Rocamora, psiquiatra y uno de los fundadores del Teléfono de la Esperanza, que durante estos días atiende muchas llamadas motivadas por la soledad.
Quienes viven como ajenos a la pérdida utilizan un mecanismo de defensa o negación, se trata de un duelo aplazado. Cuando la pérdida es repentina es normal quedarse descolocado, desgarrado si se trata de un hijo, mientras que cuando alguien muere lentamente es posible hacer el duelo anticipadamente. Una de cada seis personas que pierde a un familiar desarrolla una depresión al año siguiente, advierte un estudio del año 2007 de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN).
Los médicos de familia atienden al año un centenar de procesos de duelo depresivo, según José Ángel Arbesú, coordinador del Grupo de Trabajo de Salud Mental de esta sociedad. El 5% de la población española sufre alguna pérdida y alrededor del 2% traduce esa pérdida en trastornos o depresiones "que se deben vigilar", según Miquel Roca, miembro de la Sociedad Española de Psiquiatría y de SEMERGEN.
Prácticamente el 90% de los casos son de duelo normal y los síntomas son fáciles de abordar y tratar, asegura Arbesú. El problema es la vulnerabilidad del paciente si el duelo llega a hacerse patológico en el tiempo, añade.
Nunca se está suficientemente preparado para la muerte de un ser querido. El primer año es el peor, sobre todo con la primera Navidad y otras fechas relacionadas con la persona perdida. "Lo mejor es normalizar la situación y tratar de que el ausente siga ocupando un lugar en la familia, aunque sea de otra manera", añade Jiménez Ruiz. No hay una única consigna: hay personas que se van de viaje para no revivir esas situaciones traumáticas. "¿Es bueno o malo? Puede ser una huida o una adaptación a esa situación; dependerá del sujeto", añade el terapeuta.
"No hay una receta única para los que han perdido a un ser querido porque cada pérdida es distinta y cada uno muestra, oculta o siente el dolor de diferente forma", dice Flor, madre de Helena, que cree haber encontrado un alivio en algo que dulcifica su dolor y le produce algo de bienestar. "Aconsejo a las madres con las que me relaciono que hagan aquellas cosas que antes les gustaban y no podía hacer. Cosas que les den paz y sosiego, y sé de muchas que pintan, cosen, hacen trabajos manuales, escriben, se buscan y conectan a través de Internet".
Flor es de esas personas que busca cosas que le ayudan a agarrarse a la vida, "porque, aunque durante el duelo hay muchos momentos en los que deseas morirte, no te mueres y como decía mi psicóloga: ni siquiera los que se quitan la vida quieren morirse". Flor y su marido necesitaron ayuda especializada en muertes traumáticas. En su caso, durante cuatro años. Fue fundamental. "Me ayudó a reconocer de qué forma podía agarrarme a la vida", explica. Lo ha hecho con la escritura y a través del deseo de concienciar sobre los mal llamados accidentes de tráfico especialmente a los jóvenes y al resto de la sociedad para que lleven una conducción responsable.
La sociedad está más sensibilizada con el tema del duelo, aunque hace unos años la familia estaba más capacitada para contener este mal trago: "Con su dispersión, el individuo se encuentra más solo", apunta Alejandro Rocamora. Por ello, a veces es necesario recurrir a los grupos de ayuda mutua, con la participación de profesionales de la salud, que son un recurso comunitario que complementa a otros tipos de tratamiento. "Pero sin forzar a nadie a que acuda", dice Fernando Boatas, psiquiatra y director del Centro de Salud Mental Comunitario de Martorell (Barcelona). En su opinión, también se debe evitar el abuso de fármacos, "porque puede llevar a la persona apenada a caer en una trampa: anestesiar los sentimientos que forman parte de las reacciones humanas y se tienen que experimentar". Tampoco es bueno caer en la tentación de tomar ansiolíticos o antidepresivos. "La medicación debe ser un recurso a utilizar solo en casos muy extremos", recomienda el psiquiatra de Martorell.
Con los niños lo mejor es utilizar un lenguaje claro y apropiado para su edad y explicarle que papá, mamá o la abuela ya no volverá. No vale el "se ha ido a un viaje muy largo". Convertir la muerte en un tabú es contraproducente; es mejor explicarlo como algo natural "porque los niños lo vivirán de una forma más tranquila". Hasta los siete u ocho años, el niño no tiene el sentido de la muerte como proceso irreversible. En los adolescentes puede ser muy dramático porque es una edad en la que se encuentran inmersos en procesos de crisis.
Flor se encuentra ahora "tranquila y serena. La pérdida es única, la pena inmensa, el recuerdo constante, pero no hay amargura". Entiende que su situación, sin más hijos ni nietos, les permite aislarse en estas fechas, pero pide a los padres que sí los tienen que hagan un esfuerzo para continuar una normalidad. "No pueden privar a sus otros hijos o nietos de unas fiestas que lo son para el resto". Esta madre se permite un grito final: "¡Que prohíban el anuncio de vuelve a casa, vuelve por Navidad! Todos tenemos a alguien que no volverá en Navidad".

Qué hacer en las celebraciones

- No aislarse, mantener el contacto con familiares, aunque no apetezca.
- Planificar la reunión familiar incorporando nuevos rituales.
- Darse permiso para estar en duelo y sentir cualquier sentimiento, incluso la alegría o la risa.
- Plantear formas amorosas de recordar al ser querido, ser conscientes de su ausencia.
- Expresar nuestras necesidades a quienes pueden echarnos una mano.
- No descuidar la salud ni la alimentación.
- Buscar sistemas alternativos de apoyo y, en caso necesario, terapias psicológicas.
- Evitar el abuso de sustancias como válvula de escape o para olvidar las penas.
- Potenciar los pensamientos positivos y aplazar las decisiones importantes.

Apoyo al dolor

- Teléfono de la Esperanza. telefonodelaesperanza.org; 914 59 00 50
- Grupo de duelo de Madrid. 915 49 28 74
- Renacer. renacer-barcelona.org; 937 61 30 45
- Asociación Viktor E. Frankl. asociacionviktorfrankl.org; 963 51 01 13
- Asociación de Ayuda Mutua ante el Duelo. www.amad.es; 913 00 06 90

Bibliografía

- Déjame llorar. Anji Carmelo. Tarannà, 2000.
- De oruga a mariposa. Anji Carmelo. Tarannà, 2008.
- La muerte, un amanecer. Elisabeth Kübler-Ross. Luciérnaga, 1989.
- El duelo y los niños. Consuelo Santamaría. Sal Terrae, 2010.
- Estoy en duelo. José Carlos Bermejo. PPC.
- Acompañar en el duelo. Adela Torres. Luciérnaga, 2009.
- Aromas de una ausencia. Pensamientos y reflexiones ante la muerte de un hijo. María José Brito. Milenio, 2010.
- Cómo crecer a través del duelo. Dobbs, Barbara y Poletti, Rosette. Obelisco, 2004

- Días de duelo. Encontrando salidas. Sforza, Michele G. y Tizón, Jorge L. Alba, 2008
elpais.com

jueves, 21 de octubre de 2010

Cómo superar la muerte de un padre o de una madre

Para cualquier menor, la muerte de su padre o de su madre es un duro trago difícil de digerir por mucho tiempo que pase. Tanto que está demostrado que las probabilidades a corto y largo plazo de que desarrolle problemas mentales se elevan considerablemente. Sin embargo, y por primera vez, un estudio demuestra que existe un programa preventivo capaz de reducir este riesgo.
Se llama Programa Familiar de Duelo (FBP, sus siglas en inglés) y consiste en una serie de 12 sesiones, de dos horas de duración, en la que un especialista ayuda a los afectados (tanto a los hijos como al viudo o la viuda) a mejorar la autoestima, aumentar las capacidades de adaptación ante acontecimientos negativos y a desarrollar un afrontamiento positivo de los factores de estrés. Incluye, además, la donanción y el seguimiento de la lectura de tres libros sobre el duelo, que se entregran a los menores.
Dado que "el 3,4% de los niños estadounidenses pasa por la pérdida de su padre o de su madre, y teniendo en cuenta el impacto en su salud mental, la elaboración de medidas preventivas eficaces tiene mucha importancia para la salud pública. Sin embargo, no hay trabajos sobre la efectividad de programas para niños o sus padres. El FBP está formulado para proporcionar factores de protección de cara a los acontecimientos negativos. Ha demostrado su eficacia a la hora de reducir durante un año los problemas mentales en niños y niñas que habían experimentado la muerte de un padre... Hemos querido comprobar si este método también es beneficioso a los seis años de producirse el fallecimiento", aclara Irwin Sandler, de la Universidad de Arizona (EEUU) y autora principal del estudio.
Para ello, tal y como recoge el 'Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine', se seleccionó a 218 menores de entre ocho y 18 años de 140 familias que habían perdido a su padre o a su madre. También participaron 113 viudos y viudas. Todos ellos fueron divididos en dos grupos. Mientras que uno de ellos siguió el FBP, el resto (grupo control) tan sólo recibió literatura sobre el duelo. Los científicos evaluaron la existencia de trastornos psiquiátricos en el año anterior a la pérdida del familiar y al cabo de seis años de la misma.
Tras finalizar el estudio, se evaluó, asimismo, la existencia de trastornos externalizantes (agresividad, conductas antisociales, hiperactividad...) o internalizantes (alteraciones en el estado de ánimo, quejas somáticas, ansiedad), la autoestima, si existían conductas de riesgo (abuso de alcohol, drogas o sexo sin protección) en todos los participantes.

Primeras evidencias científicas
"Que nosotros sepamos éste es el primer ensayo aleatorio que constata los importantes beneficios a largo plazo de una intervención preventiva para los adolescentes que están en duelo por uno de sus padres. Las ventajas de este programa incluyen niveles más bajos de trastornos mentales, particularmente, los problemas externalizantes; mejora de la autoestima y menores tasas de diagnóstico de trastorno mental en los menores que siguieron el FBP en comparación con los que formaron el grupo control", defienden los investigadores.
El estudio demuestra, también, que los padres o madres que se sometieron a este método tuvieron menos depresión que los que no lo siguieron.
David Brent, de la Universidad de Pittsburgh en Pensilvania (EEUU), es el autor del editorial que acompaña al estudio en el que se aclara que "uno de los grandes atractivos de la pediatría y de las profesiones relacionadas con los menores es la oportunidad de hacer algo que puede cambiar positivamente y de forma duradera la vida de un niño. Este estudio muestra que la intervención preventiva familiar protege a los hijos y a sus padres, además de fortalecer la salud mental a largo plazo".
Este experto defiende que el "FPB puede ocupar un lugar en las intervenciones preventivas del duelo con poco coste y esfuerzo. Los pediatras han defendido que las vacunas han cambiado la 'cara' de la infancia en los últimos 60 años. Ahora ellos pueden fijarse en este tipo de programas que es coste-eficaz y asociarse a los científicos que los desarrollan con el fin de proteger a las familias del sufrimiento".

elmundo.es

lunes, 18 de octubre de 2010

El duelo por la muerte de un ser querido puede volverse adictivo

Todas las personas experimentan el duelo por la muerte de un ser querido en algún momento de su vida, pero no todas reaccionan de la misma manera.
De hecho, para una considerable minoría resulta imposible seguir adelante e, incluso, años después de la muerte de su ser querido, cualquier recuerdo de su pérdida –como una foto- aún resulta demasiado doloroso.
Estas personas se encuentran en una situación conocida como “duelo complicado”, que se caracteriza por sensaciones como el dolor intenso continuo y demasiado prolongado en el tiempo, así como por actitudes que pueden irse agravando, como la somatización por identificación o los cambios radicales en los estilos de vida. Por el contrario, la gente que supera su duelo pasa por un proceso de adaptación natural, normal y esperable ante la pérdida de un ser querido y, con el paso del tiempo, acaba sanando sus heridas.

Registrando el dolor
Ahora, científicos de la Universidad de California en los Ángeles (UCLA han realizado una investigación con la que se ha podido comparar, por vez primera, estas dos formas de duelo (el duelo complicado y el no-complicado) a nivel neurológico, gracias al uso de tecnologías para el registro de imágenes de la actividad cerebral. En concreto, los investigadores usaron la tecnología fMRI, que permite la toma de imágenes del cerebro mediante resonancia magnética funcional. Los resultados obtenidos mostraron que este tipo de duelo activa las neuronas de los centros de recompensa del cerebro, otorgando a los recuerdos dolorosos propiedades similares a las de cualquier adicción, señala un comunicado de la UCLA.
Este descubrimiento, según los científicos, podría ayudar a los psicólogos en su atención a los dolientes aquejados de duelo complicado.

Comprobar los mecanismos hipotéticos
Hasta ahora, poco se sabía de los mecanismos neurales que distinguen ambos tipos de duelo, explican los investigadores en la revista especializada NeuroImage, pero se habían considerado algunos mecanismos hipotéticos, como la actividad relacionada con el dolor (con la angustia social por la pérdida) y la actividad relacionada con la recompensa (con los comportamientos de apego). Una de las investigadoras, la doctora Mary-Frances O'Connor, declaró para la publicación de la UCLA que, en lo que se refiere al mecanismo de recompensa, la idea es que, mientras nuestros seres queridos están vivos, obtenemos señales gratificantes cuando los vemos o cuando vemos objetos que nos los recuerdan. Tras la muerte de un ser allegado, los que se adaptan a la pérdida dejan de obtener esta recompensa neural. Por el contrario, los que no consiguen adaptarse, continúan anhelándola, porque cada vez que ven una señal del ser querido aún obtienen la recompensa neural correspondiente.
Todo este mecanismo sucede a nivel inconsciente, es decir que el doliente no pone en ello ninguna intención. El estudio se centró en analizar si las personas que sufren de duelo complicado presentan una mayor actividad tanto en el circuito de recompensa del cerebro como en el circuito del dolor.
Para ello, fueron analizadas 23 mujeres que habían sufrido la pérdida de sus madres o de alguna hermana como consecuencia del cáncer de mama.

Reacción adictiva
De todas estas mujeres, 11 padecían duelo complicado, mientras que las otras 12 pasaban por un duelo normal, no complicado. Cada una de las participantes trajo consigo una fotografía de su familiar fallecida, y esta imagen les fue mostrada mientras sus cerebros eran escaneados con la fMRI. Posteriormente, también se escanearon los cerebros de las participantes en el experimento mientras miraban la fotografía de una mujer desconocida para ellas.
Los científicos buscaban actividad neuronal en un área del cerebro denominada nucleus accumbens, que ha sido tradicionalmente asociada con la recompensa. Curiosamente, se ha demostrado que esta región juega un importante papel también en el desarrollo de los afectos sociales, como el apego a los hermanos o a la madre.
Asimismo, los investigadores examinaron la actividad neuronal del circuito del dolor en el cerebro, en regiones como la corteza singular anterior dorsal o la ínsula, implicadas tanto en el dolor social como en el físico. Descubrieron así que en los cerebros de todas las mujeres (de las que sufrían de duelo complicado y de las que no) se activó la red cerebral del dolor tras la visualización de la foto de su ser querido fallecido. Sin embargo, sólo en el caso de las mujeres que padecían duelo complicado, también hubo una activación significativa del nucleus accumbens, es decir, del circuito de recompensa del cerebro.

Síndrome catalogado
Los testimonios de las participantes permitieron relacionar la actividad del nucleus accubens con su duelo complicado. Otros factores, como el tiempo desde el fallecimiento del ser querido o la edad de las voluntarias, no guardaron relación con dicha actividad. El estudio respalda por tanto la hipótesis de que los apegos activan los circuitos de recompensa y pueden por tanto convertirse en una interferencia para la adaptación a las pérdidas. Es decir que, aunque la activación del nucleus accumbens no satisfaga emocionalmente a los dolientes, señala O’Connor, se convierte en una respuesta que hace aún más difícil de superar la realidad del fallecimiento. El duelo complicado puede debilitar al doliente, así como generar el anhelo recurrente de emociones dolorosas como la ansiedad intensa o el deseo de morir.
Ahora, este síndrome ha sido definido por un conjunto de criterios empíricos y se está considerando su inclusión en El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la American Psychiatric Association (Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos), el DSM-IV. Este manual consiste en una clasificación de los trastornos mentales con el propósito de proporcionar descripciones claras de éstos para facilitar sus diagnósticos.
tendencias21.net