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viernes, 23 de marzo de 2012

Con la vuelta a clase, los padres tienen cada vez más deberes


Que el cuaderno es azul con lunares verdes, que el chico sale más temprano toda la semana, que la adaptación en el jardín va a ser de un mes, y a no olvidarse de la reunión con la maestra el martes a las 11...
Hace 22 días que empezaron las clases, un alivio y orgullo para muchos padres, pero, a la vez, un momento traumático, porque resulta que ahora y cada vez más tienen que ser "participativos", lo que equivale a decir que la demanda escolar también recae sobre ellos. La tendencia cada vez más notoria de los colegios es que los padres son "protagonistas" de un calendario con actividades todo el año.
Y sigue: que el campamento de padres es el sábado, agendar el día de los abuelos, mentalizarse para actuar en los actos de fin de año y estar presentes en todas las clases "abiertas"...
"Mi madre me llevaba al colegio el primer día y me dejaba ahí hasta que terminaba; ahora son tres días de horarios recortados o cosas por el estilo en la primera semana, y si tenés más de un hijo en distintas salas tenés que hacer magia. ¡Y te cobran por todo eso!", contó Silvia Andrade madre de Tadeo, de cuatro años, y Mica, de seis. Es un tema del que se habla poco. No existen foros de discusión en Internet. Pero si, por ejemplo, se saca el asunto en una reunión de dos o tres padres en la puerta de la escuela pueden escucharse cosas como ésta: "Uno deja a su hijo en la escuela para que se eduque y, también, reconozcámoslo para disponer de tu vida; ahora te piden cada vez más cosas, te cobran la cuota de útiles para todo el año que no usan nunca y, además, te llenan el calendario de actividades". A esto hay que sumarle las labores típicas de ayudar con las tareas de los chicos y maniobrar con las inflacionarias cuotas mensuales o con los eventuales paros docentes en la escuela pública. Ni hablar de atender los grupos en Facebook o las cadenas de mail autogestionadas por padres y madres entusiastas.
En el caso de los chicos que concurren al jardín de infantes, la cosa es todavía más extravagante. La oferta de perfiles educativos, por lo menos, en la Capital Federal es amplísima. Hay jardines pequeños, medianos y grandes. Con "orientaciones" casi profesionales para los chiquilines de apenas dos años, matizados con inglés y computación. Las actividades extracurriculares (que se pagan aparte y son obligatorias) van de las artes combinadas, la danza, el fútbol, la natación, teatro, murga, circo, ajedrez, tejidos o jardinería. Cada una de estas actividades requiere, en algún momento, de la "participación" de los padres, con lo cual, el calendario se pone en rojo.
"¡Un mes de adaptación! Lo anoté tiempo completo y tengo que ir todos los días, estoy repodrida: aparte de un día para el otro te sacan al nene llore o no... ¿Qué cambió del primer día al día 30? ¿Creció de golpe...?", opinó Silvina Laurin, madre de Malena, de ocho años, y de Alvaro, de tres. "Existe además una sobreexigencia social para que los chicos hagan actividades todo el tiempo en las que hay que participar para no ser un padre medio chato o mala onda", agregó.
El esquema educativo en otros países implica un involucramiento en un nivel casi de contralor como en los Estados Unidos. Pero no es la norma. Tampoco es una moda en el interior argentino: es un fenómeno bien porteño.
"Te invitan a jugar con los chicos o a contar cuentos en un horario laboral... si decís que no podés, te sentís mal porque van todos los otros padres; es como que manejan la culpa", dijo Pablo Cantero, padre de Joaquín, que ya está en tercer grado. "La maestra se queda ahí mirando mientras vos intentás con tu poco carisma levantar la salita con un cuentito que saben de memoria", agregó, sobre los tiempos en que "Joaco" concurría al jardín de infantes.
A fin de año, los padres deben prepararse para las fiestas de cierre del ciclo lectivo que algunas instituciones aprovechan para hacer los pedidos más insólitos y realizar una exhibición de las bondades de la institución. "Debe traer un sombrero blanco de vaquero, pantalón blanco, chaleco blanco y camisa leñadora", pidieron el año pasado en un instituto porteño para la sala de cuatro años. Cuando ambos padres trabajan, una solicitud de estas características equivale casi a escalar el Aconcagua.

LOS QUE NO CORTARON
También el inicio del ciclo lectivo ayuda a los grupos familiares a reorganizar sus vidas, pautar horarios y, por qué no, preservar algunos momentos propios. El cambio de rutina este año empezó temprano en febrero para los que adeudaban alguna asignatura (llevarse materias a marzo no existe más). En este contexto, muchos padres todavía no lograron reponerse del otro período traumático (el de fin de año) que ya están en la nueva etapa (el del primer mes de clases).
"Los primeros días son un caos porque cuesta levantarse y salir corriendo; igual mi hijo se llevó materias, así que nunca descansamos porque estuvimos pendientes desde principios de febrero", dijo Mariana Lacoste, madre de Tomás, Nicolás y Ramiro (colegio San Juan El Precursor) y de Micaela (Santa Inés).
En algunos colegios encontraron alternativas a todo este enredo. Por ejemplo, se utiliza una especie de sitio en Internet donde aparece la agenda de actividades de todo el año. Así lo padres pueden organizar mejor sus vidas sin tener que entrar en pánico.
lanacion.com

lunes, 12 de marzo de 2012

Qué es el síndrome del adulto saturado

infobae.com
También conocido como el “nido lleno”, el mal afecta a hombres y mujeres mayores de 50 años, cuyos hijos de más de 30 trabajan, pero permanecen en el hogar paterno sin cubrir responsabilidades, lo que sobrecarga a los padres. Qué enfermedades pueden padecer los mayores
El llamado síndrome de Peter Pan -aquel que padecen los jóvenes-adultos que, tal como el personaje de ficción, no crecen nunca- genera en las familias donde viven esos “adolescentes eternos” el síndrome del nido lleno, que lo sufren hombres y mujeres mayores de 50 años. 
Dos síndromes interactúan entre ellos en una especie de guerra energética. Al adolescente de más de 25 años le sobra energía para invadir, demandar, dominar e incluso someter a sus padres a sus caprichos. Por otro lado los mayores, que entran en la edad de la menopausia y la andropausia, ven mermar sus energías y llegan a doblegarse a la voluntad de los más jóvenes.
Los hombres y las mujeres que deben sufrir el nido lleno deben responder a la manutención de hogares que incluyen nietos, nueras y yernos en muchos casos.
La constante exigencia sobre los adultos para sostener hogares llenos, siendo proveedores constantes, acelera el envejecimiento por estrés y la aparición de las enfermedades degenerativas y crónicas como: obesidad, diabetes, hipertensión, artrosis, depresión, síndrome de ansiedad generalizada, etc.
Solemos ver en el consultorio mujeres y hombres con estrés familiar. Hijos eternizados en la casa que agravan las tensiones en mujeres que ya comienzan su menopausia y hombres que necesitan reencontrarse con sus parejas, faltos de un lugar de intimidad y de tiempo que ya les corresponde.
El hogar con síndrome de Peter Pan requerirá de un tratamiento especial, dado que los adultos no pueden entrar a la tercera edad en las condiciones necesarias.
Este síndrome es característico en el mundo occidental, y las enfermedades que puede generar son debidas a la falta de adaptación, es la primera generación que sufre esta prolongación en exigencias y responsabilidades, muchas veces, teniendo que mantener adolescentes tardíos y padres ancianos.
En Japón,  esto es natural desde hace varias generaciones y, por ello están adaptados.
Tener un soltero “parásito” en la casa enferma al mayor, le quita sus posibilidades de seguir desarrollándose según su edad. Se siente invadido en sus espacios, tiempos e incluso dinero. Los padres sienten que, si bien ya finalizaron sus obligaciones sobre los menores, legalmente hablando, en la práctica continúan a edades que irritan y que hacen sentir un desgaste injustificado.
Mientras los hijos extienden su juventud, tanto en su vestimenta, costumbres, estética, los adultos aceleran su envejecimiento, generándose así un verdadero cuadro de parasitismo.
Patologías en adultos por síndrome del nido lleno:
* Síndrome de ansiedad generalizada
* Estrés
* Depresión
* Insomnio
* Síndrome de fatiga crónica 
* Síndrome de pánico
* Enfermedades psicosomáticas (hipertensión, úlcera, obesidad, etc)
Así, los adultos mayores de 50 años, sufren otra causa de estrés familiar por tener mermadas las posibilidades de descanso y, el cambio de etapa que los dirige hacia la jubilación. La constante exigencia de responsabilidades puede generar mayor ansiedad generalizada, y complicaciones derivadas del estrés a saber: 
* Bajas defensas
* Gastritis
* Cefaleas
* Contracturas
* Obesidad
* Hipertensión
* Infarto agudo de miocardio
* Accidentes cerebro-vascular
* Depresión
* Síndrome de fatiga crónica
* Síndrome de pánico
* Insomnio
* Artrosis
Cómo equilibrar el nido lleno
  • Es fundamental llegar a la prevención de este síndrome desarrollando desde la infancia el concepto claro de la autodependencia,  para no ser una carga, ni siendo jóvenes ni siendo mayores.
  • Lo fundamental está en la educación de los padres para saber otorgar la libertad y la responsabilidad que le corresponde a cada edad, ayudando a pensar con criterios propios y a que cada hijo pueda generar sus propios mandatos.
  • El crecimiento y desarrollo del hijo será una progresiva autodependencia emocional para llegar a su autodependencia económica 
  • Es fundamental erradicar el miedo para que no re-circule  entre los padres y los hijos,  generando frustración y patologías.
  • Un padre es un líder y, su liderazgo dependerá de su equilibrio emocional. Es cierto que no existen universidades para padres pero fomentando el equilibrio emocional desde todas las áreas (química, filosófica, psicológica y espiritual), puede formarse un padre idóneo. 
  • Por supuesto que los cambios demográficos, sociales y económicos de cada país irán orquestando nuevos arquetipos de familia pero, hoy en occidente nos encontramos este problema.

domingo, 11 de marzo de 2012

Padres y maestros: lazos en crisis


Todos coinciden en el diagnóstico: la relación entre padres y maestros pasa por un momento difícil. La autoridad docente en el aula se desdibujó a tal punto que en los últimos meses la comunidad educativa fue testigo de lamentables escenas de agresiones dentro y fuera de la escuela .
“Los padres no confían en los maestros. Directamente les dicen que no saben educar a los chicos”, explica Amalia Favale , madre Franco (14), un alumno de la Escuela Media N° 7 de Vicente López. “Los directivos les contestan que son los padres quienes no saben controlar a sus hijos”, agrega.
Perla Zelmanovich , investigadora principal del área de Educación de FLACSO, considera a esta situación como un reenvío de impotencias : “La madre dice: Póngale usted límites a este chico porque yo ya no sé qué hacer , mientras que la directora responde: Si no hay familia que apoye, no podemos hacer nada ”. Esta relación de desconfianza aniquila el diálogo y crea el terreno para lo peor, ya que la violencia –dice Zelmanovich– se multiplica cuando se resquebrajan los vínculos de reconocimiento.
“Hace poco vi cómo una madre le ponía el dedo en el pecho a una maestra”, relata Víctor Martínez , maestro de séptimo grado en la Escuela N° 5 Nicolás Rodríguez Peña de Capital. “La docente tenía las piernas llenas de moretones porque el hijo de esa señora venía todos los días a patear a sus compañeros, pero la mamá insistía que lo que le generaba violencia era la maestra. Pero ese dedo hincándose en su pecho te daba la pauta de cuál era el ámbito en el que vivía ese pibe, el nivel de violencia que había en esa casa”.
Los padres tienen hoy una mirada muy crítica frente a la escuela, que incluye todo tipo de reclamos, a veces violentos. “Para muchos de ellos, la escuela dejó de cumplir su promesa de incluir a sus hijos y promoverlos educativamente”, señala la investigadora Guillermina Tiramonti .
Sus estudios parten de la premisa de que las familias a las que la escuela atiende hoy no son las mismas que la institución viene pensando desde hace décadas: “Hay chicos de diferentes sectores, no sólo de clase media, además de grupos familiares no organizados jerárquicamente donde los hijos imponen sus criterios a los padres”, afirma.
Los expertos insisten en que estos episodios exigen medidas inteligentes y paulatinas. Lo primero que debe hacerse, aseguran, es establecer lo que le toca a cada uno . “Los profesores deben hacerse cargo de la oportunidad del chico aquí y ahora, instalándoles puntos de referencia distintos a los de la familia”, asegura Zelmanovich.
Uno de los últimos reportes sobre violencia escolar preparados por el Ministerio de Educación demostró que la presencia activa de los docentes es fundamental para desactivar estos problemas a tiempo. El capítulo dedicado a episodios de violencia que involucran a adultos concluyó que las agresiones “bajan marcadamente cuando la implicación de los docentes es percibida como frecuente”. Por el contrario, cuando la figura del maestro es más débil, aparecen los insultos y las amenazas .
Otro tema es la existencia de reglas a seguir. En ese sentido, Tiramonti entiende que un buen desarrollo del papel docente en el aula necesita pautas claras que tanto alumnos como padres acepten. “Cuando no hay argumentos claros, aparecen los reclamos de ‘por qué discriminan a mi chico’. Por ejemplo, la institución debería explicar de manera clara los criterios por los cuales pone un aplazo”.
Los padres, por su parte, deberían mostrar un mayor vínculo con el docente. “Algunos padres no se acercan a la escuela porque les da vergüenza. No entienden que un chico o un adolescente no es un adulto y necesita el acompañamiento de la familia”, asegura Ana María Scarinci , directora de la Escuela N° 12 de San Isidro, que recibe a varios alumnos del barrio La Cava.
“Todo viene a la escuela y la escuela no es omnipotente, por eso organizamos espacios abiertos a los padres, que siempre ayudan”, agrega Ana María.
Tanto docentes como directores dicen que las reuniones con padres son productivas, pero que es difícil sostenerlas.
Víctor Martínez señala que los encuentros en su colegio tienen poca convocatoria debido a los cambios que se han producido en el mundo laboral. Ahora es común que ambos padres trabajen y resulta difícil “pegarse una escapada” para ir a hablar con los maestros un día de semana. “Los padres asumen su cuota de responsabilidad, pero no tienen tiempo para resolverlo en medio de su vorágine”, se lamenta.
Los especialistas aseguran que una posible solución consiste en cambiar el modo en el que la escuela interpela a las familias . La idea es no llamar a los padres solo para criticar a sus hijos, sino armarse un tiempo aparte para felicitarlos por sus progresos o destacarlos en algún área. Para Zelmanovich, esta propuesta de un diálogo amplio, que no se convoque solo para “retar” a los padres, es una buena manera de renovar el vínculo.
Amalia cree que esto puede ser un principio de solución. “El colegio tiene que hacer que los chicos se sientan arraigados y los padres deben tener un mayor compromiso. Si al menos una de las dos partes funciona bien, puede reclamarle a la otra el papel que le corresponde ”, resume.

Consejos para padres

Diálogo, diálogo y diálogo.
Siempre que sea posible, conocer a los maestros de sus hijos. Preguntar por las expectativas de la materia y las formas de calificación. Entablar un canal fluido de comunicación para descomprimir a tiempo posibles conflictos que puedan suceder a futuro.
Depositar la confianza en el maestro.
El pacto tácito con la escuela siempre comienza con una apuesta al profesor, no con distancia. Confiar a priori en el criterio del educador.
No desmerecer la tarea docente.
Evitar los comentarios que atenten contra la autoridad del maestro. Los chicos escuchan lo que se dice en la casa y luego reproducen ese maltrato en la escuela.
Ir a las reuniones.
Si por trabajo resulta imposible, conviene mandar en su lugar a algún familiar. En el caso de las reuniones grupales, si no puede acudir intente recuperar con otros padres aquello de lo que se habló.
clarin.com

sábado, 18 de febrero de 2012

Niñeras para que los padres duerman

Juana Lotti asegura que fue el dinero mejor invertido de su vida. Pero con su inversión no ganó más plata, sino horas de sueño. Cuando nacieron sus mellizas, Juana contrató a dos personas para que se encargaran de las bebas por las noches, durante los primeros tiempos, que suelen ser los más duros.
A los cuatro meses, las hermanitas ya dormían toda la noche. Lotti, que ya era madre y tuvo a las mellizas en 2007, recordó que, gracias a la ayuda de las enfermeras rotativas, dormía mejor que nunca: "La experiencia fue espectacular. Ellas me facilitaron muchísimo las tareas. Se lo recomiendo a cualquier madre múltiple que pueda pagarlo. Se gana mucho en salud y en armonía familiar", relató Juana, que es abogada.
Ella no es la única. De hecho, cada vez más parejas recurren a la ayuda de una niñera o enfermera para que se ocupe de los recién nacidos por la noche. La tendencia comenzó a hacerse fuerte a partir de la masificación de los tratamientos de fertilización asistida que muchas veces van acompañados de nacimientos múltiples. Pero también se extendió a matrimonios que tienen un solo hijo por vez, y que por las responsabilidades laborales de las madres -muchas son trabajadoras independientes, que no gozan de la licencia por maternidad y necesitan seguir en actividad- buscan quien las ayude en esas horas críticas.
Los honorarios son elevados y no todos pueden pagarlos. Por eso muchos padres ahorran durante el embarazo, o, en lugar de los regalos de rigor, piden a sus amigos y familiares una colaboración para pagar el sueldo de la niñera nocturna.
La hora de estas profesionales oscila entre los 25 y 30 pesos, y entre aquellas que tienen formación en salud el precio puede llegar hasta los $ 40 por hora. La mayoría de las veces se pauta un sueldo mensual que suele superar los 5000 pesos por 10 horas diarias. En general, llegan a las 22 y se van entre las 6 y las 8.
Patricia Fernández Laass, directora de Babyfun, agencia que se encarga de la búsqueda de niñeras profesionales, confirmó a LA NACION que los padres solicitan cada vez más estos perfiles. La ayuda no suele extenderse hasta más allá de los seis meses, etapa en la que los bebes suelen regularizar el sueño y los padres ya ganaron en confianza para ocuparse de sus hijos.
"La demanda se incrementó especialmente en parejas de bebes múltiples, que necesitan ayuda extra y manifiestan que quieren tener a alguien por la noche. Profesionales como puericultoras o enfermeras de neonatología tienen una formación en salud que es muy valorada por los padres porque les brinda mayor tranquilidad ante situaciones inesperadas", dijo Fernández Laass.
Las ganas de "hacer las cosas bien" muchas veces es determinante para que los padres busquen este tipo de ayuda. Laura Pérgola, madre de tres hijos -dos gemelos- y presidenta de la Fundación Multifamilias, asegura que hoy "los padres son más de manual" y buscan seguir pautas.
"Muchos creen que enseguida deben lograr metas como que los bebes duerman bien toda la noche. Además, ahora se llega a la paternidad de más grande, muchas veces cuando la madre y el padre ocupan puestos de mucha responsabilidad, y rendir al otro día se hace fundamental. Para ellos, entonces, es clave contar con una ayuda nocturna."
Eleonora Castel es recreacionista, titiritera y desde hace 15 años cuida mellizos y trillizos desde que nacen hasta que logran dormir de corrido. Para ella no hay secretos a la hora del sueño. "El error es que muchos padres intervienen ante cualquier ruidito del bebe. Son ruidos normales, que no alteran el sueño, pero al intervenir terminan despertándolo. Hay que estar, que sientan la presencia, pero no intervenir todo el tiempo."
Castel reconoce que en su trabajo la confianza y la buena relación con los padres es fundamental. "Te están entregando lo que más aman, que son sus hijos, por eso es un trabajo de mucha responsabilidad. Yo tengo energía para hacerlo porque al otro día descanso y no tengo que ocuparme de atender a los bebes. A veces hay que hacer malabares, pero es un trabajo que disfruto mucho."
Sandra Cacerez siempre trabajó con bebes chiquitos, primero en un jardín maternal y después en el Sanatorio Otamendi. Desde hace 6 años empezó con las guardias nocturnas en casas de familia. Y aunque sabe que por su horario está a contramano de todos, asegura que le gusta mucho trabajar de noche.
"Hago lo que me apasiona. Trabajar con bebes me encanta porque vas viendo los logros y casi empezás a formar parte de la familia. Siempre trabajé con mellizos y trillizos. Me han llamado para cuidar a uno solo, pero mucho no me gusta porque las horas no se pasan más. Incluso tuve una propuesta para hacer guardias nocturnas de cuatrillizos. Me gustó la idea, pero todavía estoy trabajando con otra familia", admitió Cacerez.

Ayuda necesaria

Catalina Schefer ya tenía a Francisco, de dos años, y a Baltasar, de poco más de uno, cuando nacieron Sofía y Gonzalo. La vuelta a casa con los mellizos era un desafío grande para la familia y decidió pedir ayuda.
"Volver con todo lo emocional que conlleva una tercera cesárea y por parto doble iba acumulando en mi recuperación un agotamiento físico y mental importante. En la clínica aprendí a organizarme con mellizos, pero tenía los otros dos chiquitos y decidí que lo mejor para todos era llamar a una nurse por las noches hasta que al menos yo pudiese recuperarme un poco", contó Schefer, que instaló la cunita en el living, llenó la heladera con mamaderas, y le asignó una cómoda silla y jarras llenas de té y café a la señora que iba a cuidar el sueño y la armonía familiar.
"Sofía y Gonzalo estaban atendidos por una muy linda, experimentada y buena nurse . No fue necesario que me levantara ni una sola noche. Me pude recuperar y así seguir mi camino sola con los cuatro chicos y uno nuevo en camino. Aprendí que a veces es necesario saber delegar y confiar en alguien más", aseguró Schefer.
Antes de quedar embarazada, Carolina Rossi supo que iba a pedir ayuda por la noche, independientemente de la cantidad de hijos que tuviera. "Yo soy diseñadora y trabajo en casa para una empresa de España. Por la diferencia horaria tenía que trabajar sí o sí a la mañana. Lo hablé con mi marido y estuvo de acuerdo."
Carolina tuvo a Lautaro en 2009, que quedó al cuidado de una señora por las noches. "Fue genial, descansaba, me levantaba temprano y podía trabajar hasta el mediodía, cuando le tocaba irse a mi marido. Fue una experiencia tan buena que volveré a repetir algún día, cuando tenga otro hijo."

Quiénes y cómo

  • Razones. Es una práctica difundida también entre padres que son trabajadores independientes que no pueden tomarse licencia paga.
  • Inversión. El costo de las profesionales que cuidan los niños asciende a unos 5000 pesos mensuales.
  • Tiempo. Esta ayuda suele contratarse hasta los seis meses de edad de los bebes.

Detalles para anotar

CANTIDAD
La tendencia comenzó a partir de la masificación de los tratamientos de fertilización asistida, que dio lugar a muchos más nacimientos múltiples. Es un servicio demandado especialmente por parejas que tienen más de dos hijos a la vez. Pero también lo solicitan madres que trabajan en forma independiente y deben seguir en actividad.
COSTO
El costo del servicio es elevado, oscila entre los 25 a 30 pesos por hora, entre quienes son niñeras, y llega hasta los 40 pesos entre aquellas que tienen formación en enfermería, cuidados neonatales y primeros auxilios. Pero en general se pacta un sueldo mensual que parte de los $ 5000, por 10 horas diarias, cinco días a la semana.
EXTENSION
En general, la niñera o enfermera llega a la casa de la familia a las 22 y se retira entre las 6 y las 8 de la mañana. Como es un servicio caro, los padres lo mantienen hasta los cuatro o seis meses de vida de los bebes, cuando alcanzan cierta regularidad en el sueño y duermen de corrido gran parte de la noche.
lanacion.com

sábado, 4 de febrero de 2012

Padres primerizos, padres de manual


lanacion.com
Los estantes de las librerías están repletos de ejemplares de todos los tamaños y precios con los más diversos consejos para que los futuros padres hagan todo a la perfección cuando llegue el bebe.
Las instrucciones para organizarle el sueño, la comida y el baño; qué hacer si llora y hasta las nuevas tendencias en el uso del chupete aparecen explicadas, paso a paso, para criar un bebe tranquilo, feliz y hasta "amigable" con el medio ambiente.
Frente a semejante oferta, sin olvidar las revistas e Internet, muchas parejas que esperan a su primer hijo suelen devorar toneladas de información para que nada quede librado al azar. Ni siquiera a la experiencia de los futuros abuelos. Pero como lo acaba de demostrar un estudio, los más autoexigentes lo pasan peor.
"Según mi experiencia, las madres que han leído tanto suponen, con buenas intenciones, que así se podrán manejar mucho mejor en el período neonatal y no siempre es así. Esto les termina produciendo cierta frustración porque suelen ser mujeres preparadas intelectualmente, en muchos casos profesionales o con una cultura muy amplia. Pero, a diferencia de la información rígida de los libros, la experiencia con un hijo es única en cada pareja", opinó el doctor José María Ceriani Cernadas, profesor asociado de pediatría del Instituto Universitario del Hospital Italiano y editor de la revista Archivos Argentinos de Pediatría, de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).
En los últimos años, proliferaron los libros sobre el embarazo, la crianza y el desarrollo de los hijos. Sin embargo, los especialistas aseguran que la información necesaria para cuidar bien al bebe desde el alta de la maternidad cabe en unas pocas páginas. El consejo de los abuelos, por otra parte, queda cada vez más rezagado frente a la oferta de manuales de todo tipo.
Los libros más buscados para lograr consejos útiles son Concepción, embarazo y parto, de Miriam Stoppard, una médica británica especializada en salud femenina, también autora de Guía para el cuidado de tu hijo y otras versiones, como El nuevo libro del embarazo y nacimiento y El nuevo libro del cuidado de tu bebe. También entre los libros más populares entre las madres primerizas son los de la psicóloga argentina Laura Gutman, autora de una decena de títulos sobre maternidad y directora de una institución llamada Crianza. Sus libros más buscados son La maternidad y el encuentro con la propia sombra y Puerperios en el que plantea a grandes rasgos que el parto es una experiencia sexual y mística. También sugiere una mirada relajada de la crianza en los primeros meses. Pero la oferta va de los libros prácticos, con consejos, y otros más espirituales, para que los padres puedan sobrellevar ese momento tan especial y difícil.
En el Hospital Italiano, desde hace 35 años, se utiliza un pequeño manual de unas seis páginas. Y la SAP explica en dos qué hay que tener en cuenta cuando el bebe llega a casa, como el cuidado del cordón umbilical o el baño, entre otros. "Estamos sobrevalorando la información para criar a los hijos -opinó el doctor Carlos Velasco Suárez, del Departamento de Pediatría del Hospital Alemán-. Nuestras madres no tenían tanta información y se arreglaron bastante bien... Esta tendencia a sobreinformarse evidentemente tiene que ver con la inseguridad asociada con el ser padres y, también, a una seudoprofesionalización de la paternidad. Creo que todo esto también produce una sensación de frustración. Hay que confiar más en lo que cada uno puede hacer. La información para criar a un hijo debería ser un equilibrio entre la conversación con el médico, el conocimiento personal y la intuición femenina."
Un estudio que acaba de adelantar en su versión online la revista Personality and Individual Differences demuestra por primera vez que querer ser padres perfectos no es bueno para los primerizos porque reduce la autoconfianza en la capacidad de criar al bebe, sobre todo en la mujer. En el padre, en tanto, esa búsqueda de la perfección genera estrés y ansiedad.
Este resultado es parte de un programa de largo plazo en los Estados Unidos para estudiar cómo las parejas se acomodan a la llegada del primer bebe. El equipo de la doctora Meghan Lee, de la Universidad Estadual de Ohio, estudió a 182 parejas participantes del Proyecto Nuevos Padres. En el último trimestre del embarazo, las parejas respondieron un cuestionario para medir cuánto les preocupaba lo que otros pensaban de sus habilidades para criar al bebe y cuán convencidos estaban ellos de que podían cuidar bien del bebe.
A los tres meses del parto, las mujeres más preocupadas por el qué dirán tendían a sentir menos seguridad y confianza en sus habilidades para la maternidad. Los hombres, en cambio, sentían más tensión por la flamante responsabilidad.
"Si una persona piensa que tiene que ser perfecta debido a la presión del entorno, eso afectará la adaptación al nuevo papel que cumple. En cambio, si traslada esa exigencia a sí misma, obtendrá algunos beneficios al principio, pero no de manera universal", comentó la doctora Lee a través de un comunicado de la universidad.
En los Estados Unidos como quizás en ningún otro país, proliferan los videos, los libros y las revistas que prometen transformar a quien lo lea en un padre o una madre de manual. ¿Cuántas horas tiene que dormir el bebe? ¿El chupete es bueno o malo para las encías? Si llora, ¿hay que calmarlo o dejarlo hasta que se canse? Para Cernadas Ceriani, poder discernir los beneficios o los eventuales perjuicios de toda esa información no es fácil. "La transmisión oral sigue siendo, a mi juicio y desde la medicina, más importante que lo escrito -dijo-. Habría que preguntarse si frente a la medicina de hoy, tan devaluada y tan apurada, algunos padres no van a las librerías y a Internet a buscar lo que no encuentran en el consultorio." La trilogía de grandes temas es "dormir, comer y llorar".
Desde aquel polémico Duérmete, niño, de Estivill Eduard y Sylvia de Béjar, un libro que se hizo muy conocido por su método de "mano dura" o "tolerancia cero" en el llanto del niño para lograr que duerma bien, la literatura avanza por sobre los consejos familiares y los médicos.

CONSEJOS ÚTILES

  • Cordón umbilical. Es importante mantenerlo limpio y seco para evitar infecciones.
  • El baño. Debe ser un momento alegre tanto para los padres como para el bebe.
  • El eructo. Al alimentarse, el recién nacido ingiere aire. Al eructar, se siente liberado.
  • De la Sociedad Argentina de Pediatría, sobre las consultas más recurrentes.

CONSEJO MÉDICO

  • Cordón umbilical Para preservar esta parte sensible -más para los padres que para el bebe- se recomienda doblar el pañal por debajo del muñón del cordón; limpiarlo con alcohol medicinal y no dejar la gasa embebida sobre la base del cordón. No hay que tenerle miedo a la limpieza y si aparecen alguna gotas de sangre, no es para alarmarse. No utilizar ombligueros ni apoyar elementos como monedas o botones.
  • El baño Es uno de los momentos que los padres deben tomar con alegría; son los adultos quienes deciden la hora del baño. En invierno puede realizarse cada dos o tres días; en cambio, en verano según el consejo médico conviene todos los días e incluso más de una vez. Nunca debe dejarse al bebe sólo en la bañera. Si suena el teléfono o alguien toca la puerta hay que ignorarlo.
  • El famoso "provechito" Mientras se alimentan, los recién nacidos ingieren aire. Si le está dando el pecho, lo mejor es hacerlo eructar antes de volver a amamantarlo. Hay que acomodar al bebe sobre su cuerpo para ejercer algo de presión en el estómago. Con la mano hay que aplicar palmaditas suaves o frotar la espalda.

martes, 10 de enero de 2012

Hombres reconocidos por otras aptitudes, a menudo no han sabido educar a sus hijos

Ocurrió en Berlín, en noviembre de 2002: Michael Jackson se asoma a la ventana de un hotel con su bebé en brazos y lo asoma apenas algunos segundos. Alcanza para preocuparse vía satélite y para preguntarse sobre sus cualidades como padre. Es que los famosos, los personajes históricos, fueron además papá y mamá. Y en algunos casos dieron un gran ejemplo, y en otros, no tanto.

La paternidad de Belgrano fue una de las que dio que hablar en la historia argentina: el creador de la Bandera, que tuvo a Pedro Pablo y a Mónica Manuela con dos mujeres distintas, no estuvo presente durante la crianza de ninguno de sus hijos. “Era una conducta habitual de Belgrano estar más preocupado por el bien público que por lo personal. La vida privada no le interesaba”, explica el historiador Daniel Balmaceda. Mucho tiempo despu{es, la célebre familia Lugones también atravesó una situación conflictiva: Leopoldo Lugones, hijo del escritor homónimo, fue quien desarrolló la picana eléctrica sin saber que años después con su invención torturarían a su hija Pirí durante la última dictadura militar. “Soy nieta del poeta e hija del torturador”, solía presentarse Pirí.

La actitud del filósofo francés Jean-Jacques Rousseau también fue polémica. El autor de Emilio, o De la educación, incluyó en su obra algunos consejos sobre cómo educar a los chicos para que se desenvuelvan en la sociedad. La paradoja es que uno de los padres de la pedagogía decidió que sus cinco hijos se criaran en un orfanato, alejados de su hogar.

Claro que hay vereda de enfrente: padres cuyas historias emocionan por estar dotadas de  algo que ellos mismos llaman “amor incondicional”. Dos de ellas provienen del mundo del fútbol: Nicolás Burdisso, defensor de la Roma y de la Selección argentina, se perdió la temporada 2004/2005 –en pleno auge de su carrera en el Inter de Milán– para cuidar a Angelina, quien tuvo leucemia y luego se recuperó. Ariel Giaccone, que jugó en Ferro y en Belgrano de Córdoba, “colgó los botines para siempre”: en diciembre le donó un riñón a su hija Gabriela, lo que implica su retiro definitivo. “Sin dudas extrañaré la pelota, pero en estas situaciones manda el corazón”, contó el mediocampista.
    
Las grandes madres pasan más desapercibidas: el sacrificio y la incondicionalidad parecen atribuciones más propias del “instinto maternal”. Tal vez por eso haya sido la mamá de Dumbo – una elefanta de dibujos animados– la “mejor madre” en una encuesta de 2008 realizada por la revista Time. Hubo, sin embargo, mujeres destacadas de carne y hueso: Irena Sendler fue una de ellas. Enfermera y madre en la Varsovia ocupada por los nazis, sacó del ghetto de esa ciudad a más de 2.500 chicos para que no fueran exterminados. Los sacaba en cestos de basura, cargamentos de mercaderías e incluso ataúdes, y les otorgaba –con esperanzas de que fuera algo temporario– identidades nuevas. Cuando fue descubierta  y torturada, no confesó el paradero de ninguno de los chicos.
Otra heroína pero en su hogar fue Minnie Schoenberg, la madre de los Hermanos Marx: en el libro Madres judías de gente célebre, el autor Bruno Halioua narra cómo Minnie alentó a sus hijos para que llevaran a cabo el “Gran Proyecto” –su triunfo artístico– incluso cuando Harpo padecía tanto el presentarse en vivo que la primera vez se hizo pis en el escenario. A veces, las “grandes madres” son la primera gran mujer que hay detrás de todo gran hombre. Aunque no fue el caso de Nettie Cherry, la madre de Woody Allen: lo golpeó durante su infancia –en su película Bananas el protagonista dirá que sus padres le pegaron una sola vez en la vida: “Desde el 21 de diciembre de 1942 hasta fines de la primavera de 1944”– y lo desalentó profundamente cuando el director de Manhattan se inclinó por estudiar cine; incluso intentó suicidarse echándole la culpa.
Famosos, ficticios o desconocidos, los padres cumplen un rol fundamental para sus hijos. Así que tal vez haya que prestarle atención al Martín Fierro: “Un padre que da consejos más que un padre es un amigo; ansí, como tal les digo que vivan con precaución: naides sabe en qué rincón se oculta el que es su enemigo”.

La falta de afecto puede enfermar

Los padres que no saben transmitir afecto a sus hijos pueden causarles problemas en el desarrollo de sus personalidades e incluso llegar a provocar enfermedades tanto psíquicas como físicas. La atención que se le dé al chico, sobre todo durante sus primeros años, influirá en su maduración como sujeto.

Los niños a los que no les llega el cariño de sus padres, según explicó la psicóloga Eva Rotenberg -autora del libro Hijos difíciles-padres desorientados. Padres difíciles-padres desorientados- pueden “sentirse muy solos” y desarrollar, en algunos casos, trastornos en la conducta como “paranoia, autismo, psicosis o baja autoestima”, por ejemplo, perjudicándolos en su vida personal y en sus relaciones con el entorno. Además, esto puede disminuir la eficacia del cerebro y generar enfermedades producto de un sistema inmune débil, porque según explicó la especialista “el afecto y el diálogo desarrollan las neuronas y ayudan a hacer sinapsis”. En este sentido, Rotenberg afirmó también: “Incluso los niños pueden llegar a morir si se sienten solos”.

Las fallas en la relación entre padres e hijos pueden provocar que el chico sea inseguro, porque al no sentirse querido no logra valorizarse como persona: “El afecto es una brújula interna, construye el sentido común, que es lo más difícil de desarrollar en un individuo, porque lo ayuda a elegir, a hacerse respetar”, dijo Rotenberg y agregó: “Sin esa brújula, se siente perdido”.

El psicólogo y psicoterapeuta Miguel Espeche explica en su libro Criar sin miedo: “Al chico lo sostiene la confianza. Ésta tiene por ingredientes coraje, deseo, entusiasmo... Y lo que lleve de sus padres en el corazón y la mente. Allí, en su interior y no tanto en el afuera, se va forjando el punto de equilibrio y energía, el referente a partir del cual todo encuentra su lugar y sobre el cual se construye todo un destino. A través de la mano del padre o la madre se transmiten muchas cosas”. El psicólogo británico John Bowlby, quien formuló la Teoría del Apego en la década del 60, postuló que los padres de los chicos deben construirse como referentes cercanos a sus hijos para darles confianza porque “un niño que sabe que su figura de apego es accesible y sensible a sus demandas” se siente seguro.

El problema central es que muchos padres no saben cómo transmitir el afecto a sus hijos, lo que los paraliza y los lleva a poner demasiados límites o bien, a no ponerlos. El filósofo Jaime Barylko aconsejó en su libro Los hijos y los límites “Ni la disciplina autoritaria, ni la permisividad abandónica”. Rotemberg explicó que estas fallas se deben a que muchas veces los padres no saben cómo tener en cuenta a sus hijos y construyen una relación en la que puede haber “pocas palabras, autoritarismo, padres que piensan que siempre tienen la razón, o que compran objetos pensando que así los chicos se van a sentir queridos y, por el contrario, ellos se sienten sobornados”. Espeche afirmó en su libro: “Mi convicción es que, más que comprar sistemas, hay que entender y percibir por dónde circula el amor, cómo se vuelve viva y luminosa la experiencia de la paternidad, por dónde van las reales energías, renunciando a dominar `técnicamente´ las circunstancias, un `dominio´ que suele despojarlas de alma”.

La relación entre padres e hijos es el vínculo primario de todo individuo y su importancia es tal, que influirá directamente en todas las etapas de la vida a nivel psíquico, físico y social. Según Barylko, la educación “es formar a alguien para que salga de sí” y se relacione con los otros y, en este sentido, los padres cumplen un rol crucial. Espeche utiliza en Criar sin miedo la metáfora de que los padres son a los hijos lo que un faro a los navegantes: “La luz del faro es el amor. Es algo que va más allá de la física, pero no reniega de ella. Para un hijo, saber que hay alguien en el mundo generando luz y que esa luz es, también, para él, ya es un elemento que lo hará honrar su propia vida, al sentirla valiosa”.

Un buen padre también comete errores

Tengo seis hijos, cinco chicos y una chica, todos adultos, me han hecho abuelo cinco veces y, cuando consigo reunir a toda la parentela en torno a la mesa, me gusta que me llamen “viejo”.
–¿Qué vino abro, viejo?– suele preguntar el mayor, Carlos, que nació en Chile y junto a su madre recuperada del infierno de Villa Grimaldi salió a la no-patria del exilio. Tenía apenas nueve años, el recuerdo de un padre en la cárcel primero y más tarde en países de nombres extraños, un atado de cartas y una figurita protectora del capitán Hans Solo.  
Yo no estaba junto a él cuando a su madre la sacaron a golpes de la casa, con una capucha negra cubriendo la cabeza, y tampoco lo llevé de la mano hasta el avión de siglas escandinavas que lo alejó para siempre de Chile. Pero nunca me cobró esa falta y, cuando hace nueve años, puso en mis brazos el pequeño cuerpo de Daniel, mi primer nieto, con su –te quiero, viejo– me dijo que todo estaba en orden entre nosotros.
–Abre el mejor vino, Carlitos– le respondo.
Mientras el resto de los hijos, nietos, nietas, nueras y yerno se afanan poniendo la mesa o preparando las ensaladas y los postres yo sonrío desde la parrilla, porque el asado es asunto del “viejo”, y me enternece saber que vienen de lejos; unos desde Suecia, otros de Alemania, la hija de Ecuador. Me divierten sus consultas culinarias en sueco y español, en alemán y español, en inglés y español, y el humo de las grasitas cayendo sobre las brasas me huele al mejor cosmopolitismo, a la mejor manera de ser, y entonces pienso en mi viejo, en cuánto le habría gustado estar aquí.
De pronto sé que mi viejo está ahí, conmigo, porque pegado a él aprendí la alquimia del asado en el patio luminoso y lejano de una casa de Santiago que ya no existe más que en mi memoria.
Me gustaba verlo encender el fuego, los dos en el patio y con la radio encendida, escuchando la trasmisión directa desde el hipódromo Chile. Muchas veces me pregunto si he sido un buen padre, y la respuesta es que no lo sé. Supongo que mi viejo se habrá hecho también la misma pregunta, y yo sí sé que fue un buen padre, a su manera, aunque para muchos de la familia era la peor manera. No recuerdo de él ni un solo arranque de autoritarismo sino más bien lo contrario, porque era tímido y casi pedía permiso antes de soltar lo que tenía que decir.
 A veces mi viejo esperaba a que mi madre, un monumento a la paciencia, mi hermano y yo termináramos el postre, y decía:
–En la puerta dejé esperando un muchacho, un buen chico, un poco castigado, y de eso quería hablarles.
Entonces iba hasta la puerta y regresaba en compañía de un tipo de aspecto fuerte y al que le habían desparramado la cara a golpes. Lo presentaba como “El Lobo de San Pablo”, un boxeador en desgracia de los muchos que frecuentaban el México Boxing Club de la calle San Pablo, y nosotros nos enterábamos que aquel hombre representaba todas las esperanzas posibles porque tenía pasta de campeón, y mi viejo era su flamante apoderado. Tuvo varios pupilos, de categorías diferentes, ninguno fue jamás campeón. En eso me parezco a mi viejo; yo también perdí todos los combates.
–Pero subió al ring y eso es lo que importa– respondía mi viejo cuando mi madre le recordaba el último fracaso. Y así es, viejo, también subí al ring, y eso es lo único que importa.
–Viejo, ¿le pongo unas gotitas de limón a la palta?– pregunta mi hijo León, que nació en Hamburgo, y que de puro cariño a mí, a su viejo, vino a España a perfeccionar su español en la universidad de Oviedo. Sé que me quiere y sé que le he fallado, porque le robé horas de infancia, horas sagradas en las que debimos estar juntos fabricando barriletes o haciendo barra al Sankt Pauli F.C. en el estadio del barrio. ¿Qué diablos hacía yo entonces como corresponsal en Angola, Mozambique, Cabo Verde, El Salvador?, si lo que más quería era estar con él, con su hermano gemelo Max, y con Sebastián, mis tres hijos hamburgueños.
Mi viejo también se iba a veces. Ahora sé que padecía depresiones, que todos los sueños rotos se le venían encima y entonces se aislaba del mundo en el espacio reducido que ocupaba la radio, con la cabeza inclinada igual que el perrito de la RCA Víctor, escuchando sus tangos que lo llevaban al infierno de una nostalgia atroz e inútil, o las emisiones en español de radio Neederland que tal vez lo hacían sentir protagonista de los viajes que nunca hizo.
–¿Qué te pasa, viejo?– le pregunté muchas veces, y su respuesta       era una caricia el tiempo que decía:
–Nada, hijo, estoy triste, eso es todo, pero no me pasa nada.
–Huele rico–, dice mi hija Paulina, y me abraza pegando su cabeza a mi pecho y yo sé que su amor se torna fuerte cuando los latidos de mi corazón me acusan, porque también le fallé y en lugar de estar donde quería, el parque de juegos de Iñaquito, fue más fuerte el deseo de subir al ring en Nicaragua.
Una vez, cuando mi hija ya era adulta, le conté que en medio de los tiroteos algunos besaban una estampita con la imagen de un santo, pero yo besaba una fotografía en blanco y negro que la mostraba risueña, en mis brazos, y me juraba a mí mismo que si salía vivo de ahí recuperaríamos todo el tiempo que le robé.
La peor certidumbre es aquella que nos muestra lo irremediable.
Sé que mis hijos sintieron mi ausencia a la salida de la escuela, cuando llovía y los padres de sus compañeros los esperaban con los paraguas abiertos, con el coche calientito, con un pastel en la mano. Yo sentí la ausencia de mi viejo cuando, tras anunciarlo tímidamente, se largaba siguiendo una vocación de comerciante condenado al fracaso. Durante meses no llegaban cartas y entonces sabíamos que la crianza de vacas en la Patagonia se había ido el carajo, que el corral de caballos pura sangre se había incendiado, que el restaurante se lo habían robado los socios, que le habían crecido los enanos. Pero al regresar, siempre sin ningún aviso, salvo los suspiros de mi madre, contaba sus fracasos como si fueran los mejores chistes y, así, cortando rebanadas de salame exclamaba:
–Y pensar que este pingo tan sabroso estaba destinado a ganar el Derby de Kenntucky. Entonces yo lo quería con furia, olvidaba su ausencia y descubría que ningún amigo del barrio tenía un viejo tan macanudo como el mío.
–¿Y si probamos una puntita?– dice mi hija, y yo corto una tirita dorada de carne que se lleva a la boca suspirando. Se acerca también mi nieta Camila, el terror de las librerías de Quito pues no perdona que mis libros no estén en lugares destacados, y yo sé que muy pronto tendré también a mi lado a Valentina, que acaba de nacer hace dos semanas.
También mi madre, que recién falleció, se acercaba a mi viejo cuando éste declaraba que ya faltaba muy poco para llevar el asado a la mesa. Yo lo miraba cortar y ofrecer a su mujer la tirita de carne, a esa mujer que se bancaba sus ausencias y los altibajos, más bajos que altos, de su pasión comercial, o sus fracasos de burrero dueño de caballos a los que daban las llaves para cerrar el hipódromo. Esa mujer era su fuerza. Lo descubrí tarde y creo que ninguno de ellos lo supo a tiempo. Mi madre era tesón, firmeza y llevaba las riendas de la casa. Mi viejo era un puñado de sueños lindos que hacían menos triste la vida.
¿He sido un buen padre, o simplemente un padre sin adjetivos? No lo sé. Y mientras Max se acerca y me dice que el computador está funcionado rápido y libre de lastres, porque Max es el genio de la familia en este rubro y tras cada visita suya todo lo electrónico queda mejor que recién comprado, pienso que por él y sus hermanos aprendí lo más difícil de la lengua alemana: la capacidad de prodigar ternura y establecer complicidades de amor. Al regresar de cada viaje a África, antes de volver a nuestra casa de Hamburgo me quedaba una noche en un hotel de Frankfurt para limpiarme, para quitarme todo el olor a muerte, a corrupción, a mentira, a desmoronamiento de los mitos que siempre se pegó a la piel de los corresponsales de guerra como un tatuaje del “territorio comanche”. Recién entonces me atrevía a abrir la puerta de nuestra casa, besar a mi mujer, y abrazar a mis hijos. En el hotel de Frankfurt se quedaban también el español y el portugués, y la lengua alemana era un fuente de ternura recíproca que nos mantenía a salvo, porque en la década de los ochenta solían llegar a casa algunos compañeros de rostros compungidos, y sentados en la cocina soltaban el “mataron a Roberto, lo degollaron”, y mis hijos, a salvo del horror, adivinaban sin embargo mi tristeza y me pedían que les contara una nueva aventura del pirata del Elba, o del gran jefe culo rojo, un cacique sioux que eliminaba a sus enemigos a pedos.
Antes de retirar la carne de la parrilla se acerca Jorge con su cámara fotográfica, desde pequeño quiso ser fotógrafo y lo va consiguiendo. No soy el padre biológico de Jorge, pero sus hermanos siempre le hicieron sentir que era uno más del equipo, con iguales deberes y derechos.
–Viejo, ponte más cerca para que salga también el humo– me ordena, y yo le respondo si se cree Daniel Mordzinski o Cartier Bresson, pero poso para él con mi mejor cara de parrillero.
 Mi viejo volvía de sus idas reales o autistas y, al hacerlo, llegaba el momento de oír sus historias de horror ingenuo. Mi hermano y yo nos sentábamos junto a él y entonces empezaba a hilar cuentos que, no sé si los habrá leído en alguna parte, pero que eran protagonizados por un único personaje, La Mortaja, algo así como un zombi al que siempre engañaban los mortales.
Ahora es Sebastián el que me acompaña. Con su video cámara registra los movimientos de poner brasitas en el braserito y sobre él las carnes doradas y fragantes. Siempre quiso ser camarógrafo y lo consiguió. Cuando estudiaba en la escuela de cine de Munich acepté como una novedad que me mostrara las películas de Einsenstein o de Fritz Lang. Todos mis hijos son mis favoritos, pero con Sebastián nos une algo intangible y cuya razón está en que, tras su nacimiento, tomé un año del permiso pos natal al que también teníamos derecho los hombres en Alemania. Su madre siguió trabajando y el chico vivió pegado a mi pecho en una bolsita canguro que se ponía como una mochila pero al revés. Cada cuatro horas salíamos rumbo a la clínica donde trabajaba su madre para que mamara, hacíamos las compras, retirábamos o devolvíamos libros a la biblioteca del barrio y, al hacerlo, recordaba el olor a tabaco de mi viejo cuando me abrazaba en las frías tardes de esos inviernos y de ese Santiago ya irremediablemente perdidos.
No sé si he sido un buen padre, pero sé que he disfrutado de cada segundo junto a mis hijos, pero también sé que debí pasar mucho más tiempo junto a ellos. No sé si siempre he sido justo, pero ellos sí que lo han sido.
Mi hijo Carlos es músico, en una gira mundial con su grupo, Psycore, en el momento en que las adolescentes gritaban y lloraban porque Carlos “Kalle” Sepúlveda, el único no nacido en Suecia del grupo, entregaba los toques finales de su solo de guitarra, de pronto se detenía, levantaba el instrumento y gritaba: ¡Esta guitarra me la dio mi viejo! Y continuaba tocando, llenando el escenario con sus notas prolongadas y su aspecto feroz de líder del grupo de rock más heavy de Escandinavia.
Vi en MTV esa actuación de su grupo, y mientras lo hacía regresé a una tarde en Hamburgo y me vi entrando en Stenway & Sohn, la mejor casa de música, y saliendo con la Fander Stratocaster que todavía suena en sus manos, aunque hayan pasado ya más de veinte años. Y fui mucho más atrás, porque vi a mi viejo saliendo de una librería de Santiago con una estilográfica “centenario” que me entregó con un simple “ sé que te gusta escribir”.
El amor de los hijos llega de diferentes maneras; a veces tiene la forma de fotocopia de un diploma, como el de Paulina, de recién egresada de la facultad de Periodismo, o de un mameluco color naranja (modelo Guantánamo dijo Max) que destacaba entre varios mamelucos blancos en una feria del automóvil de Barcelona. En todos los mamelucos blancos se leía la palabra Siemens, pero en el naranja ponía: “Max Sepúlveda Team Cheff”, o de esos bultitos frágiles que recibo tragándome las lágrimas mientras me dicen: es tu nieto Daniel, es tu nieto Gabriel, es tu nieta Camila, es tu nieta Valentina, es tu nieta Aurora.
Por fin estamos todos sentados junto a la mesa fragante, Carlos sirve vino, Sebastián lo prueba y exclama que está buenísimo, Paulina ofrece ensaladas, Jorge corta pan, Max y León reparten las carnes intentando ser ecuánimes, los nietos y nietas exigen costillitas, las nueras y el yerno les ayudan a cortar, y Pelusa, mi mujer, mi compañera que me conoce más que yo mismo, me toma una mano y dice: son tus hijos, Lucho. Son tus hijos.
De mi viejo tengo; una fotografía junto a mi madre y una cajetilla de cigarrillos Monarch que tenía en los bolsillos al morir. ¿Y el recuerdo? Sí, también, pero no me pertenece del todo porque se va diluyendo y aparece a ramalazos, de manera aleatoria, y a veces dudo y me pregunto si el viejo fue realmente así, o si son los mecanismos salvadores de la memoria que siempre recuerdan lo mejor.
¿Cómo me ven en realidad mis hijos? En una ocasión, León me preguntó cómo era su abuelo y lo único que pude responder fue: un viejo lindo. ¿Qué responderán cuando sus hijos les pregunten cómo era yo?
Carlos, con la boca llena de jugo exclama que el asado está mejor que nunca.
–Te quedó rico, viejo– apoya cualquiera, y Sebastián golpea su copa con el tenedor pidiendo un brindis.
–¡ Por el viejo! – y todos levantan sus copas.
Entonces le pido a la vida que permita por muchos años que el asado siga siendo asunto mío, que sea asunto del viejo convocar a los hijos y nietos a la mesa familiar.
No sé si soy, si he sido un buen padre. Pero sé del cariño de mis hijos y que he tratado de ser un amigo con el que siempre podrán contar, un compañero para todo lo que venga. Y con eso estoy en paz.
Luis Sepúlveda. Periodista y escritor chileno, reside en España. Autor “De la sombra de lo que fuimos” y “La lámpara de Aladino”.

Poner orden y salir a jugar

Hay una diferencia grande entre papá, papi, padre y viejo. Son palabras que indican lo mismo aunque significan otra cosa. Papá es cálido y respetuoso, tiene la sensación de estar cerca pero no tanto, queda algo por decir. Papi remite a la infancia, a la figura cariñosa que todo lo puede. Padre es duro, institucional, bueno para aquellos que han decidido prescindir de las emociones. Y viejo tiene ese no sé qué de lo compartido, del abrazo, de una unión que más allá de los dimes y diretes se sabe indestructible en el afecto.
Sin decirlo, de estas cuatro posibilidades habla Luis Sepúlveda a través de un mapa familiar único que se mece no sólo por los vaivenes del trabajo y del querer sino por también por una realidad política extrema –las dictaduras latinoamericanas del siglo pasado– que jugó con identidades y lazos como si fueran piezas de rompecabezas. Y pese a todo, la relación perdura y crece siempre que haya deseos de mantenerla y no se genere, algo propio de esta época, falsas competencias entre hijos y padres por quien controla al otro.
El tema no es nuevo, pero en parte sí. Las mujeres fueron educadas en la lógica del afecto y del escuchar; los varones nos comunicamos desde un lugar diferente: el juego físico, el hacer algo juntos, explorar espacios, la identidad deportiva. A muchos nos da todavía una sensación un poco extraña cuando les admitimos sentimientos, cuando les decimos que su mamá nos gustó (nos gusta) mucho, que nos enamoramos.  Mostrarnos humanos parece debilitarnos, aunque sepamos que es todo lo contrario.
La figura del padre está bastante exigida: pese a los tiempos modernos sigue siendo el que impone orden aunque a la vez se le pide que sepa escuchar y jugar. Cada uno delinea su propio esquema con más o menos conciencia. La regla de oro quizás sea una sola: acompañar, guiar, amonestar si cabe, pero hacerles sentir que no están a prueba en esta vida, que el amor es incondicional.
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