LA NACION
domingo, 20 de febrero de 2011
¿Codo de tenista por tareas cotidianas?
LA NACION
sábado, 22 de enero de 2011
Cuando se sufre una extraña enfermedad
Gen PMP-22
La vida con HNPP ha sido agridulce. Mucha gente hay sido muy servicial y sensible, pero para otros ha sido dificil aceptar mi enfermedad
martes, 26 de octubre de 2010
Muestran que el dolor crónico deja una huella en el cerebro
El dolor es la causa más frecuente de consulta médica y su relevancia sanitaria ha llevado, cada vez más, a que sea considerado una epidemia.
En particular, el dolor crónico (que ocurre cuando el sufrimiento persiste por más de seis meses) puede ocasionar depresión, insomnio, disminución de la capacidad inmune, cansancio, alteraciones en el apetito y problemas para prestar atención y tomar decisiones, entre otras consecuencias.
Uno de los dolores crónicos más comunes es el de cintura, que es uno de los principales motivos de ausentismo laboral, para el cual no existe una terapia totalmente efectiva.
Por mucho tiempo, se supuso que el dolor crónico era un dolor agudo sostenido, lo cual llevó a tratar a ambas dolencias como si fueran lo mismo.
Pero, si bien todavía no se conoce el mecanismo biológico exacto por el cual el dolor agudo pasa a la cronicidad, en los últimos años los estudios con resonancia magnética funcional demostraron que los pacientes con dolor crónico tienen algunas alteraciones cerebrales que están correlacionadas con la intensidad y la duración del padecimiento.
"Podría decirse que el dolor crónico «lastima» el cerebro", ilustra el doctor en medicina Dante Chialvo, investigador del Conicet en la Universidad de Rosario que, en conjunto con tres físicos, realizó un estudio que echa más luz sobre el problema y que será publicado en la revista científica Neuroscience Letters .
"En pacientes con dolor crónico de cintura, localizamos tres sitios del cerebro que tienen la conectividad alterada respecto de controles normales -informa Enzo Tagliazucchi, del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN) de la UBA-. Hay un cambio en la comunicación entre regiones de la corteza frontal y la ínsula, que es un área relacionada con la percepción del dolor", añade.
Sin descanso
El cerebro siempre está "encendido", aun cuando no pensemos ni hagamos nada. Para sostener tamaña tarea, dispone de un sistema -denominado "red de estado de reposo"- que "apaga" ciertas regiones cerebrales en la medida en que otras áreas del cerebro aumentan su actividad.
Chialvo, recientemente retornado al país desde los Estados Unidos, había demostrado previamente que, en los pacientes con dolor crónico de cintura, este mecanismo de balance está alterado, es decir, regiones que deben "apagarse" permanecen "encendidas". En aquellos experimentos, se les pedía a los sujetos que, mientras estaban en el resonador magnético, ejecutasen alguna tarea que requiriera atención.
Ahora, repitieron el ensayo utilizando a 12 pacientes y a 12 individuos sanos, pero esta vez se les pidió que pusieran la mente en blanco y no hicieran absolutamente nada.
"Observamos el mismo desequilibrio, lo cual implica que las alteraciones cerebrales están presentes aun cuando el paciente está descansando", señala el doctor Pablo Balenzuela, investigador del Conicet en el Departamento de Física de la FCEyN y otro de los autores del trabajo, que también firma el doctor Daniel Fraiman, investigador del Conicet en la Universidad de San Andrés.
Para los investigadores, la metodología utilizada para el análisis de los datos proporcionados por el resonador es un aspecto sobresaliente del estudio. "Lo realmente fuerte del trabajo es que no utilizamos ningún atlas anatómico para buscar los sitios con la conectividad alterada, sino que partimos de los datos y utilizamos métodos de análisis de sistemas complejos -uno de ellos desarrollado por Tagliazucchi- para encontrarlos", destaca Balenzuela.
"Que esto se haya demostrado en ausencia de cualquier hipótesis previa es un sello distintivo, poco usual en la disciplina", subraya Chialvo.
Los científicos suponen que, así como el cerebro cambia su estructura a medida que aprendemos, también podría "aprender" el dolor, que permanecería en el cerebro aun después de curada la lesión.
"Estos hallazgos representan otra confirmación de que el dolor crónico debe ser tratado como una condición objetiva que afecta procesos cerebrales y, por lo tanto, ir más allá de la visión simplista de que se trata de un estado subjetivo del paciente -consigna Chialvo-. Los resultados de todos estos estudios hacen razonable aconsejar que se adopten estrategias terapéuticas que controlen y minimicen el dolor", completa.
Según los autores, el hecho de que estas alteraciones sean objetivamente demostrables en condiciones tan sencillas como pedir al paciente que descanse en el resonador plantea un potencial uso para diagnóstico y seguimiento de esta patología.
Centro de Divulgación Científica de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA
lanacion.com
sábado, 29 de agosto de 2009
Las armas antidolor

Son más las personas víctimas de dolor crónico que las de infartos, diabetes y cáncer combinados, pero la mayor parte de los fármacos que se usan para aliviar ese dolor tienen una efectividad limitada y muchos efectos secundarios indeseados. Un niño de 10 años paquistaní, pobre de toda pobreza, fue el inicio de una solución.
Solía llamar la atención de los transeúntes de la ciudad de Lahore, en el noroeste de Paquistán, a fines de los ‘90. Daba espectáculos en la calle para ganarse la vida, caminando sobre carbones encendidos sin mostrar el menor problema, con un rostro tan plácido como si pisara una mullida alfombra. Pero la placidez terminó cuando un genetista de la Universidad de Cambridge (Inglaterra) se enteró de la situación y empezó a sospechar que en realidad el chico padecía una rara insensibilidad congénita al dolor.
Sin embargo, el investigador nunca llegó a Paquistán a tiempo para corroborar sus ideas, porque el chico murió al caer de un tejado. Su inmunidad al dolor era tal que tampoco gozaba de alguna de sus ventajas: mantenerse alejado de las situaciones potencialmente peligrosas. Lo que hizo el genetista aquel fue unirse con otros especialistas británicos y paquistaníes, para buscar a otras personas que tuvieran la misma condición que el niño; fueron buscadas entre sus parientes, y finalmente aparecieron seis chicos más, todos con la misma condición genética, todos insensibles hasta al dolor más profundo.
Tras seis años de investigaciones, se descubrió que la responsable de la situación era una única mutación genética. Todo sucedía en virtud de un cambio en el gen SCN9A, responsable de la producción de los canales de sodio 1.7, estructuras que se ubican en las paredes de las fibras nerviosas y que son cruciales para desatar el mecanismo del dolor. En las situaciones crónicas, ellas suelen funcionar excesivamente, ya sea porque son estimulados por una inflamación persistente, ya sea porque se produce un aumento en la cantidad de canales, por causas que la ciencia aún desconoce.
Cuando lo que sucede es una mutación genética como la encontrada en los niños paquistaníes, esos canales no funcionan. Ese descubrimiento, publicado en una de las revistas científicas más importantes del mundo (Nature), despertó el interés de la industria farmacéutica para lograr lo opuesto: sabiendo qué es lo que produce insensibilidad en el organismo, es factible fabricar un fármaco que saque de carrera a los canales de sodio 1.7. Bloquearlos, o al menos disminuir su acción, para calmar los peores dolores.Uno de esos laboratorios está ahora a punto de lograrlo. Se llama Newton, es italiano, y justamente se especializa en sintetizar medicamentos contra el dolor. Ya bautizó a la nueva droga que bloquea los canales de sodio 1.7 como ralfinamida, y prevé que podrá salir al mercado en el año 2013.
La promesa. El objetivo de los creadores de la nueva droga es que sea más específica que los analgésicos disponibles en la actualidad, eso la haría más potente y le quitaría efectos secundarios indeseados. De acuerdo con Ravi Anand, coordinador del equipo médico de Newton, la ralfinamida actuará únicamente sobre los canales de sodio 1.7, a diferencia de lo que sucede con otros medicamentos, que atacan indiscriminadamente a otros canales de sodio existentes en las células del cuerpo, aunque los mismos no tengan ninguna relación con el dolor.
El nuevo fármaco está en la última fase de prueba clínicas en seres humanos, a punto de ser remitido para que las autoridades sanitarias lo testeen y aprueben (o no, siempre cabe esa posibilidad). Quienes lo prueban son personas que sufren de dolor lumbar crónico, uno de los más difíciles de erradicar. Aunque esto no implica que su uso, de ser aprobado, se restrinja a este tipo de molestias, sino que una vez comprobada la eficacia y la inocuidad del medicamento, se ampliará la autorización para emplearlo en otros males con dolores fuertes y persistentes.
Lo que hay. La mayor parte de los dolores crónicos son tratados hoy con medicamentos que fueron indicados originalmente para otro fin, que no es el de aliviar el dolor. Por eso los pacientes suelen tener una larga lista de efectos colaterales. Los antidepresivos y anticonvulsionantes, por ejemplo, suelen causar somnolencia y falta de concentración. Y hasta las drogas más específicas traen problemas: la morfina y otros derivados del opio, aún cuando se usen en dosis menores, pueden provocar dependencia. Y, por ende, situaciones de abstinencia cuando se los deja de ingerir. Por otro lado, el uso prolongado de los antiinflamatorios tiene el riesgo de poder causar hemorragias estomacales, además de otros daños graves.
Una de las dudas que los científicos precisan aclarar respecto de la ralfinamida es si ella es capaz de comprometer la sensibilidad a cualquier tipo de dolor, un efecto nada deseable, si se tiene en cuenta que las sensaciones dolorosas son uno de los medios que tiene el organismo para dar a entender que algo no está bien con él. “Es poco probable que vaya a suceder eso”, opina el neurólogo Daniel Ciampi, miembro del Grupo de dolor del Instituto del Cáncer del Estado de San Pablo, en Brasil. ¿Por qué? Porque aún cuando los canales de sodio 1.7 sean uno de los dos elementos principales en el proceso detonante del dolor, no son los únicos. Por lo tanto, el mecanismo de alerta restante no es afectado por la nueva droga y sigue lanzando mínimas señales dolorosas.
La opinión general de los expertos es que el nuevo analgésico será una revolución. “Los remedios actuales suelen aliviar el dolor crónico entre un 60% y un 70% –explica la neurocientífica Silvia Siquiera, del grupo del dolor del Hospital de Clínicas–. Si los ensayos siguen con buenos resultados, la ralfinamida tendrá más efectividad".
A futuro. Mientras tanto, investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España anunciaron esta semana haber dado con un derivado sintético de la morfina que, al ser administrado en ratas, muestra un efecto analgésico cien veces más potente y dos veces más duradero que la droga original, además de tener menos efectos secundarios.
“A pesar de que en los últimos 40 años se han descubierto nuevos compuestos con capacidad analgésica, no ha habido avances significativos en el repertorio de fármacos disponibles para el “tratamiento del dolor crónico”, reconoce Gregorio Valencia, uno de los autores de la investigación.
“Esta es la primera vez que damos con un derivado azucarado de la morfina con más capacidad analgésica que el fármaco original –asegura–. Administrado por vía intraperitoneal, el compuesto es cien veces más potente que la morfina, con efectos dos veces más duraderos. Y no produce adicción tras una administración prolongada.”
Más allá de tantas promesas, lo cierto es que estos estudios recién se están haciendo sobre ratas, con lo cual pasarán varios años, no menos de cinco, antes de tener indicadores de funcionamiento en humanos.
Producto de la colaboración entre investigadores estadounidenses (de la Universidad de Carolina del Norte) y fineses (de la Universidad de Helsinki), llega también el descubrimiento de un nuevo blanco terapéutico para controlar el dolor. En este caso, se trata de una proteína que, normalmente, actúa en el momento en el que las neuronas (o células nerviosas) convierten ciertos mensajeros químicos que provocan dolor en unos que los suprimen.
La batalla se da en el interior más profundo del cuerpo humano, y lo novedoso es que un antiguo conocido de los científicos ahora cobra nueva dimensión y un nuevo rol. Una proteína cuyo nombre técnico es PAP, usada de manera rutinaria para diagnosticar el cáncer de próstata, es una de las dos sustancias que convierten la señal de dolor en una señal de no dolor. Cuando los investigadores inyectan ciertas cantidades de PAP en la espinal dorsal de ratas, la sensibilidad al dolor disminuye “hasta 8 veces más que cuando se les administra morfina, pero por mucho más tiempo”, asegura Mark Zylka, desde los Estados Unidos.
Esta alternativa es la más lejana de las tres en estudio: todavía es necesario que los investigadores hallen el modo de sintetizar la sustancia y transformarla en una píldora, un jarabe, una inyección que sea posible administrar sin riesgos y con efectividad. Pero todos los caminos parecen llevar a una buena lucha contra el dolor en un horizonte próximo y accesible.
revista-noticias.com.arlunes, 3 de noviembre de 2008
La ciencia contra el dolor crónico
Los pacientes no entienden las causas del dolor crónico y, por increíble que parezca, esta condición dista mucho de ser bien comprendida y abordada por la ciencia y la medicina. La frustración de algunos enfermos aumenta cuando no se les encuentra nada y los tratamientos no surten efecto. A veces, se les insinúa que el mal está en su cabeza.
Efectivamente, es en el cerebro donde se generan todos los problemas secundarios, causas y efectos, que están tan imbricados en el dolor que resulta difícil separarlos para poder estudiarlo: la depresión, la ansiedad, el miedo a cualquier movimiento que genere más dolor, la reducción de la actividad y la pérdida de la vida social, incluso del trabajo. Pero esto no quiere decir que el dolor que sufren los pacientes sea imaginario.
En el dolor crónico la sensación dolorosa sigue llegando al cerebro incluso cuando las causas que la originan ya han desaparecido. Algo falla en los receptores neurobiológicos para que la señal del dolor se amplifique como en unos altavoces Dolby Surround. Los investigadores que tratan de entenderlo y remediarlo estudian las señales químicas que se producen en los canales que transmiten el dolor para crear medicamentos que bloqueen esa transmisión, o para estudiar los canales en los que se produce esa amplificación o traducción errónea de los mensajes.
Así, el equipo de Hanns Zeilhofer, profesor de Farmacología de la Universidad de Zúrich (Suiza), ha presentado recientemente el hallazgo de unos receptores específicos de GABA (el mayor neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso) que inhiben la señal del dolor a través de la médula espinal. ´Hay muchos fármacos que activan la función inhibitoria de GABA en el cerebro. Sin embargo, también producen efectos indeseados. Afortunadamente, no hay un solo tipo de receptores GABA, y nuestro equipo ha encontrado los dos receptores alfa 2 y alfa 3, responsables de la inhibición del dolor, que pueden separarse de los efectos secundarios que, probablemente, se generan cuando el resto de los receptores se hallan activados´.
En experimentos con ratones, Zeilhofer consiguió bloquear la señal de dolor que viaja por la médula espinal hasta el cerebro, restableciendo así el filtro que se encuentra en esta parte del cuerpo en la que convergen muchas causas del dolor y viajan muchas de sus señales, aunque no es la única. El reto es ahora ´encontrar una droga adecuada para los humanos, que no sea tóxica; y, si se logra, realizar ensayos clínicos´.
Por su parte, Michael Lee, de la Universidad de Oxford (Reino Unido), trata de entender en experimentos con voluntarios cuáles son los mecanismos que se activan en el dolor crónico y, sobre todo, en qué parte del cerebro ocurre. ´Utilizo capsaicina para incrementar la sensibilización temporal al dolor en voluntarios. Cuando se aplica en la piel, activa sensores al calor que se encuentran en los nervios bajo la piel. Los nervios generan una señal que viaja a la médula espinal, y de ahí al tronco del encéfalo y al cerebro´, explica.
Pero, ¿qué es lo que hace que esa sensibilización al dolor no desaparezca? ´Una teoría es que la actividad causada en los nervios por la capsaicina o por una herida real no es sólo transmitida a la médula espinal, sino que hace también que algo cambie en el sistema nervioso a través del que viaja. Estos circuitos se reconectan en el sistema como amplificadores e incrementan la actividad nerviosa generando más dolor, aunque haya desaparecido la causa´.
Lee trata de ubicar dónde se encuentran esos amplificadores, que podrían estar en el tronco del encéfalo. En su opinión, ´si podemos identificarlos, tendremos al menos unos objetivos específicos, de forma que podremos saber qué pacientes tienen predisposición a desarrollar un dolor crónico antes de someterse a una operación y aconsejarles´.
Con todo, las soluciones pasan cada vez más por resaltar el carácter subjetivo que define el dolor. Una investigación reciente ha levantado la polémica al señalar que las mujeres -más susceptibles al dolor- y los hombres utilizan distintos circuitos cerebrales al canalizar el dolor crónico, sugiriendo que el cerebro masculino y el femenino podrían ser más diferentes de lo que se creía.
Las últimas investigaciones apuntan que el dolor crónico podría generarse no sólo de forma física, en el cuerpo, sino también en el cerebro. ´Se puede producir por daños en las neuronas del cerebro y éste es un proceso que todavía no entendemos bien. Con experimentos en humanos y animales hemos podido comprender en qué parte del cerebro se produce el dolor. Hay una parte del cerebro que gestiona nuestro estado de ánimo, el sueño, la ansiedad, y sabemos que el dolor tiene entrada en esta parte del cerebro, lo que explicaría por qué hay enfermedades en las que el dolor degenera en trastornos de sueño, malhumor y situaciones de estrés generalizado´, explica Tony Dickenson, profesor de Neurociencia, Fisiología y Farmacología del University College de Londres.
´En la actualidad tratamos de comprender qué sucede cuando se daña el tejido y el nervio y se inicia el dolor, en las señales eléctricas que se producen para conseguir mejores fármacos. Pero también sabemos por experiencia que hay mecanismos en el cerebro que hacen que podamos sentir más o menos dolor y estamos tratando de trabajar en esa conexión, en los canales que devuelven la señal desde el cerebro a la médula ósea´, añade el investigador.
Muchos creen que el dolor crónico es tan complejo que nunca se encontrará una cura definitiva. Pero Dickenson se muestra esperanzado: ´Hemos avanzado mucho en los últimos 10 años y hay mucho trabajo en marcha para entender los mecanismos y las señales químicas que se producen. Esto nos ayudaría a utilizar mejor incluso fármacos que existen en el mercado actualmente´.
Lo que parece claro es que el tratamiento del dolor crónico pasa por una combinación de fármacos, fisioterapia y psicología. Y que cualquier avance es un gran paso. ´Aunque sólo consiguiéramos reducir el dolor a la mitad, esto tendría un gran impacto en la calidad de vida de los pacientes´, concluye Dickenson.
Patricia Luna
© EL PAIS, SL.

