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martes, 22 de noviembre de 2011

Entrevista a Daniel Kahneman, sobre las formas de pensar

Daniel Kahneman, uno de los psicólogos más influyentes del mundo, desafía la sabiduría convencional sobre nuestras decisiones, la intuición y la felicidad. Él habla con Liz más sobre los deslices de desarrollo cognitivo que cometemos cada día.
Acaba de escribir su primer libro para el lector general ¿Cuál fue su motivación?
Mi objetivo ha sido educar sobre esos chismes de salón que hay sobre las elecciones y los juicios de los demás. Yo no soy muy optimista sobre la capacidad de las personas para cambiar su forma de pensar, pero soy bastante optimista acerca de su capacidad para detectar los errores de otros. Ojalá fuéramos tan inteligentes y sofisticados como en nuestro pensar de unos con otros, eso afectaría en última instancia a la conducta de todos. Eso es un ideal a largo plazo.

¿Crees que hay dos sistemas que controlan la forma de pensar y de tomar decisiones?
Hablo de los sistemas rápido y lento. Estos corresponden aproximadamente a una distinción con la que cualquiera está familiarizado: los pensamientos que se le ocurren y los que tiene que generar. Cuando reconoces un objeto o tienes la repentina sensación de que alguien te gusta, esto pertenece a un sistema, rápido, automático, y en general sin esfuerzo. El otro sistema es lo que sucede cuando te controlas a ti mismo, cuando realizas un cálculo. Es lento, deliberado, un pensamiento con esfuerzo.

Ambos sistemas tienen sus inconvenientes. ¿Qué son?
El primer sistema no es fácil de aprender, vamos, que tenemos nuestras costumbres y nuestras formas de hacer las cosas. Cuando estás en una situación, ¿qué asociaciones activan tu memoria? Tenemos muy poco control sobre esto. Tu percepción del mundo no es necesariamente la más exacta. Muchos de los llamados errores de juicio provienen de las limitaciones del primer sistema.

¿Qué pasa con las limitaciones de la deliberación, el segundo sistema de pensamiento?
El principal es la limitación de su conocimiento. Por ejemplo, el sistema uno no piensa espontáneamente de forma estadística, pero el sistema dos, a menos que haya sido entrenado, tampoco sabe de estadísticas. Así que, no pretendo decir que el sistema dos es racional y sabelotodo: es sólo que nuestro pensamiento deliberado reúne estas limitaciones. Su otra gran limitación es que es muy lento. No se podría vivir bien la vida deliberando todo el tiempo.

¿Cree que ayudaría a la gente el que reconocieran estas diferentes formas de pensar?
He estado estudiando esto durante años y mis intuiciones no son mejores que la de ellos. Pero seguro que reconocen situaciones en las que yo, o alguien, está probablemente cometiendo un error (pienso que soy mejor cuando pienso acerca de otras personas que cuando pienso sobre mí mismo). Mi sugerencia es que las organizaciones puedan ver que los individuos encuentren este tipo de pensamiento útil.

¿Cómo se puede evitar meter la pata?
Te daré un ejemplo de un error que la gente puede entrenarse para reconocer y evitar. Supón que me pregunto: ¿el precio medio de los coches alemanes es de más o menos £ 90.000? Entonces te pregunto para calcular el precio medio de los coches alemanes. Tu respuesta será muy diferente de lo que hubiera sido si hubieras preguntado en primero: ¿es el precio medio de los coches alemanes más o menos de £ 12.000?. Será mucho mayor. Esto es porque cuando te dan una cantidad ridículamente alta, te hacen pensar en coches de lujo, Mercedes, Audi, o algo así. Si te doy un número bajo, usted pensará de coches más populares. Tu mente genera automáticamente una muestra sesgada.

Este fenómeno se llama anclaje. Y hace que te centres en un número determinado, y ese número se convierte en plausible sólo porque ha sido mencionado. Mucho de lo que sucede en las negociaciones son los intentos de un lado por anclar el pensamiento del otro. Hemos publicado un artículo en la Harvard Business Review en junio de este año, que proporciona una lista de control a los tomadores de decisiones para encontrar los sesgos y errores de juicio.

¿Qué más debemos tener en cuenta?
El primer sistema produce la historia más coherente posible, partiendo de la evidencia disponible. Yo lo describiría como una máquina de sacar conclusiones. Si te pregunto, es X un buen líder, y digo, ella es inteligente y fuerte, tu ya te has formado la impresión de que es un buen líder. Pero no te he dicho otras cosas, que también es corrupta y cruel, por ejemplo. Y no has esperado a la información, sino que te has formado una impresión sobre la base de la información que tenías. Necesitamos movernos por el mundo, no podemos vivir en un estado de duda constante, así que construimos la mejor historia posible y vivimos como si esa historia fuera verdad.

A menudo no somos conscientes de la poca información que tenemos, y si no somos conscientes de esto, entonces tenemos el fenómeno del exceso de confianza. La confianza no es un juicio, es un sentimiento.

¿Cómo encaja esto con otra rama de la investigación, la felicidad?
Que fue evolucionando desde mis trabajos anteriores sobre la cuestión de la racionalidad y sobre si las decisiones eran racionales. Hay una condición claa para la toma racional de decisiones, cuando estás formulando un compromiso que puede tener unas consecuencias en el futuro, es necesario saber si te van a gustar esos resultados, o si te gusta quedarte como estás ahora. Hice algunos experimentos con helados que demostraron que la gente no es muy buena a la  hora de predecir lo que va le va a gustar.

¿Qué ocurrió con los experimentos de helados?
Pagué a unos estudiantes para que comieran una considerable porción de su helado favorito mientras escuchaban una pieza musical, cada día durante ocho días consecutivos. Siempre fue el mismo helado y la misma música. Después del primer día, calificaron su experiencia y predijeron la calificación que le darían al final de los ocho días. Algunos se volvieron adictos al helado así que comenzaron a fantasear con ello, y otros se cansaron realmente de él. La gente no sabía de antemano si se conviertirían en adictos o cansados. Eso fue interesante, así que empecé a preguntar si la gente son buenas recordando y evaluando las experiencias que han tenido en el pasado. No lo son.

¿Demostraron los experimentos igual que las colonoscopias?
Sí, se estudiaron las experiencias de personas sometidas a dolorosas colonoscopias para averiguar quién había sufrido más dolor. Y encontramos algo muy extraño: que podía predecir muy bien la calificación de la retrospectiva de dolor los los pacientes con sólo mirar el promedio del nivel de dolor informado en el peor momento de la experiencia y al final. También encontramos que la duración del procedimiento no afectaba a la calificación del dolor total.

Cuando le pides a la gente que piense en un procedimiento médico, piensan dos cosas: lo mal que lo pasó en su peor momento, y cómo se sentía cuando llegó a su fin. El cuánto tiempo duró juega un papel muy pequeño en la evaluación de la experiencia de la gente, y eso, cuando te paras a pensar en ello, es ridículo.

¿Ha visto que la forma de un evento final es muy importante para la forma de evaluar las experiencias del pasado en general?
Los finales de las historias son muy importante en la forma en que la gente evalúa sus propias vidas y la de los demás. Tome la importancia que otorgamos al escuchar la historia de una enemistad entre una madre y su hija, y justo antes de que la madre muera, se reúnen de nuevo. Buscamos ese toque, y creo que importe mucho. Pero eso es muy raro, ¿no? Ella apenas tuvo tiempo de experimentarlo. Está claro que pensamos en las vidas de los otros y, probablemente en nuestra propia vida, principalmente como historias. Nos gusta que los relatos sean buenas historias.
  • Referencia: NewScientist.com, 18 de noviembre 2011, por Liz Else
  • Perfil: Daniel Kahneman ganó el premio Sveriges Riksbank en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel en 2002 al trabajar en la toma de decisiones. Es profesor emérito de psicología en la Universidad de Princeton. Su estudio de 1974 "Judgment under uncertainty: heuristics and biases" ha revolucionado su campo. Su nuevo libro, "Thinking, Fast and Slow", ha sido publicado por Penguin.
bitnavegante.blogspot.com

“Nuestras fallas dicen mucho sobre cómo funciona la mente”

ACTUALIDAD. SUS TEORIAS AYUDAN A COMPRENDER LA CRISIS ECONOMICA.
El psicólogo y Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman vive en el piso 14 de un edificio de Manhattan. Pero eso no tiene importancia por ahora. Tratemos de contestar, sin pensar mucho, a la siguiente pregunta: ¿qué porcentaje de los estados que integran las Naciones Unidas son africanos? Lo que importa no es la cifra correcta. Lo que cuenta es que es probable que la respuesta sea inferior, si antes nos hubieran dicho que Kahneman tiene 77 años, o si se hubiera afirmado que su departamento estaba en un piso 60. Se trata del fenómeno que se conoce como “efecto de anclaje”, y es uno de los aportes de Kahneman a la psicología porque sugiere algo inquietante: no sólo tendemos a hacer juicios sesgados, sino que experimentamos la influencia de los factores más sutiles y absurdos que podríamos imaginar.
El nuevo libro de Kahneman, Pensar, rápido y lento ( Thinking, Fast and Slow) , consiste en las jugosas memorias de su vida. “No puede decirse que baste leer el libro para pensar diferente”, dice. “Yo lo escribí y no pienso diferente.” Kahneman es una persona animada y dinámica. Sin embargo, es un pesimista. Además, es alérgico a la idea de que pueda tomarse su libro por un manual de autoayuda. El abordaje que hace Kahneman de la psicología obvia fórmulas y se inclina por preguntas breves e interesantes, que ilustran con elegancia las formas en que nuestras intenciones nos engañan.
Tomemos, por ejemplo, la famosa “pregunta de Linda”: Linda es soltera y tiene 31 años. Es muy inteligente y le interesan los temas relacionados con la justicia social. ¿Cuál de las siguientes afirmaciones es más probable? a) que Linda trabaje en un banco, b) que Linda trabaje en un banco y participe de forma activa en el movimiento feminista. La abrumadora mayoría opta por b), por más que sea imposible en términos lógicos. No puede ser más probable que ambas cosas sean ciertas y no que lo sea una de ellas. Es la “falacia conjuntiva”, por la que nuestro juicio queda afectado por la persuasiva combinación de detalles plausibles.

Somos mejores narradores que lógicos.
Si algo de esto suena familiar, es porque Kahneman y su colaborador, Amos Tversky (que murió en 1999), son la principal fuente de inspiración de muchos de los libros de psicología popular de la última década. La influencia de ambos autores se extendió con rapidez en el campo de las ciencias sociales, y tuvo su momento culminante en 2002, cuando Kahneman se convirtió en uno de los muy pocos no economistas que ganaron el Nobel de Economía.
La idea de Kahneman no es que todos somos raros, sino que nuestro aparato mental, que la mayor parte del tiempo funciona muy bien, en ocasiones nos desorienta de formas predecibles. “Somos artefactos bellos”, dice. “Los artefactos funcionan bien; todos somos expertos en lo que hacemos. Pero cuando el mecanismo falla, esas fallas pueden decirnos mucho sobre cómo funciona la mente.”
En Pensar, rápido y lento presenta la situación como un drama con dos “personajes”: Sistema Uno, que es el ámbito de las respuestas intuitivas, y Sistema Dos, el plano del pensamiento consciente. Sistema Uno se activa sin que tengamos que pensar en ello. El problema es que siempre trata de ayudar, incluso cuando no debería hacerlo, y que trabaja con lo que tiene, que no es siempre la información más sensata.
El principal desafío fue el que planteó a los economistas, la mayor parte de los cuales asumía que la gente era ante todo racional y egoísta y que actuaba según sus propios intereses. El trabajo que le valió a Kahneman el Nobel demostraba lo contrario. Por ejemplo, odiamos perder cosas más de lo que nos gusta ganarlas, por lo cual la gente se niega a vender su casa por menos de lo que pagó, incluso si hacerlo tiene sentido en el plano económico.
Las características irracionales que descubrieron son, para tomar un ejemplo famoso, muy importantes en la comprensión de las causas de la crisis económica actual, que tiene sus raíces en (entre otras cosas), el exceso de confianza y la ilusión de la habilidad.
Traducción: Joaquín Ibarburu
clarin.com

domingo, 13 de marzo de 2011

Mente que divaga, mente infeliz

El pensamiento errático tiene el honor de ser el responsable de grandes descubrimientos como la ley de la gravedad de Newton. Todos hemos experimentado alguna vez las bondades de dejar divagar a nuestra mente: la palabra en la punta de la lengua, dónde dejamos el destornillador, el apellido de un viejo amigo... Pero el precio que estamos pagando por pensar en lugar de centrarnos en lo que estamos haciendo podría ser alto. Ni más ni menos que la felicidad.
El cerebro es una especie de 'super ordenador', de funcionamiento complejo, del cual conocemos sólo una pequeña parte. Sabemos que tiene actividad consciente e inconsciente, ambas de igual importancia ya que permiten realizar acciones complejas a la vez y de forma fluida; y que es capaz de pensar en el menú de la cena mientras atendemos una llamada de trabajo, todo un logro evolutivo.
Esta capacidad de divagación "parece ser el modo operativo por defecto del cerebro", explican Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert, de la Universidad de Harvard (Cambridge, EEUU), en las páginas de la revista 'Science'. Sin ella, ciertas situaciones serían terriblemente aburridas, como conducir durante horas, tomar el sol o correr. Pero parece que 'abusamos' un poco de este recurso.
Killingsworth y Gilbert, movidos por las enseñanzas de varias corrientes religiosas y espirituales que promulgan que la felicidad está en el 'carpe diem', se preguntaron si el famoso aforismo acuñado por el poeta Horacio escondía la clave de una vida feliz. Si centrarse en el 'ahora mismo' y dejar a un lado el pasado y el futuro es bueno para la salud emocional.

Sexo, reducto de paz

Gracias a una aplicación para el iPhone -que demuestra que este dispositivo sirve para muchas más cosas que para comunicarse- desarrollada por ellos mismos, los autores pudieron preguntar a miles de personas qué hacían y pensaban en varios momentos del día y a tiempo real. Para este estudio, analizaron los datos obtenidas a partir de 2.250 adultos representativos de las principales actividades laborales del mercado.
Pero, fuera lo que fuera lo que hacía cada uno de ellos, sus mentes se dedicaban a divagar una media del 46,9% de las horas de vigilia. Así que, "nuestra vida mental está dominada en un grado destacable por el no-presente", señala Killingsworth, que estudia Psicología en la prestigiosa universidad americana. Cuando menos nos invaden estos pensamientos es durante la actividad sexual, el ejercicio o en una conversación.
En esos instantes en los que los participantes se ceñían a lo que estaban haciendo, es cuando eran más felices. Este fenómeno era cierto incluso cuando la actividad realizada no era especialmente entretenida e independientemente de si los pensamientos versaban sobre temas placenteros, neutros o negativos, aunque estos últimos eran los de peores consecuencias. Divagar, 'per se', era una fuente de infelicidad.
"El pensamiento errático es una excelente forma de predecir la felicidad de la gente", subraya Killingsworth. "De hecho, la frecuencia con la que nuestras mentes abandonan el presente y hacia dónde tienden a ir es mejor factor predictivo que las actividades en las que estamos inmiscuidos", añade.
elmundo.es

viernes, 10 de diciembre de 2010

¡No te enrosques!

Empecemos por lo básico: "Enroscarem humanum est". Parte del funcionamiento de nuestra mente tiene que ver con que los pensamientos se entretejen unos con otros sin darnos descanso. Más aun cuando nos pasa algo puntual y doloroso: nos chocan el auto, nos peleamos con nuestro jefe, ese chico que se quedó a dormir y fue tan cariñoso no llama nunca más, nos queremos mudar y no podemos...

Como no sabemos cómo resolver el tema (más bien, creemos que no podemos resolverlo, o si de verdad es imposible, no nos bancamos ese fracaso y no queremos asumirlo), optamos por darnos manija, un poco de manera involuntaria y otro poco alimentando la verborragia mental.

Es, en realidad, un hábito bien arraigado: empezamos con un diálogo interno, se va potenciando cada vez más, nos ponemos una nube negra de sombrero y le damos rienda suelta a la negatividad: "No tendría que haber permitido que se quedara a dormir. Al final, va a pensar que soy fácil. Creo que le dio miedo que le untara la tostada, siempre hago lo mismo, me regalo, y después, ¿quién va a querer casarse conmigo? Con Juan pasó lo mismo, me dejó sin darme explicaciones.

No sirvo, no sirvo para nada, voy a envejecer sola, voy a ser una anciana con tres gatos que la encuentren después de una semana de haber muerto, bla bla bla, bla bla bla". O, si somos más de tener una personalidad irascible (solemos enojarnos más que deprimirnos), repasamos cientos de veces lo mal que estuvo el otro, lo que "debería" haber hecho, porque era "lo correcto", y hacemos jirones su valentía, su educación y su moral. Y la tragedia griega, al lado de nuestro drama, ¡se convierte en un poroto! Esta "acción virtual", que tiene lugar sólo en nuestra mente, suele ser uno de nuestros deportes favoritos, aunque nos haga sufrir, nos canse y nos desgaste. Hay muchas razones para que eso suceda. Vamos de a poco deshojando la margarita.

Ilusión vs. realidad

Albert Ellis, uno de los referentes más importantes de las terapias cognitivo-conductuales, se ocupó de rescatar y señalar los pensamientos irracionales más comunes entre los seres humanos, como: "Tengo que ser amado y aceptado por toda la gente que sea importante para mí", "Tengo que ser competente, adecuado y capaz de lograr cualquier cosa", "Es tremendo y catastrófico cuando las cosas no van por el camino por el que a mí me gustaría que fuesen", "Si algo parece peligroso o terrible, tengo que estar preocupado por ello y sentirme ansioso", "Las personas y las cosas deberían funcionar mejor, y si no encuentro soluciones perfectas a las duras realidades de la vida, tengo que considerarlo terrible y catastrófico", y la lista sigue...

Por ejemplo, él aseguraba que alguien que padece fobia social piensa que no le va a caer bien a nadie. Esta idea que lo angustia y le impide relacionarse con los otros tiene su raíz en la premisa ilusoria, antes mencionada, de que "tengo que ser amado y aceptado por toda la gente que sea importante para mí". Entonces, hasta el mínimo rechazo se vive como algo insoportable. Esas construcciones mentales, que tenemos arraigadas a priori los seres humanos, terminan convirtiéndose en una máquina de fabricar películas mentales a las que llamamos "realidad" y que vienen acompañadas de un gran peso emocional.

El enrosque es, justamente, darle forma a la ilusión de todos o algunos de esos pensamientos irracionales que se arraigan en un mundo imaginario. Lo que imaginamos, las situaciones que construimos en nuestra cabeza, los diálogos internos; todo es parte de un discurso que nada tiene que ver con la realidad. En lugar de agarrar el teléfono y decirle a ese X tal que X: "Hola. Te quedaste a dormir en casa, y la verdad es que hubiera sido bueno que llamaras aunque fuera para ver cómo estaba" y enfrentarnos con un posible fracaso o rechazo, preferimos quedarnos en la "escena mental" y en el papel de víctimas o vengadoras protagónicas.

Evitamos el dolor directo y construimos algo donde al menos la relación dura, porque estamos armando un mundo paralelo de suposiciones en el que todo continúa. A la vez, en lugar de sufrir, sin darnos cuenta, optamos por alargar el enojo porque nos da fuerza, nos pone activas. Nos seguimos sintiendo ganadoras, todavía hay resistencia para ofrecer: somos potentes, lástima que sólo a un nivel ilusorio.

En contraposición, la realidad es más compleja, repleta de emociones contradictorias, con sorpresas y fracasos. Cuando vivimos la realidad, el momento presente, es casi imposible irse por las ramas mentales del enrosque. No es lo mismo enfrentar el conflicto directamente: todo ese castillo de palabras y situaciones imaginarias se desmorona. Quedamos desnudas y vulnerables frente a un otro concretísimo, o una situación que demanda algo más simple: estar ahí, en el momento, intentando verbalizar la angustia y derrotando los fantasmas. Pero no es imaginario, es real. Y nos guste o no, vamos a tener que lidiar con eso.

Quizás, a la larga, podamos descubrir que los beneficios de no darse manija son que uno se vuelve más eficiente, más feliz y más bueno, con uno y con los demás. Por eso, pensando menos y yendo a lo concreto, acá van unas herramientas bien prácticas para intentar no dejarse seducir por la verborragia de nuestros pensamientos negativos creados en un mundo ilusorio.

Combatiendo el enrosque

Asumir que "shit happens". Deberíamos encarar nuestra vida teniendo digerido que "shit happens". En general, estamos convencidas de que las cosas deberían ser de otra manera, en lugar de aceptar que son lo que son. No nos permitimos decir: "Hay un margen de fracaso en todo. Si pasa, lo enfrento, lo sufro y aprendo la lección". Punto.

En lugar de eso, nos enroscamos con la situación o la persona que no estuvo a la altura de nuestras expectativas. Una vez más, tiene que ver con un mundo irreal donde manda el "debería o quisiera". Todo lo que Ellis sabiamente señaló: un mundo de supuestos donde asumimos que las cosas son "como Yo creo"; un mundo con metas demasiado altas, casi irreales.

¿En qué termina? En angustiarnos porque no toleramos las frustraciones y ya nos habíamos dibujado un mapa mental de cómo iba a ser todo. Mejor aplicar más pies en la tierra, más tolerancia a lo impredecible de la vida y a soltar todos los esquemas del "como yo quiero que sea".

Repasar los supuestos fracasos. ¡Con objetividad! Hacer una lista de todas esas fallas o dolores que fuimos teniendo y evaluarlos de una forma más consciente y expeditiva. ¿Fue tan grave? ¿Lo pude mejorar? ¿Qué capitalicé de esa experiencia? Viéndolo a la distancia: ¿de verdad fue taaaaaannnn terrible? Honestamente, a la larga, ¿afectó tanto mi vida o pude superarlo y ya quedó en el pasado? Se trata de plantarse desde un lugar donde podamos encontrar perspectiva y ver las cosas más "como son". Una vez más, una cosa es la "idea" de cómo creemos que son o deberían ser las cosas, y otra es sentarse frente a frente a lidiar con la realidad.

Tener un extra de autoestima. En general, el enrosque tiene más lugar para tejer sus redes cuando estamos en un mal momento, o muy cansadas, o cuando se juntan varias situaciones frustrantes. Por eso, es bueno, cuando estamos bien, llenar nuestro tanque de reserva de autoestima. Yo valgo, pese a los pequeños embates de la vida, pese a que tenga que ponerme remos en lugar de brazos, pese a que haya otra gente a la que puede ser que todo le sea más fácil. ¡Yo valgo! ¡Yo soy valiente! ¡Yo puedo soportar un fracaso porque estoy más allá de eso, porque tengo muchos logros, mucha gente que me quiere, y porque soy muy valiente!

Recurrir al humor. Desde ya, es algo que, cuando estamos tomadas por la nube negra, es muy, muy difícil: reírnos de eso y de nosotras mismas. Por eso, está bueno tener una amiga con la que hagamos un pacto de salvataje y de humor. Una amiga que pueda escucharnos el enrosque y, en lugar de darnos manija para que eso siga creciendo, ayudarnos a recuperar el humor. Esa amiga a la que, cuando te embarazás y engordás 8 kilos, podés llamar deprimida y asustada, y que ella te cuente su experiencia graciosa: "Cuando yo fui al obstetra, le conté que me había tomado unas vacaciones en Mar del Plata. Parece que en esos días engordé bastantes kilos de un saque. Y él me dijo: 'Todo bien, pero ¿qué te comiste, un lobo marino?'".

Riendo juntas, nada se magnifica. En la realidad, nada es tan grave y estamos acompañadas igual, sin tener que encerrarnos en un drama solitario o dar lástima para que los otros nos validen.

Confiar en el futuro y ser agradecidas. Aunque no podamos contra eso, aunque por hoy nos demos por vencidas, hay que intentar confiar en que mañana podremos lidiar con eso; mañana podremos estar más fuertes y ver las cosas desde otro lugar. Agradecer también tiene lo suyo. En vez de engancharnos con la falla, con lo que nos decepcionó, podemos ver todo lo bueno que tenemos.

"No me puedo mudar, pero estoy enamorada, vivo con mi novio, planeamos casarnos. Hay gente que está sola..." "Mi jefe no me dio el aumento. En algún lugar se lo agradezco, es hora de que busque otro laburo y empiece a mandar currículums ganadores a todos lados." Al principio, puede ser difícil, puede ser medio forzado, como estar mandándoles una onda a los pensamientos, pero medio a regañadientes... Pero a la larga, funciona. La energía se renueva y empezamos a creer en eso, como antes creíamos en la película mental negativa. En definitiva, requiere mucha práctica. Ojo, que no es una herramienta para todas: funciona mejor en las personas muy tenaces y que están más dispuestas a ser felices que a tener razón.

Conectarse con el ahora. Hay un dicho popular que dice: "No es propiedad del hombre hacer dos cosas al mismo tiempo". Aunque lo hacemos siempre (manejar y hablar por celular, comer y contestar mails, cocinar y hablar con el teléfono inalámbrico enganchado entre el hombro y la oreja hasta que nos da tortícolis, etc.), si somos honestas, sabemos que cuando hacemos dos cosas al mismo tiempo, no estamos conectadas en profundidad con ninguna. Respirar hondo tres veces, aplicar alguna técnica de relajación o meditación, sentir los pies tocando la tierra; cualquier cosa que nos haga vivir el momento presente nos conecta con otra cosa.

Si estamos en el aquí y ahora, no podemos al mismo tiempo estar con el tango cerebral. Sólo hay que descubrirse cuando una está tarareando mentalmente: "Hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento... Perfume de naranjo en flor, promesas vanas de un amor que se escaparon con el viento. Después... ¿Qué importa el después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado; eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz". ¡Basta de tango y a traerse al presente; de los pelos, si es necesario!

Y si nada funciona... Tampoco es cuestión de desanimarse. A veces, no podemos evitar mariconear, regodearnos en lo que salió mal y llorar a moco tendido por lo mal que nos fue. Si intentaste todas las herramientas, probaste otras nuevas y nada funciona: ¡enroscate tranquila! Tomate el permiso para abrazar la almohada y llenarla de mocos (porque en esta situación extrema, se acabaron los pañuelitos de papel y estás sola en el mundo).

Hacé de tu mente el mejor plasma de 42 pulgadas y empezá a proyectar todas las imágenes y pensamientos posibles: "Si lo hubiera hecho de otra manera, si le hubiera dicho, ahora lo llamo y le digo, no, mejor no, a ver si yo voy y lo encaro en nuestro bar de siempre, él llega, me mira, etc., etc., etc.". En algún momento, llega el "the end"; todo termina, hasta la tragedia más trágica. Y ahí: ¡a otra cosa, mariposa!

De a poco No hay fórmulas, recetas ni ejemplos a seguir que funcionen siempre y para todos. Hay enrosques más simples y otros más complejos. No se trata de deshacernos de lo que somos o de nuestros hábitos de un día para otro. Se trata de ejercitarnos, de estar alertas, de alivianarnos. Siempre de a poco. ¡No se trata de ahora enroscarnos porque somos enroscadas!, sino, como una madeja de hilo, de desenroscarla con paciencia, con alegría, con espíritu lúdico. Al fin y al cabo, con esa misma lana es posible que terminemos tejiendo lo que de verdad queríamos.
Pros, contras y porqués de enroscarse

¿Por qué nos enroscamos con el enrosque?

Porque nos pone activas y nos "evita" enfrentarnos con el dolor, la humillación, el mal momento.
Porque tenemos la ilusión de que nos estamos defendiendo.
Porque sirve para buscar gente que nos apoye y que se ponga en contra del "malo" de nuestra película. Es una forma de sentirnos acompañadas.
Porque creamos un "drama" del que hablar, analizar, ocupar tiempo, y quienes nos rodean tienen que prestarnos más atención que la habitual.
Porque parece que nos estamos "ocupando" del tema, cuando en realidad estamos ganando tiempo para evitar enfrentar la situación de verdad.

¿Por qué nos termina haciendo más daño?

Porque revivimos muchas veces lo mismo que nos está lastimando: pensarlo o relatarlo despierta los mismos circuitos cerebrales que cuando ocurre, una y otra vez.
Porque generamos toxinas en nuestra mente y porque se las pasamos a los otros.
Porque construimos explicaciones y planes de acción poco realistas: nuestro protagonismo empaña otros aspectos de la situación. Perdemos perspectiva.
Porque construimos un mundo imaginario rígido, en el que reinan los "debería" y "no debería".
Porque nos paramos en el "no puedo soportarlo", jugando el papel de víctima.
revistaohlala.com

viernes, 3 de diciembre de 2010

Lo que pasa en nuestro cerebro cuando estamos conduciendo un coche

A pesar de aquella noticia que os referí sobre un coche que recorrió medio mundo sin conductor o de que KITT fuera capaz de ayudar a Michael Knight en sus peligrosas misiones, lo cierto es que conducir un coche requiere de unas destrezas que aún no han sido aprendidas por los ordenadores.
Conducir probablemente sea la actividad cotidiana más compleja que lleva a cabo un ser humano, porque es una competencia formada por, al menos, 1.500 subcompetencias, según estimó A. J. McKinght y B. Adams en Driver Education Task Analysis.
Un estudio de un tramo de carretera en Maryland (EEUU) reveló que aparecía determinada información cada 0,6 metros, lo que a 48 km por hora significa estar expuesto a 1.320 ítems de información, o aproximadamente a 440 palabras por minuto, señalaba el estudio.
El equivalente sería leer tres o cuatro párrafos de este artículo mientras se contempla a la vez un puñado de imágenes, por no hablar de lo que señala el divulgador Tom Vanderbilt:
En cualquier momento dado estamos orientándonos por el terreno, inspeccionando nuestro entorno en busca de peligros e información, manteniendo nuestra posición en la calzada, juzgando la velocidad, tomando decisiones (una veinte por cada 1,6 km, reveló un estudio), evaluando riesgos, ajustando instrumentos, adelantándonos a las acciones futuras de los demás… y eso mientras quizá saboreamos un café con leche, pensamos en el episodio de anoche de American Idol, calmamos a un bebé o comprobamos el buzón de voz.
El simple encuentro con un semáforo en ámbar pone en funcionamiento una compleja cadena de pensamientos que fundiría los plomos de cualquier ordenador. ¿Cuánto tiempo le queda al semáforo? ¿Me dará tiempo? ¿Cuánto tengo que acelerar para conseguirlo? ¿Vale la pena? ¿Infringiré alguna norma? ¿Si decido frenar de golpe, me dará el coche que tengo detrás? ¿Si apuro demasiado, el coche del otro semáforo tiene aspecto de que acelerará antes de tiempo, produciendo una colisión? ¿Está mojada la calzada? ¿Quedaré atrapado en un cruce, bloqueando la cruadrícula? Y un largo etcétera.
Los ingenieros llaman “zona de dilema” al instante en que estamos demasiado cerca del semáforo en ámbar, como para detenernos y, aun así, demasiado lejos para superarlo sin que nos lo saltemos en rojo. A juzgar por las tasas de accidentes, el dilema es de órdago.
Los ingenieros pueden hacer que el ámbar dure más, pero eso reduce la capacidad del cruce…, y en cuanto corra la voz del generoso cronómetro del semáforo, quizá no sirva sino para animar a más conductores a acelerar y probar suerte.
Conducir, pues, no sólo implica cuestiones técnicas sino también psicológicas y sociales. Conducir es tan intrincado como relacionarse con otras personas. Y para lograr eso, hasta KITT se queda corto todavía.
Vía | Tráfico de Tom Vanderbilt
genciencia.com

martes, 30 de noviembre de 2010

Alimentación: consejos para evitar comer sin pensar

¿Te pasó alguna vez terminar de comer una barra de chocolate y en ese mismo momento querer otro pedacito? ¿Te sorprende ser el primero en terminar el plato de sopa antes que toda tu familia? ¿Es común que te sientas completamente lleno y mal después de comer?

Para entender todos los síntomas mencionados antes, Michelle May autora del blog
AmIHungry.com los vincula con el comer "sin pensar" o "inconciente". Y en su sitio de Internet comparte unas interesantes reflexiones al respecto que TuAlmaZen.com difunde.

Mucha gente come al tiempo que mira televisión, camina e incluso mientras trabaja. Y otras tantas personas comen tan rápido que manejan el tenedor en automático: ocupadas en recargar el próximo bocado no se dan cuenta que aún tienen una porción de comida en la boca.

Si tomás en cuenta que tu mente sólo se puede enfocar en una cosa a la vez, vas a caer en que estuviste perdiendo la posibilidad de percibir las sutiles señales que indican que estás satisfecho. Por eso comés sin parar hasta que te sentís lleno o incómodo por la cantidad que ingeriste. Pero lo más importante es que no vas a sentir que disfrutaste la comida, entonces vas a tener que comer de nuevo para sentirte satisfecho.

Así, comer significativamente se relaciona con la intención y la atención .

El comer es una actividad natural, saludable y placentera cuando se la realiza para satisfacer el hambre. Y, en este sentido, poder manejar los problemas de aumento de peso no se relaciona exactamente con qué comes. Si no más bien en la manera cómo realizás esta actividad.

Elegir comer "significativamente" significa, en otras palabras, en darle a la comida y a la actividad de comer toda tu atención. Esto te permitirá obtener una satisfacción óptima y placer sin comer en exceso.

Comer significativamente te va a ayudar a experimentar la diferencia entre la satisfacción física y sentirte "lleno". Comer significativamente te va a permitir sentirte más satisfecho con cantidades reducidas de comida. Aprender a saborear tu comida simplifica y le da placer a esta actividad. Conocer que te satisface y cómo obtener más placer de esta experiencia son los factores clave para el control de tu peso.

Primeros pasos para comer significativamente

Probá estas estrategias que te van a ayudar a identificar las señales de tu propio cuerpo y a disfrutar la comida.

Empezá por reconocer si realmente tenés hambre antes de empezar a comer. Si no tenés hambre, no vas a tener interés, entonces va a ser más difícil que te concentres. Además si estás tentado pero sin hambre, comer no te va a satisfacer.

No esperes a sentirte "muerto de hambre". Una de las claves de comer con conciencia se relaciona con mantener a tu cuerpo alimentado adecuadamente para evitar que te sorprendan los "ataques de hambre" y eso te lleve a comer de más.

Paso siguiente, decidí cuan lleno estás cuando terminaste de comer. Cuando comemos con la intención de sentirmos mejor al terminar de comer, evitamos seguir comiendo hasta terminar todo lo que está al alcance.

Elegí la comida que satisfaga tanto tu cuerpo como tu mente. Nuestra sociedad está tan obsesionada con que comamos "bien" que muchas veces comemos cosas que ni siquiera nos agradan. Como sea, la satisfacción no proviene del hecho de llenarse con comida si no del disfrute del sabor de la comida -sin culpa. Sentirse culpable acerca de ciertos alimentos muchas veces provoca el comer de más, y no de menos.

Disponé la mesa de una manera placentera. Crear un ambiente placentero agrega disfrute a comer y aumenta tu nivel de satisfacción. Además seguro que te lo mereces.

Comé sin distracciones. Si comes mientras te distraés mirando televisión, manejando o hablando por teléfono no vas a poder darle a tu comida y a tu cuerpo la atención necesaria. Como resultado, te vas a sentir lleno pero no satisfecho.

Comé cuando te hayas sentado. Elegí uno o dos lugares de la casa o de tu trabajo que sean sólo utilizados para comer. Por ejemplo, no comas parado frente a la mesada de la cocina, al lado de la heladera o sentado en la cama.

Valorá la ocasión. Apreciá la atmósfera que te rodea, la compañía, o simplemente el hecho de que te estás dando la oportunidad de sentarte y disfrutar de una comida.

Respirá profundo un par de veces para centrar tu atención antes de empezar a comer. Esto te ayudará a relajarte y enfocar en lo que hacés.

Apreciá el aroma y la apariencia de tu comida. Fijate en los colores, las texturas y los aromas que provienen de ella e imaginate su sabor.

Decidí cuál es la comida que se ve más sabrosa y empezá por esa primero. Si te guardás lo mejor para el final vas a querer comerlo incluso estando lleno.

Saborea los aromas y el gusto de la comida mientras comes. Baja el tenedor entre bocados y sé conciente de las diversas sensaciones que estás experimentando.

Si te das cuenta que no estás disfrutando de la comida que elegiste, elegí otra cosa si es posible. Comer alimentos que no disfrutás te va a dejar insatisfecho.

Hace una pausa a mitad de comer por lo menos por dos minutos. Estimá cuánta comida te va a requerir sentirte comodamente saciado.

Alejá tu plato o levantate de la mesa en cuanto te sientas satisfecho. El deseo de seguir comiendo se va a desvanecer en cuanto te sientas satisfecho. El deseo de seguir comiendo se irá rápido. Tené presente que vas a comer de nuevo cuando tengas hambre.

Tomá conciencia de cómo te sentís al terminar de comer. Si comés de más, no te castigues. En cambio, prestá atención del estado físico/emocional que acompaña el hecho de sentirse lleno por demás y crea un plan para disminuir esa tendencia de comer de más en la próxima oportunidad.

Una vez que experimentás el placer de comer significativamente, te vas a ver motivado a estar más conciente mientras realizás otras actividades. Viviendo "en el momento" y estar más presente puede elevar la efectividad y el disfrute en todo lo que hacés.
revistaohlala.com

jueves, 21 de octubre de 2010

Dime qué idioma hablas y te diré cómo piensas

Por Lera Boroditsky
Los idiomas que hablamos moldean nuestra manera de pensar? ¿Simplemente expresan nuestros pensamientos, o las estructuras de las lenguas (sin nuestro conocimiento ni consentimiento) dan forma a los mismos pensamientos que deseamos expresar?
Por ejemplo, en el poema infantil de Rafael Pombo La pobre viejecita, una parte dice: "Nunca tuvo en qué sentarse…". Esta pequeña frase deja ver cuán diferente es un idioma del otro. En español e inglés tenemos que indicar el tiempo del verbo. En este caso decimos "tuvo" en lugar de "tiene". En indonesio no hay necesidad (de hecho, no se puede) cambiar el verbo para marcar el tiempo.
En ruso se tiene que señalar el tiempo y el género; en turco tendría que incluir en el verbo la forma en que adquirió la información. Por ejemplo, si vio a la viejecita con sus propios ojos, usaría una forma de verbo, pero si sólo leyó o escuchó sobre ella, usaría otra forma.
La pregunta es si quienes hablan español, inglés, ruso, indonesio y turco ponen atención, entienden y recuerdan sus experiencias de forma diferente simplemente porque hablan un idioma distinto.
Estas preguntas abordan todas las principales controversias en el estudio de la mente, con implicaciones importantes para la política, las leyes y la religión. Aun así, hasta hace poco no se habían hecho muchos trabajos empíricos al respecto. La idea de que el idioma puede moldear el pensamiento fue considerada por mucho tiempo algo que no se podía probar y a menudo simplemente loca y errónea. Ahora, una ola de nuevas investigaciones científicas del conocimiento muestra que, de hecho, el idioma influye profundamente en cómo vemos el mundo.
Claro, no sólo porque las personas hablen diferente, piensan diferente. En la última década, los científicos han empezado a medir no sólo cómo habla la gente, sino cómo piensa, preguntando si nuestra comprensión de incluso dominios de experiencias fundamentales como espacio, tiempo y causalidad puede ser construida por el idioma.
Por ejemplo, los lenguajes indígenas en Pormpuraaw, una comunidad remota en Australia, no tienen términos como "izquierda" o "derecha". En cambio, utilizan los puntos cardinales absolutos, lo que significa que alguien puede decir "tiene una hormiga en su pierna sudoeste".
Casi un tercio de los idiomas del mundo (unos 7.000) depende de direcciones absolutas para espacio. Como resultado, los que hablan estas lenguas son asombrosamente buenos en orientarse y ubicarse, incluso en lugares poco familiares. Realizan hazañas de navegación que los científicos pensaban estaban por encima de las capacidades humanas. Esta es una manera fundamentalmente distinta de conceptualizar espacio según el idioma.
Las diferencias en la forma en que la gente piensa sobre espacio no terminan allí. Las personas dependen del conocimiento espacial para construir muchas otras representaciones complejas o abstractas, incluyendo tiempo, cantidad, tono musical, relaciones familiares, moralidad y emociones. Así que si los habitantes de Pormpuraaw piensan diferente sobre el espacio, ¿también lo hacen sobre otras cosas, como el tiempo?
Para descubrirlo, mi colega Alice Gaby y yo viajamos a Pormpuraaw y les dimos a los residentes un juego de imágenes que mostraba progresiones temporales (por ejemplo, fotos de un hombre en diferentes edades, o una banana que está siendo comida). Su trabajo era arreglar en el piso las fotos en el orden temporal correcto. Cada persona repitió el ejercicio desde un punto cardinal diferente. Cuando se hizo la prueba con personas que hablan inglés, ordenaron las imágenes de izquierda a derecha. Los que hablan hebreo lo hicieron de derecha a izquierda (el hebreo se escribe de derecha a izquierda).
En Pormpuraaw, las personas arreglaron las imágenes según el punto cardinal que estaban mirando. Por ejemplo, si miraban al sur las ordenaron de oriente a occidente (izquierda a derecha). Cuando miraban hacia el norte, las imágenes quedaron de derecha a izquierda. Mirando al oriente, las fotos quedaron ordenadas hacia su cuerpo, y así sucesivamente. Nunca les dijimos hacia qué dirección estaban mirando, pero no sólo ya lo sabían, sino que usaron espontáneamente esa orientación espacial para construir su representación del tiempo. Y en los idiomas del mundo existen muchas otras formas de organizar el tiempo. En mandarín, el futuro puede estar debajo y el pasado arriba. En el aimara, que se habla en los Andes, el futuro está atrás y el pasado al frente.
Además de espacio y tiempo, los idiomas también configuran cómo entendemos la causalidad. Por ejemplo, en inglés, los eventos son descritos en términos de agentes haciendo cosas "John rompió el florero", incluso para describir accidentes. Los que hablan español o japonés seguro dirán "se rompió el florero". Diferencias como estas tienen consecuencias profundas en la forma de entender los hechos, construir nociones de causalidad y agente, en los recuerdos como testigos y en la forma de culpar y castigar a otros.
Los patrones idiomáticos también configuran muchos otros dominios del pensamiento. Quienes hablan ruso, que hace una distinción adicional entre el azul claro y el oscuro, tienden a visualizar mejor los tonos de azul. La tribu Piraha en el Amazonas brasileño, cuya lengua evita palabras para expresar números a cambio de términos como "poco" o "mucho", no puede registrar cantidades exactas.
Claro, los idiomas son creaciones humanas, herramientas que inventamos y afinamos para que se ajusten a nuestras necesidades. Mostrar simplemente que quienes hablan idiomas diferentes piensan diferente no nos dice si es el idioma el que moldea el pensamiento o a la inversa. Para demostrar el papel causal del idioma, se necesitan estudios que manipulen directamente el lenguaje y busquen sus efectos en la cognición.
Uno de los avances clave en años recientes ha sido precisamente la demostración de este enlace causal. Resulta que si se cambia la forma en que la gente habla, también cambia cómo piensa. Si una persona aprende otro idioma, también aprende una forma nueva de ver el mundo. Cuando alguien bilingüe cambia de un idioma a otro, empieza a pensar diferente. Y si quita la habilidad de las personas de usar el lenguaje en lo que podría ser una tarea simple no lingüística, su desempeño puede cambiar radicalmente, algunas veces haciendo que parezcan tan inteligentes como un bebé.
Las nuevas investigaciones indican que los idiomas que hablamos no sólo reflejan o expresan nuestros pensamientos, sino que también configuran las ideas que deseamos expresar. Las estructuras que existen en nuestros idiomas marcan profundamente la forma en la que construimos la realidad.
—Lera Boroditsky es profesora de psicología en la Universidad de Stanford y jefa editorial de la publicación 'Frontiers in Cultural Psychology'.
wsj.com

lunes, 23 de agosto de 2010

Cinco científicos realizaron un viaje para ver cómo reacciona la mente humana lejos de las comunicaciones digitales

Por Matt Richtel
The New York Times
ÁREA NACIONAL DE RECREACIÓN DEL CAÑÓN GLEN, Utah. Todd Braver sale de una carpa ubicada contra la pared del cañón. Su cuerpo está algo bronceado, excepto por una delgada franja pálida alrededor de su muñeca.
Por primera vez en tres días al aire libre, Braver no usa reloj. "Me olvidé de eso", dice.
Es una nimiedad; se trata de la clase de cambio que muchas personas que se van de vacaciones notan en sí mismos a medida que se relajan y pierden la noción del tiempo. Pero para Braver y sus compañeros, estos momentos los remiten a una pregunta:
¿Qué está sucediendo con nuestros cerebros?
Braver, que es profesor de psicología en la Universidad de Washington, en St. Louis, fue uno de los cinco neurocientíficos que realizaron un inusual viaje. A fines del mes de marzo, ellos pasaron una semana en esta remota área del sur de Utah, haciendo rafting en el río San Juan, acampando en la suave ribera y realizando excursiones en los cañones afluentes.
Fue un viaje primitivo, con un objetivo sofisticado: entender de qué manera el uso asiduo de dispositivos digitales y de otras tecnologías cambia la manera de pensar y de comportarse y cómo retirarse a la naturaleza podría revertir esos efectos.
Los teléfonos celulares no funcionan aquí; no hay acceso a los mensajes por correo electrónico y no hay computadoras portátiles. Es un viaje hacia el corazón del silencio (algo que resulta cada vez más raro ahora que la gente puede estar online incluso en lugares de vacaciones remotos).
A medida que los investigadores descienden por las cerradas curvas que el río San Juan ha tallado a través de la antigua arenisca, como es lógico, los viajeros se relajarán, dormirán mejor y dejarán atrás el persistente sentimiento de controlar si el teléfono continúa estando en el bolsillo. Pero la importancia de tales cambios es cuestión de debate para ellos.
Algunos de los científicos dicen que unas vacaciones como estas difícilmente justifiquen demasiado examen. Pero el organizador del viaje, David Strayer, un profesor de psicología de la Universidad de Utah, afirma que el estudio de lo que sucede cuando nos alejamos de nuestros dispositivos y dejamos descansar a nuestro cerebro (en particular, de qué manera se ve afectada la atención, la memoria y el aprendizaje) es importante para la ciencia.
"La atención es el santo grial. Todo de lo cual somos concientes, todo lo que aprendemos, todo lo que recordamos y olvidamos, depende de eso", señala Strayer.
Haciéndose eco de lo que argumentan otros investigadores, Strayer dice que entender cómo funciona la atención podría ayudar en el tratamiento de muchas enfermedades como el trastorno por deficiencia de atención, la esquizofrenia y la depresión. Asimismo, agrega que, sobre una base diaria, demasiado estímulo digital puede "hacer que la gente que se encuentra bien ingrese en un estado donde no esté psicológicamente saludable".
La búsqueda del entendimiento del impacto que provoca sobre el cerebro el uso de la tecnología (en una época en la cual dicho uso está "explotando") todavía está en su etapa inicial. Para Strayer, esto no resulta menos significativo que cuando los científicos investigaron los efectos de consumir demasiada carne o alcohol.
Pero alejarse es más fácil para algunos que para otros. El viaje comienza con una fuerte defensa de la conexión digital, un debate que gira en torno a un mensaje de correo electrónico particularmente importante.
En el camino. Es posible dividir en dos grupos a los cinco científicos que viajaron: los "creyentes" y los escépticos.
Los "creyentes" son: Strayer y Paul Atchley, de 40 años y profesor en la Universidad de Kansas, que estudia el uso compulsivo de teléfonos celulares por parte de los adolescentes. Ellos argumentan que usar mucho la tecnología puede inhibir el pensamiento profundo y puede también causar ansiedad, y que salir a la naturaleza quizás ayude. A menudo, ellos mismos se esfuerzan por desconectarse.
Los escépticos usan sus aparatos digitales sin reservas. Ellos no están convencidos de que el resultado del viaje sea algo duradero (personalmente o científicamente).
Este grupo incluye a Braver, de 41 años, que habla muy rápido y es experto en imágenes cerebrales; a Steven Yantis, de 54 años, el alto y contemplativo jefe del departamento de ciencias psicológicas y cerebrales en Johns Hopkins, que estudia cómo cambian las personas entre la realización de una tarea y de otra, y Art Kramer, de 57 años, un profesor de blanca barba de la Universidad de Illinois, que ha atraído la atención debido a sus estudios sobre los beneficios neurológicos del ejercicio.
Asimismo, viajaron un periodista y un fotógrafo, además de Richard Boyer, un hombre tranquilo y fanático del aire libre, consumado pintor de paisajes, que ayuda a Strayer a conducir el viaje.
Entre los importantes académicos del grupo, Kramer es el más destacado. En el momento del viaje, él estaba por aceptar el puesto de director del Instituto Beckman (por 300.000 dólares al año). Dicho instituto es un centro líder en el campo de las investigaciones en la Universidad de Illinois; cuenta con aproximadamente 1000 científicos y empleados y recibe decenas de millones de dólares en subsidios.
Él también tiene una vida intensa (es alguien que se ha desafiado desde muy pequeño; cuenta que se fue de su casa cuando era adolescente, se convirtió en boxeador aficionado y, posteriormente, condujo aviones, escaló y se rompió una rodilla en un "accidente esquiando a gran velocidad").
Conducen seis horas desde Salt Lake City hasta el río, y se detienen en una tienda de campamento para comprar provisiones de último momento. Kramer espera afuera, revisando el correo electrónico en su BlackBerry Curve. Esto dispara un debate entre los "creyentes" y los escépticos.
De regreso en el automóvil, Kramer dice que revisó su teléfono porque estaba esperando noticias importantes: necesitaba saber si su laboratorio había recibido un subsidio de 25 millones de dólares de la fuerza militar para aplicar la neurociencia al estudio de la ergonomía. El científico dejó dicho a sus empleados que le enviaran un mensaje de texto a un teléfono satelital de emergencia que tiene el grupo.
Atchley dice que no entiende por qué Kramer se preocupa por eso. "El subsidio estará allí cuando regreses", agrega.
"Por supuesto que querrías saber sobre un subsidio de 25 millones de dólares", responde Kramer. Presionado por Atchley respecto de la importancia de enterarse de inmediato, agrega: "Ellos esperarían que regrese enseguida".
Este es un debate que se ha vuelto cada vez más común ya que la tecnología ha definido la noción de lo que es "urgente". ¿Con qué rapidez la gente necesita obtener información y responderla? Los "creyentes", en este grupo, afirman que el ritmo de los datos que ingresan ha creado un sentido falso de la urgencia, el cual puede afectar la capacidad de las personas para concentrarse.
En su caso, Kramer señala que ha habido pocos efectos adversos: la única vez que recuerda que la tecnología lo distrajo demasiado fue cuando estuvo excesivamente inmerso en la redacción de un trabajo y se le hizo tarde para recoger a su hija adolescente.
"Como académicos, vivimos de las computadoras", dice.
La escena se torna más austera a medida que descienden hacia un desierto de rocas rojas. El grupo se detiene para cargar gas en Green River, donde Kramer revisa nuevamente su correo electrónico. Por su parte, Strayer bromea diciendo que exhibe signos de adicción.
"Algunas personas creen que solamente los demás tienen problemas", prosigue Strayer. Pero reconoce que Kramer, quien le cae bien y con quien él hizo su doctorado: "Está bajo mucha presión".
En el río. Despiertan en Recapture Lodge, un rústico motel de dos plantas, rodeado por árboles de algodón. No hay teléfonos celulares pero sí acceso inalámbrico a internet, instalado hace algunos años porque, según dice el propietario del lugar, la gente no podía soportar no tenerlo.
Kramer todavía no ha recibido noticias sobre el subsidio. Él coloca su computadora portátil en una mochila y la guarda en la recepción del motel.
Horas más tarde, el grupo llega al sitio desde donde salen las balsas: Mexican Hat (sombrero mexicano), que debe su nombre a que allí hay un afloramiento rocoso con forma de sombrero. Los viajeros arman y aprovisionan las balsas, las abastecen con alimento suficiente para cinco días. También cargan cerveza, jarras para agua, un inodoro portátil, carpas y bolsas de dormir, implementos de cocina y de primeros auxilios. Luego, parten.
Después de recorrer un corta distancia río abajo, lo ven: un estrecho puente de acero ubicado a aproximadamente 46 metros sobre el río (después del cual ya no hay más cobertura para teléfonos celulares).
"Allí es donde termina la civilización", bromea Atchley.
Hacia el final de la tarde, acampan en la ribera. Comen costillas de cerdo, mientras la Osa Mayor brilla sobre sus cabezas y las paredes del cañón (de casi 305 metros de altura) acortan su visión del cielo. Algunos murciélagos pasan volando como flechas y descienden en busca de bichos atraídos por las luces de las linternas.
Los hombres beben cerveza Tecate y hablan del cerebro. Están pensando en un estudio seminal, llevado a cabo en la Universidad de Michigan, con el que se demostró que las personas pueden aprender mejor después de caminar por el bosque que después de caminar por una calle repleta de gente.
El estudio indica que los centros de aprendizaje en el cerebro se ponen a prueba cuando tienen que procesar información, incluso durante la experiencia relativamente pasiva de adaptarse a un ambiente urbano. Por extensión, algunos científicos creen que realizar muchas tareas fatiga al cerebro, despojándolo de la capacidad para concentrarse.
Strayer, quien es el líder de la expedición, argumenta que la naturaleza puede refrescar el cerebro. "Nuestros sentidos cambian. Se calibran: notas sonidos, como estos grillos que cantan, escuchas el río; los sonidos, los olores, te conectas más con el ambiente físico, con la Tierra, más que con el ambiente artificial".
"Es por ello que llaman a este viaje vacaciones. Uno se recompone", dice Braver. Él se pregunta si hay ciencia detrás de la idea relacionada con la naturaleza. "Parte de ser un buen científico es ser escéptico".
Braver acepta la investigación de la Universidad de Michigan pero desea entender precisamente qué sucede dentro del cerebro. Y se pregunta: ¿Por qué los cerebros no se adaptan a la gran estimulación, convirtiéndonos en personas cada vez más fuertes y que puedan realizar múltiples tareas?
"Exacto", replica Kramer, el escéptico. "¿Por qué no se ejercitan los circuitos, en cierto sentido, y nos convertimos en seres humanos más fuertes?
Las ideas comienzan a fluir. Durante mucho tiempo, los científicos han pensado cómo afectan la atención las nuevas formas que adoptan los medios (desde la prensa impresa hasta la televisión). Pero el moderno estudio sobre la atención surgió en la década de 1980, con la diseminación de máquinas que permitían a los investigadores observar cambios en el torrente sanguíneo y también en la actividad eléctrica del cerebro. Pero máquinas más nuevas les han permitido detectar las partes del cerebro que entran en acción cuando las personas cambian de una actividad a otra, o cuando están prestando atención a la música o a una película.
Esto se ha convertido en un campo de investigación tan candente que, hace dos años, los Institutos Nacionales de Salud fundaron una división para brindar apoyo a estudios dedicados a investigar las partes del cerebro involucradas en la concentración.
"Ahora", afirma Yantis, "podemos estudiar el cerebro y la atención en forma conjunta, de forma rigurosamente científica, en vez de hacerlo a la manera de Freud: «Siéntese y analícelo»".
Este viaje se trata más de remar mientras se piensa. Braver y Yantis se ubican en un kayak rojo, en aguas tranquilas, y se cruzan con un ganso y dos de sus crías que están sobre la orilla. Los escépticos hablan sobre cómo estudiar la mortalidad con la constante interrupción de los mensajes de correo electrónico y de los nuevos aparatos digitales.
Por otro lado, los estudios sobre el comportamiento han demostrado que el desempeño se ve afectado cuando la gente realiza múltiples tareas. Estos investigadores se preguntan si la atención y la concentración pueden soportar el golpe cuando las personas simplemente anticipan la llegada de más estímulo digital.
"La expectativa del correo electrónico parece estar apoderándose de nuestra memoria activa", señala Yantis.
La memoria activa es un recurso preciado en el cerebro. Los científicos tienen la hipótesis de que una fracción de la potencia del cerebro está vinculada con la anticipación de mensajes de correo electrónico y de nueva información (ellos consideran que podrían llegar a demostrarlo mediante técnicas que usan imágenes).
"Cuando se tiene menos memoria activa, se tiene menos espacio para almacenar e integrar ideas y, en consecuencia, se razona menos de lo necesario", dice Kramer, quien se desplaza flotando cerca de la otra balsa.
En los días sucesivos, los balseros se encuentran retomando una y otra vez estas conversaciones científicas. Dos de ellos, mientras empacan las carpas, debaten sobre cuáles son las mejores técnicas que usan imágenes para demostrar mejor los efectos que tiene la sobrecarga digital sobre el cerebro. Todo el grupo habla de las maneras de medir la liberación de químicos cerebrales en el torrente sanguíneo. Un par de ellos, mientras reman en la balsa grande, hablan sobre cómo aplicar la neuroeconomía (medir cómo el cerebro valora la información) para entender el envío y recepción compulsivos de mensajes de texto en los adolescentes.
Las conversaciones se desdibujan, con períodos de silencio y admiración del paisaje (los halcones que vuelan en círculos, los carneros). También hay momentos en los cuales los hombres experimentan una intensa concentración durante los desafíos físicos, como por ejemplo cuando atraviesan los rápidos o cuando escalan las estrechas paredes del cañón.
Este es el ritmo del viaje. Las ideas fluyen como el río.
"Hay una verdadera libertad mental al saber que nadie ni nada puede interrumpirte", señala Braver. Él se hace eco del pensamiento del resto de los científicos al destacar que el viaje es, de muchas maneras, más efectivo que retirarse a trabajar en el hotel, donde, con frecuencia, se involucra a cientos de personas que caminan agotadas en rápidas reuniones, blandiendo sus BlackBerrys. "Es por ello que me dediqué a la ciencia, para hablar sobre ideas".
"Síndrome del tercer día". "El tiempo pasa más lentamente", dice Kramer. Él ha estado corriendo toda su vida, desde que dejó su casa a los 15 años, y ha logrado una posición de gran influencia. Es el segundo día en el río y ya terminó de empacar su carpa. Él es el primero que lo hace en la mañana, pero no tiene prisa.
No leyó ninguno de los trabajos de investigación que llevó. ¿Y el correo electrónico sobre los 25 millones de dólares? "Nunca me preocupé por eso. No pensé en eso", dice, como si la sola idea de hacerlo fuera ridícula.
Kramer relata que el grupo se ha vuelto más reflexivo, más tranquilo, más concentrado en lo que los rodea. "Si yo mirara de este modo lo que me rodea en el trabajo, la gente pensaría que estoy holgazaneando", concluye.
Los demás también están más relajados. Braver decide que no tomará café, omitiendo así su ritual cotidiano. Al día siguiente, no se pone el reloj, y advierte sobre consultarlo demasiado. "Algunas veces, olvido ponerme el reloj en casa pero, en honor a la verdad, generalmente llevo mi teléfono, que tiene reloj".
Strayer, uno de los "creyentes", dice que los viajeros están experimentando una etapa de relajación que él denomina "síndrome del tercer día". Sus síntomas pueden no ser sorprendentes. Pero incluso los más escépticos de los científicos dicen que algo está sucediendo con sus cerebros y que refuerza sus debates científicos (algo que podría ser importante para ayudar a la gente a ingeniárselas en un mundo de ruido electrónico constante).
"Si podemos descubrir que la gente camina fatigada y no se da cuenta de su potencial cognitivo", afirma Braver, quien entonces hace una pausa y agrega: "¿Qué podemos hacer para recuperar todo nuestro potencial?"
Lo que él insinúa es algo que los científicos no terminarán de descubrir hasta los últimos minutos del viaje: tienen ideas sobre cómo responder esta pregunta.
Camino a casa. Más tarde, esa noche, ya de regreso en Recapture Lodge, Kramer solicita su computadora portátil en la recepción. Primero, dice que esperará para usarla hasta que se duche y descanse. Luego, decide darle un vistazo. Ha recibido 216 mensajes de correo electrónico, pero nada sobre el subsidio militar.
"La saga de los 25 millones de dólares continúa", agrega, y apaga la máquina.
A la mañana siguiente, él y Braver se sientan en la parte trasera del automóvil, camino al aeropuerto; el par de escépticos comparte el charqui y una perspectiva. El viaje no los transformó, pero sí les hizo cambiar la manera de pensar sobre sus investigaciones (y sobre sí mismos).
Braver relata que cuando recuperó su teléfono, la noche anterior, cayó en la cuenta de la cantidad de veces que recurre a él en los escasos momentos de aburrimiento: "En ciertas ocasiones, lo uso como excusa para ser antisocial".
Cuando regrese a St. Louis, planea concentrarse más en entender qué sucede con el cerebro cuando descansa. Él quiere emplear la tecnología que usa imágenes para ver si se puede medir el efecto de la naturaleza sobre el cerebro y si hay otras maneras de reproducirlo, como por ejemplo, mediante la meditación.
Por su parte, Kramer agrega que él desea investigar si los beneficios para el cerebro (los pensamientos más claros, por ejemplo) provienen de la experiencia de estar en contacto con la naturaleza, así como de escalar y practicar rafting, o de una combinación de dichas acciones.
Atchley destaca que puede ver nuevas maneras de entender por qué los adolescentes deciden enviar y recibir mensajes de texto incluso en situaciones de peligro, como cuando conducen. Quizás, la adicción que provoca la estimulación digital lleve a una deficiente toma de decisiones. Por su parte, Yantis dice que una conversación que tuvo lugar muy tarde por la noche, debajo de las estrellas y de murciélagos que volaban en círculos, le proporcionó nuevas formas de pensar sobre su investigación, relacionadas con la manera y la razón por la cual las personas se distraen con flujos de información irrelevante.
Incluso sin saber exactamente cómo afectó el viaje a sus cerebros, los científicos están preparados para recomendar un período de inactividad como camino hacia el pensamiento relajado. Como dice Kramer: "¿Cuántos años recetamos aspirinas sin saber cuál era el mecanismo exacto?"
Cuando se acercan al aeropuerto, Kramer también menciona un descubrimiento personal: "Tengo un colega que afirma que soy muy descortés cuando saco una computadora en medio de una reunión. Yo digo: «Puedo escuchar». Quizás no estoy escuchando tan bien. Quizás pueda trabajar en ser más comprometido".
Traducción de Angela Atadía de Borghetti
lanacion.com

martes, 27 de julio de 2010

¿En qué número estoy pensando?

Un grupo de científicos australianos y suizos ha descubierto que es posible adivinar el número en el que está pensando un sujeto con la simple observación de sus ojos.
Los investigadores a cabo un análisis con 30 personas a las que pidieron que escogieran números al azar, entre el 1 y el 30, mientras sometían a grabación sus ojos. Posteriormente compararon los movimientos de cada uno de los participantes, observando que había una cierta relación entre los números que pensaban y el movimiento de los globos oculares, según explican en la revista científica Current Biology.
Los experimentos demuestran que al medir la posición del ojo se puede predecir el tamaño del siguiente número que la persona va a decir. En concreto, un giro hacia la derecha y hacia arriba indica que el número será mayor, mientras que cuando se trata del movimiento opuesto, hacia la izquierda y hacia abajo, el número en el que está pensando la persona es menor que el dicho anteriormente.

muyinteresante.es

jueves, 20 de mayo de 2010

La ideología mostraría la misma estructura que la esquizofrenia

En el siglo XX dos ideologías prendieron en la mente de millones de personas, causando asimismo millones de muertos: me refiero al nacionalsocialismo y al comunismo. Mi prolongada estancia en Alemania me ha llevado a intentar comprender cómo fue posible que intelectuales de gran categoría, como el filósofo Martin Heidegger y tantos otros, fuesen también víctimas de estas ideologías. Este es el motivo que me lleva a hablar hoy de este tema que, en mi opinión, todavía está sin una explicación satisfactoria.
Quisiera, antes de entrar en materia, delimitar un poco qué entiendo por ideología, recurriendo a las muchas definiciones que se han hecho por sociólogos, historiadores, psicólogos, e incluso psiquiatras.
El término “ideología” fue utilizado por vez primera en Francia por Pierre Cabanis y Antoine Louis Destutt de Tracy en el siglo XIX. Karl Marx y Friedrich Engels vuelven a utilizar este término cincuenta años más tarde en su obra La ideología alemana, publicada a mitad del siglo XIX. Ya en el siglo XX, el filósofo francés Louis Althusser se dedica a estudiar este tema publicando su obra más conocida en este campo y titulada: Ideología y aparatos ideológicos de Estado.
Mientras que para Marx la ideología es una “falsa consciencia de la realidad”, Althusser considera que las ideologías cumplen la función de ser “concepciones del mundo” (lo que en alemán se llama ‘Weltanschauung’ y en español ‘cosmovisión’).
En Italia es el político y filósofo Antonio Gramsci quien trata la ideología también de forma diferente a la de Marx. Para Gramsci la ideología es “el terreno de lucha incesante entre dos principios hegemónicos”. Y otro filósofo italiano, Ferrucio Rossi-Landi, escribe que hay dos usos del término ideología: un uso peyorativo de la ideología como “pensamiento falso” (deforme, engañoso) y un uso descriptivo de la ideología como “visión del mundo” y como “justificación o promoción de un sistema político”.
El filósofo alemán Christian Duncker sostiene que la ideología es un sistema que explícita o implícitamente reclama ser la verdad absoluta. Por eso existen muchos tipos de ideologías: políticas, religiosas, sociales, epistemológicas, éticas, etc.
Quisiera aclarar que por mi parte no estoy interesado en ningún discurso político o social, sino que mi interés se centra en el mecanismo mental que puede ser origen del pensamiento ideológico. Por eso no entro a considerar la ideología como sistema que puede consolidar un poder político determinado.
Entiendo, más bien, que si lográsemos aclarar esos mecanismos mentales, habremos dado un paso importante para explicar el origen de las ideologías y, con ello, avanzar en los intentos de evitar que vuelvan a reproducirse con sus nefastos efectos.
Si consideramos los nacionalismos como ideologías, y tenemos en cuenta que muchos movimientos terroristas poseen también una ideología, entonces el interés por comprender cómo esta forma de pensar prende en las mentes de los individuos se convierte casi en una necesidad.
Puntos imprescindibles
Recojamos, pues, para continuar con este análisis, algunos de los elementos en las definiciones que hemos visto se han hecho de las ideologías. Quisiera resaltar algunos puntos que considero imprescindibles.
El primero, de la definición de Antonio Gramsci de que la ideología es “el terreno de lucha incesante entre dos principios hegemónicos”. Desde luego, esto es aplicable al nacionalsocialismo, con su división tajante entre arios y judíos y otras razas ‘inferiores’; así como lo es para el comunismo con su antagonismo entre burgueses y proletarios.
En ambos casos, la característica común es un dualismo exacerbado, un planteamiento en antítesis o antinomias que llama la atención y que, desde luego, simplifica y falsifica la realidad. En ese sentido también puede hablarse de “falsa consciencia de la realidad”.
El segundo punto que quiero resaltar es la coincidencia en los criterios de Louis Althusser y Ferruccio Rossi-Landi de que las ideologías son ‘Weltanschauungen’, o sea, cosmovisiones, que se caracterizan fundamentalmente por tener un componente fuertemente dualista y, sobre todo, por ser visiones cerradas del mundo, es decir, sistemas de pensamiento que tienen explicación para todo. Precisamente por ser visiones cerradas del mundo son necesariamente falsas.
También hay autores que consideran a la ciencia como una ideología, denominándola ‘cientismo’. Ahora bien, según los puntos que hemos tratado, la ciencia está alejada de sostener una visión cerrada del mundo, antes bien sostiene lo contrario. Y, desde luego, nunca ha reclamado poseer ninguna verdad absoluta.
Cierto es que en el ámbito científico ha habido postulados que pueden ser considerados como ideologías, como por ejemplo el darwinismo social, aunque este no puede ser considerado parte de la ciencia.
Y también es cierto que la ciencia no se libra del pensamiento dualista que puede observarse en numerosas ocasiones a lo largo de su historia. Pensemos, por ejemplo, en las antinomias energía y materia, tiempo y espacio, partícula y onda, big bang y big crunch, etc., en física. O en biología las antítesis genética o medio ambiente, o evolución continua o discreta. O en política la división entre derechas e izquierdas, progresistas y conservadores.
Podríamos prolongar esta lista en todas las demás disciplinas, sean mitología, religión o filosofía, para concluir que el pensamiento dualista es ubicuo y que nos hace sospechar, como ya he expresado en otra ocasión, que podría ser una categoría más de nuestra mente, una especie de anteojos con los que observamos el mundo que nos rodea.
Términos antitéticos
Que nuestro lenguaje está lleno de términos antitéticos es un hecho. El filólogo alemán Karl Abel publicó en 1885 en Leipzig un libro titulado “Sprachwissenschaftliche Abhandlungen” (Tratados de lingüística), obra que fue citada por Sigmund Freud en su ensayo “El doble sentido antitético de las palabras primitivas”.
El capítulo octavo de esa obra de Karl Abel lo tituló: Sobre el sentido opuesto de las palabras originarias. En él habla del periodo en el que el ser humano empezó a formar sus conceptos, de los tiempos primitivos en los que se formó el lenguaje. Y las pruebas más antiguas del habla humana las encuentra en los jeroglíficos egipcios que se remontan hasta los 4.000 años a.C.
En este lenguaje egipcio encuentra un sinnúmero de palabras con dos significados antitéticos, como ‘oír’ y ‘estar sordo’, ‘separar’ y ‘unir’, ‘fuerte’ y ‘débil’, ‘mandar’ y ‘obedecer’, etc. siendo expresados estos conceptos contradictorios por un mismo sonido.
Para Abel, este hecho explica el devenir del concepto y el lenguaje en los tiempos primitivos. En el lenguaje posterior se emplearon dos sonidos distintos para los conceptos opuestos. Mientras más progresa un idioma, más desaparece también el sentido antitético de los sonidos. Y respecto a este hecho, nos dice que el nombre ‘luz’, por ejemplo, no tiene sentido sin su opuesto ‘oscuridad’ y viceversa.
Al final de su libro, Abel enumera toda una serie de palabras antitéticas, no sólo en el idioma egipcio antiguo, sino en el idioma indogermánico, origen de la mayoría de los lenguajes que utilizamos hoy en Europa y también en el idioma árabe.
Así, por ejemplo, en latín ‘altus’ tiene el significado de alto y bajo; en sánscrito ‘arat’ significa lejos y cerca; en alemán ‘Boden’ significa la parte más baja y la más alta de la casa; en latín ‘sacer’ significa sagrado y maldito; en griego ‘daimon’ se utiliza para ángeles y demonios; en inglés la palabra ‘without’ se podría traducir literalmente como ‘con-sin’, etc.
Ahora bien, ¿no es posible que este hecho nos esté indicando el nacimiento del pensamiento dualista cuando dividimos esas expresiones en dos con significado contrario? Según el criterio de Abel, la antítesis supone una de las primeras operaciones mentales del ser humano.
El origen del lenguaje y el pensamiento dualista
Sobre el origen del lenguaje existen muchas teorías. Pero una de las más plausibles nos dice que procede de la comunicación por gestos. Se ha comprobado asimismo que el lenguaje americano por signos utiliza las mismas regiones cerebrales que el lenguaje hablado, lo que habla a favor de esa hipótesis.
La expresión por signos estaba ligada presumiblemente al sistema emocional del cerebro, al sistema límbico. Y sabemos que en el funcionamiento del sistema límbico no existen las antinomias, es más, en los ensueños, por ejemplo, en los que el inconsciente está activo, los términos antitéticos no crean ningún problema y pueden darse conjuntamente.
Es, pues, de suponer que el pensamiento dualista, lógico-analítico, humano está ligado al funcionamiento de determinadas regiones de la corteza cerebral y que su surgimiento es relativamente tardío en el desarrollo de la mente de los homínidos.
¿Cuál sería la ventaja evolutiva de un pensamiento de estas características?
En primer lugar, sabemos que el cerebro no está interesado en términos absolutos, sino relativos. En la visión, la cantidad de luz no es interesante, sino los contrastes. Y en todo el sistema nervioso lo que se registra son comparaciones, basadas en un mecanismo que llamamos inhibición lateral, que es el que crea esos contrastes, mecanismo presente no sólo en todos los órganos de los sentidos, incluida la piel, sino también en todo el Sistema Nervioso Central.
No sería, pues, extraño que el pensamiento estuviese basado también en el mismo principio de contraste que se refleja en el pensamiento dualista. ¿Qué mayor contraste para un concepto que su antítesis?
En segundo lugar, la lógica está basada también en términos contrapuestos. Por tanto, es de suponer que las estructuras que sostienen nuestra capacidad lógico-analítica, con la que analizamos el mundo, son las mismas que albergan ese ‘operador binario’ que el ya fallecido psiquiatra de Pensilvania Eugene D’Aquili sostuvo es un operador importante para las experiencias religiosas, estéticas y, especialmente, para la formación de mitos.
Asociación de Ideas
Este área cerebral no sería otra que la que el padre de la neurología conductual en Estados Unidos, Norman Geschwind, denominó la región inferior del lóbulo parietal del hemisferio dominante. Una región que está situada en el giro supramarginal y que está considerada, junto con el giro angular, como el área de asociación de las áreas asociativas. Su lesión impide la formación de antónimos, así como el uso de grados comparativos de adjetivos, como ‘más alto’ y ‘más bajo’, ‘mejor que’ y ‘peor que’, etc.
Tendríamos, pues, una región cerebral responsable de la visión dualista del mundo y que nos serviría para analizar ese mundo por contraste, formando antónimos. Así pues, las ideologías tendrían un componente dualista muy fuerte, que resultaría de una exageración de esa forma de pensamiento.
Hace muchos siglos que la filosofía hindú, especialmente el Vedanta Advaita, hizo hincapié en la no-dualidad (que es lo que significa en sánscrito advaita), entendiendo que la visión del mundo que nos ofrece el sentido común es una ficción creada por los conceptos que la mente superpone a las percepciones.
Pero también en Occidente, el profesor de filosofía de la Universidad de California, John Searle, dice que aquello que se nos aparece como realidad es el resultado de las categorías, fundamentalmente lingüísticas que imponemos sobre el mundo.
Es un error, dice, creer que el lenguaje sólo se limita a asignar etiquetas que nos permiten identificar los objetos: somos nosotros los que dividimos el mundo y el lenguaje es nuestra principal herramienta para ello. Precisamente, el giro supramarginal que antes mencioné está implicado en funciones lingüísticas.
En otro lugar he referido que en las experiencias que llamamos místicas esa función cognoscitiva no está presente y las antinomias, como división entre el yo y el mundo, desaparecen, fusionándose el individuo con Dios, el Vacío, la Nada o la Naturaleza. Con otras palabras: la visión dualista no es la única de la que el cerebro es capaz. También lo es la visión no-dualista que ya era conocida hace muchos siglos por la filosofía hindú.
La falsa conciencia
El sociólogo y filósofo húngaro, afincado en Francia, Joseph Gabel, escribió en 1962 un libro titulado: La fausse consciente (La falsa consciencia), en el que relaciona la ideología con la falsa consciencia. En la falsa consciencia y en la ideología la situación histórica de las relaciones humanas se vive de forma a-histórica, natural, espacialmente dada: se trataría de una disociación esquizofrénica de la vivencia espacio-tiempo, de la cosificación del proceso temporal.
Esta disociación siempre es desvalorizante, porque la ambivalencia del devenir histórico se divide de forma maniquea y “el mal” se convierte en “otra cosa distinta”, se proyecta hacia fuera.
El psiquiatra suizo Eugen Bleuler definió la ambivalencia esquizofrénica como la incapacidad de integrar existencialmente la ambivalencia que existe realmente en cada contenido de valor concreto.
Para Gabel, la ideología sería una buena ilustración de desvalorización por cosificación o reificación y, por tanto, una verdadera esquizofrenia en el sentido del psiquiatra francés Eugène Minkowski, o sea, un racionalismo patológico, una congelación del mundo conceptual. La ideología mostraría la misma estructura que la esquizofrenia, es decir, la cosificación como denominador común.
En la ideología, como en la esquizofrenia, la historia no se vive sino que se sueña. No se desarrolla temporalmente, sino que se da de manera mágica y espacial. Es una forma de pensar encapsulada en sí misma, dogmática, extraña a la realidad, inaccesible a cualquier experiencia.
El aparato conceptual de las ideologías se formaría de forma egocéntrica, y el egocentrismo espacializa el tiempo, se convierte en un sistema supratemporal, algo que ocurre también en el egocentrismo del niño.
Egocentrismo colectivo
Por ello, la ideología podría ser un egocentrismo colectivo, un sociocentrismo o un etnocentrismo. Gabel dice que cualquier colectivo es egocéntrico y tiene la tendencia a espacializar la duración del tiempo, a cosificarlo. El tiempo histórico se paraliza, se detiene.
El pensamiento blanco-negro es característico de las formas colectivas e individuales del egocentrismo. La tendencia a la división entre buenos y malos se ha mostrado innumerables veces en las ideologías y en la esquizofrenia. Es lo que la psicoanalista austriaca Melanie Klein llamó la “posición paranoide temprana”.
En un sistema teocrático, por ejemplo, la humanidad se divide entre “ortodoxos” y “heterodoxos”, “justos” y “pecadores”, “creyentes” e “infieles”. El psiquiatra italiano Silvano Arieti describió el pensamiento superconcreto del esquizofrénico como un pensamiento que utiliza una lógica arcaica, una “paleológica”. Esta sería también la lógica de la ideología.
Si esto es cierto, entonces la ideología supondría una vuelta a un pensamiento más primitivo, más simple, con un componente fuertemente emocional, tal y como lo es en la esquizofrenia. La unión del pensamiento fuertemente maniqueo con ese componente emocional conduciría a la demonización del contrario, a explicar toda la historia simplificándola; en el caso, por ejemplo, de la ideología nazi, como una lucha entre razas, y en el caso del comunismo como una lucha entre clases. De la demonización del adversario a la tendencia violenta a su liquidación no hay más que un solo paso.
Así que un instrumento cognoscitivo que nos permite analizar el mundo, como es el pensamiento dualista, sin duda desarrollado en la evolución por alguna ventaja adaptativa, tiene también su parte negativa expresada paradigmáticamente en las ideologías con consecuencias desastrosas para la humanidad. El conocimiento de sus ventajas e inconvenientes deberá ponernos en guardia para evitar en el futuro esas consecuencias negativas.
Un ejemplo del pensamiento dualista de la ideología nazi es la siguiente frase del libro Mein Kampf(Mi lucha) de Adolf Hitler: La gran mayoría del pueblo es, por naturaleza y criterio, de índole tan femenina, que su modo de pensar y obrar se subordina más a la sensibilidad anímica que a la reflexión. Esa sensibilidad no es complicada, por el contrario es muy simple y rotunda. Para ella no existen muchas diferenciaciones, sino un extremo positivo y otro negativo: amor u odio, justicia o injusticia, verdad o mentira, pero jamás estados intermedios. En esta cita vemos que el propio Hitler piensa que la realidad es dual, proyectando su propio pensamiento dualista a la sociedad.
Una expresión típica de las ideologías es la comparación del adversario con una ‘manzana podrida’ que contamina a las sanas, o con un ‘cáncer’ que, como dice Hitler, ‘corroe las entrañas de la sana raza aria’.
La aversión de Hitler por la enfermedad llega a tal punto que tanto enfermos crónicos como personas genéticamente defectuosas debían ser erradicados del resto de la sociedad. Se muestra así el dualismo exacerbado del que antes hablábamos que divide a la sociedad en sanos, que son ellos, en la mente de los ideólogos, los puros, los ortodoxos, y por otra parte los enfermos, lisiados, minusválidos, impuros, heterodoxos, herejes, etc., de los que conviene librarse, enviarlos a campos de exterminio, quemarlos, gasearlos, como así fue en el periodo de la dictadura nacionalsocialista.
Tres elementos totalitarios
La politóloga alemana Hannah Arendt en su libro Los orígenes del totalitarismo dice que hay tres elementos específicamente totalitarios que son peculiares a todo pensamiento ideológico. El primero es la promesa de explicar todo el acontecer histórico, la explicación total del pasado, el conocimiento total del presente y la fiable predicción del futuro. Es lo que yo llamaba antes una cosmovisión acabada de la realidad.
En segundo lugar, un pensamiento que se emancipa de la realidad que percibimos y que insiste en una realidad “más verdadera”. En tercer lugar, el pensamiento ideológico comienza en una premisa axiomáticamente aceptada, deduciendo todo a partir de ahí.
Como he dicho al principio, una de las ideologías más nefastas del siglo XX ha sido la del comunismo, especialmente en su vertiente estalinista. El comunista yugoslavo Milovan Djilas, describió a Stalin como ‘el mayor criminal de la historia’, en el que se combinaba ‘la criminalidad sin sentido de un Calígula con el refinamiento de un Borgia y la brutalidad del zar Iván el Terrible’.
Sigue siendo un misterio, como dice el escritor británico Alan Wood, cómo fue posible que Stalin estuviese tanto tiempo en el poder, desde 1928 hasta 1953, aterrorizando a la población, recurriendo al asesinato en masa y al terror, y esclavizando a las naciones de la Europa del Este, siendo al mismo tiempo admirado, reverenciado e incluso amado por muchos y encontrándonos hoy aún con los que mantienen su afecto a su figura y nostalgia por esa época.
La aniquilación de la clase de los kulaks, agricultores y campesinos con tierras que contrataban a trabajadores del campo, su envío por millones en vagones de ferrocarril que se utilizaban para el ganado a las inmensidades heladas de Siberia a trabajar en campos de concentración, se anticipó al transporte nazi de judíos en el nacionalsocialismo.
La manifestación pública del así llamado ‘holocausto soviético’ fueron las purgas entre los años 1936 a 1938 contra miembros del Politburó del propio partido, quienes bajo tortura y amenazas a sus familias confesaron crímenes políticos jamás cometidos.
La red de campos de concentración inmortalizada por Alexander Solzhenitsyn en su obra El Archipiélago GULAG, es un equivalente de la red de cientos de campos de concentración nazi.
Llamar a Stalin o a Hitler paranoicos, psicópatas, con complejos de inferioridad y tendencias homicidas, no explica prácticamente nada de por qué gran parte de la población siguió durante mucho tiempo a estos personajes participando de la ideología que propagaban.
Tanto el nacionalsocialismo como el estalinismo se caracterizaron por un nacionalismo exacerbado, que, a fin de cuentas, es una forma de pensamiento dualista que distingue tajantemente entre nosotros y los demás.
Errores del pasado
Ahora que el nacionalismo de vía estrecha hace furor en algunas partes de Europa, deberíamos tener en cuenta estas consideraciones si no queremos volver a repetir los errores del pasado.
Si realmente las ideologías están basadas en una visión dualista del mundo y existe el peligro de que esta visión, por ser más simple, puede ser fácilmente adoptada por la inmensa mayoría de la población; y se le añadimos que una vez asentada esta visión está fuertemente cargada emocionalmente, corremos el peligro de volver a vivir cualquier otra ideología con sus nefastas consecuencias.
Por esta razón, cuando en los años 50 y 60 se proclamó el fin de las ideologías puede que los que lo hicieron no estuviesen muy acertados. El crítico literario británico Terry Eagleton, en la introducción de su libro Ideology, escrito en 1995, ya dice que en la última década hemos conocido un notable resurgimiento de movimientos ideológicos en todo el mundo, refiriéndose sobre todo al fundamentalismo islámico, sin olvidar el fanatismo estalinista de un Pol Pot en Camboya, el sistema teocrático en Irán o la limpieza étnica en la antigua Yugoslavia.
Por esta razón, aquellos que fomentan un pensamiento dualista extremo en las ideologías son, a mi juicio, unos irresponsables siendo extremadamente indulgentes.
No deberíamos olvidar la frase del filósofo español Jorge de Santayana: Quien olvida su historia está condenado a repetirla.
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