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miércoles, 11 de enero de 2012

Doctor, imprímame un riñón

¿Se imagina un futuro en el que su médico sea una máquina? ¿O en el que se puedan imprimir riñones o huesos de repuesto? ¿Prótesis robóticas, celulares que controlan nuestros niveles de azúcar o realidad aumentada para detectar, por ejemplo, un cáncer de piel?
Aunque muchas de estas tecnologías están todavía en pañales, se sorprendería al saber cuán cerca estamos de emplear algunos de estos recursos en medicina y cómo éstos revolucionarán los tratamientos médicos en la próxima década.
Algunos recordarán aquella máquina que escaneaba la salud de los protagonistas de Viaje a las estrellas. Fue precisamente al ver esta serie de ciencia ficción que a Walter Brouwer, uno de los fundadores de la compañía clic Scanadu, se inspiró para plantear la fabricación del Medical Tricorder
Estamos hablando de Inteligencia Artificial, toda esa serie de programas que piensan y llegan a conclusiones a partir del procesamiento y contraste de datos.
Programas de inteligencia artificial podrían sustituir a los médicos a la hora de controlar y tratar nuestros problemas de salud.
El concepto es elaborar un dispositivo capaz de obtener diversos datos del paciente (como la presión arterial o la presencia de infecciones a partir del análisis de la sangre o la saliva) y que a partir de ellos elabore un diagnóstico y diseñe un tratamiento.
La Fundación X-PRIZE propuso un premio de US$10 millones para quién desarrolle esta tecnología. Ya hay una decena de empresas trabajando en un modelo y el objetivo es que esté disponible comercialmente en tres o cinco años.
Por su parte, otros programas inteligentes como Siri de Apple y Watson de IBM ya se están incorporando al mundo de la medicina.
Combinados con los sistemas de computación en nube, pueden convertir nuestros celulares en médicos personales en potencia.

Imprimiendo riñones

Las impresoras 3D, cada vez más asequibles, van a dar mucho que hablar en muchas áreas, pero en medicina podrían ser particularmente revolucionarias.
Si un paciente ha perdido una pierna, estas máquinas podrían escanear el miembro seccionado y elaborar una prótesis que se ajuste a la medida y color de piel del paciente.
Pero el concepto va muchísimo más allá y podría poner fin al drama de aquellos pacientes que necesitan un transplante de órganos.
Las bioimpresoras todavía son todavía experimentales pero podrían revolucionar el mundo del transplante de órganos.
La idea es sustituir la "tinta" que emplean estas máquinas por células madre para fabricar riñones, hígados o corazones, utilizando el ADN del paciente, lo que evitaría rechazos.
Estamos hablando de la bioimpresión y no es un concepto nuevo. Hace años que se viene planteando esta posibilidad, pero sólo recientemente parece estar, nunca mejor dicho, materializándose.
En marzo de 2011, el investigador Anthony Atala, del Instituto de Medicina regenerativa Wake Forest en Estados Unidos, sorprendió a un auditorio entero durante una conferencia al imprimir un riñón en vivo y en directo.
Cierto que el riñón no era funcional, pero estaba hecho de tejido humano.

Hospital líquido

No obstante, tal y como señaló a BBCMUndo Jorge Juan Fernández, director del área de EHealth y Salud 2.0 en el clic Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, España, "cabe diferenciar dos mundos".
"Una cosa es lo que pasa en los laboratorios, que están lejos de la práctica diaria, y otra lo que ya se está aplicando en los hospitales".
Fernández es impulsor del primer "hospital líquido" de España, proyecto que pretende que los hospitales trasciendan virtualmente sus muros para interactuar tanto con el paciente como con el resto de la comunidad médica.
Esto lo hace a través de diversos recursos de internet, desde cuentas en Facebook en donde, por ejemplo, se ofrecen consejos de salud, páginas donde se recopilan publicaciones recientes en el campo de la medicina, o cuentas de Twitter con vínculos a videos de conferencia orientadas a padres preocupados por el control de la salud de sus hijos.
Algunos hospitales en Reino Unido disponen de sistemas que permiten a los pacientes interactuar con su médico desde casa.
La oferta de información digital del Hospital Sant Joan de Déu es amplia y trasciende continentes.
En 2010 empezó a retransmitir tanto a España como a América Latina un Webcast (retransmisión en directo a través de internet) con cursos y jornadas de formación para médicos y enfermeras, que permite seguir los cursos en tiempo real o en diferido.
En cuanto al paciente, señala Fernández, con las redes sociales éste se convierte en una especie de "corresponsal de la salud", participando aportando información, o su opinión, e interaccionando de forma distinta con el médico.
Hace años que el concepto de hospital líquido se viene extendiendo en Estados Unidos.
En este país, 575 centros ya poseen una cuenta de Youtube, 1.068 tienen una cuenta en Facebook, 814 en Twitter y 149 publican blogs, según ebennett.org, página de información sobre redes sociales para centros de salud.
En ese país, hace años que funcionan con éxito sociales como clic PatientsLikeme (pacientes como yo) o clic CureTogether (Curémonos juntos), donde pacientes con dolencias similares comparten sus experiencias o conocimientos, e incluso donde se pueden impulsar campañas de clic crowdsurcing (tercerización masiva).

Sensores y aplicaciones

Médicos y usuarios dispondrán de sensores manejables para obtener diversos datos sobre nuestra salud.
En el último año hemos visto un auge de aplicaciones para teléfonos inteligentes y la medicina no está exenta de ellos.
Muy pronto podremos controlar nuestra salud usando nuestros celulares.
Imagínese la situación: un teléfono que accede a nuestro registro médico, que controlar tu ritmo cardíaco y envía los datos a la nube para que los vea el médico.
Ya son muy populares, sobre todo en Estados Unidos, aplicaciones como clic Fitbit o Jawbone UP, que nos ayudan a mantenernos en forma.
Al final, estas aplicaciones se convierten en lo que comentábamos al inicio de este artículo, una especie de máquina que escanea el estado de nuestra salud y que automáticamente elabora un diagnóstico o tratamiento.
Un recurso, que podría tener una gran repercusión sobre todo en países en desarrollo, con escaso acceso a servicios de salud.
Aparte del celular, expertos en electrónica también están desarrollando toda clase de sensores. Aparatos cada vez más pequeños y baratos que podrán medir nuestra temperatura o presión y transmitir esos datos por internet.

La delgada línea entre lo humano y lo robótico

Exoesqueletos e implantes biónicos son ejemplos que combinan biología y tecnología.
Por último, BBC Mundo ha decidido dedicar unas líneas a biotecnología.
"Son tecnologías que se mezclan con la biología. Esto irá cada vez a más y ahí vendrá el debate sobre el límite entre lo humano y la máquina", explica Fernández.
Se refiere a la elaboración de implantes ortopédicos biónicos, como los que lleva el deportista sudafricano clic Oscar Pistorius, corredor que practica este deporte con una especie prótesis con forma de guadaña.
Pero también destaca la aparición de los primeros exoesqueletos, que quizás podrían en un futuro hacer caminar a las personas parapléjicas.
Son exoesqueletos robóticos que detectan los impulsos nerviosos emitidos por el cerébro hacia los músculos.
De he hecho, trascendiendo el mundo de la medicina, Estados Unidos está invirtiendo millones en el desarrollo de exoesqueletos mecánicos para unidades de Marines, con el fin de aumentar su rendimiento.
Siga la sección de tecnología de BBC Mundo a través de @un_mundo_feliz

lunes, 2 de enero de 2012

Esto que somos


Tome más de un 60% de oxígeno, menos de un 20% de carbono, alrededor de un 10% de hidrógeno y un 3% de nitrógeno y múltiples ingredientes adicionales en cantidad necesaria. Corte en juliana, en dados, procese, mezcle en coctelera, hornee a la temperatura justa y..., ¡voilà!: nosotros (o, para el caso, cualquier ser vivo que se precie).
Pero..., ¿qué es esto que somos? Podríamos hacer el camino inverso y, de la manera más posmo, deconstruirnos. De los millones de millones de células del cuerpo tendremos un frasco grandote con células de la piel, otro con células de músculo, más allá neuronas, células sanguíneas, y siguen los integrantes. Otras vez, a mezclar y..., ¿nosotros?
Hagamos un último intento de biología cuantitativa: en el changuito del supermercado pongamos 9 botellas de sangre, 1 balde grande de grasa, unos cuantos metros de intestino, miles de kilómetros de vasos sanguíneos, 2 metros cuadrados de piel, 5 millones de pelos (bueno, no en todos los casos), algunos dientes, un cerebro y esperemos que acepten el pago con tarjeta. De nuevo, no parece que podamos reflejarnos en esa compra así como así.
Tal vez la estrategia no sea entonces pensarnos como humanos genéricos, sino intentar ver qué es lo que nos hace únicos (nosotros y no nuestros vecinos, nuestros hermanos o nuestras suegras). Esta unicidad puede venir por las huellas dactilares (que son efectivamente tan individuales que ni siquiera se comparten entre gemelos -es más, incluso son diferentes entre los dedos de nuestras manos; algo de esto tiene que ver con que se terminan de formar por el rozamiento dentro de la panza de la mamá), por la forma y el color del iris (como sabemos de toda buena película de ciencia ficción), de las ondas que definen nuestro patrón de voz y de los genes. Claro, los genes, ¿cómo no haber empezado por allí?
En la larga batalla del vitalismo (o sea, la vida es algo diferente de la no-vida y vaya uno a saber qué) contra el mecanicismo (la vida no es más -ni menos- que una organización muy particular de la no-vida) hubo íconos que brillaron y se apagaron a lo largo de la historia: las proteínas, las enzimas, el ADN y los genes. Cada vez que aparecía un nuevo héroe, los vitalistas se despachaban con un: "Ahí está, ¿vieron?, ahora díganme que eso también está en la materia no viviente", hasta que algún ñato lo sintetizaba en su laboratorio a partir de sustancias de lo más pedestres. Convengamos en que los genes aguantaron bastante la batalla, y de hecho aparece la moderna traducción del conócete a ti mismo como dime qué genes tienes y te diré quién eres. De ahí viene una de las más increíbles hazañas de la ciencia: el proyecto genoma humano que fue desovillando, de a uno, los veintipico mil de genes que supimos conseguir (y el pico viene porque aún no hay un número final, en todo caso son muchos menos de los que se pensaban originalmente, lo que le ha hecho perder apuestas a más de un investigador). El asunto es que esos genes vienen además en múltiples sabores. Veamos: ¿cuántos de ustedes pueden doblar la lengua en u? ¿Hacer un ángulo de unos 90 grados con el pulgar? ¿El pelo les crece con un triangulito sobre la frente? ¿Son pecosos? Pues bien: ya es hora de que alguien les diga que son una manga de mutantes, ya que esas características, como muchísimas otras, tienen que ver con mutaciones en alguno/s de los genes que ligaron en suerte.
Otro asunto es que este genoma nos permite trazar parentescos entre nosotros (y descubrir que llevamos genes africanos y, auch, genes de neandertales dentro -vaya uno a saber qué anduvieron haciendo nuestros antepasados cuando salían del boliche), y entre nosotros y otros bichos. Así, es común escuchar que somos casi un 99% chimpancés, basado en la identidad genética con nuestros primos peludos. Pero si continuamos esta línea de pensamiento, tendremos que admitir que también somos 50% bananas, ya que ese es el porcentaje de genes que compartimos con nuestras primas lejanas y fruteras. Así que ya saben: cada día pueden detenerse a pensar si se sienten más monos o más bananas, dependiendo del ánimo con que se despierten.
La cuestión es que no somos sólo lo que traemos de fábrica. Por un lado sí, somos eso, lo que heredamos de papá y mamá y, para bien o para mal, no hay con qué darle. Pero por otro lado está lo que logremos con lo que traemos de fábrica, y con eso está todo por hacerse. La familia, la educación, los amigos, lo que comemos, la gimnasia, la humedad, en fin, todo lo que en biología podríamos llamar ambiente es también, en buena parte, nosotros. Uno podrá tener genes para ser alto, pero si no come bien será de los primeros de la fila. Uno podrá tener una cierta propensión genética a alguna enfermedad (aunque hay muy pocos casos en los que un solo gen determina esto), pero su estilo de vida podrá determinar las visitas al médico.
Entonces, esto que somos es, al menos, dos cosas. Seremos lo que debamos ser, y también un poco lo que queramos y podamos ser. De alguna forma, de eso se trata vivir.
Por Diego Golombek  | LA NACION
El autor es doctor en Ciencias Biológicas, profesor de la UNQ e investigador del Conicet

jueves, 15 de diciembre de 2011

Acerca de la naturaleza humana

Por Nora Bär | LA NACION
No importa de qué capítulo del catálogo delictivo provengan -fraudes impositivos, espíritus en venta, salideras bancarias o cualquiera de las muchas variedades de la inmoralidad... empezar el día con una lista de noticias policiales es francamente descorazonador en cualquier momento del año.
Pero si la información periodística cercana a la Navidad, época en que salen a relucir los mejores deseos, incluye las atrocidades más siniestras que se puedan imaginar, como asesinatos de chicos indefensos o femicidios múltiples, ya se torna francamente intragable.
Sin duda, la criminología tendrá explicaciones para entender estos oscuros extremos de la psiquis, pero a veces uno duda de que los humanos hayamos superado la Edad de Piedra... Por suerte, hay quienes opinan lo contrario. El célebre -y controvertido- psicólogo canadiense y profesor de la Universidad de Harvard Steven Pinker, autor de El i nstinto del lenguaje (y una larga lista de best sellers), intenta demostrarlo a lo largo de 802 páginas en el recientemente publicado The Better Angels of Our Nature (algo así como Los mejores ángeles de nuestra naturaleza , Allen Lane, 2011).
Según Pinker, bajo nuestra piel depilada no se aloja un homínido sediento de sangre. Es más, aunque la profusión de cadáveres y cuerpos destrozados que nos llegan desde los cuatro costados del planeta parezcan desmentirlo, la civilización actual sería mucho menos violenta que la de siglos precedentes.
En un artículo para Nature , Pinker asegura que si se cuantificaran las muertes ocurridas en esos tiempos por imperios que colapsaban, maníacos conquistadores, ventas de esclavos y aniquilaciones de pueblos nativos, serían comparables a las causadas por cada una de las dos guerras mundiales. "La arqueología y la demografía etnográfica sugieren que alrededor del 15% de las personas que vivían en sociedades en las que no se había constituido el Estado morían violentamente. Sería cinco veces la proporción de ese tipo de decesos que se registró en el siglo XX por la guerra, el genocidio y las hambrunas por causas humanas combinados", escribe. Y más adelante se pregunta: "¿Por qué nos llevó tanto tiempo darnos cuenta de que había algo un tanto mal con comprar y vender esclavos, pegarles a los chicos, violar a las mujeres, apresar a homosexuales, exterminar a indígenas o hacer la guerra para reparar la vanidad ofendida de los reyes?". Su respuesta es que ahora somos más pacíficos porque somos más inteligentes. "Las neurociencias indican que la moralidad no sólo se controla por los circuitos de la emoción -dice-, sino también por los del pensamiento abstracto."
¿Es mucho pedir como deseo de Navidad que Pinker tenga razón?

miércoles, 10 de agosto de 2011

Erase una ciudad en transición

Cada día, a las 17.30, las calles de Stroud quedan desiertas. Los comercios bajan sus persianas, los oficinistas se despiden hasta la siguiente jornada laboral y las carreteras se convierten en un disciplinado hormiguero. Incluso los autobuses urbanos hacen su último recorrido tan sólo hora y media más tarde. Es a partir de entonces, justo después de la cena, cuando esta pequeña ciudad del sur de Inglaterra vuelve a cobrar vida, pero una muy diferente a la del ajetreo diurno y las obligaciones cotidianas. Es en este momento cuando los tornos comienzan a girar en los cursos de cerámica, los coros inundan de melódicas voces las salas de ensayo y empiezan las reuniones de todo tipo de asociaciones locales (ambientales, sociales, artísticas, conservacionistas), una cantidad excepcional si lo comparamos con cualquier ciudad de veinte mil habitantes.
De entre todos los grupos que se reúnen hay uno que se destaca de forma especial, no tanto por el número de personas implicadas (menos de 50) como por sus aspiraciones. No pretenden cambiar el mundo, sino algo mucho más cercano. En primer lugar, ellos mismos y, más tarde, la ciudad en la que viven. A la vez confían en que esto ocurra en la ciudad vecina, y también en la siguiente, y así sucesivamente, albergando la esperanza de que cada comunidad realice de forma autónoma su transición hacia un futuro pospetróleo.
La idea que defienden es simple. El momento en el que se alcance la producción máxima de petróleo está por llegar, incluso puede ser que ya se haya producido. A partir de este punto el descenso será vertiginoso, tanto como lo fue el ascenso. Las reservas de petróleo cada vez serán menos y los nuevos yacimientos descubiertos de más difícil acceso, lo que hará que su extracción sea más costosa y, como consecuencia, el precio final de los combustibles resulte progresivamente más alto. De esta forma, la única vía que parece quedarnos es ir abandonando poco a poco la dependencia del petróleo. Un gran desafío, que podría ser afrontado como una oportunidad para crear sistemas urbanos en mayor contacto con la naturaleza, donde predomine lo local ante lo global y se fortalezcan las relaciones comunitarias.

Una movida global

Stroud no es la única comunidad en transición ni la idea surgió hace dos días. El movimiento de las Transition Towns comenzó a ser desarrollado por el profesor Rob Hopkins hace más de cinco años en su ciudad natal, Totnes, a poco más de doscientos kilómetros de Stroud. Hoy, el movimiento tiene presencia en todo el globo. Son trescientas setenta y cinco las iniciativas oficiales a nivel mundial y más de cuatrocientos grupos están planteándose cómo comenzar una Iniciativa en Transición. Existen treinta y cuatro países que cuentan con iniciativas o proyectos de transición (tan diversos como Yemen, Letonia, Nigeria, Chile, Tailandia, Francia o Nueva Zelanda). La red se ha extendido de tal forma y en lugares tan variopintos que hablar de ciudades en transición ha perdido el sentido, puesto que el concepto actualmente se aplica en barrios, penínsulas, bosques, universidades.
El éxito sin precedente de las Transition Towns puede atribuirse a tres factores: su cercanía (por atañer de forma muy directa a nuestra vida cotidiana, ya que el fin del petróleo nos afecta directamente y no es algo lejano e incierto como pueden ser los efectos del cambio climático), su apoliticismo, y el hecho de ver la transición como una oportunidad para dar un giro positivo a nuestras comunidades. En palabras de Helen Royall, quien fue coordinadora de Transition Stroud hasta hace un año, "llevar a cabo una iniciativa en transición es algo brillante. Por eso tenemos que hacer todo lo posible por disfrutarlo como comunidad, porque será lo que nos conduzca hacia un futuro excelente y saludable".
La transición de una comunidad es mucho más que reducir el uso del auto y evitar viajar en avión de forma indiscriminada. La transición también llega a los aspectos aparentemente minúsculos de la vida cotidiana, como comprar verduras de temporada producidas localmente o aprender a remendar unos calcetines. Todo con la finalidad de reducir el uso del petróleo y las emisiones de dióxido de carbono, consumiendo sólo lo necesario y de la forma más local posible. La fórmula es sencilla, pues sólo se trata de comparar, por ejemplo, la cantidad de combustible invertido en importar un mango de Israel y el necesario para transportar por carretera una manzana producida en nuestra región. La opción de consumo más coherente decanta por sí sola.
Para comprender que la vida sin este consumo frenético de combustibles fósiles es posible no hay más que mirar unas decenas de años atrás o preguntarles a las personas de más edad, a los que vivieron aquella época en la que no se concebía que todo fuese para usar y tirar. Una época en la que los viajes en avión eran un lujo del que como mucho se gozaba una o dos veces en la vida, las compras se hacían en el mercado o en la tienda del barrio y la ropa venía, como muy lejos, del otro extremo del país. La clave está en imitar las buenas costumbres del pasado, relocalizar y readquirir habilidades que casi se han perdido por desuso, fortalecer las a menudo debilitadas relaciones interpersonales y, en definitiva, lograr que la comunidad en conjunto y cada uno de sus habitantes en particular sean más autosuficientes.
Cada lugar es diferente y, por lo tanto, cada iniciativa en transición sigue su propio camino. Hopkins sugiere una secuencia de doce etapas, descritas en su Transition Handbook. Las mismas son un reflejo de la primera experiencia en Totnes y su evolución, pero dejan la decisión a cada comunidad de alterar el orden de los pasos propuestos o incluso saltarse o añadir otros. La experiencia de los años siguientes a la publicación del libro ha demostrado que cada Transition Town sigue su propia metodología, aquella que se adapta mejor a las necesidades y características de la comunidad y, sobre todo, del grupo que hace que esto sea posible.
El propio Hopkins, quien está preparando una segunda edición del libro, reconoce que esta propuesta de las doce etapas "ha sido muy útil en los primeros años de las Transition Towns", pero que "es necesario plantear el modelo de una forma diferente y más flexible, de manera que nadie sienta que tiene que seguir dichos pasos uno por uno y hasta el final, y así dejar las puertas abiertas a la creatividad de cada uno".
Quizás el paso número cinco sea uno de los más ineludibles, por tratarse del corazón de la estructura de las comunidades en transición. Es en este momento en el que se consolidan pequeños grupos de trabajo centrados en diferentes aspectos del proceso, como la energía, el transporte o la comida. Cada uno ha de determinar dentro de su ámbito la mejor forma de reducir la dependencia de los combustibles fósiles. Dichos grupos se forman a partir de los intereses personales de sus miembros, al igual que ocurría en las teorías utópicas de Fourier, quien basaba el funcionamiento de sus comunidades ideales en las pasiones personales de cada uno de sus componentes. La pasión y el entusiasmo son elementos imprescindibles en las iniciativas de transición, pero en muchas ocasiones no son suficientes para conseguir el éxito de un proyecto de tal magnitud. A menudo también hacen falta conocimientos y experiencia para que una iniciativa de este tipo cobre solidez, como es el caso de Stroud. El movimiento de transición de esta ciudad cuenta entre sus miembros con personas como Molly Scott-Cato, profesora de Economía Ambiental de la Universidad Metropolitana de Cardiff, y una de las fundadoras de la moneda local, la Stroud Pound, o el urbanista Neil Buick, quien coordina el evento de las Open-Homes, en el cual los propietarios abren sus casas durante un fin de semana para mostrar las reformas realizadas para incrementar la eficiencia energética. La veteranía de sus integrantes, cuya media de edad rebasa los cuarenta, es uno de los puntos que más pueden sorprender a alguien acostumbrado a que en su país este tipo de iniciativas sean casi de forma exclusiva realizadas por jóvenes, con muchas ideas y energía, pero con una experiencia limitada. Como contrapartida, la casi total ausencia de gente joven involucrada en el grupo es un factor que podría acabar poniendo en peligro la viabilidad del proyecto a largo plazo.

Las dos caras

Los grupos de trabajo pasan en sólo unos meses de estados de euforia creativa a la hibernación. O a la inversa, dependiendo del grado de intervención de sus miembros y del tiempo y energía de la que dispongan. Esta es, una vez más, la doble cara de los trabajos voluntarios. Algunos abandonan el proyecto después de años de trabajo y largas horas de reuniones vespertinas, pero a la vez otros se unen, insuflándole a Transition Stroud nuevos aires y aportando ideas frescas. Las propuestas se cuentan por decenas, las que se realizan son menos y las acciones que tienen un impacto verdadero a corto o mediano plazo se pueden contar con los dedos de las manos. Al día de hoy, uno de los proyectos más tangibles es la creación de una moneda propia para fomentar el consumo local, la libra de Stroud (Stroud Pound), que ya es aceptada en más de cuarenta negocios del municipio. Otras, de momento, sólo son ideas imprecisas, como la del aprovechamiento energético de los pequeños saltos de agua, hoy en desuso, de los canales creados por algunas fábricas situadas a las orillas de los mismos.
Mientras tanto, el espíritu de transición de Stroud se mantiene vivo gracias al desarrollo de todo tipo de actividades que engloban diferentes aspectos de la vida cotidiana. Las iniciativas que hasta ahora se han puesto en marcha son tales como las destinadas al fomento del uso de la bicicleta y la reducción del uso del auto, cursos para la recuperación de habilidades perdidas como arreglar ropa, fabricar abono orgánico o cultivar verduras en los jardines, la concesión de una beca a una profesora de un colegio de la zona para que dedique parte de su jornada a cuestiones ambientales o la organización de charlas y proyecciones de documentales sobre el cénit del petróleo y el cambio climático, entre otras.
Por otro lado, tal y como afirma Simon Allen, uno de los miembros fundadores y de los más activos del grupo, "la transición es algo más bien psicológico, por eso no sólo se generan nuevos proyectos en el seno de Transition Stroud, sino que también se van incluyendo otros que surgieron con anterioridad o posteriormente, pero que persiguen los mismos objetivos". Dentro de estos proyectos paralelos se encuentran algunos tan peculiares como el Global Bee Project, dedicado a la conservación de las abejas, la Stroud Community Agriculture, cooperativa de consumidores que obtiene de forma directa productos de la tierra, el StroudCo, cuya misión es poner en contacto directo a consumidores finales y productores de alimentos, o el Car Club, que pone a disposición de sus miembros una flota de vehículos para necesidades puntuales, reduciendo así el número de automóviles por persona.
Para quien no conozca de cerca una comunidad de transición es fácil idealizarlas. En seguida uno se imagina un lugar sin autos ni supermercados, con niños jugando en la calle y oficinistas yendo al trabajo en bicicleta. Nada más lejos de la realidad.
En el caso de Stroud se pueden apreciar sin demasiado esfuerzo dos ciudades que conviven en forma paralela. Por un lado está la ciudad que ha atraído durante décadas a artistas y gente de pensamiento alternativo, la primera ciudad inglesa en la que se construyó una Co-housing, la ciudad donde todos los sábados se celebra un pintoresco mercado de productos locales... Pero en ella también reside una ciudad inglesa más donde, a pesar de su reducido tamaño, hay un inusual número de hipermercados, establecimientos de comida rápida y escasas facilidades para peatones, ciclistas y usuarios del transporte público.
A pesar de que Transition Stroud ha logrado una productiva relación de trabajo con el gobierno local, la mayoría de los aspectos básicos de la organización del municipio todavía quedan fuera de su alcance. Las iniciativas en transición aplican una estrategia del tipo bottom-up, es decir, de abajo hacia arriba. Justamente a la inversa de las iniciativas lanzadas por la administración local para fomentar la participación de la población. Las comunidades asumen un papel proactivo, puesto que son las que mejor conocen las necesidades del entorno local, ante un gobierno que no dirige sino que reacciona ante las demandas de la ciudadanía.
Otro aspecto que Rob Hopkins considera clave es la visión del futuro. Es decir, pensar adónde se quiere llegar y a continuación empezar a trabajar para conseguirlo, dándole un enfoque positivo muy lejos de las actuales campañas ecologistas basadas en mostrar escenarios futuros devastados por grandes catástrofes naturales. Una buena síntesis de lo que a toda comunidad de transición le gustaría alcanzar se puede ver en el mismo centro de Stroud, en la algo exclusiva comunidad de viviendas Co-housing, donde viven varios miembros del grupo. Allí los niños sí pueden jugar por la calle sin preocuparse de autos u otros peligros, hay espacios comunitarios para fomentar la interacción entre los vecinos, parte de la energía consumida es generada por paneles solares, los huertos son regados con agua de lluvia y abonados con residuos orgánicos e incluso los vecinos pueden comprar los huevos a la familia encargada del corral.
Después de compartir una de las cenas comunitarias que se organizan tres veces a la semana en las Co-housing, uno no puede evitar pensar que, a pesar de los tres años y medio que Transition Stroud lleva en funcionamiento, todavía queda demasiado por hacer para acercarse a ese tipo de existencia semidílica. Por un lado esto parece darles a sus componentes una energía inusitada para continuar adelante con la transición, pero por otro puede hacer plantearse a los más escépticos si un proceso tan lento no hará caer en el desánimo a sus integrantes, e incluso si los cambios necesarios para afrontar un futuro pospetróleo se lograrán a tiempo. Si fuera así, y el momento en el que los combustibles fósiles sean tan escasos y caros que no resulten suficientes para abastecer a la población llegara antes de lograr una verdadera sociedad de transición, siguiendo la atípica pero lúcida recomendación de Rob Hopkins, Transition Stroud debería "celebrar su fracaso", es decir, darlo a conocer para que otros no repitan los errores que ellos cometieron.

MIENTRAS TANTO EN AMERICA LATINA

En nuestro continente la propuesta de las Transition Towns aún no está muy difundida. Cuenta únicamente con una iniciativa oficial y siete proyectos distribuidos en cuatro países: Argentina, Brasil, Chile y México.
En 2007 se creó en Chile la (por el momento) única comunidad de transición de carácter oficial. Está en un diminuto pueblo llamado Villa Manzano, situado en la región del Biobío, en donde tres hermanos pusieron en marcha el proyecto y fueron contagiando poco a poco al resto de los vecinos con su idea de convertir la población en un lugar ecológico y autosustentable. También en Pucón, en la región de la Araucanía, el pasado marzo se celebró la sesión de apertura de una nueva iniciativa.
En la Argentina son dos las comunidades que se preparan para convertirse en iniciativas de transición: Capilla del Monte (provincia de Córdoba), de la mano de la escuela y granja orgánica Jardín de los Presentes, y la llamada Comarca Andina en Transición, primera iniciativa de este tipo en el país, que ya realiza acciones en tres pequeños pueblos de las provincias de Chubut y Río Negro.
Por otra parte, en Brasil existen tres proyectos más, Brasilândia, São Lourenço y Transition Granja Viana. En México, a principios de este año, se formó un grupo de trabajo que pretende convertir la ciudad de Ensenada en una nueva iniciativa de transición.

EN LA RED

Transition Networks www.transitionnetwork.org
Transition Stroudwww.transitionstroud.org
Transition Town Totneswww.transitiontowntotnes.org
Comarca Andina en Transición http://sites.google.com/site/sinpetroleo
 lanacion.com

martes, 28 de junio de 2011

¿Dónde metemos a 7.000 millones?


Cualquier niño que nazca en aproximadamente cuatro meses puede convertirse en el habitante 7.000 millones de la Tierra, pero todo apunta a que ese hipotético bebé nacerá más bien en India, donde al año se producen 27 millones de alumbramientos. En poco más de un siglo la población de la Tierra se ha multiplicado por cuatro y seguirá creciendo de forma vertiginosa todavía otro medio siglo más, hasta alcanzar los 9.000 millones. Hasta hace poco, Naciones Unidas consideraba que ese sería el cénit y que, a partir de esa cifra comenzaría una lenta y progresiva reducción de la población. Sin embargo, ahora sostiene que el planeta albergará 10.000 millones de personas a finales de este siglo. El desafío no es solo la alimentación sino muy especialmente organizar ciudades para darles cabida.
Urbanistas, arquitectos y decenas de miles de expertos estudian cómo hacer frente al reto de adaptar las urbes a semejantes volúmenes de habitantes. Cuentan, además, con otro flujo añadido: los 3.000 millones de personas que en las próximas décadas abandonarán el campo para buscar un futuro supuestamente mejor en la ciudad. Y todo ello dentro del temor cada día más generalizado al cambio climático y a las catástrofes naturales que desencadena, desde horrendas sequías a salvajes inundaciones que se vuelven más frecuentes conforme la Tierra se calienta y aceleran la huida del campo a la ciudad.
José María Ezquiaga, arquitecto, sociólogo y uno de los grandes urbanistas españoles, afirma que "el problema no es si cabemos, sino si nos alojamos bien". Y esto supone que los recién llegados deben tener acceso a la educación, la salud, el agua potable y el saneamiento. Además, la autoridad local debe ser capaz de "mitigar el impacto medioambiental por la pérdida de suelo agrícola y la contaminación de la construcción".
Hasta ahora, las ciudades solo ocupan el 2% de la superficie terrestre. Pero la alarma desatada por el aumento experimentado por los precios de la alimentación en los tres últimos años, al no haber crecido la producción tanto como el consumo, ha levantado las voces de quienes denuncian que el cemento arrasa suelos fértiles. Como Hans-Joachim Braun, director del Instituto mexicano de Trigo y Maíz, que afirma que la expansión urbana se come tierras de cultivo y compite con los agricultores por el agua.
Anthony Townsend, director de investigación del californiano Instituto para el Futuro, señala por teléfono que una de las propuestas del IFTF para la sostenibilidad de las ciudades es "impulsar el cultivo urbano". Se trata de crear edificios con terrazas y balcones que faciliten el cultivo de hortalizas y verduras y educar a la población para que tenga pequeñas huertas urbanas para sus necesidades.
La mayoría de los urbanistas consultados no ven el crecimiento poblacional como una lacra sino como una oportunidad para utilizar mejor y con más sabiduría los recursos que tenemos y para estudiar y aplicar las innovaciones tecnológicas. Además, apuntan que la ciudad actúa como un exitoso método de control de natalidad, ya que al mejorar el nivel de vida y tener acceso a la salud se limitan voluntariamente los hijos sin necesidad de medidas coercitivas, como en China, ni esterilizaciones forzosas, como las que llevaron a la primera ministra de India Indira Gandhi a perder el Gobierno en 1977.
En la actualidad, el 50% de la población es urbana y en 2050 ese porcentaje habrá aumentado al 75%. "Pero también es importante tener en cuenta que las ciudades ya crean 80% de la riqueza total", destaca Ezquiaga.
Para el arquitecto Alejandro Zaera, curtido en numerosos proyectos internacionales, el urbanismo "es muy excitante porque afecta cada vez a un mayor número de personas". Zaera, que cuenta con uno de sus textos incluido en The Endless City, una de las principales obras teóricas de la arquitectura mundial, del británico Ricky Burdett y de Deyan Sudjic, afirma que "el gran reto es la sostenibilidad de las ciudades". Esto requiere de forma urgente "disminuir su consumo energético, fomentar el transporte público y eliminar el vehículo privado". En este sentido, apuesta por urbes con una alta densidad de población, como Nueva York, Shanghai, Tokio, Hong Kong o Barcelona.
Zaera apuesta por "modelos de vida con una mayor tolerancia al frío y al calor", de manera que con edificios "mucho mejor aislados, con un mejor comportamiento y que se verticalizan de forma natural" pueda prescindirse en gran medida de la calefacción y el aire acondicionado. Para luchar contra el cambio climático que nos afecta a todos defiende que la comunidad internacional imponga una tasa sobre las emisiones de dióxido de carbono, ya que, por ejemplo, "los ciudadanos de EE UU emiten cuatro veces lo que deben para ser sostenibles".
Ezquiaga señala que a la hora de preparar a las ciudades para la avalancha que se prevé hay que distinguir entre las del mundo desarrollado y las de los países emergentes. En el primero, habrá un mínimo aumento de habitantes. El problema es "contener la dispersión de la población".
En los países emergentes, por el contrario, la población urbana aumentará en un 91% entre 2010 y 2030. "Lo importante", afirma Ezquiaga, "no será tanto contener el crecimiento de las urbes como afrontar la pobreza y facilitar a todos agua potable, saneamiento, energía y transporte. Además, habrá que limitar el impacto medioambiental que provoca el paso del suelo agrícola a urbano".
La Unión Europea financia estudios y centros dedicados a investigar sobre las llamadas "ciudades inteligentes", en las que la conectividad desempeña un papel muy importante para garantizar "la creación de riqueza, la sostenibilidad social y el medioambiente", afirma Panagiotis Tsarchopoulos, director de Urenio, un instituto de Salónica (Grecia). Añade que ya tienen diseñado el proyecto de la futura Salónica inteligente, que incluye seis distritos con servicios diferentes y plena conectividad, a través de sensores y sistemas de software. Y lamenta que la crisis económica haya impedido a la municipalidad financiar la puesta en práctica del proyecto.
En esta línea se encuentra también Agenda Futura: El mundo en 2020, un proyecto en el que participan numerosas empresas para estudiar las posibilidades que brinda el crecimiento de la población en los próximos 10 años. La idea fue lanzada en Estambul, la mayor megalópolis de Europa, con más 10 millones de habitantes, y, según el semanario The Economist, la ciudad de "mejor comportamiento" del año 2010, no solo por la mejora de su nivel de vida sino porque creó un 7,3% de empleo, uno de los grandes retos de las urbes. De hecho, la búsqueda de un empleo remunerado es la gran aspiración de quienes abandonan la vida rural por la ciudad.
Zaera señala que en el futuro "tal vez sea necesario prescindir" de los grandes templos que se construyen ahora, "como la Ciudad de la Cultura de Valencia", en aras de la "sostenibilidad y de dedicar los recursos financieros a estructuras urbanas que hagan las ciudades más vivibles". Este es el gran objetivo de urbanistas y expertos: que aunque se conviertan en megalópolis de hasta 100 millones de habitantes sigan ofreciendo a los ciudadanos trabajo y esperanza en un futuro mejor.

"Una ciudad geriátrico sería terrible"

Joan Clos, tiene 62 años y es médico, pero buena parte de su vida profesional está ligada al gobierno de las ciudades. Fue ministro, pero sobre todo, alcalde de Barcelona de 1997 a 2006, cargo que simultaneó en distintos años con otros muchos como presidente de la Asociación Mundial para la Coordinación de las Ciudades y Autoridades Locales, presidente del Comité Asesor de Autoridades Locales de Naciones Unidas o vicepresidente de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos. Desde octubre de 2010, como secretario general adjunto de la ONU, dirige Habitat, el organismo que, con sede en Nairobi, se ocupa de la promoción en todo el mundo de ciudades sostenibles. La entrevista se realiza por correo electrónico.
"Aún no sabemos cómo construir una ciudad con emisiones cero"
Pregunta. ¿Es hoy es más preocupante la urbanización que la alimentación?
Respuesta. Más de 1.000 millones de personas viven en condiciones de vida terribles en favelas y zonas de barraquismo. La alimentación y la vivienda son derechos fundamentales de las personas y es preocupante que a un número elevado les falte cualquiera de ellos.
P.¿Están las ciudades preparadas para absorber el crecimiento de la población y el de la migración rural?
R. Las ciudades de los países desarrollados no están creciendo en población. El problema lo tenemos en ciudades que no han vivido un proceso de industrialización y que no son capaces de ofrecer a los nuevos ciudadanos un lugar de trabajo y un espacio de productividad y de generación de riqueza.
P. ¿Hay que alentar ciudades con mayor densidad?
R. El principal reto es la organización de la convivencia urbana. Cuando esto se consigue, la ciudad se convierte en un espacio de libertad y en un gran instrumento de prosperidad y de desarrollo a todos los niveles. Es el momento mágico de eclosión de la ciudad como elemento de progreso humano. En las últimas décadas, las ciudades han sabido aprovecharse de la economía de la urbanización, aquella derivada de los activos reales del entorno urbano: edificación, plusvalías, venta del suelo, hipotecas... Todos conocemos sus virtudes y desgraciadamente también sus defectos. Sin embargo, aún hay muchas ciudades que deben descubrir las oportunidades de la economía de la densidad, de la aglomeración, que permite crear valor, reducir costes, incrementar la especialización, multiplicar el crecimiento de los flujos de información, disminuir los costes de producción. La densidad es, sin duda, necesaria para conseguir una ciudad productiva y más sostenible.
P. ¿Es mejor megapolis o ciudades medianas?
R. No hay ningún tamaño ideal. Lo que debe ser es una ciudad bien planificada y gobernada, en la que la calidad de vida de sus ciudadanos sea una prioridad, en la que el urbanismo tenga una función de mejora de la conectividad, de evitar la congestión, de eficiencia energética, capaz de financiarse con el valor generado por la economía de la densidad y crear puestos de trabajo.
P. ¿Se pueden construir ciudades sostenibles con emisiones cero?
R. Aún no sabemos cómo construir una ciudad con emisiones cero, pero el desarrollo de las energías renovables a escala masiva es la única solución. Entre tanto, los esfuerzos se están dirigiendo a reducir las emisiones por habitante y por unidad de producto económico con una ciudad bien estructurada.
P. Occidente y la misma China avanzan rápidamente hacia el envejecimiento de la población. ¿Se trabaja en el diseño de ciudades para pensionistas?
R. Las ciudades deben ser diversas, mixtas. Con servicios adecuados y sostenibles tanto económica como medioambientalmente para nuestros jóvenes, mayores, los que trabajan, estudian, crean o los que hacen todo eso a la vez. La belleza e interés de la ciudad está en la diversidad. Una ciudad geriátrico sería terrible.
P. La población de África se duplicará en tres décadas. ¿Cómo hacer frente a ese boom?
R. El 65% de los africanos urbanos viven en chabolas y pueden llegar al 80% en los próximos años. Lo harán sin agua, sin luz, con unas condiciones pésimas de higiene. El barraquismo es un problema a escala global y solo medidas radicales podrán alterar esta terrible realidad. Hay que reintroducir el planeamiento urbanístico en África, al igual que se hizo en Europa y América durante la Revolución Industrial.
P. ¿La globalización es positiva para el urbanismo?
R. La globalización está produciendo una aceleración de la urbanización no planificada que termina en barraquismo. Generaciones de jóvenes están creciendo en slums con los riesgos y la pérdida de capital humano que esto representa para los países emergentes y los menos desarrollados, que son los que más lo requieren.
P. ¿Cómo ayuda la innovación tecnológica al urbanismo?
R. Si la política urbana existe y hay capacidad política, la tecnología ayuda, pero si no existe esta capacidad, la tecnología frecuentemente se convierte en un falso instrumento de progreso que no ayuda a afrontar los problemas de fondo.
P. ¿Políticamente vamos hacia tiempos pasados en los que las ciudades eran más importantes que los Estados?
R. Nunca se vuelve literalmente a tiempos pasados. Lo que hace falta es un nuevo contrato entre el Estado-nación y la ciudad, porque la importancia económica, social y cultural de esta es indudable. Según el Banco Mundial, de las 100 economías mundiales más importantes, 37 son ciudades.
elpais.com

viernes, 31 de diciembre de 2010

7.000 millones de seres humanos en 2011

Esta Nochevieja, sobre la superficie de nuestro pequeño planeta vivirán 6.934 millones de seres humanos. Es más del doble que hace sólo 50 años. A lo largo de 2011, la cifra superará los 7.000 millones y las previsiones de Naciones Unidas apuntan a que a mediados de este siglo se alcanzarán los 9.000. Son números que para algunos ponen a la Tierra al borde del colapso, aunque cada vez son más los que entienden que no se trata de un problema de superpoblación, sino de un insoportable derroche cada vez mayor de recursos naturales que son limitados.
Entre los que ahora resucitan las viejas teorías de Thomas Malthus está la Fundación de Población Mundial (DSW, en sus siglas en alemán). Malthus, en su tratado de 1798, ya aventuraba que la población crece más rápidamente que los recursos, y por ello predecía que se producirían guerras, epidemias y hambre entre los pobres para alcanzar el equilibrio.
En un informe presentado en Hannover, DSW ha recordado esta semana que cada segundo nacen 2,6 bebés, haciendo hincapié en que el 82% de esa población vive en países en desarrollo y que es en África donde crece a mayor ritmo.
De hecho, se prevé que la población africana alcanzará los 2.000 millones hacia 2050, el doble que en 2010. "La mayoría de los países africanos ya no produce lo suficiente para sus habitantes. La pobreza en África subsahariana se reduciría una quinta parte si se pudieran evitar allí los embarazos no deseados", apunta en su comunicado.

Embarazos no deseados

Su directora, Renate Bähr iba más lejos. "Hoy 75 millones de mujeres de países emergentes tienen embarazos no deseados porque no tienen información sobre contracepción. Si queremos luchar contra la pobreza, debemos evitar estos embarazos", argumentaba.
Sin embargo, la demografía apunta otro dato: el ritmo de aumento de la población mundial se ha reducido más del 40% desde los años 70. Es más, en Europa no se llega al nivel de reemplazo (2,1 hijos por mujer) y en España sólo es de 1,4, lo que se logra gracias a las inmigrantes.
Desde otra perspectiva, según la Asociación de la Población americana, todos los habitantes de la Tierra ocuparían el equivalente al estado de Texas, con 500 metros cuadrados para cada familia. Entonces, ¿realmente somos tantos? "No. Y ese ritmo de aumento está disminuyendo deprisa. Se cree que tocaremos techo en los 9.000 millones, pero esa estabilización no vendrá de la planificación familiar impuesta, sino de la disminución de la pobreza. Cuando en África se viva mejor, tendrán menos hijos", señala el demógrafo del CSIC Julio Pérez Díaz.
Desde el ámbito ecologista, Juan Carlos del Olmo, secretario general de WWF España, recuerda que, a su actual ritmo de consumo, ya son precisos dos planetas y medio: "La auténtica bomba en este planeta es la combinación de una población muy elevada con un consumo desaforado. Si todos los humanos derrocharan recursos como aquí, estallaría".
elmundo.es

sábado, 26 de junio de 2010

¿Cuándo se extinguirá la raza humana?

Según el prestigioso científico australiano Frank Fenner , que ayudó a erradicar la viruela, la raza humana se extinguirá en 100 años. El experto afirma que la sobrepoblación, el consumo descontrolado de bienes y el rápido cambio del clima que conduce al calentamiento global serán los principales motivos.
Según el microbiólogo, “sufriremos el mismo destino que la gente de la Isla de Pascua, y eso teniendo en cuenta que el cambio climático está tan sólo comenzando”, dice el académico. “La revolución industrial ha dado lugar a una época que provocó un efecto en el planeta que rivaliza con cualquier era de hielo o impacto de un cometa”.
El científico subraya que no quiere cambiar el modelo del desarrollo de la humanidad que “sigue el camino de su propio fin biológico a pesar de múltiples advertencias”. Según Fenner, "es una situación irreversible y es demasiado tarde para remediarla".

muyinteresante.es

viernes, 7 de mayo de 2010

Qué es ser buena persona

En la misma línea en la que a tantos argentinos nos parece que abogar por el respeto de las instituciones es cosa de afrancesados, el ser buena persona es una caracterización que resulta poco seductora. ¿Quién quiere ser una buena persona? Sobre todo cuando joven, uno quiere muchas otras cosas antes que esa: prefiere ser exitoso, fuerte, inteligente, poderoso, famoso, tener talento y/o belleza, pero, ¿hay cosa menos atractiva que ser bueno?
La versión clásica de la buena persona es responsable de algunas de estas asociaciones negativas. Para la moral convencional, el bueno es el que renuncia a sí y se entrega. El que hace acciones desinteresadas, el que no se toma en cuenta. Por suerte, en nuestra época psicológicamente más esclarecida, entendemos mejor la vida y el movimiento de las personalidades, y sabemos que el desinterés de una persona por sí misma es una patología y no un valor moral. La buena persona es la que tiene entre sus intereses algo que la liga a otros de una manera profunda y directa, es decir, no quien renuncia a sí, sino la que encuentra en su interés (en su satisfacción y su contento) incluida la plenitud del otro. La quiere, la necesita, le gusta.
Por eso, una mirada más atenta reconoce en el ser bueno más que una prueba de debilidad un perfil básico y superior. Es el piso de toda vida íntima feliz (¿acaso hay mayor felicidad que el encuentro con otros?) y a la vez el sustento de la sociedad lograda. Ser buena persona es la demostración de la mayor fuerza: uno está bien en sí mismo y proyecta su fuerza en el deseo de ver crecer a los demás.
¿Qué es ser buena persona?

Desear el desarrollo. Por mero amor de lo que es, por cuidado y aceptación, por regocijo existencial. No es que el bueno quiera que las cosas crezcan, porque sí. El bueno siente amor, tiene habilitada en su sensibilidad la experiencia del amor, dirige ese amor hacia las cosas y las personas, y encuentra siempre procesos de crecimiento. Las personas no somos entidades definidas y estáticas, somos siempre procesos de crecimiento. Querer a alguien no es apretarlo fuerte, es favorecer su despliegue. Tampoco los proyectos son situaciones estables, logradas y permanentes: son procesos de movimiento, de cambio, y el cambio es siempre crecimiento. Sí, aun cuando en la línea del proceso esté nuestra muerte. En ese caso no será nuestro el crecimiento, pero la muerte implica siempre el crecimiento de otros. (No está mal pensar que las muertes bien queridas promueven crecimientos: dejan el lugar, establecen nuevas libertades, zanjan cuestiones y permiten seguir el viaje).
Tenemos que ajustar la mirada. Tenemos que dejar de pensar que el bueno es un imbécil que se deja pasar. El bueno es un poderoso que se da los mayores placeres de la existencia: el amor, el sexo que le va asociado (hay que aclararlo, para que no parezca que el bueno es célibe, según una tradición anticuada), el entusiasmo de estar en el mundo y recibir su luz, alguien que disfruta siendo y ayudando a ser, alguien enamorado de la evolución propia y ajena . El bueno es excitante porque su amor alienta el desarrollo y el desarrollo despierta y excita.
Y no se trata de un ideal, es una realidad posible. Pensar que ser bueno es un ideal es dejarlo para otro momento. Hacer de la bondad un ideal equivale a situarse en una filosofía escéptica, aquella que cree que el mundo es pérfido y la realidad exige una crudeza inflexible. La bondad es algo para nosotros, no para los santos. Ni siquiera habría que decir bondad. Es mejor sacar al tema del plano abstracto del bien y del mal, y llevarlo al más concreto y perceptible, el de las buenas o malas personas, hacerlo carne y modos de ser.
Y tampoco se trata de un deber, así no funciona. No se educa para el bien diciéndole a los chicos mil veces que deben ser buenos. De esa forma se los aburre y se pone en escena una impostura moral. Se plantea al ser buena persona como un recorte, cuando ella surge más bien de lo contrario, de la afirmación vital y la expansión propia. Para formar buenos hay que estimular la libertad, la confianza en el querer propio, el enganche de la aventura personal con las posibilidades de la existencia. Ser buena persona no es vivir decepcionado frente a un mundo cruel, es disfrutar de la existencia y contagiar ese disfrute cierto como una orientación permanente.
Libertad.

La bondad falta cuando la libertad escasea: en las familias o instituciones cerradas se generan los monstruos, o en mundos humanos deshabitados, abandonados o carentes de calidez. Para generar buenas personas hace falta libertad e intimidad, no recriminaciones morales ni abstinencia alguna. Intimidad quiere decir que la persona en cuestión haya tenido cercanía extrema con alguien, que haya sido querido y tenga por eso habilitada la experiencia del mundo. La sensibilidad despierta con el amor, y el amor no es algo triste, es alegría y encuentro.
Además, el bueno no es bueno todo el tiempo, no vive en un mundo simple, no es modelo de conducta sino constante superación de contratiempos. Nuestra caracterización del bueno como simplón también está ligada con morales pobres y pobristas, que en vez de tener en cuenta las complejidades de la vida real piensa usando estampitas.
Y también es cierto que nadie es bueno o malo del todo, que todos somos, como le enseñamos a nuestros hijos, un poquito buenos y un poquito malos, que eso es ser una persona normal, integrada, ambivalente. Aun así, no es maniqueísmo captar el predominio, en las personalidades a las que describimos como buenas personas, del factor amoroso por sobre el desencantado. No es maniqueísmo creer que los buenos existen, y que hay otros que distan de serlo. Sí, claro que podríamos poner en duda la categoría de buena persona y relativizarlo todo, pero también podemos, más inteligentemente, hacer un acuerdo básico y sencillo, operativo, que nos permita (y ese es el objetivo de pensar estas cuestiones) ser más eficaces en la promoción de las buenas personas.
Que el que lo sea se sienta meritorio y no tarado. Que el que quiera identificar a las buenas personas tenga un ojo entrenado, trucos para lograrlo, entendiendo mejor de qué se trata. Que quien esté armando un equipo de trabajo reconozca este factor básico. Que quien vote este atento a este registro humano fundamental y ayude a que el país mejore.
Por Alejandro Rozitchner
El autor es escritor y filósofo. Autor del blog 100Volando.net

lanacion.com

viernes, 30 de abril de 2010

Cuáles son los límites del ser humano

LONDRES ( New Scientist ).- Todos tenemos impulsos irresistibles de marcar nuevos récords. Pero ¿cuánto más lejos podemos ir, física y mentalmente, antes de alcanzar nuestros límites?
¿Cuál es el límite humano de velocidad?
Mark Denny, de la Universidad de Stanford en California, analizó cuán rápidamente puede un ser humano correr los 100 metros. Examinó los récords de varias competencias atléticas desde 1920 y encontró un patrón: se mejoran los tiempos de manera constante hasta alcanzar una meseta.
Para los 100 metros femeninos, ésta se alcanzó en 1977. Denny opina que para los corredores masculinos todavía no es éste el caso. Predice que el límite absoluto serán los 9,48 segundos, 0,1 segundo por debajo del récord de Bolt.
¿Qué limita la velocidad humana?
Denny lo explica por la relación energía-peso: en cierto momento, los beneficios de tener músculos más poderosos y extremidades más largas no compensará la energía extra que gastaríamos para mover el peso extra.
¿Durante cuánto tiempo nos podemos concentrar?
Para trabajos en los que la concentración es crítica, como el de los cirujanos, el de los conductores de camiones o el de los pilotos de avión, el límite son las 12 horas.
Nuestros poderes de concentración declinan con el pasar de las horas. Nos volvemos menos eficientes y tardamos más en tomar decisiones. "Nuestra vigilia es una de las áreas que más se resienten por culpa de la fatiga", explica el neurocientífico David Dinges, de la Universidad de Pensilvania en Filadelfia.
¿Cuánto podemos sobrevivir en el vacío?
Lamentablemente, sabemos cuánto puede sobrevivir el ser humano en el vacío: tres cosmonautas soviéticos murieron en 1971 cuando su cápsula se despresurizó a 168 kilómetros de la Tierra: fallecieron luego de padecer entre 30 y 40 segundos de hipoxia.
Ahora, si el tiempo es menor, es posible recobrarse. En 1966, un técnico de la NASA estaba probándose un traje de astronauta cuando la presión cayó a un nivel similar al que tiene en una altura de 36.500 metros. Se desmayó entre 12 y 15 segundos después. Cuando represurizaron la habitación, volvió en sí en 27 segundos, y aunque estaba pálido no mostró ningún problema de salud duradero.
Cuando se reduce la presión externa, se forman burbujas de gas en la sangre (porque el agua se vaporiza a baja presión) lo que causa daños en los pulmones en apenas unos minutos.
¿Cuánto es lo máximo que podemos recordar?
Chao Lu obtuvo el récord de memoria al recordar 67.890 dígitos de ? en 2005. Pero ¿qué significa esto frente a la verdadera capacidad del cerebro?
Nuestra habilidad para absorber información es vasta. En 1986, Thomas Landauer, en ese momento investigador de Comunicaciones Bell en Nueva Jersey, analizó cuánta información visual y verbal se podía almacenar y cuan rápido se olvida. Estimó que el adulto promedio recuerda alrededor de 125 megabytes de este tipo de información durante toda su vida, que es el equivalente a alrededor de 100 libros del largo de Moby Dick .
¿Cuánto frío podemos aguantar?
Los seres humanos suelen sufrir el frío? y con toda razón: nuestros cuerpos, con largas extremidades, están muy bien adaptados para perder calor, pero no para retenerlo. Es perfectamente lógico en el intenso calor de las sabanas africanas, donde los seres humanos evolucionamos.
En el frío, el cuerpo empieza a temblar y disminuye la irrigación sanguínea en las extremidades. Si la temperatura corporal cae sólo 2 grados, primero perderemos la conciencia y después disminuirá el ritmo cardíaco, a causa de la hipotermia. La muerte sobreviene, en general, a alrededor de los 24 grados, cuando el corazón se detiene. Sin embargo, Anna Bagenholm sobrevivió atrapada bajo el hielo a 13,7 grados por 80 minutos sin secuelas.
¿Cuán alto se puede llegar?
La altura tiene efectos extraños sobre el cuerpo humano, cuando se reduce la presión de oxígeno en el aire. Nuestras células necesitan oxígeno para sobrevivir. Cuanto mayor es la altura, la hemoglobina (proteína encargada de transportar el oxígeno de los pulmones a las células) no puede absorberlo completamente.
El cerebro es muy sensible a los niveles de oxígeno; por eso, los dolores de cabeza y los mareos son los primeros signos de la enfermedad de altura. Con estadías prolongadas por sobre los 5000 metros, la masa muscular se deteriora y se sufre el riesgo de la acumulación fatal de líquidos en los pulmones y el cerebro. Por encima de los 7500 metros, el déficit de oxígeno puede ocasionar desmayos e, incluso, la muerte.
¿Cuánto peso se puede levantar?
La máxima cantidad de peso que se haya levantado en la historia es 263,5 kg. Todd Schroeder, de la Universidad de California del Sur en Los Angeles, cree que estamos cerca del máximo, incluso en el caso de los atletas que utilizan esteroides.
Los músculos son los que ponen el límite. La mayoría de las veces en que no se consigue levantar el peso propuesto, lo que ocurre es que los atletas simplemente no tienen la fuerza necesaria. Pero en los casos en que se causa un daño, suele ser de las fibras musculares, cerca de los tendones.
CIFRAS DIFICILES DE SUPERAR
263,5
kilos
Es el peso máximo que una persona ha levantado por sobre su cabeza; Andy Bolton, un levantador de pesas británico, fue capaz de levantar 457,5 kilos hasta la altura de sus muslos.
11
minutos y 35 segundos
Es el tiempo máximo que una persona -Stephane Misfud- fue capaz de permanecer sin respirar bajo el agua. El límite para un ser humano, afirman los especialistas, rondaría los 15 minutos.
9,58
segundos
Es el récord que marcó Usain Bolt en los 100 metros. Para los expertos, no se puede correr más que 0,1 segundos más rápido que Bolt en los 100 metros.
67.890
números
Fue capaz de recitar de memoria Chao Lu. Según los expertos, un adulto puede recordar la información equivalente a 100 libros de la extensión de Moby Dick.

Sin comer ni beber; sin dormir ni respirar
¿Cuánto podemos sobrevivir sin comer ni beber?
Teóricamente, el cuerpo dejaría de funcionar cuando se terminan sus reservas de grasa, proteínas y carbohidratos. Sin embargo, Jeremy Powell-Tuck, médico clínico que atendió a David Blaine después de su ayuno en Londres en 2003, sostiene que uno moriría antes. Sin las vitaminas B solubles en agua para poder metabolizar los depósitos de grasa, una persona podría morir de inanición siendo todavía gorda.
Kieran Doherty, un irlandés en huelga de hambre, murió en 1981 después de ayunar durante 73 días. Con un suministro de vitaminas y agua, una persona podría sobrevivir más de un año sin comer. Con vitaminas, pero sin agua, el tiempo de supervivencia se reduce drásticamente: sólo unos días.
¿Durante cuánto tiempo podemos sobrevivir sin dormir?
Randy Gardner, un estudiante de 17 años de San Diego, California, estuvo despierto durante 264 horas, entre el 28 de diciembre de 1963 y el 8 de enero de 1964. Después de 11 días, durmió durante solamente 14 horas. Las personas que sufren falta de sueño tienden a entrar y salir de "microsueños", segundos durante los que se duermen sin notarlo, en general con los ojos abiertos. Sin embargo, sabemos que la privación de sueño es eventualmente fatal.
¿Durante cuánto tiempo se puede mantener el aliento?
Existe un reflejo de los mamíferos: cuando su cara es sumergida dentro de agua fría, nuestros vasos sanguíneos se contraen, dirigiendo la sangre de las extremidades hacia el corazón y el cerebro. El ritmo cardíaco se reduce y disminuye la cantidad de oxígeno que se utiliza. La hiperventilación previa también es importante, porque el cerebro monitorea la cantidad de dióxido de carbono (CO2) en la sangre para decidir cuándo activar el reflejo de jadear. La eliminación de CO2 con respiraciones profundas y rápidas incrementa el tiempo que se puede resistir a este impulso.
Johan Andersson, de la Universidad de Lund, estudia a submarinistas y cree que estamos lejos de alcanzar el límite de tiempo que podemos estar sin respirar: 15 minutos.
lanacion.com

viernes, 6 de noviembre de 2009

¿Somos demasiados?

La gravedad de la crisis alimentaria, el aumento inusitado en la población de los países menos desarrollados y los efectos del cambio climático son algunas razones para repetir la misma frase: "Somos demasiados". Y seremos más. En 2012, la población mundial alcanzará los 7.000 millones de personas. En 2050, la Tierra albergará a 9.100 millones. La gran mayoría de los nuevos habitantes vivirán en países pobres. Según cálculos de la ONU, en 2050 la población española será prácticamente igual que en 2009. Unos 42,8 millones de habitantes. Muy lejos del crecimiento previsto para países como Níger, Somalia y Uganda, cuyas poblaciones crecerán hasta en un 150% en los próximos 40 años. La población en los países desarrollados se mantendrá prácticamente igual y en algunos incluso disminuirá. En cambio, las naciones más pobres del mundo tendrán un acelerado crecimiento. De los 2.400 millones de personas más que habrá en el mundo en 2050, el 98% vivirá en países pobres.
¿Hay suficiente espacio y recursos para todos?
Las tasas de natalidad han disminuido en un 50% en los últimos 30 años, y se espera que se reduzcan aún más. Incluso en los países más pobres del mundo, la natalidad se reducirá a la mitad. Las previsiones de la ONU coinciden en que la tendencia se mantendrá. En 2050 se prevé que la fertilidad mundial sea de tan sólo 1,85 niños por mujer. Sin los métodos anticonceptivos, la población mundial crecería hasta los 11.000 millones de personas en 2050. Los controles de natalidad han sido fundamentales. Pero no son, ni de lejos, la única solución.
Desde hace más de 200 años, la advertencia ya era explícita: el inglés Thomas Malthus advertía en su célebre Ensayo sobre el principio de la población que los recursos naturales serían insuficientes para abastecer a la población mundial. La investigadora Rosamund McDougall, directora adjunta de la ONG Fondo para una Población Óptima (OPT, en inglés) advierte que "una población de más de 9.000 millones de personas tendría un impacto terrible sobre la Tierra, no sólo en la calidad de vida. La cantidad de emisión de gases de efecto invernadero haría imposible vivir en el planeta en 2050".
¿Quiénes ocuparán la Tierra entonces?

La población en los 49 países más pobres del mundo se duplicará, de 840 millones hasta los 1.700 millones de personas, según apunta el informe Perspectivas sobre la población mundial, difundido en 2008 y elaborado por la División de Investigación Demográfica y Población Mundial de la ONU.
Los países desarrollados, en contraste, no sufrirán un cambio significativo en su población: de 1.230 millones de habitantes en 2009 a 1.280 millones en 2050. Incluso, Japón, Georgia, Rusia y Alemania perderán un 10% de población. El científico y escritor británico Fred Pearce opina que el problema no está en cuántos somos, sino en la manera en que repartimos los recursos. "Es evidente que el problema es el consumo excesivo de los países desarrollados y no la sobrepoblación de los más pobres", afirma.
El consumo de una persona en EE UU emite 20 toneladas de dióxido de carbono cada año; el equivalente de dos europeos, cuatro chinos, diez hindúes o 20 africanos. El 80% de la población pagaría las consecuencias económicas y ambientales del consumo de un 20%. Stephen Pacala, director del Instituto Ambiental de la Universidad de Princeton (EE UU), calcula que los 500.000 habitantes más ricos del mundo -cerca de un 0,7% de la población actual- son responsables del 50% de las emisiones de dióxido de carbono del mundo.
Y la situación no hará sino agravarse en los próximos años. "El reto es, en realidad, que los recursos se repartan de una manera más equitativa. Los efectos sobre el medio ambiente son extremadamente difíciles de revertir a través de las tasas de natalidad", advierte Pearce. "Aun si redujéramos a cero la fertilidad en el mundo, las emisiones de gases con efecto invernadero deberían rebajarse, por lo menos, un 50% para mediados de siglo", explica.
Además de los efectos del cambio climático, los países menos desarrollados se enfrentan al hambre, la causa directa o indirecta de un 58% del total de muertes del mundo según un estudio de la ONU difundido en 2004. El Instituto de Recursos Mundiales (WRI, en inglés) advirtió la semana pasada de que en 2050 habrá otros 25 millones de niños desnutridos en el mundo, que se añadirán a los 150 millones que sufren hambre en la actualidad. Los niveles de pobreza continuarán aumentando: entre 1981 y 2001, el número de personas que vivían con menos de un dólar al día en África Subsahariana se duplicó. De 164 millones hasta 316 millones; y en los próximos 40 años, dos tercios de la población mundial vivirá en países en vías de desarrollo.
El hecho es que hoy en día, mil millones de personas (un sexto de la población mundial) sufren hambre. En 2050, serán 1.700 millones, un 18% de la población prevista para entonces. Además del deterioro ambiental, los conflictos y el bajo desarrollo causan la escasez de alimentos. Los agricultores africanos emplean el equivalente a 1% del fertilizante que utiliza un agricultor en un país rico. Y mientras en los países pobres consumen una dieta basada en vegetales, los ricos consumen comida que come vegetales. Para producir un kilo de carne son necesarios, por lo menos, 10 kilos de pasto. Un estadounidense promedio consume 120 kilos de carne al año; mientras que en los países en vías de desarrollo, el promedio es de 28 kilos.
"La cooperación marcaría una diferencia significativa", según afirma Stephen Pacala. "Las hambrunas se deben, en la mayoría de las ocasiones, al pobre desarrollo de los países y a que la producción ha sido insuficiente", comenta. La falta de tecnologías que desarrollen la agricultura en los países menos desarrollados y los efectos de la crisis económica global empeora las circunstancias.
La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO, en inglés) advirtió en 2008 que el gasto anual en alimentos importados en los países más pobres podría suponer cuatro veces más que en 2000. "Para los consumidores más pobres, que gastan un 60% de su gasto habitual en comida, el aumento significa un golpe brutal para sus finanzas", observa el informe. La FAO también señala que para combatir el hambre, el mundo debe producir en 2050 un 70% más de alimentos que en la actualidad.
El reto no es nuevo. La llamada revolución verde consiguió duplicar la producción de alimentos entre 1960 y 1990. Y, en la actualidad, aún existe un 60% de tierra fértil en el mundo. ¿Pero qué garantiza a los países pobres un desarrollo sostenible en los próximos años? Pearce y Pacala coinciden que un buen inicio es la inversión. Un informe del Ministerio de Desarrollo Británico calculó en 2008 que para reducir el hambre en el mundo serían necesarios, por lo menos, unos 900 millones de libras (unos 987 millones de euros) para garantizar el desarrollo y las tecnologías necesarias para favorecer la agricultura en los países más pobres.
El presupuesto de la FAO sumó en 2008 unos 870 millones de dólares (unos 580 millones de euros). En 2009 ascendió ligeramente, hasta 930 millones de dólares (unos 626 millones de euros). Al comparar la cifra con los 700.000 millones de dólares (471.000 millones de euros al tipo de cambio actual) que el Gobierno de EE UU destinó para evitar la quiebra del banco de inversión Bear Stearns, las hipotecarias Freddie Mac y Fannie Mae y la aseguradora AIG en septiembre del año pasado. El presupuesto mundial dedicado a combatir el hambre apenas representa un 2% de esa cifra.
Los líderes reunidos en la reciente cumbre del G-20 celebrada en Pittsburgh en septiembre pasado acordaron destinar unos 2.000 millones de dólares (1.370 millones de euros) a ayudas para combatir el hambre del mundo, pero un estudio publicado por el Instituto Internacional para la Investigación de Políticas Agrarias difundido en octubre señala que es insuficiente. "Son necesarios al menos unos 7.000 millones de dólares [unos 4.710 millones de euros] al año para la investigación agropecuaria y la mejora de la infraestructura rural en los países. De continuar con una política que privilegie las ganancias, las consecuencias serán desastrosas", advierte Gerard Nelson, uno de los autores del informe.
La prioridad para resolver el hambre, un grave efecto de la mala repartición de recursos en el mundo tampoco es nueva. Preguntado en 1972 en una entrevista con Dick Cavett sobre los efectos de la sobrepoblación, John Lennon fue claro en definir el primer paso: "Tenemos suficiente comida y dinero para alimentar a todos. Hay suficiente espacio, y algunos hasta van a la Luna".

elpais.com

martes, 20 de octubre de 2009

Chips en seres humanos: la realidad supera a la ficción


Los perros suelen llevarlos en las orejas o en el cuello, pero la tecnología utilizada es la misma. Se suele promocionar bajo el lema "Identificar, Localizar, Proteger" en sociedades con problemas de inseguridad ciudadana. Los microchips suelen ser tan diminutos como un grano de arroz.
Los adultos todavía son un poco más reticentes y temen por su intimidad, pero los compradores del futuro no tienen ningún problema en llevar un chip en el brazo, a modo de billetera.
El cine de Hollywood nos ha asustado con sus visiones apocalípticas sobre el futuro, los chips, el control de los cuerpos y las mentes, pero nada: la realidad siempre supera a la ficción, como dice el dicho, y los humanos siguen prefiriendo la comodidad por encima de todas las cosas. Que para lograrlo hay que insertarse un aparato tecnológico de tamaño diminuto pero extraño al cuerpo al fin y al cabo, pues se hace y punto.
Naderías como que invaden la intimidad de las personas o que permiten alterar su historia clínica, no importan por ejemplo a los consumidores británicos, que están dispuestos a someterse a una implantación de microchip con tal de evitarse las molestas colas que se forman a la hora de pagar, ya sea con tarjeta de crédito o con dinero en metálico.
Anti-fraude
Así se desprende de una encuesta realizada por el Instituto británico para el Estudio del Sector de la Alimentación (IGD), según la cual uno de cada diez adolescentes (y uno de cada veinte adultos), reconoce estar dispuesto a llevar un microchip dentro. Eso sí, ellos le ven el lado positivo al asunto, claro está. Es por ello que destacan como determinante el hecho de ayudar a prevenir los fraudes relacionados con las tarjetas de crédito, que no son pocos.
De esta manera, se evitarían la moneda externa y un escáner permitiría leer el microchip, para conectarse directamente con los datos bancarios y de pago del cliente.
Los más críticos creen que no hace falta ir tan lejos para evitar los fraudes; recordemos que estos chips son los mismos que ya se utilizan para tener controlados a perros y gatos. Vamos, una especie de Gran Hermano que todo lo ve (el de George Orwell, no el de Mercedes Milá en Telecinco) pero a escala animal. Muchos humanos prefieren seguir evitando este trago y ya han pensado en otras soluciones para pagar, como las huellas dactilares o las técnicas de reconocimiento del iris ocular. Nada que no hayamos visto antes en las películas de ciencia ficción a las que el gobernador californiano Arnold Schwarzenegger nos tiene acostumbrados.
Barcelona "¿is different?"
Lo más curioso de todo el asunto es que ni siquiera es necesario hablar de ciencia ficción, pues ya existe un caso real de implantación de microchips en el cuerpo humano para pagar, y además, en España. Se trata de la zona VIP de un club idem de Barcelona, cuyos clientes (que suelen ir en traje de baño) no pueden guardar monederos ni billeteros, así que ni cortos ni perezosos llevan "los dineros" en el brazo, así como suena, por medio de tecnología perruna.
Así las cosas, dice el estudio que los consumidores que más temen por su privacidad son los adultos, sobre los que George Orwell y su 1984 pudo tener alguna influencia. Sin embargo, los adolescentes, que para el caso son los compradores del futuro, no tendrán ningún prejuicio a la hora utilizar los dichosos chips.
Control de inmigrantes
Pero algo de eso de invadir la intimidad debe de haber de cierto en el asunto de los microchips, cuando en pleno debate de inmigración en EEUU, el presidente de la compañía VeryChip llegó incluso a aconsejar al presidente George Bush que se los implantara a los inmigrantes. El objetivo, sólo uno y trino: tenerles controlados.
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