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martes, 29 de noviembre de 2011

Elogio de la fiaca: consejos para reinventar nuestro tiempo libre

A relajarse. Hay que buscar actividades que contrarresten el desgaste y presion de las demandas diarias.
Las múltiples obligaciones y una agenda diaria recargada son el caldo de cultivo de una enfermedad típica de esta época: el estrés. Sólo en Europa afecta a más de 40 millones de personas. Sin embargo, los síntomas de esta reacción fisiológica del organismo pueden minimizarse con una correcta administración del tiempo libre.
“Hay que pensar que sentarse a mirar una película, caminar o practicar un deporte al sol, o simplemente dormir una larga siesta, son actividades que promueven tanto la salud física como la mental”, asegura la psicóloga Solange Rodríguez, también investigadora del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA). Y agrega: “Las principales condiciones para obtener salud son poder contrarrestar todo el desgaste y presión de las demandas diarias con actividades que provoquen sensaciones placenteras”.
Ahora bien, hay una pregunta que subyace: ¿cómo hacer para maximizar las escasas horas que las obligaciones nos dejan? “Lo más importante es la flexibilidad”, define la doctora Laura Orsi, médica psicoanalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). El aprovechamiento del tiempo libre –sostiene Orsi– depende de cada persona y de sus propias necesidades. “Disfrutar del ocio es particular para cada individuo. Lo importante es poder elegir qué necesita cada uno en cada momento. Para algunos es la actividad; para otros, el descanso”, afirma.
En este contexto, no habría que tenerle miedo al aburrimiento ni al silencio. “Hay que darse cuenta de que el tiempo libre es un fenómeno interno, más que externo, y que si uno no puede hacerlo sólo, es bueno y necesario pedir ayuda para optimizarlo” aporta Orsi. “No se logra siempre organizándolo todo, sino a veces dejándose fluir, y tratando de ‘escucharse’: qué quiero, qué necesito, más que qué debo”, añade.
“Sin duda el tiempo que tenemos para disfrutar aquellas cosas que nos gustan es menor que el que dedicamos a nuestro trabajo, responsabilidades familiares, estudio, entre otras actividades.”, asume Rodríguez. Las estadísticas le dan la razón: seis de cada diez argentinos dicen tener poco o nada de tiempo libre.
Además, cerca del 30 por ciento afirma que no puede disfrutar de sus momentos de ocio. Las cifras, difundidas por Clarín en septiembre, forman parte del informe del Barómetro de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), que midió esa variable entre casi 6.000 personas mayores de 18 años en ciudades de más de 60.000 habitantes de todo el país.
De todas maneras, la indisciplina a la hora de administrar el ocio no es incurable. “Lo bueno es que se puede rediseñar el tiempo libre. El tiempo de ocio creativo es un tiempo humano construido socialmente. Para que ello sea realidad se requiere tanto de sistemas sociales que hagan posible su desarrollo como de personas que vivan la necesidad de desarrollarlo”, explica Agustín Salvia, investigador del Conicet y coordinador del Observatorio de la Deuda Social Argentina.
“Disfrutar del tiempo libre tiene su encanto. Sería bueno poder armar espacios como si fueran ‘vacaciones’ dentro de él. Lo importante es cambiar de actitud para poder pasarla bien, que a veces es lo más difícil”, razona Orsi. Quizá la respuesta esté en las características propias del placer personal. Aprender su ADN, reconocer (y reconocerse) qué nos hace bien y qué no son los primeros pasos para avanzar hacia una mejor administración del tiempo libre, tan escaso como apreciado.
clarin.com

jueves, 17 de noviembre de 2011

Ocio productivo: la importancia de no hacer nada


Nos levantamos, nos vestimos, salimos corriendo, cumplimos deberes y obligaciones. Hacemos llamadas, chequeamos el correo… Y así podríamos seguir enumerando infinita cantidad de actividades diarias que, incluso, muchas veces se superponen.
Cuando ya hicimos las actividades importantes, aparecen otras urgentes y otras más que debemos realizar por compromiso. ¿Pensaste alguna vez cuándo fue la última vez que te quedaste quieto y reposaste un rato?
Tomarte un tiempo libre es una manera de cuidarte, de escucharte y de llegar a entender qué es lo que estás necesitando. El reposo es un regenerador de energía. Justamente, la meditación es “el arte de no hacer nada”. Los instructores de yoga señalan que la diferencia entre dormir y meditar es que cuando dormimos la mente galopa, continúa en acción. En cambio, cuando reposamos o meditamos, la mente está serena, flota.
En casa…
Es importante que encontremos espacios para la relajación y la meditación en nuestro propio hogar. Aunque sea tan sólo unos minutos a diario, o unos instantes a la semana: sentada con la espalda recta, cerrá los ojos y permanecé durante un minuto sin pensar en tus problemas. Luego, sentí cómo pequeñas oleadas de paz se expanden desde las cejas hacia la frente, desde la frente hasta tu corazón y a cada célula de tu cuerpo.
En grupo…
Cuando ingresamos a un grupo de meditación, todas esas personas allí reunidas sienten la necesidad de “desconectarse del mundo”. Por lo menos por una hora, apagamos el celular y bajamos las luces. Ponemos música tenue y sólo escuchamos y sentimos la voz de nuestro coordinador.
Elegimos el rincón de la sala que más nos guste, nos sentamos cómodos sobre una silla, relajamos las extremidades y cerramos los ojos. Permanecemos así largo rato, aunque a veces parecen sólo segundos. Conectados únicamente con el sonido de nuestra respiración y con las imágenes mentales que van apareciendo.
La respiración es el puente entre el mundo externo de la hiperactividad en la que vivimos y el mundo interno del silencio y la meditación a la que nos queremos dedicar por un tiempo. La meditación es una herramienta para alcanzar el sosiego.
¡Animate! Poné pausa en tu vida y sentí cómo tus preocupaciones ceden.
entremujeres.com

domingo, 23 de mayo de 2010

Cuando aburrirse puede ser peligroso

Dicen, a menudo, que es no tener ganas de nada. Pero se ignora que, detrás de ese estado tedioso que es el aburrimiento pueden encontrarse problemas que a largo plazo resulten peligrosos para la salud. Claro que el desgano, únicamente y en sí mismo, no es suficiente para hablar de riesgos, pero cuando se asocia o coincide con otros factores se enciende una luz de alarma.
Los especialistas señalan que está demostrado que la depresión y algunas enfermedades psiquiátricas pueden promover al desarrollo de patologías cardiovasculares. "Creemos que conductas generadas por el aburrimiento, como el abuso de tabaco, alcohol o drogas, predispondrían al desarrollo de las mismas. Es de tener en cuenta que el infarto de miocardio puede ser precipitado por causas múltiples, entre las que se cuentan la genética y la edad, que no son modificables. En cambio, otros factores de riesgo pueden ser controlados por dietas adecuadas, fármacos y actividad física frecuente. Hoy hay una tendencia al sedentarismo en los adolescentes y jóvenes, generada por el uso de la computadora para ocupar el tiempo libre, en vez de practicar deportes, y eso es riesgoso", advierten los doctores Juan Medrano y Carlos Bruno, jefe de Cardiología y médico cardiólogo del Departamento de Educación Médica de la Clínica y Maternidad Suizo Argentina.
La licenciada Patricia Gubbay de Hanono, directora de Hémera Centro de Estudios del Estrés y la Ansiedad, también coincide en que existe un vínculo entre el aburrimiento y los problemas cardíacos. "Pero esto solo no alcanza; para producir una enfermedad deben coincidir, además, otros factores. Si el aburrimiento está vinculado con la depresión no es raro que las personas aburridas sean más susceptibles a los ataques cardíacos, porque es un estado en el que las hormonas que se liberan son peligrosas y fuerzan el funcionamiento del corazón."
Es interesante la distinción que hace al respecto Rosina Duarte, coordinadora del centro de asistencia y atención psicológica personalizada Clinicar: "El estado de aburrimiento en sí mismo no es malo para la salud; a lo que conlleva y su frecuencia pueden serlo. Si una persona se siente aburrida cada tanto y no es un estado instalado en su vida cotidiana, no existe peligro. En cambio, si el aburrimiento es constante nos encontramos frente a un problema que puede ser un síntoma de algún comportamiento dañino de la persona, como depresión, problemas psicológicos y adicciones".
El doctor Daniel López Rosetti, presidente de la Sociedad Argentina de Medicina del Estrés, explica que para estar sano se requiere de un nivel óptimo de estrés que permite enfrentar la vida diaria con optimismo, alegría y resultados positivos. "He observado con frecuencia pacientes con lo que denominamos hipoestrés en los que una de las expresiones vivenciales y, o emocionales que presentan es la manifestación de aburrimiento como falta de entusiasmo, de alegría o de expectativa por el porvenir."
Preguntas y respuestas
Entonces, ¿la depresión genera características químicas o fisiológicas que se relacionen con problemas cardiovasculares? Los doctores Medrano y Bruno explican que la depresión generaría situaciones biológicas, como el aglutinamiento de las plaquetas, con mayor posibilidad de obstrucción arterial, y el incremento de sustancias químicas producidas por el organismo, son factibles de favorecer la vasoconstricción arterial. Por su parte, la licenciada Duarte responde al interrogante: "Cuando hablamos de depresión severa se encuentran en relación con ella desequilibrios en el cerebro de sustancias químicas como la serotonina y la noradrenalina. La depresión implica varios cambios estructurales en áreas del cerebro que tienen directa influencia en estados de ánimo, memoria e incluso en toma de decisiones del sujeto".

¿Y qué relación existe entre la depresión y el aburrimiento? "La depresión, dependiendo del temperamento del paciente, trae aparejada falta de entusiasmo, tristeza, melancolía y también aburrimiento, que he observado como parte del cortejo sintomático de pacientes con hipoestrés (nivel de estrés patológico)", asegura el doctor López Rosetti.
"Muchos casos de aburrimiento grave son diagnosticados como cuadros de depresión endógena. Sin embargo, las personas aburridas no tienden a acusarse por sus fracasos -responde la licenciada Gubia de Hanono-. El depresivo se autoflagela echándose la culpa de todo. La imagen que tiene de sí mismo, de los otros y del mundo tiene una connotación negativa. El aburrido tiene otro discurso: se queja de que no le pasa nada. Nada lo entretiene ni lo conecta con el placer. Intenta salir del vacío interior que siente a través de las drogas, el alcohol o las actividades que le provocan emociones violentas. Las personas deprimidas no tienen la energía necesaria para involucrarse en ninguna actividad. En casos extremos ni siquiera pueden hacerse cargo de su higiene personal."
Por Luján Moyano
revista@lanacion.com.ar

Una señal de la posmodernidad
"En la cultura occidental el juego de los adultos está mal visto. Un niño puede estar en una sala de espera de un consultorio, un lugar de aburrimiento prototípico, sentado en el piso, jugando con un autito, y encontrar diversión, pero si uno ve a un adulto haciendo lo mismo, le ponen un chaleco de fuerza", opina el sociólogo Carlos De Angelis.
Investigador de la Universidad de Buenos Aires, De Angelis considera que el aburrimiento es una señal de la posmodernidad, que uno tiene al alcance de la mano prácticamente todo y nada es suficiente.
"Cuando uno leía un libro, hacía el esfuerzo para imaginar situaciones o descripciones, pero hoy cuando uno mira una película en la televisión todo eso está resuelto -sigue el especialista-. Cada vez hay menos espacio para el descubrimiento propio. También hay partes del cerebro que funcionan menos porque no necesitan hacer esa sinapsis y los espacios de diversión se van achicando. Por eso, en ciertos sectores más acomodados, aparece la necesidad de la diversión y del cerebro proyectándose en otra dimensión con químicos, con drogas. La droga hace que el cerebro empiece a descubrir cosas que en la actividad cotidiana no se encuentran."
Dicho sobre el ocio
Se puede pensar al ocio como un tiempo de interrupción de las actividades que un sujeto realiza en su vida diaria. Sería una parada, un detenimiento, para tener un tiempo para sí y dedicarlo a tareas no obligatorias, sino placenteras.
"El ocio tiene una carga afectiva positiva, implica descanso, relajo, tiempo para uno mismo, y por otro lado, el aburrimiento se encuentra relacionado con afecto negativo para la persona, desdén, desgano, poca motivación", entiende la licenciada Rosina Duarte.
"Las sensaciones que resultan del ocio son gratificantes, están conectadas con el placer, en cambio las del aburrimiento son displacenteras", relaciona Patricia Gubbay de Hanono.
"El ocio es tener tiempo para hacer algo creativo como pintar, pero el aburrimiento es no estar haciendo nada y requiere abordaje terapéutico", reflexiona el doctor López Rosetti. Y continúa: "En la confección de la historia clínica del paciente se le pregunta: ¿qué hace para entretenerse? ¿Qué proyectos tiene? Lo central es plantear en un paciente la semilla de un proyecto, tiene que tener un plan que sea simple y que los resultados se vean a corto plazo, para que genere entusiasmo".
lanacion.com

miércoles, 6 de enero de 2010

Cuando el ocio no es tan ocio ni es salud

Es interesante la etimología de la palabra "negocio": lo contrario del ocio. Para los antiguos griegos, el ocio era un break, hacer algo diferente de las funciones que se cumplen cada día. Lo llamaban "el tiempo sagrado", el tiempo para uno mismo, u tiempo diferente al tiempo "profano" de los negocios.
En nuestra sociedad, vinculado como está el ocio al consumo, ¿es tan diferente de la rutina? El verano que se inicia suele ser la época ideal, para las vacaciones ideales en un lugar ideal. Con un presupuesto, por qué no agregarlo, ideal. Pero sucede que en el mundo real esos ideales difícilmente se dan, y demasiado apego a esta visión idealizada del disfrute del tiempo de ocio suele hacer que las cosas empiecen y terminen mal.
Las vacaciones son vistas con el gran premio después de un largo y agotador año de trabajo. Toda una gran industria del turismo se apresta entonces a ofrecer la mejor forma de asarla, dentro de una lógica en la que es muy fácil que la ecuación se torne "disfrute igual a consumo". Así, la grilla de este sagrado tiempo de ocio se va transformando en un fixture agotador de viajes, excursiones, restaurantes en los que hay que hacer una hora de cola, trekking lunares, visitas guiadas.
El objetivo de toda esta oferta es el de captar el deseo. O de generarlo. Ahora bien: ese deseo supuestamente contenido durante todo el año, ¿encaja siempre dentro de esas ofertas? Y si no encaja, ¿dónde encaja? ¿De cuánto tiempo se dispone en el año para averiguarlo? ¿No es mucha la gente que se pliega a las ofertas de consumo sin haber pensado siquiera si son lo que se desea, o si al fin y al cabo no se trata de reproducir más de lo mismo que se vive durante el resto del año?
La cuestión parece ser que en este tiempo que la sociedad destina al disfrute, muchas personas suelen estar más expuestas que nunca a frustraciones, angustias y sensaciones de vacío, cuando no -en casos más complicados- a depresiones. Es común, además, sentirse mal por la sensación de estar "desaprovechando" el tiempo de ocio; pero ante esto puede ser bueno saber, tal como confirman psicólogos y psicoanalistas, que existen causas reales, tanto afuera como adentro, en la subjetividad de cada uno, que predisponen a este malestar del tiempo de ocio, y que tomarse un tiempo para reconocer esas causas -en vez de negarlas- puede ser una llave para cambiar de actitud, pasarla mejor y darle un sentido propio al ocio.
"Siempre es posible tomarse el tiempo de ocio para descubrir aquello que a uno verdaderamente le da placer, ya sea una actividad, un lugar, una lectura o algo que lleve a reeditar la posibilidad de elegir, de ser espontáneos y de recobrar la individualidad", apunta el licenciado César Hazaki, psicoanalista, escritor y editor de la revista Topía. Pero para encontrar esas capacidades, añade, muchas veces es necesario tomar la decisión de romper con algunas de las ofertas impuestas.

Los que no pueden cortar
¿Cómo es posible experimentar terror ante el tiempo libre? Pues eso sucede, y mirando alrededor (o tal vez hacia uno mismo) tal vez sea posible encontrar esas actitudes más cerca que lejos. ¿Cuántas notebooks se ven en la playa o en el camping, y no precisamente se trata de gente jugando a los videogames o viendo una película: trabajan como si hubieran abierto una sucursal de su oficina en un centro de veraneo al aire libre. "Es lo que les sucede a las personas adictas al trabajo -explica el licenciado Enrique Novelli, psicoanalista miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina; con el trabajo, están tapando otra cosa, que no es la necesidad de trabajar, sino el miedo a encontrarse consigo mismos en ese período de ocio, donde las funciones que habitualmente se cumplen se interrumpen momentáneamente".

Los factores íntimos
La perspectiva de encontrarse con uno mismo causa angustia, según Novelli, por varios motivos. Uno, porque la persona se ve a sí misma sin cumplir ninguna función. "Eso -dice- suele producir una tensión que es necesario descargar".
Las opciones de consumo vienen a cubrir ese no saber qué hacer, que a veces se transforma también en no saber qué pensar o qué decir. Y lo primero que suele aparecer en este escenario "son las propias conflictividades, los conflictos intrapsíquicos".
Además, los tiempos de convivencia con la familia en este período se tornan más prolongados que durante el resto el año, "y aparecen roces, demandas y pedidos que las personas no siempre aceptan". Las desavenencias conyugales, los problemas de comunicación con los hijos, si es que en otro momento se pueden obviar perdidos en la rutina, se vuelven patentes ahora.
"Las vacaciones pueden ser una buena oportunidad para establecer una dinámica familiar diferente", afirma Novelli.

"No era lo que yo esperaba"
Después de todo lo que gastó en el alquiler, después de revisar la agenda con todas las actividades planificadas, dice ella, "si me llegan a tocar días lluviosos, me muero". Y la verdad es que la posibilidad de que en las vacaciones haya días lluviosos está dentro de las posibilidades de cualquiera.
Si esto no es tenido en cuenta y los percances que alejan el resultado de las expectativas efectivamente ocurren, el resultado es una gran frustración: "Hay ciertas situaciones más que relajar estresan porque esa ilusión de que pasaría algo distinto no ocurrió y se tenía muy poco tiempo para lograrlo", señala Hazaki. Darle a las vacaciones una función "salvadora", señala, es todo un problema.
Hay personas que, por sus propias características personales, son propensas a somatizar la frustración; otras, en cambio pueden volverse más propensas a sufrir accidentes. Según los psicoanalistas, existen causas inconscientes que generan angustias capaces de desembocar en actitudes de descuido o de omnipotencia, y que pueden llevar, según ejemplifica Hazaki, a un daño por exposición desmedida al sol -es decir, a exponerse a sabiendas pero sin tomar los recaudos suficientes- o a sufrir un accidente en la ruta por exceso de velocidad.
En fin: la regla de oro, sintetiza Novelli, sería "pensarse sin tener miedo a encontrarse", una consigna más para reflexionar que para tomar como receta. Hacer lo que durante el año no hay tiempo de hacer. Y pensar durante el resto del año en lo que se tiene ganas de hacer y nunca hay tiempo.
Marcelo Rodríguez

martes, 17 de febrero de 2009

Por la crisis, el ocio se queda en casa


Paula Soler LA NACION
Cine y cena, pub y boliche. Hace sólo un año, ésas eran las ecuaciones predilectas del argentino asalariado promedio a la hora de programar el fin de semana. El resultado de esa fórmula se traducía en un tiempo de ocio fuera de casa que se podía extender desde la noche del viernes hasta, incluso, la del domingo.
"Hoy es moralmente inaceptable el gasto que te insume, por ejemplo, ir al cine. Prefiero reunirme con mis amigos en casa, mirar una película en DVD o jugar a algún juego de mesa", explica a LA NACION Leandro Genzone, licenciado en psicología, de 27 años.
En un contexto en el que aumentan los servicios, el ABL, los alquileres y los costos de las diversas opciones de esparcimiento, el argentino medio percibe cada vez más que lo único que no crece es su sueldo. El cambio de hábito que confiesa Leandro es una tendencia en un país cuyos habitantes, hábiles pilotos de tormenta durante las crisis económicas, no resignan el disfrute de su tiempo libre. Aun cuando deba ser? dentro de casa.
"Cuando caen los ingresos, lo primero que la gente recorta son los gastos de entretenimiento", explica a LA NACION el analista económico Fausto Spotorno, del estudio Ferreres & Asociados.
Por ejemplo, las visitas a los shoppings solían ser una opción de salida de fin de semana para quienes quieren concentrar varias actividades en un día: cine, café, almuerzo o cena rápida y diversión para los más chicos con sólo caminar unos pasos. Pero esa rutina casi exquisita para quienes preferían ahorrar en nafta o maximizar tiempos se recortó en los últimos meses.
El consumo de los rubros de esparcimiento en los centros comerciales cayó un 19 por ciento entre octubre y diciembre de 2008, según un estudio de Ferreres & Asociados realizado en shoppings de la Capital y el Gran Buenos Aires. El año anterior, en ese mismo período, la baja del consumo de esos servicios había sido del 9 por ciento.
"Un 9 por ciento de la caída puede ser un factor estacional, pero el 10% restante no", afirma Spotorno, que agrega: "No estamos en una crisis económica como la de 2001. Hay una recesión, el «bolsillo» no alcanza y, entonces, las formas de consumir diversión cambian".
Así, lo que se hacía afuera se está comenzando a hacer en casa. Las reuniones con amigos en el living, los juegos de cartas y de mesa, el DVD, navegar por Internet y las cenas caseras son la mejor opción, según resulta de una encuesta callejera realizada por LA NACION.

El sillón le gana a la butaca
La pantalla gigante plateada, el sonido envolvente, la ansiosa espera a que comience el film de estreno en medio de la oscuridad, el crunch de los pochoclos, el casi extinto chocolatero? Si esos condimentos hacen de ir a ver una película casi un ritual, ¿por qué el sillón de casa le gana a la butaca del cine?
Las personas consultadas por LA NACION coincidieron en una respuesta simple: hace dos años una entrada de cine costaba entre 4 y 6 pesos. Hoy cuesta entre 14 y 20.
"Antes iba dos o tres veces al mes al cine. Pero desde hace casi un año prefiero alquilar un DVD, que me sale entre 6 y 10 pesos. Si no, entre la entrada, los pochoclos y el viaje gasto 60 pesos, fácil", cuenta Patricia Zappia, de 26 años, licenciada en administración de empresas que trabaja en un estudio de auditorías. Ella admite que el sueldo le quedó chico en comparación con el aumento constante del costo de vida.
Según un estudio de la consultora especializada en el rubro cine Nielsen EDI, en 2008 un total de 33,7 millones de personas fue al cine en todo el país; la recaudación alcanzó los 396,5 millones de pesos. En cambio, en 2007 el sector había tenido una recaudación cercana a los 328,2 millones de pesos con una asistencia total de 33,9 millones. En síntesis: mientras la venta de entradas cayó 0,5 por ciento, los ingresos crecieron 20,8 por ciento.
Otro relevamiento, realizado por la Sociedad de Estudios Laborales (SEL), destaca que en 2008 ir al cine el fin de semana fue un 26% más caro que un año atrás. Incluso la platea de un teatro, que en julio de 2007 valía $ 55, ahora cuesta 80 pesos.
"Solía ir al cine o a cenar todos los fines de semana con mi novio. Ahora voy muy de vez en cuando. Preferimos quedarnos en casa y aprovechamos las promo 2 por 1 del videoclub del barrio", dice Marina Daró, de 25 años, que vive en Floresta y es empleada administrativa de una importante empresa internacional.
Mientras abre el paquete de su almuerzo, sentada en un banco de la plaza San Martín, Marina, que estudia en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), agrega: "Para peor, me aumentaron la cuota de la facultad y las expensas... Es una cuestión de prioridades".
Para los analistas, priorizar es la clave. "Las ventas en noviembre cayeron un 18 por ciento, por eso abundaban las promociones y rebajas en muchos negocios de barrio y shoppings. Sucede que la gente comenzó a recortar gastos en ropa y entretenimiento", explica Vicente Lourenzo, de la Cámara Argentina de la Mediana Empresa (CAME). "El consumidor ha madurado. Ahora consume de manera diferente. Compara precios y busca ofertas", agrega el especialista.
Para Ana Borio, socióloga, la clave es analizar las ofertas. "A nivel cultural siempre va a haber opciones, más en Buenos Aires. Si no vas a los cines grandes, podés ir a las salas del Incaa. Si no vas al teatro de cartelera, vas al off . O si no, alquilás una película: todo el mundo tiene un DVD o una computadora donde ver los estrenos", dice.