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sábado, 17 de diciembre de 2011

¿Cuánto tiempo dura la atención?


Nunca antes la cantidad de información a la que podemos acceder había sido tan abundante. Gracias a (o por culpa de) Internet, millones de personas viven desbordadas ante el volumen de mensajes y noticias que se publican a diario. Ante esta situación, ¿es posible establecer una pauta sobre la atención colectiva?

Fang Wu y Bernardo A. Huberman, dos físicos estadísticos de los Laboratorios Hewlett-Packard en Palo Alto (California), creen que sí. Por eso han estudiado cómo actúan los usuarios de digg.com, un sitio web en el que los propios internautas deciden cuáles son las noticias a destacar entre la avalancha de información diaria. Y han dado con una cifra: 69 minutos, el tiempo medio que tarda en desvanecerse una noticia.

Wu y Huberman dicen que sus conclusiones podrían ayudar a los diseñadores de sitios web a encontrar nuevas formas de mantener la atención de sus usuarios. Aunque lo más importante, aseguran, es que Internet puede ser un “laboratorio natural” para estudiar el comportamiento colectivo a gran escala.
muyinteresante.es 

viernes, 5 de agosto de 2011

Avanza una nueva enfermedad: la intoxicación tecnológica


Sucede en la redacción. Se cae Internet y es como si se hubiera acabado el mundo. Nuestra vida está cada día más relacionada con los dispositivos electrónicos y las redes sociales, y de acuerdo a las estimaciones, ese vínculo parece no tener vuelta atrás. En 2015, serán 15 mil millones los dispositivos (entre computadoras, teléfonos celulares, tabletas y electrodomésticos) que estarán conectados a la web. Y esa obsesión por estar todo el tiempo online se puede volver una trampa. En algunos casos, los especialistas ya empiezan a hablar de una nueva enfermedad de estos tiempos y por eso surgen los cultores de la “dieta digital” una receta para lograr desintoxicarse de la tecnología.
Expertos de la consultora internacional JWT Intelligence acaban de publicar un estudio global en donde alertan por la “obesidad digital”.
No es una obesidad literal, que se produce por el sedentarismo que genera estar muchas horas frente a la computadora, sino que es la obesidad nacida de consumir de más todo aquello que tenga que ver con la tecnología.
Entre las conclusiones del estudio aparece la necesidad de empezar con el “de-teching”, un neologismo que representa la idea de deshacerse de la tecnología. Como primer paso, proponen que sea este 2011 el año en que comience el desarme: “Preparar la mente para un comienzo más racional y saludable”.
La relación con la tecnología puede derivar en un simple hartazgo o también convertirse en una obsesión peligrosa.
Chequear minuto a minuto los correos electrónicos, ver nuestro perfil en las redes sociales o si tenemos respuestas en Twitter puede transformarse en algo incontrolable.
“Hay consultas de madres que ven a su hijo encerrado varias horas, incluso robándole descanso a la noche y pegados al monitor. Se angustian y piden una solución para este problema moderno”, reconoce el psiquiatra Hugo Marietan. “Es una puja entre el mundo virtual y el real. La máquina hace de refugio de las contrariedades de la vida cotidiana”, amplia.
El concepto de Dieta Digital no fue creado por un gurú de la meditación, sino todo lo contrario. Es un libro que escribió el periodista especializado en tecnología Daniel Sieberg y que tiene en la mira a los que tienen esa especie de compulsión por chequear y consultar todo en la web (ver aparte).
Según el Interactive Advertising Bureau de Argentina (IAB), entidad que agrupa a las principales empresas de Internet y de publicidad interactiva, los argentinos pasamos 27,4 horas mensuales conectados a Internet. El promedio de uso de Internet en nuestro país supera en 4 horas el promedio mundial (23,1) y es el más alto de la región, por sobre las 25,4 horas que pasan los brasileros y las 25,1 horas mensuales de los mexicanos.
El 30% del tiempo se consume en las redes sociales, mientras que un 18% corresponde a la mensajería instantánea y un 7% para chequear el correo electrónico. En Argentina hay además 13 millones de usuarios en Facebook y los twitteros crecen a ritmo intenso, ya por encima de los 600 mil.
El libro “Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?”, de Nicholas Carr, intenta dar una respuesta científica al cambio de nuestras conductas. “Nuestro cerebro, como demuestran las evidencias científicas e históricas, –explica–cambia en respuesta a nuestras experiencias, y la tecnología que usamos para encontrar, almacenar y compartir información puede, literalmente, alterar nuestros procesos neuronales. Además, cada tecnología de la información conlleva una ética intelectual. Así como el libro impreso servía para centrar nuestra atención, fomentando el pensamiento profundo y creativo, Internet fomenta el picoteo rápido y distraído de pequeños fragmentos de información de muchas fuentes. Su ética es una ética industrial, de la velocidad y la eficiencia”.
No hay una postura definida para tratar esta nueva “enfermedad”, sino que comienza a reunirse el consenso para considerarla como tal. “Si pensamos que hay algo que es lo bueno y algo que es lo malo, perdemos perspectiva. Puede ser que se dé un exceso en algunos usos puntuales, pero hay que tener cuidado si lo ponemos en términos de sanciones y prohibiciones. Para los nativos digitales, todo esto que pasa es el punto de partida”, apunta el psicoanalista Julio Moreno. Pero en países como Estados Unidos, China y Corea del Sur, ya hay clínicas en donde se atienden a pacientes con las mismas técnicas que se usan en los tratamientos contra las adicciones.
El centro de rehabilitación de Heavensfield, en EE. UU., tiene un tratamiento específico para la adicción a Internet, los videojuegos y los mensajes de texto. Los pacientes reciben un tratamiento en base a meditación, yoga y masajes, para recuperar la salud mental. En China se calcula que hay unos 4 millones de adictos a Internet y uno de los centros de rehabilitación más conocidos es el comandado por Teo Ran, un científico militar que se especializó hace años en la desintoxicación de drogadependientes. En Corea del Sur, el centro de atención apunta a captar a los chicos que empiezan a mostrar síntomas de dependencia. La terapia es tan simple como volver a usar los juegos de mesa o al aire libre.

A qué llaman “de-teching”

Palabra de origen anglosajón, pero sobre un todo un híbrido surgido como tantos otros de las redes sociales, el concepto de-teching no tiene vocación fundamentalista ni pretende demonizar a Internet, sino todo lo contrario: proponen desconectarse de los dispositivos tecnológicos para retornar tiempo después, pero haciendo un uso más racional de los elementos. Es, además, una tendencia que comienza a verse reflejada en la aparición de hoteles a los que no se permite entrar con gadgets digitales.
 
 
Los cuatro pasos de una dieta contra la fatiga digital
 
Como cualquier otro menú para adelgazar, la dieta digital tiene cuatro pasos, pero en lugar de los clásicos dessayuno-almuerzo-merienda-cena aparecen repensar-reiniciar-reconectar-reactivar. El concepto aparece en el libro “La Dieta Digital”, que escribió el periodista estadounidense Daniel Sieberg, especializado en tecnología y que se tomó un año sabático para cambiar su modo de vida.
Antes de empezar, hay que calcular el grado de dependencia, en base a los diferentes dispositivos que el “adicto” tenga. Por ejemplo, por cada teléfono celular se suman tres puntos, por cada tableta dos puntos y por cada cuenta de correo electrónico otros dos puntos. Con menos de 24 puntos el usuario tiene una dieta equilibrada. Entre 25 y 35 ya empieza a sentir los efectos de una vida que tiene cierta dependencia de la tecnología. Si la suma supera los 36 puntos se puede hablar de un obeso digital.
La dieta empieza por “Repensar” el tiempo diario que se le dedica a navegar en Internet por cuestiones no laborales. Y una vez que se tiene noción de ese tiempo perdido, pensar en el tiempo que se ha perdido para pasar con su grupo de amigos, horas de sueño y de actividad física.
La segunda parte consiste en “Reiniciar”. Es la fase de “desintoxicación y se trata de alejarse de la tecnología. Sieberg propone empezar por algún día del fin de semana, después el fin de semana completo y retomar tareas de la “era anterior”, como la lectura, el deporte o simplemente, las conversaciones con amigos.
El tercer paso es “Reconectar”. Sieberg enfatiza que no es una persona “anti tecnología”, sino que su objetivo es reasignar prioridades para poner a la tecnología un par de escalones más abajo. El tiempo razonable que se le debe dedicar a la computadora debe estar entre los 90 minutos y las tres horas.
El último capítulo de la “dieta digital” es “Reactivar” y está relacionado con la idea de que no podemos estar completamente aislados a nivel tecnológico. Es afianzar los tres pasos anteriores y lograr la vuelta a la vida digital. Según el autor, el objetivo estará cumplido cuando el equilibrio entre la relación con la tecnología y la relación con las personas fluya de manera natural. “No tendré miedo a estar desconectado”, es una de las frases que el adicto deberá poder superar.

El bienestar unplugged

No insistamos con eso de “entrar en Internet” porque hace rato que la frase pasó de moda. Internet nos acompaña full time en dispositivos cada vez más insólitos e inexplicables, palpita en nuestros bolsillos, carteras y mochilas, y resulta lícito desconfiar hasta de aquellos que demoran en respondernos un e-mail. Vivimos conectados y bajo ese aura de conectividad suceden buena parte de nuestras historias. Pero cuidado, que el abuso conduce al vicio y el vicio ya se sabe: desde que las redes sociales irrumpieron como punto de encuentro generacional obligado, la idea de que todo pasa y sucede en simultáneo aquí y ahora viene alterando peligrosamente el amperímetro de nuestra ansiedad. Frente al riesgo de la tecnodependencia, entonces, desenchufar un rato aparece como consejo saludable: una forma de evitar la intoxicación digital y reencontrarnos con la versión unpluggued y postergada de nosotros mismos.
clarin.com

viernes, 20 de mayo de 2011

Atentos a todo... y a nada

Recuerden cuando el mundo era (un poco) más tranquilo. Solo había un par de canales de televisión. Las cartas postales cuidadosamente manuscritas tardaban días o semanas en ir de una mano a otra. Los periódicos contaban lo que había pasado ayer. Y a los amigos los veíamos de tarde en tarde alrededor de la mesa de algún bar. Ahora, en cambio, vivimos en mitad de una avalancha. El acelerón de la tecnología ha provocado que la información nos bombardeé a discreción, sin piedad y en todas direcciones, y que el contacto con el prójimo se haga constante e instantáneo gracias al teléfono móvil, el e-mail y las redes sociales. Si antes mirábamos el mundo a través de la ventana, ahora miles de ventanas que se abren simultáneas y meten el mundo en nuestro ordenador. Esta nueva forma de existencia, hiperconectada e instantánea, tiene sus ventajas, claro está, pero también sus desventajas. El estrés, la ansiedad informativa, la confusión, la superficialidad o la falta de atención son algunos de ellos. "Infoxicación" lo llama el físico Alfons Cornellá, fundador de la consultora sobre nuevas tendencias Infonomía, un neologismo que mezcla la información y la intoxicación. Se produce cuando la información recibida es mucho mayor que la que somos capaces de procesar, con consecuencias negativas.
"En el momento en que aun no has acabado de digerir algo, ya te está llegando otra cosa", dice Cornellá, "la entrada constante de información, en un mundo always on (siempre encendido), te lleva a no tratar ninguna información en profundidad. Cuando la información es demasiada todo es lectura interruptus. El fenómeno se desboca cuando todos pasamos a ser productores de información, y cuando los instrumentos para producirla son mejores que los instrumentos para organizarla y buscarla. Todos sabemos usar un procesador de texto, pero pocos saben buscar información de calidad con criterio". En efecto, hoy día la actividad es frenética: "Se calcula que entre el nacimiento de la escritura y el año 2003 se crearon cinco exaby­tes (billones de megabytes de información). Pues bien, esa cantidad de información se crea ahora cada dos días", informa el especialista en redes David de Ugarte. "La posibilidad de emitir información codificada se ha ido democratizando: primero como escritura, luego como imagen, etcétera. Piensa cuánta gente podía escribir un texto a principios del siglo XIX, o cuanta hacer una foto a principios del XX... Y compáralo con hoy".
Una información que, además, salta de un lugar a otro como pulgas en una sábana: en España se envían 563 millones de correos al día, según la consultora Contactlab, y cada español recibe, de media, unos 23 correos diarios que debe gestionar (en algunos casos llegan a cientos), y que ahora, además de en el ordenador, también recibimos en nuestros smart­phones (teléfonos inteligentes). Y eso sin contar lo que se cuela a través de redes sociales como Facebook y Twitter. Según la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (AIMC), el 37% de los españoles se conecta entre 10 y 30 horas semanales. El 9% lo hace más de sesenta horas. Cada vez pasamos más tiempo en este mundo de los unos y ceros y menos en el de la carne y los huesos: "Las horas dedicadas diariamente al uso de aparatos electrónicos prácticamente se ha duplicado desde 1987, mientas que la interacción cara a cara caía desde unas seis horas a poco más de dos", según explica José Antonio Redondo en su libro sobre redes sociales Socialnets (Península).
Y todo esto cansa a la mente. El psicólogo David Lewis creó el concepto de Síndrome de Fatiga Informativa, en su informe Dying for information? (¿Muriendo por la información?) elaborado para la agencia Reuters. Se da en personas que tienen que lidiar con toneladas de información procedente de libros, periódicos, faxes, correos electrónicos, etcétera, y que, según Lewis, provoca la parálisis de la capacidad analítica, ansiedad y dudas, y conduce a malas decisiones y conclusiones erróneas. Dos tercios de los 1.300 profesionales entrevistados por Reuters achacaron al estrés producido por manejar altos flujos de información daños en sus relaciones personales, baja satisfacción laboral y tensión con sus colegas. "El exceso es más perjudicial que provechoso", opina Jorge Franganillo, profesor de Información y Documentación de la Universidad de Barcelona.
"Durante siglos hemos asociado más información a más libertad. Sin embargo, hoy día, no por tener más donde elegir tenemos más libertad ni estamos más satisfechos. La información es imprescindible en la vida moderna, pero en exceso es asfixiante y resulta difícil de procesar. Al final, más es menos". Nos puede incluso hacer menos productivos, como observó el psicólogo británico Amir Khaki, de AK Consulting, estudiando el comportamiento de un grupo de ejecutivos: la consulta continua de la BlackBerry aumenta el estrés y reduce la productividad. Uno de los sujetos del estudio tardaba el triple de tiempo en rellenar impresos comunes por la constante distracción de su teléfono inteligente. "La presión que provoca la sobrecarga informativa retrasa decisiones importantes o hace que se tomen medidas sin la suficiente reflexión. Y causa también una fricción informativa que dispersa la atención y aumenta la fatiga. La energía física e intelectual que consumimos para obtener la información correcta se desperdicia si no hacemos algo útil con ella", dice Franganillo. Y, por mucho tiempo que invirtamos, siempre tenemos la impresión de que se nos está escapando algo. "Esta sobreabundancia hace que pocos elementos de entre todo ese mar resalten y queden fijados a nuestra memoria, que hoy se encuentra medio perdida al no poder atar datos con situaciones y lugares concretos.Muchas cosas pasan desapercibidas, miradas sin ser vista", dice Roberto Balaguer, psicólogo especialista en Internet.
Superficialidad
La superficialidad es otra de las posibles consecuencias del maremagno actual, como señala el autor Nicholas Carr en su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus), de reciente aparición. Carr, licenciado en Literatura, advirtió que su capacidad de concentración en la lectura de textos largos era cada vez menor. La causa: su actividad multitarea, atento a la vez a la web, el Twitter, el teléfono, el Skype, el Facebook... "Internet nos incita a buscar lo breve y lo rápido y nos aleja de la posibilidad de concentrarnos en una sola cosa", declaró en una entrevista a Bárbara Celis en EL PAÍS. "La multitarea, instigada por el uso de Internet, nos aleja de formas de pensamiento que requieren reflexión y contemplación, nos convierte en seres más eficientes procesando información pero menos capaces para profundizar en esa información y al hacerlo no solo nos deshumanizan un poco sino que nos uniformizan". Por supuesto, Carr cerró sus perfiles en las redes sociales.
No todos son tan pesimistas. "Mi hijo juega mucho al Call of Duty (un frenético videojuego bélico). Puedo pensar que está perdiendo el tiempo, o incluso que está enganchado, o pensar que se está preparando para un nuevo mundo donde los estímulos serán mayores, y la información más cambiante. El mundo que viene probablemente sea más parecido a Call of Duty que a Guerra y paz", opina Xabier Carbonell, profesor de Psicología en la Universidad Ramón Llull. "No creo que sea un problema, sino cuestión de aprendizaje. Fíjate, mi madre me decía '¿cómo puedes estudiar con la radio puesta?'. Y compáralo con todo lo que hay ahora... La tecnología está produciendo un cambio cognitivo importante". Cada vez somos más multitarea y esto es irreversible. "Son las habilidades que, por otro lado, cada vez valora más el mercado laboral: empleados que tengan esa habilidad de gestionar en contextos de saturación de información", coincide Fernando Garrido, del Observatorio para la Cibersociedad. ¿Cómo gestionar esta cantidad ingente de información? La respuesta es obvia: tomándonoslo con calma. Desconectándonos un rato: apagar el ordenador, la televisión, silenciar el teléfono.
Ahondar en el trato humano y pausado. Adoptar un hobby alejado de los gadgets tecnológicos. Salir a la calle. "Algunos médicos han indicado las siestas como una manera de contrarrestar la neblina digital de la sobreinformación", sugiere Balaguer. "No dedicarse a leer y contestar el correo en cualquier momento, sino solo a determinadas horas de la jornada laboral, de manera que sea una parte de tu agenda y no te interrumpa constantemente", recomienda Redondo. Y eligiendo solo lo provechoso. "La avalancha de información que se puede gestionar mejor si establecemos prioridades. Hemos de tener claro qué temas nos interesan, centrar la atención en pocas áreas y procurar que sean lo bastante concretas. No se puede pretender estar al día de muchos temas o de temas demasiado amplios: ya en 1550 el teólogo Juan Calvino se quejaba de que había tantos libros que ni siquiera tenía tiempo de leer los títulos", dice Franganillo. Como apunta Cornellá: "Hay que escoger muy bien las fuentes de información. Dedicar parte del mejor tiempo del día a la información de calidad. Cuanta más de esta manejas, más capaz eres de discriminar que lo que tienes delante es pura basura. La buena información, la relevante, desinfoxica".

Aislarse en el ordenador

Cuando uno está trabajando en el ordenador y comienzan a saltar (a veces constantemente) los avisos de correos recibidos, de nuevos tuits o mensajes de Facebook es fácil perder la concentración y hasta la paciencia. Para resolver este nuevo problema, la agencia española Herraiz & Soto ha creado el software Ommwriter. Como ellos mismos explican, se trata de un programa que recrea la nada. No desactiva el correo ni las redes sociales, pero, al activarlo, dejan de saltar las notificaciones.
Además, para mejorar la concentración y la relajación, Ommwriter permite elegir un color de fondo de pantalla suave e, incluso, una música de fondo agradable que puede ir desde el sonido de los grillos hasta el de un bebé en el útero materno.
elpais.com

domingo, 1 de agosto de 2010

Infoxicación

Antes de Internet, Jorge Luis Borges imaginó la Biblioteca de Babel, donde se almacenaban todos los libros existentes en un laberinto interminable de galerías hexagonales. Hoy, en la era digital, cada año se genera más información que la existente desde que comenzó a escribirse la historia de la humanidad.
La explosión de las redes sociales, la fotografía y el video digital, el auge de la telefonía móvil, el e-mail y la navegación web han expandido la información digital hasta límites insospechados.
Sin embargo, más información sólo provoca mayor confusión, puesto que bloquea la capacidad de análisis y procesamiento. Y la intoxicación informativa está ligada a otra patología asociada: la ansiedad por informarse, o infomanía, que se caracteriza por la búsqueda constante de estímulos informativos, y una agobiante sensación de angustia y vacío que es necesario llenar con... más información.
Diversos estudios advierten que los centenares de mensajes que cada día saturan las casillas de los empleados son una de las principales causas de estrés en las empresas. De acuerdo con Rescue Time, una organización dedicada a investigar la incidencia de la tecnología en los hábitos de las personas, quienes trabajan frente a una computadora se detienen a revisar su bandeja de correo electrónico unas 50 veces por jornada. La mayoría de la gente destina hasta dos horas por día a limpiar y ordenar sus casillas de mail, y en muchos casos duplican ese promedio. Hay quienes experimentan una compulsión a leer sus correos y se angustian ante la posibilidad de perder un mensaje importante. Padecen el síndrome de ansiedad del e-mail (e-mail anxiety), un mal que se agrava por el uso masivo de dispositivos móviles.
Los especialistas en salud laboral acuñaron un nuevo término para referirse a los adictos a su teléfono inteligente: los crackberries. Son los que no pueden dejar de contestar llamadas, o enviar y recibir mensajes desde sus aparatitos sin importar el momento y el lugar: lo hacen en medio de una reunión, una conferencia, en el cine y hasta en el baño.
Sin llegar a casos extremos, lo cierto es que el exceso de estímulos informativos genera estrés y aturdimiento. Sobre todo aquellos más veloces, como los flashes informativos televisivos, las alertas de noticias que se reciben en la computadora o en el móvil, y los mensajes de la red social Twitter -utilizada por más de 80 millones de usuarios para contar en 140 caracteres lo que están haciendo-. Según un estudio publicado en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences, el bombardeo de mensajes que hoy se multiplica a través de las redes sociales anula la capacidad de empatía y de discernimiento moral que requieren las decisiones humanas. Aquella información instantánea y carente de contexto, que busca llamar la atención y conmover al receptor, termina logrando lo contrario: la disfunción narcotizante de la que hablaba Paul Lazarsfeld, uno de los teóricos pioneros de las ciencias de la comunicación.
La pulsión por estar todo el tiempo conectado a una pantalla (sea televisor, computadora o teléfono móvil) encierra el peligro de desconectarse y perder la noción de la realidad, advierten los psicólogos. "El brillo de la pantalla tiene un efecto hipnótico", dice José Sahovaler, médico psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina, y advierte sobre el aumento de las ciberadicciones, sobre todo en los adolescentes.
La era de las interrupciones
Las TIC (tecnologías de la información y comunicaciones) invadieron el ámbito laboral, de estudio y también la vida familiar y privada de las personas. Gracias a una enorme batería de recursos on-line, tenemos una sensación de omnipresencia divina que nos permite estar "todo el tiempo en todos lados". Pero la realidad es que nunca estamos completamente en ninguno.
Los ejecutivos, provistos de poderosas laptops y teléfonos inteligentes, atendiendo llamadas en medio de las reuniones y contestando mensajes a bordo de un taxi o en la sala de espera del dentista, son el paradigma de la eficiencia corporativa. No obstante, según Rescue Time, el 28% del día laboral en las empresas se malgasta en interrupciones que no son urgentes ni importantes y en retomar el hilo de lo que se estaba haciendo. El tiempo dedicado a la creación productiva, como la redacción de un correo importante, ocupa el 25% de la jornada. Un 20% se destina a mantener reuniones, otro 15% a buscar información, y sólo queda un 12% del tiempo para pensar y planificar el negocio.
De acuerdo con un informe de IORG (Information Overload Research Group), una organización creada por compañías tecnológicas, como Intel, IBM, Microsoft y Xerox, entre otras, "luego de cada interrupción puede tomar hasta 25 minutos en retomar el hilo de lo que se estaba haciendo". El principal peligro de las interrupciones es el deterioro que provocan en la memoria de corto plazo, ya que se comprobó que el 40% de las veces la tarea inicial queda olvidada por el trabajador, que es arrastrado por una oleada de nuevas tareas.
La sombra del pasado digital
Hoy, la descomunal expansión del universo de bits y bytes no tiene tanto que ver con los textos, sino con las imágenes: fotos y videos que cada usuario sube a Internet, y las que toman las cámaras de seguridad y dispositivos de vigilancia públicos y privados. Menos de la mitad de la información digital acerca de una persona (la "huella digital") es creada en forma activa por cada individuo. El resto corresponde a información en registros financieros, listas de mailings, búsquedas en la Web e imágenes obtenidas por dispositivos de seguridad. Esta parte de la información personal en el ciberespacio, denominada "sombra digital", es la que más rápidamente crece y menos control tiene por parte de los individuos.
Cada vez que subimos un video o una foto, escribimos un comentario en una red social o alguien lo hace por nosotros, el dato queda registrado en forma indeleble. Muchos usuarios, sobre todo los más jóvenes, no son conscientes de esto. Pero cada vez más empleadores buscan postulantes a un trabajo por medio de Google y los sitios de redes sociales. Aquello que ahora nos resulta gracioso, en el futuro podría volvérsenos en contra. Por culpa de Internet, el pasado que nos condena está siempre a un par de clics.
Lo que escasea es la atención
La superabundancia y disponibilidad de la información han convertido lo que era un recurso escaso y valioso en un commodity, cuando no directamente en basura. Hoy lo que realmente escasea es la atención.
A medida que se multiplican los contenidos en Internet, la capacidad de leerlos decae. "El promedio de lectura de un texto en la Web no sobrepasa las 200 palabras", destaca un informe de la consultora Jacob Nielsen. La paradoja es que, cuanto más hay para leer, menos se lee.
Para algunos especialistas, como Manuel Castells, de la Universidad de California del Sur, los jóvenes de hoy (nativos digitales) tienen una estructura de pensamiento fragmentada, menos profunda pero más creativa, ya que están acostumbrados a saltar de un tema a otro, como al navegar por Internet a través de hiperlinks o hacer zapping. Ante la multiplicidad de estímulos, captar el interés de usuarios y consumidores es un tremendo desafío. Para tomar cualquier decisión, la información disponible satura e inmoviliza. No hay tiempo para analizarla, cotejarla, digerirla. Todo parece igualmente importante y urgente, y muchas personas, para combatir la parálisis que esto les genera, optan por ocuparse de todo al mismo tiempo. Practican el multitasking: la capacidad de hacer varias cosas a la vez.
Según IORG, "cada empleado suele trabajar con ocho ventanas de su navegador abiertas y no se detiene más de 20 segundos en cada una de ellas". Al mismo tiempo, atienden llamadas en el teléfono fijo y envían mensajes a través del celular. Cuando van a las reuniones, aprovechan para navegar en la web y contestar mensajes desde sus dispositivos portátiles. Lo más probable es que, al terminar el encuentro, nadie sepa a ciencia cierta de qué se habló. La paradoja de la sociedad de la información es que, de tan abundante, terminamos desinformados.
Por María Gabriela Ensinck

Que el olvido también tenga lugar en Internet
Al igual que Funes el Memorioso, Internet es incapaz de olvidar. Como el personaje de Borges, los navegantes incautos corren el riesgo de quedar atontados en un mar de datos y bits, incapaces de discriminar lo importante de lo superfluo.
Esta saturación informativa genera algunas voces de alarma. Como la de Viktor Mayer-Schönberger, especialista de Harvard en temas de privacidad y protección de datos: él es partidario de que la información volcada a la Web tenga fecha de vencimiento, como los yogures.
"Durante milenios, recordar la información era caro, llevaba tiempo, y olvidarla era lo natural. En la era digital pasa lo opuesto: el almacenamiento barato en computadoras, los procesadores poderosos y la generalización del acceso a Internet hacen que recordar sea la norma", dice el investigador.
Por eso propone que los usuarios establezcan un plazo de validez de sus archivos digitales, de modo tal que se borren automáticamente una vez caducado. Tras reunirse con ejecutivos de Google y Microsoft, Schönberger señaló que en el buscador están dispuestos a almacenar las búsquedas por 24 meses y en la compañía fundada por Bill Gates lo harían por 18 meses antes de borrar todo rastro.
Cinco razones para intoxicarse con datos
1. Acopiamos más información de la necesaria porque creemos que así tomaremos mejores decisiones.
2. Recibimos a diario gran cantidad de datos que no hemos pedido ni nos resulta útil.
3. Buscamos información de sobra para justificar nuestras acciones.
4. Guardamos textos, fotos, archivos en general, por si nos resultan útiles en el futuro.
5. Nos gusta utilizar la información para enrostrársela a nuestros colegas.
Del blog: infomania.com

No sucumbirás a la avalancha
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Mantener una lista diaria de tareas y prioridades laborales y personales.
Desactivar el aviso de entrada de los mails cuando debemos terminar una tarea.
Tratar cada mensaje electrónico una sola vez: leerlo, responderlo o reenviarlo y borrarlo inmediatamente.
Crear carpetas para organizar la información que llega por correo electrónico. Al principio parece engorroso, pero ayuda a ahorrar tiempo de búsqueda.
Redactar los e-mails en forma breve y sin preámbulos.
Propiciar el apagado de celulares y dispositivos portátiles durante las reuniones. De este modo se evitan los malentendidos por distracciones, y los encuentros se vuelven más rápidos y productivos.

lanacion.com